¿Transubstanciación, Consubstanciación o patraña?


Transubstanciación, Consubstanciación o patrañasHasta la Ruptura Protestante en el siglo XVI, la presencia real de Jesús en la Eucaristía fue comúnmente aceptada, y hoy sigue siendo mantenida inalterada por la Iglesia Católica, la Ortodoxa e incluso algunos sectores protestantes. Sin embargo no todos los que defienden esa presencia de Jesús en el pan y el vino tienen la misma opinión sobre cómo ocurre dicha presencia.

Cuando se produce la ruptura protestante tendremos tres creencias en torno al significado de las palabras de Jesús:

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad y comed, esto es mi Cuerpo». Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Bebed todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. (Mateo 26: 26-28)

1- Los católicos y los ortodoxos defienden la idea de que el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo. Es lo que se conoce como la doctrina de la “transubstanciación”. Según esto, el pan y el vino al ser consagrados se convierten en el cuerpo y sangre de Cristo, respectivamente, pese a que los dos elementos (pan y vino) conservan sus cualidades (color, olor, sabor, textura, etc). Dicho de otra forma, el pan mantiene toda la apariencia del pan, pero ya no es pan, y lo mismo ocurre con el vino. Frente a esto los protestantes elaboraron dos teorías alternativas.

2- Jesús se une al pan y al vino pero no los reemplaza. Según esto, cuando Jesús dice textualmente “esto es mi cuerpo” no se refiere al pan en sí, sino a que de alguna manera su cuerpo está ahora impregnado en el pan, no substituyéndolo. Esta creencia, a pesar de venir de Lutero (quien a su vez la recogió de otros), no tuvo mucho éxito en el protestantismo y hoy en día solo la mantienen los miembros de la iglesia luterana. Es lo que se conoce como “consubstanciación”. Esta doctrina afirma que el pan sigue siendo pan, pero en la consagración se añade la esencia del cuerpo de Jesús, por eso hay dos sustancias que conviven en el pan (y el vino).

3- La otra teoría que ofreció el protestantismo, la que hoy sigue profesando la inmensa mayoría de los protestantes y paraprotestantes, es la de la Eucaristía como “memorial” y fue elaborada por Ulrico Zwinglio, fundador de la Iglesia Reformada Suíza en el siglo XVI. Según esta teoría, el acto de partir el pan solo tiene un valor simbólico y Jesucristo lo instauró solo como puro recordatorio tal como dice en “haced esto en conmemoración mía” (Lucas 22:19). De igual parecer era Calvino. Esta doctrina (o más bien ausencia de doctrina) afirma que el pan sigue siendo pan y nada más que pan, y no hay ningún acto de consagración ni nada especial le ocurre al pan (ni al vino) en el proceso de conmemoración.

4- Frente a estas dos posturas protestantes, con su habitual posición intermedia tenemos a la iglesia anglicana. Esta iglesia da libertad a sus fieles para creer o no en la presencia real de Jesús en la eucaristía, lo cual no deja de sorprender en un asunto de semejante importancia. Básicamente lo que viene a decir es que “no sabemos si Jesús está o no presente en el pan y el vino, así que cada creyente debe tomar su propia decisión”. Pero quienes sí creen en la presencia real de Jesús lo hacen sin cuestionarse de qué manera se produce esa presencia, si por transubstanciación -como dicen los católicos- o por consubstanciación -como dicen los luteranos.

Por supuesto vamos a partir de la base de que en la Eucaristía sí tenemos la presencia real de Jesús (eso lo veremos detalladamente en nuestro próximo artículo), así que solo vamos a comentar aquí las posturas que defienden esa presencia:

1- católicos y ortodoxos: transubstanciación (el pan se transforma en el cuerpo de Jesús)

2- luteranos: consubstanciación (el cuerpo invisible de Jesús se añade al pan)

3- anglicanos que creen en la presencia real: Jesús está presente en el pan pero no sabemos cómo (tal vez podríamos añadir, con todos nuestros respetos: no sabemos cómo “ni nos importa”)

En este artículo vamos a centrarnos en explicar cuál de las tres posturas es la más válida y por qué. A partir de ahora, para simplificar, nos referiremos a la doctrina de la transubstanciación con la letra (T) y a la de la consubstanciación con la letra (C). También por simplificar hablaremos casi siempre solo del pan, pero lo mismo que digamos para el pan se puede aplicar al vino.

LA FE Y LA CIENCIA

discurso Benedicto XVILos católicos consideramos que tanto la ciencia como la fe buscan la verdad y por lo tanto no puede haber contradicción entre ellas. Las aparentes contradicciones ocurren cuando una u otra se desvían de la verdad o no se explican con claridad. Tal como defendió Benedicto XVI, Dios es el autor de la fe y también de la ciencia, así que no puede haber contradicción entre ambas. Ese papa no fue el iniciador de tal idea, pero sí que destacó especialmente por enfatizarla, haciendo referencia a ella en multitud de ocasiones. Citaremos aquí el resumen que un periódico español publicó sobre el discurso que dio Benedicto XVI en una audiencia dada por el papa el 10 de febrero de 2006:

No hay contradicción entre ciencia y fe, dice el Papa

CIUDAD DEL VATICANO, 10 (EFE). El papa Benedicto XVI ha dicho hoy que no hay contradicción entre la ciencia y la fe, aunque ha reconocido que la rapidez de algunos conocimientos de la razón han podido “confundir” a los fieles.

El Pontífice hizo estas consideraciones en un discurso dirigido a los miembros de la Congregación para la Doctrina de la Fe, órgano encargado de vigilar la ortodoxia de la religión católica.

Ratzinger, quien fue prefecto de esta Congregación hasta su designación como Papa, explicó que “la Iglesia acoge con alegría las auténticas conquistas del conocimiento humano y reconoce que la evangelización exige hacerse cargo de los horizontes y de los retos que el saber moderno descubre”. “En realidad, los grandes progresos del saber científico a los que hemos asistido el pasado siglo, han ayudado a comprender mejor el misterio de la creación”, agregó. “Los progresos de la ciencia, sin embargo, han sido a veces tan rápidos que han hecho que sea difícil reconocer el modo en que son compatibles con la verdad revelada por Dios sobre el hombre y el mundo”, añadió Benedicto XVI.

Según Ratzinger, algunas afirmaciones del saber científico han sido contrapuestas a esa verdad. “Ello puede haber provocado una cierta confusión en los fieles y haber constituido también una dificultad para la proclamación y recepción del Evangelio”, indicó el Obispo de Roma. Fue entonces cuando Ratzinger recordó a los guardianes de la fe y la ortodoxia católica que “es de vital importancia” mostrar que no hay “competitividad alguna entre razón y fe”.

Es más, para Ratzinger, no se debe tener temor alguno de “afrontar ese reto“.

(ver artículo original)

Pues, en nuestra opinión, la Eucaristía, o más concretamente, el debate sobre si se trata de una (T) o una (C), es un buen ejemplo de una situación en la que la fe y la ciencia parecen chocar frontalmente. Como en Apologia 2.1 estamos convencidos de la certeza de las palabras del papa, de que no puede haber contradicción entre fe y ciencia, vamos a aceptar ese reto que el papa Benedicto XVI nos lanza en ese discurso y vamos a buscar la manera de reconciliar el misterio eucarístico con las evidencias de la ciencia, y también a arrojar luz sobre quién tiene razón en ese debate entre los dos modos descritos para el milagro de la consagración, (T) o (C).

LA TEOLOGÍA CRISTIANA

San Agustín y el niño de la playaLos cristianos heredaron la doctrina de la presencia real de Jesús en la Eucaristía directamente de los apóstoles, que a su vez la recibieron del mismo Jesús. El problema surge cuando intentamos explicar de qué manera es posible que el pan y el vino pasen a ser el cuerpo y la sangre de Jesús, cuando su aspecto es en todos los sentidos el mismo. El cristianismo siempre defendió que ciencia y razón no pueden contradecirse, y que la razón es un atributo divino que impregna todo el universo. Sobre esa premisa se fue desarrollando la teología cristiana, intentando racionalizar la fe y dar explicaciones sobre casi todo. Solo en algunos casos, como el misterio de la Santísima Trinidad, aceptó el misterio como algo inexplicable, o más bien como algo totalmente fuera del alcance de la razón humana, aunque eso no impidió que muchos se esforzaran por racionalizarlo, incluido el mismo San Agustín, que acabó admitiendo lo inútil de su empeño. Tal cosa nos ha llegado en forma de un relato, probablemente apócrifo, recogido en “La Leyenda Dorada” en el siglo XIII y dice así:

En cierta ocasión en que el glorioso doctor se hallaba en África, mientras iba paseando por la orilla del mar meditando sobre el misterio de la Trinidad, se encontró en la playa con un niño que había hecho un hoyo en la arena con una pala. Con la pala recogía agua del mar y la derramaba en el hoyo. San Agustín al contemplarlo se admiró, y le preguntó qué estaba haciendo. Y el niño le respondió: “quiero llenar el hoyo con el agua del mar”. “¿Cómo?” dijo San Agustín, “eso es imposible, ¿cómo vas a poder, si el mar es grandísimo y ese hoyo y la pala muy pequeños?”. “Pues sí podré”, le contestó el niño, “antes llenaré yo el hoyo con todo el agua del mar que tú comprendas la Trinidad con el entendimiento”. Y en ese instante el niño desapareció. [De la Leyenda Áurea o Vida de Santos, Reunida por Jacobo de Voragine, Arzobispo de Génova en 1275]

Sin embargo en el asunto de cómo el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, terminan surgiendo ideas diferentes y entonces la Iglesia cree necesario ofrecer una explicación, la cual con el tiempo se convirtió en dogma. Esta explicación, que al hombre moderno le puede sonar más bien a anti-explicación, dice, como ya mencionamos al principio, que el pan y el vino mantienen todas sus cualidades físicas pero deja de ser pan y vino para convertirse realmente en el cuerpo y la sangre de Cristo.

Este intento de comprender y explicar de qué manera el pan puede ser el cuerpo de Cristo no es un debate que encontremos en los primeros siglos. Los padres de la Iglesia simplemente aceptan tal revelación y la entienden como parte del misterio de la encarnación, sin darle más vueltas. Aunque a veces nos encontramos comentarios sobre qué es lo que suponen que ocurre ahí, son comentarios que no generan ningún debate, pues son simplemente maneras personales de intentar explicar algo misterioso, pero siempre son tomadas como un intento de explicación, nunca como una doctrina. Será más bien a mediados del siglo IX cuando surja el debate sobre este asunto y la explicación del misterio empiece a ser considerada como una doctrina por sí misma, debate iniciado por el altercado entre Pascasio Radberto, abad de Corbie, y Ratrammo, uno de los monjes de este convento.

Es ahí cuando por primera vez se pretende definir con exactitud cómo se produce el misterio de la Eucaristía y comienza el debate de si el cuerpo de Cristo que ahora es el pan es el mismo cuerpo físico nacido de la Virgen María o es más bien la presencia mística de Jesús en el pan, o se trata de un cuerpo invisible o qué. Este debate resurgirá desde entonces una y otra vez. Pero al no haber en la literatura patrística una base doctrinal clara para defender una u otra postura, los escolásticos y teólogos acudieron a la ciencia para intentar explicar la realidad del fenómeno que se produce en el cambio eucarístico, y la visión científica de la realidad en esa época estaba basada principalmente en Aristóteles, así que los intentos de explicarlo usarán las herramientas aristotélicas en su defensa. Veamos en qué consisten esas ideas filosóficas.

LA FILOSOFÍA GRIEGA

Para el hombre moderno, la explicación de la (T) resulta muy poco científica e incluso carente de sentido. Es como si te dicen, “eso que ves con la perfecta apariencia de silla es en realidad una vaca, aunque no te lo creas”, y efectivamente, no nos lo creeríamos. A algunos esta comparación les puede sonar chocante e incluso blasfema, pero si queremos dialogar con el ateísmo o el protestantismo tenemos que partir de la realidad de que para un ateo y para la mayoría de los protestantes, el afirmar que la hostia consagrada es Jesús resulta exactamente igual de absurda que si le decimos que esa silla es una vaca.

AristótelesSi la explicación de la (T) es incomprensible y hasta absurda para el ateo moderno (incluso para el católico moderno si se esfuerza por comprenderlo) es porque el hombre moderno tiene una visión del mundo físico muy diferente a la que tenía el hombre antiguo y no tan antiguo. Para empezar, no entiende ese concepto de “esencia” referido a la identidad del pan, y su interpretación de la palabra “substancia” es totalmente diferente a lo que la (T) pretende al usarla. Lo que aquí está ocurriendo es que la doctrina de la (T) se está expresando con una terminología científica antigua que ya no tiene nada que ver con nuestra moderna visión de la realidad. Para entender qué es eso de “substancia” tenemos que remontarnos a Aristóteles, que marcó la visión de la realidad y la “ciencia” del mundo antiguo y de buena parte de la Edad Media y posterior.

ARISTÓTELES

Para Aristóteles, la esencia del ser está inseparablemente unida a la materia (no a las ideas, como defendía Platón). Esa esencia que se manifiesta como materia es lo que él llama “substancia”.

Aristóteles clasifica la realidad en sustancias primeras, sustancias segundas y accidentes. La sustancia primera es la auténtica realidad, la esencia de algo, y no puede definirse, solo puede señalarse con el dedo (por decirlo de alguna manera) o nombrarse. La esencia de Sócrates es él mismo, Sócrates. Las sustancias segundas son las cualidades o predicados que podemos decir de las cosas reales (las sustancias primeras). Sócrates es un hombre, por tanto “hombre” es una sustancia segunda, no tiene realidad por sí misma sino solo como cualidad o generalización de las sustancias primeras. Y por último los accidentes son cualidades que pueden estar o no estar. Sócrates siempre será “hombre”, pero puede cambiar de joven a viejo, puede engordar o adelgazar, le pueden cortar un brazo, etc. pero siempre será un hombre y siempre será Sócrates (la substancia en él no cambia). Hoy en día podríamos discutir eso de que Sócrates es un hombre y tal cosa no puede cambiar, pero aunque Aristóteles hubiera conocido las operaciones de cambio de sexo, en su visión de la realidad seguiría pensando que ese Sócrates (que ahora podría llamarse Mari Pili) sigue siendo y teniendo la substancia de un hombre por mucho que las hormonas inyectadas y la operación quirúrgica hayan transformado la apariencia de su cuerpo en el de una mujer.

PARA RECORDAR: Lo que nos interesa de la visión aristotélica es fundamentalmente que para Aristóteles la “substancia”, que es material, es el ser, la cosa individual, la realidad, y el “accidente” es la manera en que esa substancia se muestra, la apariencia, su manifestación física en un momento dado.

Para él el cambio puede afectar al “objeto” (persona, animal o cosa) de dos maneras:

– cambio substancial: cuando desaparece una sustancia y da lugar a otra (como cuando quemamos un papel y lo convertimos en cenizas)

– cambio accidental: cuando una sustancia se modifica en alguno de sus atributos o características pero permanece siendo la misma (como el niño que crece o la hoja que se seca).

Según vimos en la definición de la (T), traducida a términos aristotélicos diríamos que en el pan eucarístico se produce un cambio substancial, pero no accidental.

LA CIENCIA ACTUAL

átomoDemócrito (s. V a.C.) decía que la materia está compuesta de minúsculas partículas indivisibles, llamadas “átomos” (a= no, tomos= divisible). Y por tanto el cambio en un objeto se debe a la reconfiguración de esos átomos. Esta teoría tuvo poco éxito y pronto fue totalmente abandonada. Despreciar el atomismo de Demócrito no puede calificarse de torpeza o error filosófico, o menos aún científico. Realmente con los medios de la época no había manera de demostrar que tales partículas invisibles pudieran existir. No sería hasta el siglo XIX cuando la ciencia avance lo suficiente como para poder redescubrir, ahora ya sí con fundamento, que la materia está realmente compuesta por átomos, aunque posteriormente se descubriría que dichas partículas estaban lejos de ser diminutas esferas indivisibles, sino que se componían a su vez de partículas aún más pequeñas (electrones, protones y neutrones). Luego se descubriría que protones y neutrones estarían formados a su vez por otras partículas más elementales. Estas partículas suelen unirse para formar átomos, los cuales a su vez se pueden agrupar en moléculas, dando así lugar a los elementos químicos de la tabla periódica, elementos que a su vez pueden formar compuestos, los cuales pueden también combinarse o no con otros compuestos para crear entes materiales de mayor volumen y complejidad como por ejemplo una roca, una brizna de hierba o una vaca. También sabemos ahora que la materia puede transformarse en energía y viceversa, así que la esencia de todo el universo material es la energía.

Según este concepto de la realidad, el cambio se explicaría de varias maneras, por ejemplo, y simplificando:

1- Un “objeto” se transforma al añadir o quitar más de lo mismo (podemos arrancar una rama a un árbol o puede crecerle una rama nueva).

2- las moléculas pueden reorganizarse o recombinarse con otras en modos diferentes para formar objetos diferentes. Esto explicaría la transformación de la brizna de hierba en vaca, las moléculas, o al menos los átomos, siguen ahí, pero se han reacoplado de manera diferente con las moléculas que ya estaban en el cuerpo de la vaca.

3- las partículas elementales pueden recombinarse formando átomos diferentes, o transformarse en pura energía. Eso explica por ejemplo que el helio y otros elementos del sol se transformen en luz y en calor.

En todos estos casos los cambios en la apariencia (los “accidentes”) van unidos a los cambios en la esencia (la “substancia”), o al menos en la organización de los elementos que conforman la substancia (las partículas elementales), y todos esos cambios se pueden constatar con los instrumentos adecuados. Si tomamos una silla, la descomponemos y formamos con su madera un escaño, no tiene sentido decir que la substancia de la silla permanece pero han cambiado sus accidentes. Ahora ya no hay silla, ni en accidente ni en substancia, lo que hay es un escaño, y lo único que permanece es la madera. Pero la madera ya estaba en la silla antes, no es algo nuevo generado por el proceso de cambio.

A un nivel más profundo, si quemamos la madera se producen unas reacciones químicas por la acción del calor y el oxígeno que actúa sobre la propia esencia del material transformando sus moléculas en otros compuestos como gas, ceniza y energía calórica. Esos nuevos compuestos no tienen ya nada que ver ni con la silla ni con la madera y han afectado a la naturaleza misma de las moléculas que la componían, aunque las partículas elementales que formaban la silla han permanecido intactas durante todo el proceso… salvo por la transformación de parte de ellas en energía y en luz. Al final solo nos queda la energía como elemento inmutable de la materia, una “esencia” que sería común a toda la materia y por tanto no serviría como la “substancia” aristotélica para definir a un ser (no olvidemos que la “substancia” es un concepto físico, no espiritual).

EL MISTERIO EUCARÍSTICO

Última CenaY el lector que haya tenido la paciencia suficiente para seguir todas nuestras explicaciones filosóficas y científicas ha llegado por fin al meollo de nuestro artículo: ¿qué tiene todo esto que ver con la presencia real de Jesús en la Eucaristía? La respuesta es: todo y nada. Nada, porque la ciencia se ocupa de la realidad material, no de la realidad espiritual, y todo porque cuando los teólogos han buscado explicaciones “racionales” para el milagro eucarístico se han visto obligados a acudir a lo que la filosofía y la ciencia de su momento les ofrecía, y por tanto sus explicaciones no pueden entenderse si ignoramos el concepto de la realidad que había en su época.

Si queremos explicar cómo la hierba se transforma en carne (cuando se la come la vaca) los antiguos te hablarían de que la hierba, de alguna misteriosa manera, tiene en sí la potencia de ser vaca. Esa explicación hoy nos resultaría absurda e infantil, pero no porque lo sea, sino porque hoy sabemos que tanto la hierba como la vaca se componen de moléculas y átomos, y conocemos bastante bien cómo esas moléculas se interrelacionan y reconfiguran haciendo posible la transformación de la sustancia. Pero eso antes no se sabía, así que se explicaban las cosas usando el conocimiento que tenían, no se les puede pedir más.

Cuando le llega el turno al misterio eucarístico y comienzan los debates para explicar qué es lo que realmente ocurre ahí, o más bien, cómo ocurre tal cosa, nos encontramos con una situación muy parecida a lo de intentar explicar cómo rayos una brizna de hierba puede acabar convertida en vaca. En nuestra humilde y personalísima opinión, mejor hubiera sido que el niño de la visión de San Agustín se le hubiera aparecido a más de uno con la pala en la mano intentando vaciar el océano, pero tal cosa no sucedió y los escolásticos y teólogos se enzarzaron en un arduo intento por explicar cómo el pan se transforma en el cuerpo de Jesús, aunque ni siquiera era nadie capaz todavía de explicar creíblemente algo en principio mucho más sencillo, como es lo de la hierba en vaca.

Todo el debate de si el milagro eucarístico resulta en una transubstanciación (T) o una consubstanciación (C) es en realidad un debate que solo tiene sentido dentro del conocimiento antiguo, pero que con el conocimiento actual de la ciencia ya es irrelevante. Sin embargo en aquella época el debate sí tenía sentido, pues realmente pensaban que la realidad se componía de substancia y accidentes y por tanto dentro de esos esquemas tenían que encajar la presencia eucarística de alguna forma si querían racionalizar el proceso. Antes solo hay pan, ahora está Jesús, ¿Cómo se produce el cambio?

En (T) se considera que la “substancia” del pan se ha transformado en la “substancia” del cuerpo de Cristo, pero los accidentes detectables permanecen inalterados, con lo que permanece toda la apariencia del pan aunque sin serlo. En (C) se considera que la substancia del cuerpo de Cristo se añade a la substancia del pan, pero mientras que el pan mantiene su esencia y todos sus accidentes, el cuerpo de Cristo entra en esencia, pero no posee accidente alguno, y por tanto es indetectable. En ambos casos el resultado es el mismo: Cristo (en cuerpo y alma) está presente en la hostia, pero no hay posibilidad de detectar esa presencia por medios físicos.

IMPORTANTE: hemos de tomar nota de que en realidad no estamos ante doctrinas esencialmente diferentes, sino ante explicaciones diferentes sobre cómo se produce la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Tanto (T) como (C) están de acuerdo en que Jesús está verdaderamente presente en el pan, y esa doctrina no se discute en este artículo, solo estamos analizando las dos explicaciones que hay sobre de qué manera esa presencia se efectúa.

Es por eso que ahora que conocemos más o menos la composición de la materia, incluido el pan, ambas doctrinas resultan igualmente “desfasadas”. No es que podamos decir que la ciencia ha demostrado que la doctrina de la (T) o de la (C) sea falsa, simplemente es una doctrina que pretende explicar un acontecimiento, y esa explicación se mueve dentro de unos esquemas de razonamientos que ya pertenecen al pasado. Elegir entre el concepto de (T) o (C) tiene sentido si vemos el mundo en términos de substancia y accidente, pero no tiene sentido si vemos el mundo en términos de átomos y partículas elementales (o cuerdas). Y si el concepto aristotélico de “substancia” ya no tiene sentido a nivel científico, entonces la distinción entre (T) y (C) pierde toda su relevancia, pues como hemos visto, en ambos casos los accidentes (que es lo que la ciencia puede detectar) son idénticos (los del pan). Lo que cambia entre ambas doctrinas es la naturaleza de la substancia, pero si admitimos ahora que la substancia no es un concepto físico sino puramente filosófico, nos encontramos con que la diferencia entre (T) y (C) no es una diferencia real, luego en realidad no describen procesos diferentes!

Si no queremos chocarnos de frente con las evidencias científicas, parece que deberíamos dejar atrás el concepto aristotélico de “substancia” y adoptar un enfoque espiritual. El concepto de “substancia” de Aristóteles es un concepto material, no espiritual, pero la presencia de Jesús en el pan no puede ser una presencia física; si fuera física la ciencia podría detectarla, tiene que ser una presencia metafísica. Así que… ¡adiós Aristóteles!

Pero si pensamos que lo que se produce en la Eucaristía es simplemente que el espíritu de Jesús se introduce en el pan, entonces estaríamos contradiciendo la doctrina original de la Iglesia apostólica que afirma que ese pan “es el cuerpo de Jesús”. Es más, la grandeza de la Eucaristía reside en que en ella Dios se hace presente en el plano material, no solo como una presencia espiritual sino como parte del mundo material, reeditando el misterio de la Encarnación. Ahora tenemos un dilema, si tenemos ahí el cuerpo de Jesús, no solo su espíritu, ¿cómo es que no puede detectarse por medios físicos?

Volvemos al problema original que estábamos intentando evitar: el choque entre la fe y la ciencia. Pero aún no hemos tocado otro asunto que nos permitirá evitar la colisión una vez más. Se trataría de definir qué es eso que llamamos “cuerpo de Cristo”.

EL CUERPO DE CRISTO

jesús resucitadoQuienes defendemos que el pan se convierte verdaderamente en el cuerpo de Cristo, ahora y en el siglo I, no estamos pensando en el cuerpo carnal y corruptible de Jesús, el cuerpo que murió en la cruz y fue enterrado, sino en el cuerpo resucitado, ese mismo cuerpo glorioso que ahora posee Jesús en el cielo y que nosotros también poseeremos en la otra vida. La naturaleza del cuerpo glorioso merece un artículo por sí mismo, pero aquí sólo tocaremos el tema en lo necesario para el asunto que nos concierne.

Hay que admitir que es poco lo que sabemos sobre ese cuerpo resucitado, pero en el Nuevo Testamento tenemos algunas pistas sobre la naturaleza del cuerpo resucitado de Jesús: presenta características de un cuerpo físico (Jesús podía ser tocado y podía comer) y de hecho los evangelios enfatizan el carácter físico y corpóreo del Jesús resucitado (no es una visión, un espíritu o fantasma sino un hombre de carne y hueso) pero también puede actuar como si fuera un cuerpo espiritual (traspasa paredes, aparece y desaparece, se eleva venciendo la fuerza de la gravedad, se manifiesta solo como una voz o como una presencia que se siente…). Su apariencia puede ser la misma que el cuerpo físico original pero también puede cambiar, por eso María Magdalena no le reconoce cuando le ve por primera vez en el jardín, y lo que es más interesante: puede transformarse de alguna manera en el pan que está en la mesa, por eso cuando compartió mesa con los discípulos de Emaús, en el instante de partir el pan ese cuerpo humano de Jesús aparentemente “desaparece” y lo que queda es solo el pan, que en realidad ha pasado a ser Jesús mismo, transmutado. El cuerpo glorioso de Jesús y el pan de la mesa, que eran dos cosas diferentes, mediante la consagración se transforman en una sola cosa pero con toda la apariencia externa del pan. Ese pan, que solo era pan, se ha transformado de tal forma que ahora no es pan sino el cuerpo de Jesús, aunque el Nuevo Testamento no nos da ninguna pista sobre cómo sucedió el milagro.

Es San Pablo quien hace una breve e interesante explicación de la naturaleza de ese cuerpo glorioso resucitado:

No todos los cuerpos son iguales: hay diferencia entre el cuerpo del ser humano, el del ganado, el de las aves y el de los peces. Hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres. Y no es el mismo resplandor el de los unos que el de los otros. No brilla el sol como brillan la luna o las estrellas; e incluso entre las estrellas, cada una tiene un brillo diferente. Así sucede con la resurrección de los muertos: se siembra algo corruptible, resucita incorruptible; se siembra una cosa despreciable, resucita resplandeciente de gloria; se siembra algo endeble, resucita pleno de vigor; se siembra, en fin, un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual. Pues si hay cuerpo animal, también lo hay espiritual. La Escritura dice: Adán, el primer ser humano, fue creado como un ser dotado de vida; el último Adán, como un espíritu que da vida. Y no existió primero lo espiritual, sino lo animal; lo espiritual es posterior. (1Co 15,39-46)

Por tanto parece que ese cuerpo de Jesús (y el que tendremos nosotros), el cuerpo que se hace presente en la Eucaristía, es según San Pablo un cuerpo espiritual, aunque pueda adquirir o al menos imitar cualidades (“accidentes”) materiales. Sin embargo aquí está el misterio que, en nuestra opinión, es incomprensible para la mente humana, al menos hoy en día. Cuando San Pablo llama al cuerpo resucitado “cuerpo espiritual”, no quiere decir “espíritu” o fantasma, no se refiere a una especie de alma sin cuerpo, pues entonces contradeciría el dogma cristiano de la resurrección de la carne, o más bien lo negaría. El cuerpo resucitado es un cuerpo material que, como hemos dicho, puede presentar características físicas y espirituales de un modo que no podemos entender, pero la revelación (incluido San Pablo) nos dice bien claro que el cuerpo resucitado es nuestro cuerpo de siempre, no uno nuevo, si bien transformado, perfeccionado y con cualidades diferentes. El propio Jesús nos deja claro que ese cuerpo glorioso, espiritual o como queramos llamarlo, no es el equivalente a un fantasma etéreo:

Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo. Tocadme y miradme. Los fantasmas no tienen carne ni huesos, como veis que yo tengo. (Lucas 24:39)

Aún así, nadie puede pensar seriamente que cada átomo de nuestro cuerpo volverá a reunirse y re-construir el cuerpo que tendremos al resucitar. Si yo muero, entierran mi cuerpo, un arbusto hunde sus raíces en mis restos convertidos en humus y una vaca se come el arbusto y un señor se come a la vaca, es evidente que parte de mis átomos pasarán a formar parte del cuerpo de ese señor, y si ese señor ahora se muere ¿a dónde irán a parar esos átomos suyos que antes fueron míos, a su cuerpo resucitado o al mío? Es evidente que nuestro cuerpo glorioso, aunque pueda tener una apariencia semejante a nuestro cuerpo real, no estará compuesto por los mismos átomos que mi cuerpo presente.

Pero a esta objeción podemos dar un respuesta sencilla. Mi cuerpo material cambia, no es igual hace diez años que dentro de diez años, y aún así sigo considerando que poseo un mismo cuerpo a lo largo de toda mi vida. Sin embargo la mayor parte de las moléculas (o tal vez todas) de mi cuerpo cambian cada varios años (no todas las células cambian, pero sí todas las moléculas que las conforman), así que probablemente en mi cuerpo no haya ninguna o casi ninguna molécula de las que tenía hace veinte años, y aún así la identidad de mi cuerpo no ha cambiado. Del mismo modo cuando resucite y posea mi cuerpo glorioso no hace falta que ese cuerpo posea ninguna de las moléculas que ahora tengo o que tendré en el momento de morir, y eso no impediría considerar que ese cuerpo glorioso es mi cuerpo, el de siempre, el de ahora. Nuestro cuerpo viviente se puede comparar a un río, cuya agua está continuamente cambiando y renovándose pero aún así el río es siempre el mismo. Seca el río y éste muere, trae abundante lluvia y el río resucitará aún con más vigor, y seguirá siendo el río de siempre, aunque su agua, como siempre, sea nueva. El típico argumento ateo sobre las moléculas compartidas no supone pues ninguna objeción real.

Por tanto, si podemos tener el mismo cuerpo desde que nacemos hasta que morimos aunque todos los átomos sean diferentes, tampoco sería sorprendente pensar que puedo tener el mismo cuerpo aunque todos los átomos sean de una naturaleza diferente a los átomos de nuestro mundo físico. Tal vez – y esto es pura especulación  – nuestro cuerpo glorioso estará compuesto de algo así como “átomos espirituales” (ciertamente nos resulta complicado pensar en átomos físicos existiendo en un plano espiritual, a menos que el cielo que nos espera tenga también algo de físico). Igual que ahora tenemos un alma que habita, o impregna o lo que sea, un cuerpo físico, los cristianos creemos que en el cielo no seremos solo almas etéreas e informes flotando en un magma de amor, sino que resucitaremos con un cuerpo glorioso, que nos dará forma e identidad igual que ahora y nos permitirá relacionarnos como individualidades separadas, aunque unidas en perfecta comunión. Pero sigamos con lo que nos enseña San Pablo sobre esto:

El primer ser humano procede de la tierra, y es terreno; el segundo viene del cielo. El terreno es prototipo de los terrenos; el celestial, de los celestiales. Y así como hemos incorporado en nosotros la imagen del ser humano terreno, incorporaremos también la del celestial. Quiero decir con esto, hermanos, que lo que es sólo carne y sangre no puede heredar el reino de Dios; que lo corruptible no heredará lo incorruptible. Mirad, voy a confiaros un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados. Súbitamente, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene —que sonará— la trompeta final, los muertos resucitarán incorruptibles mientras nosotros seremos transformados. Porque es preciso que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que esta vida mortal se revista de inmortalidad. (1Corintios 15: 47-53)

Esta explicación de San Pablo es más que suficiente para nuestra comprensión espiritual, pero no podemos usarla para sacar una comprensión científica de qué es exactamente el cuerpo glorioso sobre la que poder basar una definición moderna de cómo se produce la transubstanciación. Tal vez nos estemos chocando con la doctrina en algún profundo aspecto, aunque no es esa nuestra intención, pero lo que queremos enfatizar es que la naturaleza científica del cuerpo glorioso no está detallada en la Biblia ni definida en la Tradición, así que partimos de una realidad que solo podemos calificar como misteriosa, fuera de nuestra comprensión. Y sin embargo, puesto que es el Jesús resucitado quien se hace presente en el pan, es de ese cuerpo glorioso de donde hay que partir si queremos explicar de qué manera se produce el milagro.

Ya sabemos que cuando el pan pasa a ser el cuerpo de Cristo no estamos hablando de un cambio a nivel atómico, ni tampoco de un añadido de nuevos átomos, y el antiguo concepto filosófico de “substancia” ha quedado ya relegado al mundo de las ideas, así que tampoco tiene sentido hablar de si la substancia ha cambiado o ha sufrido adiciones, porque la “substancia” aristotélica sabemos ahora que no es algo real, sino solo una idea filosófica.

No busquemos átomos de la carne de Cristo en el pan, sino su ser, su identidad. De esta manera, según los conocimientos aportados por la ciencia moderna y también según lo que nos dice el mismo San Pablo, cuando decimos que el pan es ahora el cuerpo de Cristo debemos más bien pensar en que ese cuerpo de Cristo es la presencia de Jesús que ha asumido la apariencia del pan (T), algo así como que las moléculas del pan son ahora el cuerpo de Jesús, o que el cuerpo glorioso que posee Cristo ha adquirido como propias esas moléculas que antes formaban pan. Aunque esto seguiría permitiendo la otra interpretación (C), la de que ese cuerpo espiritual “habita” el pan en el mismo sentido en que mi alma “habita” mi cuerpo. O tal vez no. Es más que probable que si juntamos la razón, la lógica y la ciencia moderna no seamos capaces de dar una explicación convincente a este misterio. ¿Otra vez intentando vaciar el océano?

Pues ya puestos a especular, echemos al hoyo teológico una cucharada de mar más por si puede aportar algo de luz. Antes explicamos que mi cuerpo es siempre el mismo cuerpo durante toda mi vida, a pesar de los evidentes cambios que van desde el feto o el bebé hasta el adulto o el anciano, y  científicamente también podemos probar que todos los átomos de nuestro cuerpo cambian cada x años, de modo que si comparamos mi yo-bebé con mi yo-anciano nos encontramos con que a simple vista hay un cambio de apariencia tremendo, como si fuesen dos cosas totalmente distintas, y a nivel atómico vemos también que toda la materia que compone mi cuerpo es diferente, no hay probablemente ni un solo átomo de los que conforman a mi yo-bebé que vayan a estar presentes en mi yo-anciano. Y sin embargo nadie diría que el anciano ha adquirido en algún momento otro cuerpo diferente. Su cuerpo se ha transformado, ha cambiado, pero sigue siendo el mismo. Del mismo modo nuestro cuerpo resucitado se transformará, pero seguirá siendo el mismo. Igualmente el Jesús resucitado que se hace pan no ha cambiado de cuerpo, su cuerpo se ha transformado, ha cambiado físicamente, pero sigue siendo el mismo cuerpo de Jesús el que ahí vemos. La diferencia es que nuestro cuerpo mortal físico se transforma muy lentamente en todos los sentidos, con el paso de los años, mientras que en el milagro de la Transubstanciación, esa transformación a nivel de apariencia y a nivel atómico ocurre en un instante, y lo hace aprovechando las moléculas que ya estaban ahí en el pan. Esas moléculas que antes conformaban el pan, ahora conforman el cuerpo de Jesús, y Jesús es uno con su cuerpo. Lo que antes era pan, ahora es Jesús, en cuerpo y alma, tan real, tan vivo y tan presente en nuestro mundo físico como lo era cuando caminaba entre los apóstoles. Esa es la gran maravilla, con la Eucaristía Jesús regresa a nuestro mundo material para estar a nuestro lado y para que podamos verlo y sentirlo también en el plano físico, actualizando así una y otra vez el misterio de la Encarnación que comenzó hace 2000 años.

EL DOGMA DE LA TRANSUBSTANCIACIÓN

consagraciónPero ahora nos encontramos con otra “pequeña” dificultad. Decimos que la doctrina de la (T) ha quedado “desfasada”, por decirlo de alguna forma, pero resulta que en el 1215 fue declarada dogma, y si un dogma resulta ser falso entonces la infalibilidad de la Iglesia queda destruida. Un problema bastante grave.

En realidad no hay tal problema. Como ya hemos dicho, la ciencia no ha demostrado que la (T) sea falsa, pues la (T) no se formula en base a los conceptos de la ciencia actual, sino en la distinción entre los conceptos aristotélicos de substancia y accidente. La ciencia lo que ha hecho es relegar esos conceptos aristotélicos al terreno filosófico, y por tanto, como efecto secundario, la propia doctrina de la (T) (y la de la C) ha quedado también trasladada al terreno filosófico. Pero en ese terreno sigue siendo tan verdadera como lo era antes.

Cuando la Iglesia estableció la (T) como dogma lo hizo porque la otra alternativa, la (C), no resultaba una explicación satisfactoria para lo que realmente habían creído siempre los cristianos. Los cristianos de los primeros siglos no se pusieron a buscar una explicación del proceso que ocurría en la consagración, pero una cosa sí tenían muy clara, ese pan pasaba a ser el cuerpo de Cristo, y de esa creencia tenemos abundantes testimonios, como por ejemplo este de San Cirilo de Jerusalén en el siglo IV en su catecismo para catecúmenos:

Lo que parece pan no es pan (1), aunque así sea sentido por el gusto (2), sino el cuerpo de Cristo (1), y lo que parece vino no es vino (1), aunque el gusto así lo quiera (2), sino la sangre de Cristo (1)   (Catequesis XXII,9)
(1= substancia   2= accidente)

O por ejemplo esta otra

Antes, pues, que se realice la consagración, el pan es pan; pero cuando sobre él descienden las palabras de Jesucristo, que dice: “Esto es mi cuerpo”, el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo (San Agustín).

Partiendo de esta creencia, si nos vemos obligados a dar una explicación “racional” usando los esquemas de conocimiento aristotélicos usados antaño, entonces la explicación de ese cambio como (T) resulta la correcta, y por tanto, la verdadera. Por el contrario la explicación de la (C) no parece acertada, porque cuando San Cirilo dice que “lo que parece pan no es pan… sino el cuerpo de Cristo”, está dejando claro que eso ya no es pan, lo cual contradice a la (C), pues esa doctrina dice que eso sí sigue siendo pan, aunque además de pan ahora se ha añadido el cuerpo de Cristo. Por lo tanto, cuando la Iglesia decide atajar la disputa entre ambas doctrinas estableciendo la (T) como dogma en el IV Concilio de Letrán (1215), lo que está haciendo es eligiendo de entre dos explicaciones la correcta, y por tanto la verdadera según esa forma de razonar.

El dogma, por tanto, sigue siendo verdadero, lo único es que ahora, en los tiempos actuales, es nuestra opinión que ese dogma en su formulación actual es ya innecesario (hablamos del dogma, la explicación, no de la doctrina) porque para la mentalidad moderna tal explicación aristotélica no es entendida y lo que nació como un intento de racionalizar y ayudar a comprender la presencia eucarística, ha pasado a ser un motivo de confusión y escepticismo, pues fácilmente se puede tener la sensación de que la Iglesia te obliga a creer que esa silla que claramente se ve que es una silla es, en realidad, una vaca.

CONCLUSIÓN

Repetimos una vez más para no generar malentendidos, la doctrina de la presencia real de Jesús en la Eucaristía no se ve en absoluto afectada por todo esto, lo único que hemos discutido en este artículo es la doctrina que intenta explicar de qué manera se produce esa presencia real. Los datos aportados son objetivos, las opiniones y conclusiones son totalmente subjetivas y personales y no pretenden reflejar ningún pensamiento oficial.

Nuestra opinión es que la doctrina (T) en su formulación actual solo fue una explicación que tuvo sentido durante los siglos en los que se interpretaba la realidad en términos de substancia y accidente, y su declaración dogmática solo se produjo como reacción ante el peligro de una nueva doctrina (C) que pretendía explicar dicha presencia real de forma que contradecía la visión que la Iglesia Primitiva había mantenido sobre tal asunto, y entonces sí se convirtió en algo necesario. Por tanto la explicación de la (T) en su momento fue verdadera (y lo sigue siendo dentro de los términos en los que se movía) y tuvo una función de preservación de la fe primitiva, pero ahora que ha cambiado nuestra visión de la realidad, dicha doctrina debería redefinirse en el sentido de abandonar los conceptos de la ciencia aristotélica y utilizar en su lugar los conceptos de la ciencia moderna. De hecho, si prescindimos del concepto aristotélico de substancia, nos encontramos con que la contradicción entre la (T) y la (C) es ficticia, pues su diferencia se basa en el concepto materialista de substancia y dicho concepto ya sabemos que no se corresponde con el mundo físico real. Ese conflicto entre Transubstanciación y Consubstanciación no ha quedado eliminado, sino trascendido por nuestra nueva comprensión de la realidad, lo cual debería abrir la puerta a un nuevo acercamiento entre católicos y luteranos.

Una doctrina que surgió con la intención de explicar el milagro, de hacerlo comprensible y por tanto compatible con la razón, en la era moderna ha terminado por convertirse en todo lo contrario, un elemento de tensión que convierte el milagro de la Eucaristía en algo aparentemente incompatible con la razón y la ciencia. No es lo mismo “suspender” la razón y pensar que ahí hay un misterio que no podemos comprender, que verte obligado a aceptar una explicación supuestamente racional pero que aparentemente contradice nuestros conocimientos científicos ya que no conoces ni compartes los conceptos originales que se utilizaron para crear ese razonamiento.

Según la propia filosofía defendida por los papas recientes, un católico nunca debería encontrarse frente al dilema de tener que elegir entre la fe y la razón. Se le puede pedir que suspenda la razón (que no la aplique) porque hay misterios, como el de la Santísima Trinidad, que escapan por completo a la capacidad de comprensión humana, pero no se le puede ofrecer una explicación racional cuando esa explicación en realidad resulta aparentemente irracional en los tiempos actuales. La (T) fue una explicación que sirvió en su momento para aclarar las cosas pero que en su presente formulación parece más bien crear confusión.

Si buscas una explicación de la doctrina (T) puedes encontrarte algo como esto que viene en Wikipedia:

Para entender la doctrina “T” se emplean dos términos filosóficos básicos: sustancia y accidentes. Sustancia es aquello que hace que una cosa sea lo que es. Accidentes son las propiedades no esenciales y que son perceptibles por los sentidos. Los partidarios de la transustanciación creen que la sustancia del pan cambia, por un milagro y por las palabras de la consagración que pronuncia el sacerdote, y se convierte en la sustancia del cuerpo de Cristo, el pan ya no tiene lo que lo hacía pan, ahora es el cuerpo de Cristo, de igual manera pasa con el vino, pero permaneciendo los accidentes del pan y el vino como su olor, textura, sabor.

Irremediablemente te conduce a la filosofía griega, no a la ciencia, para poder entender esa doctrina, y esa afirmación de “el pan ya no tiene lo que lo hacía pan” llevaría al lector moderno a preguntarse qué se supone que significa eso, pues en nuestra actual cosmovisión lo que hace al pan pan es la disposición y naturaleza de sus moléculas, y eso es evidente que sigue estando ahí sin cambios, con lo cual tales afirmaciones resultan erróneas a menos que aceptemos la cosmovisión aristotélica que hoy ya nadie comparte. Tal vez por eso el Catecismo de la Iglesia Católica al tratar el tema de la Transubstanciación enfatiza más el misterio que la explicación:

La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, `no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios’. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22,19: `Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros’, S. Cirilo declara: `No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente’ (S. Tomás de Aquino, s.th. 3,75,1, citado por Pablo VI, MF 18)

Podríamos pensar que lo mejor entonces es desterrar el dogma al mundo de las ideas filosóficas en el que se generó y olvidarnos de él, pero los dogmas tienen una función fundamental para preservar la fe del error, y no podemos suponer que el Espíritu Santo movió a declarar un dogma con fecha de caducidad. Ya vimos que en los primeros siglos bastaba la doctrina de la Presencia Real y no era necesario explicar el cómo, pero cuando la gente empezó a especular sobre ese cómo se iniciaron caminos de pensamientos que, de tener campo libre para evolucionar, ponían en riesgo la correcta comprensión de esa Presencia Real. Si el río fluye hacia el mar sin problemas, no tiene sentido construir diques en sus orillas, pero si por alguna razón llega un punto en que sus aguas amenazan con salirse de su cauce e inundar nuestros cultivos y hogares, entonces construimos diques para evitar la catástrofe. Lo mismo ocurre con los dogmas, el Espíritu Santo los envía solo cuando existe el peligro de que se produzcan desviaciones doctrinales que permitan la entrada del error en el Magisterio de la Iglesia. Hoy en día, más que nunca, cuando todo el mundo especula sobre todo y muchos teólogos se comportan como simples filósofos, pretendiendo construir el cristianismo desde cero solo con su intelecto, derogar el dogma de la Transubstanciación, si es que ello fuera posible, sin duda abriría la puerta a multitud de interpretaciones diferentes, a cual más osada, que evolucionarían por su cuenta hasta degenerar en todo tipo de ideas sorprendentes que incluso podrían atacar de frente la doctrina de la Presencia Real o que al menos pretenderían transformar esa presencia en algo espiritual y no material. No, mejor dejar el dogma donde está porque las aguas de la doctrina bajan hoy incluso más turbulentas que cuando el dique se alzó.

Lo que pedimos, pues, no es derogar el dogma, sino tal vez redefinirlo usando un lenguaje más propio de la ciencia actual, un lenguaje que los hombres de hoy en día podamos entender más claramente. La explicación que dimos arriba sobre cómo un cuerpo puede seguir siendo el mismo cuerpo aunque su apariencia y sus átomos cambien, es un intento nuestro de ofrecer una explicación más comprensible (si es que al lector le ha resultado más comprensible), pero no pretendemos nosotros dar una definición del dogma, solo nuestra particular propuesta. Sin duda los doctores de la Iglesia podrían encontrar una reformulación o al menos una explicación del dogma mejor y más clara.

A pesar de que se han propuesto nuevas formas de llamar al dogma, como “transidentización”, por motivos históricos podríamos seguir con el término “transubstanciación” aunque reformuláramos su definición. Pero es nuestra opinión que explicaciones a parte, se debería poner énfasis en que el proceso de transubstanciación es, en última instancia, un misterio, del mismo modo que el dogma de la Trinidad define la naturaleza de Dios diciendo que son “tres personas y una esencia”, pero al mismo tiempo se reconoce que dicha naturaleza es un misterio imposible de entender. Así pues la Transubstanciación, se defina como se defina, tiene como resultado la presencia real de Jesús en la Eucaristía en cuerpo y alma y a un nivel tan físico como tú y como yo; por lo demás, esa encarnación no deja de ser un misterio, tal vez el más grande y asombroso de nuestra fe católica.

NOTA FINAL ACLARATORIA: En ningún lugar de este artículo hemos negado la presencia real de Jesús en la Eucaristía, algo en lo que creemos firmemente (de lo contrario no seríamos católicos). La doctrina de la que estamos hablando es otra distinta, es la Transubstanciación, o sea, la explicación de cómo se realiza esa presencia en la sagrada forma. Lo que intentamos mostrar es que ese dogma, tal como está definido, solo puede entenderse dentro del marco de la filosofía aristotélica, por eso si alguien intenta comprender el dogma usando los esquemas de la filosofía y la ciencia moderna, le resultará incomprensible y creará confusión en lugar de aclaración, que fue lo que el dogma originalmente pretendía. Por este motivo creemos que el dogma debería ser redefinido, usando los conceptos actuales sobre la realidad. También hemos defendido expresamente que el dogma es verdadero y que la Iglesia acertó al redactarlo, por lo tanto en ningún momento insinuamos que al declarar este dogma la Iglesia se equivocó, simplemente decimos que esa declaración, hecha en términos aristotélicos, solo tiene sentido dentro del marco aristotélico en el que se originó, y solo dentro de ese marco sigue siendo válido. Si sacamos el dogma de ese marco nos encontraremos con un aparente choque frontal entre fe y ciencia,  y la Iglesia Católica en ningún momento ha declarado que la materia no esté compuesta de átomos, así que si acepta la composición de la materia que la ciencia nos enseña hoy en día, debería hacer algo para adaptar este dogma a esa nueva concepción en lugar de seguir usando un lenguaje aristotélico basado en una concepción de la realidad que la propia Iglesia ya no defiende. Pura cuestión de coherencia.

Aprovechamos para dejarles aquí un vídeo relacionado con este tema. Lo que aquí nos relatan, de ser cierto, no puede considerarse una prueba de la Transubstanciación, sino más bien un milagro que supone una excepción a esa doctrina. Este suceso aquí narrado es un caso singular en el que en lugar de encontrarnos una hostia con la “substancia” de Jesús pero los “accidentes” del pan, lo que nos encontramos es con los accidentes del pan mezclados con los accidentes del corazón de Jesús. Sería pues un caso en el que se mezcla la transubstanciación, la consubstanciación y la transformación, todo junto. Interesante en cualquier caso, y aunque se salga totalmente del dogma, sería de todas formas una prueba de la presencia de Jesús en la Eucaristía, que al fin y al cabo es lo que importa. Y al fin y al cabo, un milagro es un suceso extraordinario en donde las cosas no ocurren de forma esperada, así que de ser cierto esto del vídeo, tampoco se contradice al dogma de la Transubstanciación tal como está definido, sino que supone una milagrosa alteración de la Transubstanciación como manera de llamar más claramente nuestra atención sobre esa Presencia que muchos ponen en duda. Nosotros ni nos creemos esta historia ni nos la dejamos de creer, solo dejamos aquí el vídeo para que usted opine:

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13 thoughts on “¿Transubstanciación, Consubstanciación o patraña?

  1. Pingback: El Turrón de las Colas | El TURRÓN del Día

  2. re leer el articulo aclara mas las cosas. este tema es muy interesante, espero un dia tambien pongas un articulo sobre el pecado original, tengo muchas dudas sobre eso por ejemplo si no existio adan y eva entonces de donde viene el pecado original? seria un buen articulo!

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    • Sí, algún día tocará. Brevemente te digo que, como bien dices, la historia de Adán y Eva es simbólica, lo que importa es el mensaje. El pecado original no es algo que tenemos porque hace años un hombre mordió una manzana, eso es una manera de decir que esa parte nuestra con tendencia al pecado se debe a nuestro rechazo a seguir los designios de Dios (que no son las órdenes despóticas de un tirano, sino los consejos sabios de quien quiere librarnos del mal). Es evidente que el hombre, aunque nazca con tendencia al bien, tiene también una parte que tiende al mal, aunque solo sea por debilidad. Los niños son puros y angelicales pero… también tienen mucho de diablillos egoistas e incluso unos supremos déspotas si no se les corrige con una buena educación. Pues esa tendencia, con la que nacemos, es lo que los católicos llamamos “pecado original”. El error es pensar que ese pecado original se debe a que Adán hizo algo malo y ahora tenemos todos que pagar por su error (¿qué culpa tengo yo de lo que hizo alguien hace miles de años?). Eso es una interpretación demasiado literal y simplista. Si Adán es un prototipo del ser humano en general (Haadam en hebreo significa simplemente “hombre” o “ser humano”) lo que nos muestra el Génesis es cómo el ser humano tiene esa flaqueza que le lleva a veces a hacer lo incorrecto incluso sabiendo perfectamente que es incorrecto. Nuestro pecado original no nos viene de lo que hizo Adán, esa historia nos cuenta que todos mordemos la manzana de cuando en cuando (unos más que otros, claro), y por eso todos estamos fuera del Paraíso. Bueno, te he dado una explicación bien rápida y simplista, apuntaremos el tema para tratarlo algún día con la profundidad que se merece. Un saludo

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    • que clase confusión uno explica con 100 páginas y supuesta mente según el ha aclarado todo y luego bien el otro y con pocas palabras lo deja en ridículo eso es una confusión no he al lado a nadie que explique con claridad y sin mucho blanca ese tema que haya el papa se evita mencionar y que se supone ya va a evitar más para atraer a los hermanos separados que ya no son herejes ni protestantes como van cambiando los términos con el tiempo pero cuando algo es verdad no puede cambiar ya el limbo se desaparece y luego el purgatorio y luego desaparece Jesús del pan el ecuménismo dejará todo eso fuera.

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      • Hola Javier, la primera parte de tu mensaje no la entiendo, en cuanto a la segunda parte, los protestantes son protestantes, y son herejes porque se apartaron de la verdad, pero llamarles “herejes” o “hermanos separados” es más cuestión de caridad cristiana que otra cosa, porque una cosa no quita la otra y también los samaritanos eran herejes para los judíos y Jesús los trataba como hermanos (separados) y no como enemigos. El limbo nunca ha sido dogma católico, sólo era, y sigue siendo igualmente, una hipótesis (https://apologia21.com/2012/09/09/entonces-el-limbo-existe-o-no-existe/). En cuanto al purgatorio y la presencia de Jesús en la eucaristía, no te preocupes, nadie en la Iglesia Católica lo va a negar.

        En cuanto a si lo de Adán es un hecho real o una especie de parábola, eso no es problema de las creencias de la Iglesia, para un católico tanto da creer que es un hecho real o no, el creerlo o no es un problema de la ciencia, no de la religión. Si tú eliges creer que sí lo fue, no por eso serás más o menos católico que yo, al menos desde mi punto de vista.

        Un saludo.

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  3. creo que se trata de realidad y apariencia. como las estrellas, ahora vemos la apariencia que tenia la estrella hace años pero no es la realidad pues la luz tarda en llegar muchos años

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    • Efectivamente, es una cuestión de realidad y apariencia. Incluso si en vez de distinguir entre “substancia” y “accidente” el dogma se redefiniera en términos de “realidad” y “apariencia” como tú dices, ya estaríamos convirtiendo un extraño galimatías en algo que cualquiera podría comprender con facilidad. Es, como decimos aquí, sorprenderte constatar cómo una de las doctrinas más importantes del catolicismo sigue siendo “explicada” en términos que ya son incomprendsibles. Lo que planteamos aquí no es simplemente una sugerencia, es más bien una llamada de urgencia al Vaticano (por decirlo de alguna manera) para que la Iglesia explique mejor algo fundamental que todo el mundo debería entender sin pensar que nos están obligando a creer en lo imposible.

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    • el artículo mezcla filosofía, teología y ciencia pero en nuestro próximo artículo trataremos la presencia real de Jesús en la Eucaristía, tal vez ahí encuentres más de lo que vas buscando.

      ¿Qué quieres decir exactamente con lo de que “muchos dicen que son paganos? ¿te refieres a que dicen que la doctrina de la transubstanciación es pagana? quienes “son”?

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  4. En verdad que no envidio tu situación. Cuestionamientos desde dos flancos, pero supongo estás totalmente familiarizado con ello.
    Por mi parte y tal vez para que el hermano “Anónimo” que no es capaz ni de poner su nombre, se escandalice un poco más, me pareció genial la referencia al cap 15 de la 1Cor, lo cual voy a adoptar desde ya, agregaría además que hay visiones teológicas más cercanas a los sistemas de pensamiento actuales y podemos hablar, además de la transubstanciación, de los conceptos transfinalización y transignificación.
    Para mi, excelente distanciamiento de la filosofía griega, la cual nos ha llevado, en otros planos a aquello de la mitología.
    UN ABRAZO

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  5. Madre mía, que de herejías todas juntas, y para ello nos ha contado una película de miedo terrible y aburrida total. La ciencia, que incluso la Teología, la Filosofía, la Historia, la Literatura, etc, son ciencias, cosa que parece ignorar el artículo, pero en este caso, la ciencia que estudia las células, ha demostrado que la carne aparecida en muchísimas formas consagradas son únicamente músculo del corazón, sin pan en absoluto, y que la sangre que contiene son del grupo AB, y más complicado todavía, esas células estan vivas y LATEN mientras las estudian y habiendo pasado meses e incluso años de su aparición. Los estudios los han realizado expertos cardiólogos que no sabían lo que estudiaban, pero que se han quedado sorprendidos al ver que las células que conformaban la forma consagrada estaban vivas. Y todas ellas son de la misma persona, aunque haya diferencia de años entre unas y otras,, incluso siglos. Eso es ciencia y no la sarta de chorradas que he leido. Por otro lado, se niega en el artículo que el cuerpo de Jesucristo sea material. Por Dios, si incluso apareció ante los apostoles con las heridas y le dijo a Santo Tomás que comprobara que eran reales y comió con los apóstoles. Niega también la resurrección de la carne en el último día….. Con lo cual niega que Dios sea TODOPODEROSO. Vamos que este artículo no deja Dogma en pié, incluso niega que el Espíritu Santo acompañe a la Iglesia en todo momento con la infalibilidad al nombrar un Dogma. Lo dicho, no deja dogma vivo. Vaya panda de herejes que son ustedes dando a conocer todas estas mentiras. Que Dios les perdone, porque el pecado de herejía es muy gordo.

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    • Lamento que te hayamos causado tal desasosiego pero no somos conscientes de haber contradicho ni un solo dogma de la fe católica en este artículo, ni siquiera hemos rechazado el dogma de la transubstanciación, sino que lo hemos relacionado con la filosofía aristotélica porque así es como se definió, y por tanto, como decimos, ese dogma, tal como fue definido, no se puede entender fuera de esa filosofía. Con el resto de dogmas que aseguras hemos destruido nos hemos limitado a reflejar lo que la propia Iglesia Católica defiende; en algunos no tienes buena información y en otros no sé dónde ves tú que nosotros los hayamos negado. Y a pesar de que lo hemos repetido varias veces en el artículo lo repetiremos aquí una vez más: no estamos diciendo que el dogma de la transubstanciación sea falso, y expresamente defendemos la infalibilidad de la Iglesia cuando lo declaró; lo que decimos es que si intentamos interpretar ese dogma a la luz de la visión del mundo que tenemos hoy, entonces ese dogma no tiene sentido. Pero tu comentario, que agradecemos, nos ha inspirado a añadir una nota aclaratoria final para quienes, como tú, acaben con una idea totalmene equivocada sobre el contenido de este artículo, gracias.

      En cuanto a las sagradas formas compuestas enteramente de músculos cardíacos y sangre AB… no seremos nosotros quienes neguemos algún que otro milagro esporádico, pero si piensas que en general las hostias consagradas no están hechas de pan sino de carne de verdad, entonces ten cuidado porque esa afirmación está frontalmente en contra del dogma católico que dice que en el pan consagrado está la “substancia” (aristotélica) de Jesús, pero los “accidentes” son todos del pan, o sea, mirando por un microscopio lo único que se puede ver es pan y solo pan, pues la presencia de Jesús, su “substancia” no está presente con ningún accidente, esto es, es físicamente indetectable. Eso no es nuestra opinión, es el dogma de la transubstanciación.

      Y aprovecho aquí para publicar el vídeo que explica ese milagro del que tú hablas, que de ser cierto sería un milagro excepcional, pues de hecho este ejemplo le estaría dando la razón a los luteranos y su doctrina de la “consubstanciación”, o sea, tenemos al mismo tiempo a Jesús y al pan (células del corazón de Jesús junto con moléculas de harina). Aunque en realidad tampoco cumple fielmente con la doctrina de la consubstanciación, que dice que lo que cohabita en la sagrada forma son las dos “substancias” (de Jesús y del pan), no los dos “accidentes”, que es lo que al parecer vemos en este caso extraordinario. Pero bueno, basta ya de teología y disfruten del vídeo, ciertamente es interesante:

      (al final hemos decidido publicar el vídeo al final del artículo en lugar de ponértelo aquí, así todo el mundo podrá verlo. Un saludo)

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