¿Seguirá la Iglesia siendo Católica dentro de dos años?


Carta sobre el Sínodo de Sínodos

ÍNDICE

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Anexo A: ¿Acaba de decir el papa una herejía?

Como muchos de ustedes sabrán, la Iglesia Católica ha iniciado recientemente un proceso sinodal llamado a traer grandes cambios. Muchos ya lo llaman, con razón, el “Concilio Vaticano III”, pues tras el hundimiento de la Iglesia después de Vaticano II, los ahora gobernantes consideran que el problema no es que esas reformas hayan fracasado, sino que se quedaron cortas y que, en cualquier caso, la sociedad está cambiando tanto y tan deprisa que si la Iglesia quiere estar a la altura debería cambiar con igual intensidad y de forma continua para no quedarse atrás. No se trata sólo de cambios en la manera de relacionarse la Iglesia con el Mundo, sino que se buscan cambios y mayor flexibilidad también en asuntos morales y doctrinales, como si la Verdad fuera sólo una opinión que hay que adaptar a los tiempos para no desentonar.  Un nuevo concilio ya no sería suficiente, ahora se trata de establecer un mecanismo permanente que pueda ir produciendo cambios continuamente al mismo ritmo que cambie la sociedad, y el principio de todo será el “Sínodo de Sínodos”, miles de reuniones en todas las diócesis del mundo donde se escucharán la opinión de la gente, y luego esas opiniones se elevarán al Vaticano, que las procesaría y las tendrá en cuenta para llevar a cabo las reformas que consideren oportunas. ¿Escucharán la opinión de católicos fieles y bien formados? No mucho, más bien al contrario. El sínodo se abre “a todos los bautizados” (lo cual incluye a los protestantes), y según afirma el papa, los obispos tendrán que escuchar muy especialmente a los que corren el riesgo de ser excluidos, que según él son, entre otros, los “católicos que raramente o nunca practican su fe”.  Con esas voces, que incluyen a no-católicos y a católicos sin fe (e incluso a ateos), se decidirá cómo debe de ser la Iglesia Católica del futuro. Saquen sus propias conclusiones.

En Apologia 2.1 queremos también publicar esta carta para contribuir al debate sinodal. Para los que no están muy al tanto de los movimientos del Vaticano en los últimos años puede que nuestras aseveraciones les parezcan exageradas o sorprendentes, pero quienes estén bien informados de la evolución de la Iglesia oficial en el presente pontificado seguro que, estén de acuerdo o no, no se sorprenderán en nada. Vamos con nuestra carta y seremos desde el principio bien directos y claros, porque si algo necesita la Iglesia hoy en día es precisamente grandes dosis de claridad.

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LA NUEVA IGLESIA LÍQUIDA EN CAMBIO PERMANENTE

La fe que profesamos no es un invento humano ni un descubrimiento científico ni una ideología social consensuada en grupo. Nuestra fe es revelada, nos viene de arriba, de Dios, y es misión de la Iglesia (y muy especialmente del papa) transmitirla sin distorsionarla. El papa no puede decidir la doctrina, sólo custodiarla y aclararla. Por eso decimos, como la Iglesia siempre ha afirmado, que el catolicismo se basa en dos pilares: la Biblia y la Tradición, que son las dos vías por las que nos ha llegado la fe predicada por Jesús y los apóstoles, y en nuestro sitio web hemos luchado por demostrar la verdad y autenticidad del catolicismo basándonos siempre en esos dos principios. Si defendemos que nuestra fe es el cristianismo verdadero es porque podemos decir que es la misma que profesaban los primeros cristianos, los cristianos medievales, los del siglo XVIII, los de siempre. Las doctrinas se enriquecen, se profundizan, se entienden mejor, pero son siempre las mismas. Si San Ignacio de Antioquía, del siglo primero, o San Ireneo, del siglo II, volvieran a la vida, su fe seguiría considerándose católica, no serían para nosotros unos herejes, no podrían serlo, pues entonces los herejes seríamos nosotros. Pero todo eso ahora podría cambiar.

Ahora Francisco ha decidido que para escuchar la voz de Dios no hay que poner la mirada en lo alto (la verdad revelada por Dios tal como se encuentra en la Biblia y en la Tradición), sino en el suelo, con la convicción o excusa de que Dios se revelará de nuevo a través de la gente, no sólo los fieles católicos sino los católicos no practicantes, los protestantes y hasta los ateos, pues todos son llamados a participar. Escuchar a la gente es bueno, siempre que eso no pueda usarse como excusa para romper con la Tradición o incluso con la Biblia, pero resulta que es eso lo que se quiere romper. Según Francisco, «precisamente el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio» (no sabemos cuándo se lo dijo pero ¿no estará confundiendo su voluntad con la de Dios?), así que según su santidad, «no hay que hacer otra Iglesia, sino una Iglesia diferente« (un lenguaje perfecto para los políticos que dicen una cosa y la contraria en la misma frase). Todo parece indicar que la confusión en la que este pontificado está sumiendo a la Iglesia continuamente se va a terminar… porque quienes hoy dominan la Iglesia por fin tendrán una excusa para justificar el por qué contradicen las doctrinas católicas de siempre cambiándolas por ideologías nuevas. Ya no será necesario el disimulo.

Antes era imposible cambiar la verdad revelada porque estaba escrita a fuego en la Biblia y en la Tradición y transmitida a través de los siglos mediante el Magisterio, ahora al parecer habrá una especie de nueva revelación divina, que no vendrá ya del pasado sino a través de las opiniones de una multitud de personas cuya formación católica es probablemente la peor de la historia, además de todos los no-católicos o católicos sólo de nombre (pero sin fe ni formación) que también son llamados a opinar, y cuyas opiniones estamos seguros de que serán escuchadas con mucha atención por el Vaticano siempre que estén en sintonía con sus propias ideas.

lex orandi, lex credendi

Con la reforma litúrgica posterior al Vaticano II, el sacerdote dejó de dirigirse principalmente a Dios en el sagrario para dirigirse al pueblo. Tras décadas de dar la espalda a Dios en la misa, no sorprende que finalmente se olviden de que la Verdad viene de Dios para buscarla ahora en el pueblo al que siempre miran. La sociedad hace tiempo que dejó de ser teocéntrica, lo increíble es que hayamos llegado al punto en el que la propia Iglesia deja de ser teocéntrica, cristocéntrica, para convertirse en uno más de los organismos internacionales centrados en el hombre, o más bien en cierto concepto del hombre. Una Iglesia antropocéntrica ya no tiene como objetivo la trascendencia y la salvación de las almas, sino los problemas del hombre moderno aquí y ahora, y la construcción de una sociedad «perfecta», siguiendo a grandes rasgos los parámetros ideológicos y ateos de las nuevas corrientes de poder. No es de extrañar que los partidos más marxistas, ateos y anticristianos sean precisamente los que más entusiasmados están con Francisco, evidentemente no porque crean que renovará la Iglesia y la hará más fuerte, sino al contrario, porque creen que este papa terminará por destruir la Iglesia a la que ellos siempre han odiado y, mejor aún, la convertirá en una organización política que dedique todos sus recursos a promover mundialmente los mismos valores que ellos promueven, aunque tengan que soportar por ahora un barniz exterior de cierta beatería y cierto discurso sobre Dios y tal. No es malo que la Iglesia se preocupe más del hombre, lo malo es que se preocupe menos de Dios, que debería ser siempre la prioridad, pues sólo desde el amor a Dios es posible el amor universal a todos los hombres por ser creaturas suyas.

Un sínodo abierto, participativo, universal, donde además el papa tendrá la última palabra en los cambios que ello produzca, no debería causar recelos en absoluto. No si estuviéramos en un pontificado normal, con un santo padre católico al 100% y fiel custodio de las doctrinas católicas. Pero Francisco lleva tiempo demostrando que, como papa, no es de fiar. Su afán de modernizar la Iglesia no se limita a los modos y maneras, sino que continuamente amaga con trastocar moral y doctrinas, la misma esencia inmutable de nuestra religión. Hasta ahora se limita principalmente a crear confusión y jugar con la ambigüedad, pero por lo que parece, si para algo quiere el sínodo es precisamente para poder hacer los cambios necesarios para imponer sus propios criterios y no tener que hacer malabares entre lo que él piensa y lo que la Iglesia defiende. Si somos pesimistas diremos que tras el Camino Sinodal, lo que la Iglesia defienda será lo que él piense. Fin de la ambigüedad y la tensión, el catolicismo se convertirá en bergogliano y quien no se haga bergogliano pasará a considerarse un mal católico o un hereje.

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¿UN PAPA HETERODOXO Y HERÉTICO?

Precisamente el papa que abandera el sector modernista que defiende la idea de que la Iglesia debería democratizarse y el papa debería delegar la mayor parte de su poder en los obispos y conferencias episcopales nacionales (incluso si ello supone romper la unidad de la fe y la liturgia en favor de una mayor inculturación), ese mismo papa que constantemente habla de que todos los conflictos de la Iglesia deben resolverse con mucho diálogo, paciencia y flexibilidad, cuando en vez de palabras nos da hechos vemos que todo es muy diferente. Ser flexible y dialogante con los que piensan como tú y al mismo tiempo rígido y totalitario con los que no piensan igual que tú no es flexibilidad en absoluto. Hasta el mayor tirano dará la razón a los que piensan como él mientras aplasta a la disidencia. El hecho de abandonar el eterno título de “vicario de Cristo” en el 2020, parece irónicamente un modo de mostrar que ahora él ya no es simplemente el vicario, el primer ministro que actúa en nombre del rey, sino que él mismo se cree el rey de la Iglesia, capaz de alterar la Verdad revelada según su propio criterio. Las apariencias parecen indicar que lo que Francisco busca no es una reforma como la de San Francisco, sino una ruptura como la de Lutero. Veamos un puñado de casos representativos de esta actitud bergogliana de ruptura con el pasado, y por tanto con el catolicismo:

  1. Lutero ha sido el mayor hereje de todos los tiempos, el que más daño ha causado, y sigue causando, a la unidad de la Iglesia. Sin embargo Francisco lo ha alabado en diversas ocasiones como si fuera uno de los grandes santos de la Iglesia, calificándolo de regalo de Dios y afirmando que “él dio una medicina a la Iglesia”. En el centenario de la dolorosa ruptura protestante el papa celebró con júbilo y admiración dicha ruptura con tanto o más entusiasmo que los protestantes, e incluso emitió un sello conmemorativo de la Ruptura protestante donde aparece Lutero, y colocó su estatua (este año lo ha vuelto a hacer) en el Vaticano como homenaje a su figura.
  2. Dos mensajes que Jesús repitió machaconamente a sus seguidores fueron: “arrepentíos” y “predicad el evangelio”. Ordenó a todos los cristianos “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:15-18). Francisco contradice a Jesús, pues cada vez con mayor frecuencia e intensidad condena la predicación del evangelio tachándolo de proselitismo. Considera que el evangelio hay que mostrarlo a través de nuestra vida, pero no de nuestras palabras, pues eso sería violentar a nuestro prójimo. Por ejemplo, hace unos días, en su visita a Chile, dijo lo siguiente: “Y esto, no lo olvidemos, ninguno de nosotros ha sido llamado aquí para hacer proselitismo como predicadores, eso jamás. El proselitismo es estéril, no da vida”. Al parecer no hubo nadie que le recordara en ese momento que sí hemos sido llamados aquí para predicar el evangelio, y por el mismo Jesús nada menos.
  3. Y por supuesto también contradice a Jesucristo en lo de que “el que no creyere, será condenado”, o «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí«, pues Francisco defiende que las religiones son todas un regalo de Dios, y que aunque el cristianismo sea una vía de salvación “privilegiada”, todas las religiones pueden llevarnos igualmente a Dios. Lo que en Vaticano II se ofreció como una posibilidad en ciertos casos, Francisco lo ha asumido como una norma universal, hasta el punto de que por ese motivo buscar la conversión de las gentes al catolicismo ya no se considera necesario, sino una especie de violencia cultural que se desaconseja activamente. Más aún, incluso los ateos pueden salvarse si son buenas personas (lo que supone caer en la herejía de que podemos salvarnos sólo por nuestras obras sin necesidad de la fe). Tan convencido está de ello que lo ha dejado por escrito y firmado en la Declaración de Abu Dhabi en el 2019, junto con el gran Imán de Al-Azhar. La doctrina de siempre, y muy bíblica, de que “extra Ecclesiam nulla salus” (fuera de la Iglesia no hay salvación) ha quedado oficialmente enterrada por este papa. También hace declaraciones que llevan a pensar que está a favor del universalismo (todos, sin excepción, iremos al cielo, incluso Judas), contradiciendo las continuas advertencias de Jesús en sentido contrario, pues él nos avisó de que la mayoría se condenará, porque «Muchos son los llamados y pocos los escogidos» (Mateo 22:14), y «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.» (Mateo 7: 13-14.) Ya no sabemos si Francisco ha rechazado el título de “vicario de Cristo” o ha sido Cristo quien le ha retirado el título.
  4. Otro de los momentos en los que Francisco rompió sin pudor con la Iglesia apostólica fue cuando hizo estas sorprendentes declaraciones sobre los 10 Mandamientos ante la pregunta que nos hacemos de si podemos ir al infierno por hacer o no hacer tal cosa: «¿Desprecio los Mandamientos? No. Los observo, pero no como algo absoluto, porque sé que quien me justifica es Jesucristo«. De repente, la base de la moral cristiana se convierte en algo tan líquido y flexible que hasta el actual relativismo moral de la sociedad podría asumirlo. Es más, su afirmación de que hacer lo correcto no es lo primordial, pues «quien me justifica es Jesucristo«, parece una frase sacada del perfecto manual de cómo ser un buen protestante. Y sin embargo esa idea de que nos salvamos por la fe, no por las obras, no sólo aleja al papa del catolicismo sino que contradice su propia idea que acabamos de ver de que quienes no tienen esa fe en Jesucristo (budistas, musulmanes, ateos…) pueden salvarse si hacen el bien. Pero si lo que quiere decir es que ni las obras ni la fe, sólo la gracia de Jesús salva, por sí sóla, sin que importe nada lo que nosotros hagamos o crearmos, entonces Francisco se convierte en un hereje para los católicos, también para los protestantes, y hasta para los judíos, por su declaración sobre los Mandamientos. Pensamiento relativista y líquido tan puro que Francisco puede afirmar una cosa, la contraria, y seguir considerándose católico como si tal cosa. El catecismo de la Iglesia Católica en el número 2072 afirma: «Los Diez Mandamientos son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos.» (Nadie, ni siquiera el papa)
  5. Pero Francisco no se asusta por lo que pueda decir el Catecismo de la Iglesia. Ya cambió el Catecismo en lo que atañe a la pena capital. La doctrina de la Iglesia era que la pena de muerte sólo es lícita si el estado no tiene otra manera de defender a su gente (lo que lo convierte en un legítimo acto de defensa propia). El mismo Juan Pablo II aclaró que el estado moderno tiene tantos medios que en la práctica ese recurso ya no es necesario. Francisco podría haber enfatizado más en ese punto de que ya no es necesario y por tanto la Iglesia lo desaprueba en la actualidad, pero eligió justificar el cambio explicando en su redacción que «es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona«. Al justificarlo de esa forma lo que hace es afirmar que la Iglesia llevaba todos estos siglos equivocada y atentando contra la persona humana. Una muestra de los pocos reparos que siente Francisco por cambiar el Magisterio de la Iglesia sin ni siquiera excusarse.
  6. Uno de los pecados que más aborrece Dios en la Biblia es el de la idolatría. Francisco permitió, durante la celebración del sínodo del Amazonas, que en los jardines vaticanos se pusieran imágenes, ídolos, de la Pachamama, diosa de la tierra para los peruanos. En una ceremonia se rindió pleitesía a la diosa según ritos paganos peruanos, donde en presencia de Francisco ¡hasta curas y frailes se postraron ante el ídolo! No conforme con ese acto idolátrico privado y una procesión por la basílica de San Pedro, el papa ordenó colocar un ídolo de la Pachamama en el sagrado altar de la iglesia de Santa María en Traspontina. Para más escarnio, el Vaticano engañó, dando a entender que eso no eran imágenes de la Pachamama, sino una representación amazónica de la Virgen María, incluso llegó a hablarse de «Nuestra Señora de la Amazonía». Pero Francisco se delató a sí mismo más tarde cuando al dar las gracias a la policía por haber rescatado el ídolo de las aguas del Tíber (a donde unos católicos escandalizados lo habían arrojado) hizo unas breves declaraciones empezando así: “Buenas tardes, me gustaría decir una palabra sobre las estatuas de Pachamama que fueron retiradas de la Iglesia en Traspontina, que estaban allí sin intenciones idólatras y fueron arrojadas al Tíber”. Así es como él mismo admitió que no consideraba a esa imagen una representación de María, sino “estatuas de la Pachamama”. Poner a una diosa pagana junto a un altar cristiano y decir que no lo hizo con intenciones idólatras pudiera ser cierto, pero si un papa no es consciente de lo mucho que tal acto puede ofender a Dios, y a cualquier católico decente, es que no se ha leído la Biblia o que se considera por encima de la Palabra de Dios. Los judíos estuvieron dispuestos a dejarse matar antes que permitir que la Roma Imperial metiera una estatua del César en su sagrado templo, y aquí es el mismísimo papa el que mete una estatua de un ídolo pagano en el templo y la coloca ante el altar de Dios. Un sacristán con una pésima formación cristiana podría meter la pata de esa forma gigantesca sin ser muy consciente de su error, pero un papa no tiene esa disculpa. Por si acaso a los de fuera se nos escapan estas sutilezas, veamos lo que durante esos días declaró Jose Luís Azcona, un obispo amazónico, sobre lo que estaba ocurriendo en el Vaticano con esas supuestas imágenes de la Virgen María inculturadas: “En esos rituales está el demonio, hay magia. Nuestra Señora no es la Pachamama, es la Virgen de Nazaret […] Lo que hemos visto en estos días son escandalosos sacrilegios demoníacos. Nosotros en la Amazonía lo sabemos bien”. Que lástima que unas voces sean tan escuchadas y otras tan ignoradas.
  7. La Iglesia siempre nos ha enseñado que hay que aborrecer el pecado pero amar al pecador. Este papa y sus acólitos no parecen tener muy clara la diferencia entre ambas cosas, y en nombre de la misericordia divina (siendo ellos mucho más misericordiosos que el mismo Cristo), abrazan no sólo al pecador sino también a su pecado. Bueno, más bien sólo a ciertos pecados, aquellos que para la actual sociedad postcristiana han dejado de ser pecados para convertirse en derechos sociales. De entre todos ellos el más claro ejemplo, por ahora, es la homosexualidad. La Biblia condena la homosexualidad en varios pasajes como un gravísimo pecado que impide entrar en el cielo: «No os engañéis: que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales […] heredarán el reino de Dios.» (Corintios I, 6:9-10). Un papa fiel a la Palabra de Dios condenaría la homosexualidad mientras abre los brazos a los homosexuales y los llamaría al arrepentimiento para así salvar su alma (arrepentirse no de lo que son, sino de lo que hacen). Este papa, sin embargo, prefiere lavarse las manos en este asunto con un ya antológico “quién soy yo para juzgarlos” (como si eso le eximiera de condenar al pecado en sí) mientras que aplaude a quienes abiertamente piden que se acepte la homosexualidad y presenta como “modelo de buen cristiano” al cardenal James Martin, gran defensor de los gays practicantes (practicantes de su homosexualidad queremos decir). Eso por no entrar en la declaración del papa sobre que “los homosexuales tienen derecho a una familia”, que supone, y así se publicitó en el mundo entero, apoyar los llamados “matrimonios” gay, aunque en el reino de la ambigüedad alguien podría decir, tomando el asunto muy por los pelos, que se refiere a que tienen derecho a que sus padres y hermanos no les excluyan. Es la continua estrategia de este papa de “todo el mundo sabe lo que he querido decir pero yo no digo que lo que quería decir ha sido eso. Ni tampoco lo niego”.

Son muchos los ejemplos que podríamos seguir dando, y muchísimos más si incluimos la enorme cantidad de declaraciones y actuaciones que se mueven en el terreno de la ambigüedad, pero con los ejemplos puestos ya es más que suficiente para comprobar que Francisco parece ser de todo menos lo que debería ser, un papa ortodoxo.

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TRADITIONIS CUSTODES: GOLPE CONTRA LOS CATÓLICOS MÁS CATÓLICOS

Y para empeorar la situación, podemos esperar que ocurra con el Camino Sinodal lo mismo que ha ocurrido con la famosa encuesta pasada a los obispos durante la pandemia, cuando el papa buscaba una excusa para poner fin al rito tradicional de la misa. Simplemente dijo que la mayoría de los obispos habían expresado su preocupación y deseo de acabar con las comunidades católicas tradicionales, aunque nunca se publicaron los datos de tal encuesta y algunos obispos mostraron abiertamente su asombro ante un resultado así. La misa que durante siglos había alimentado la fe de todos los católicos predecesores nuestros, de repente se considera algo pernicioso que hay que suprimir, contradiciendo el magisterio del aún vivo papa emérito Benedicto XVI que en su motu proprio Summorum Pontificum afirmó que el rito tradicional ni fue ni nunca podría ser abrogado porque Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser  improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial. Francisco, siempre defendiendo el diálogo y criticando la rigidez, no dudó en actuar con total rigidez y sin ningún margen de diálogo precisamente contra las comunidades más devotas y fieles al catolicismo, incluso justificándose con una gran falsedad sobre las intenciones de Summorum Pontificum (pues Benedico XVI en una entrevista hace tiempo que negó expresamente lo que Francisco afirma, que ese motu proprio tuviera como objetivo principal la asimilación de los lefebvristas).

Y peor aún, Francisco no sólo deslegitima a su antecesor Benedicto XVI, sino que va en contra del Magisterio de la Iglesia, pues Pío V, cuando estandarizó la forma del rito romano tradicional, en la bula Quo Primum Tempore declaró expresamente que “Además, por autoridad Apostólica y a tenor de la presente, damos concesión e indulto, también a perpetuidad, de que en el futuro sigan por completo este Misal y de que puedan, con validez, usarlo libre y lícitamente en todas las Iglesias sin ningún escrúpulo de conciencia y sin incurrir en castigos, condenas, ni censuras de ninguna especie”. Pío V no pudo ser más claro, y sin embargo Francisco no ve ningún problema en derogar lo que Pío V había proclamado inderogable “a perpetuidad”. El mismo Francisco en su respuesta a las 11 dubias presentadas para aclarar la aplicación de su motu proprio, declara que el rito tradicional codificado por Pío V debe desaparecer en un breve plazo, y que la reforma litúrgica que dio lugar a la nueva misa actual es “irreversible”. Francisco cree que él puede cambiar lo que los papas anteriores declararon intocable, y al mismo tiempo se cree que sus cambios pueden ser declarados intocables. Puede que no se considere por encima de Cristo (al menos en la teoría), pero está claro que sí se considera muy por encima de todos los papas que ha habido antes que él, como si esta Iglesia ahora fuese suya y pudiese hacer con ella lo que le plazca. “L’Eglise, c’est moi”.

Por muchos motivos el motu proprio que redactó Francisco para congelar y finalmente prohibir la celebración de la misa católica de siempre (llamado irónicamente Traditionis Custodes, “custodios de la Tradición”) era demasiado descarado, fuerte y rígido para un papa que presume de dialogante e inclusivo, así que en vez de dictaminar la supresión de ese rito decidió hacer una encuesta cuyos resultados nadie conoce pero que le sirvió a él como excusa para decir que actuaba movido por el deseo de la inmensa mayoría de los obispos, de modo que siendo una decisión “democrática” no podría ser mala. También resultó increíble, y más para un papa tan dialogante, la orden de que dicho motu proprio tuviera efectos inmediatos, sin el usual período de tiempo para dar espacio al diálogo y posibles mejoras. Pero la afirmación vaticana de que el resultado de la encuesta fue que la mayoría de los obispos pidieron al papa esta supresión se ha visto puesta muy en duda por el hecho de que la mayoría de los obispos del mundo comenzaron aplicando esta nueva ley del modo más benigno posible o incluso la ignoraron, por lo que en la práctica la misa tradicional ha sufrido pocas restricciones. Si la mayoría de los obispos pidieron al papa terminar con esta misa y con sus comunidades tradicionales, habrían estado encantados de recibir esta ley para ponerse a ello, pero pocos lo han hecho. Por eso ahora han llegado las dubia.

Tal es la determinación de Francisco por acabar con los tradicionales que al ver que su motu proprio tenía poco efecto, hace unos días ha hecho públicas 11 dubias (una dubia es cuando un obispo escribe al papa pidiendo que le aclare el sentido exacto de algo que ha ordenado), algunas tan retorcidas que resulta casi imposible pensar que a un obispo se le haya ocurrido eso como duda al leer las instrucciones del motu proprio. Muchos tienen claro que esas supuestas dubias han sido, una vez más, un intento de dar un barniz des-autoritario a la nueva maniobra de Francisco, que usa esas 11 respuestas para ampliar hasta el absurdo las restricciones que se aplicarán a estas comunidades, de modo que si esta vez se aplican sus normas al pie de la letra, la mayoría de las comunidades tradicionales quedarán desde ya mismo excluidas de la vida de la Iglesia a menos que abandonen sus identidad y se asimilen (algo que no se exige hoy a ningún otro colectivo de la Iglesia, ni siquiera a los heréticos o a los que desobedecen abiertamente al papa). Si quieren seguir siendo tradicionales tendrán que abandonar la Iglesia y hacerse cismáticos, y entonces el Vaticano les señalará y dirá «tenía razón, esa gente tenía espíritu cismático y al final se les ha caído la careta». Eso es como si acusas a un hombre pacífico de ser violento, le atacas apelando a la autodefensa, y cuando el pacífico se ve atacado y obligado a defenderse entonces dices «¿ves? lo sabía, es un violento peligroso, hay que meterle en la cárcel para que estemos a salvo». Así han actuado con nuestros hermanos tradicionales en lo que es la segunda gran traición de Francisco contra los auténticos católicos; la primera ha sido la de traicionar a la iglesia de las catacumbas en China, los católicos perseguidos que llevan décadas arriesgando su vida por mantenerse fieles al papa de Roma, retirándoles su apoyo y exigiéndoles pasarse a la «Iglesia oficial católica» creada y controlada por el partido comunista y el lugar donde puede reprimirles con mayor comodidad.

Para más humillación a quienes son los más fieles católicos de la Iglesia, afirma que la supresión de estas comunidades es conveniente porque son feligreses que, según él, rechazan el último concilio y se consideran la única Iglesia verdadera. No es muy creíble que el papa no sepa que tales feligreses, de pensar así, raramente se encontrarían entre las filas de nuestra Iglesia, sino que por lógica se hallarían entre los sedevacantistas, o como mínimo entre los lefebvristas. Esto es tan obvio que utilizar esta excusa como motivo para su drástica decisión sólo muestra hasta qué punto el papa es cínico o está totalmente desinformado, y ambas cosas resultan sumamente intranquilizadoras. Al mismo tiempo, haciendo gala de su empeño por crear una Iglesia sinodal en la que los obispos tengan mucho más poder de decisión y todo esté mucho menos centralizado en Roma, resulta que su motu proprio sólo da libertad a los obispos para acelerar el proceso de disolución de las comunidades tradicionales, pero si quieren aprobar una comunidad nueva quedan obligados a solicitar el permiso del papa, que según la intención de esta ley, parece que tendrían siempre el “No” asegurado. O sea, el papa da a los obispos únicamente el poder de acelerar sus propios deseos (la libertad de que hagas sí o sí lo que yo te ordeno).

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CATÓLICOS TRADICIONALES vs RESTO DE CATÓLICOS

Otro error frecuente es cuando se describe a los católicos tradicionales como gente nostálgica de los tiempos anteriores a Vaticano II que siguen apegadas a las antiguas liturgias y tradiciones. Dicho de otra forma, los presentan como viejos que no han logrado actualizarse a los cambios postconciliares. Nada más lejos de la realidad. No hay más que entrar a las misas modernas (el novus ordo) para comprobar que en general nos encontramos con una presencia mayoritaria de gente de más de 70 años, de los que aún pueden recordar cómo era la misa y la Iglesia antes del concilio. Sin embargo si entras a una misa tradicional lo más sorprendente es que la mayoría de la gente tiene menos de 40, siendo muchos los menores de 30. Eso es lo que pone más nervioso a Francisco, porque no son comunidades de ancianos que en poco tiempo desaparecerán por sí solas (como en buena parte ya está ocurriendo con las comunidades de la misa del novus ordo), sino comunidades fervorosas, vibrantes y —lo peor de todo— muy jóvenes, que además están en clara expansión. En los tres últimos años mientras que la asistencia a misa de los católicos en general se ha desplomado, acelerado por los efectos de la pandemia, las comunidades tradicionales han crecido un 70% en Estados Unidos, con crecimientos igualmente fuertes en todo el mundo, a pesar de que partían de números muy pequeños, y eso ha bastado para encender las luces de alarma para Francisco, que olvidándose del consejo de Gamaliel (Hechos 5:33-42), ha considerado peligroso que los sectores de la Iglesia que verdaderamente están dando frutos no son los de su agrado. Pero no sólo son comunidades jóvenes, además son, con enorme diferencia, las más fervorosas y fieles a las enseñanzas de la Iglesia Católica. Vamos a dar como muestra algunos datos comparando a las comunidades tradicionales (las que Francisco quiere ahora eliminar) con nuestras comunidades del «novus ordo«, es decir, el resto de católicos (ver fuente aquí):

– Va a misa todos los domingos: Novus Ordo 22% vs Tradicionales 99%

– Pasa un año o más sin confesarse o no se confiesa nunca: Novus Ordo 75% vs Tradicionales 2%

– Está a favor del aborto: Novus Ordo 51% vs Tradicionales 1%

– Y lo que es más sorprendente, en Estados Unidos el 70% de los católicos no cree en la presencia real de Jesús en la eucaristía, que es la base de nuestra fe, pero si miramos sólo entre los tradicionales, el 100% lo cree (datos: Pew survey).

Aunque esa misma encuesta nos da otro dato escalofriante que demuestra hasta qué punto la Iglesia actual ha caído en la ambigüedad, la herejía o la falta de formación: el 50% de los católicos afirma creer que la propia Iglesia Católica es la que les enseña que el pan y el vino eucarísticos son meros símbolos, o muestran no estar seguros de qué es lo que la Iglesia enseña al respecto. Al parecer, la descatolización de los católicos no sólo es culpa de los tiempos, también es culpa de una Iglesia que ya no sabe transmitir su mensaje con claridad y de una nueva liturgia que, a vista de los resultados, ha creado confusión donde antes había claridad (por eso los tradicionales no tienen ninguna duda al respecto). Y eso en el muy religioso Estados Unidos. La misma encuesta en Europa habría mostrado que los católicos que aún creen en la transubstanciación son todavía bastante menos del 30%. En el pasado, esa mayoría de católicos que niega este dogma habrían sido considerados no católicos, puros herejes. Hoy parece que todo vale y todo da igual, así que nos parece normal que la mayoría de los católicos ya no sean católicos y lo que realmente levanta sospechas es ser católico al 100%. Si unos ritos ayudan a crear católicos al 100%, la respuesta de Francisco es suprimir esos ritos por considerarlos peligrosos para la unidad (¿no les recuerda a las teorías que están en contra de suspender a los alumnos para que así sean todos igual… igual de incultos? ¿o es lo del «100% católico» lo que le inquieta?).

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DOBLE RASERO FRENTE A HEREJES PÚBLICOS

Además de eso estas comunidades tienen un porcentaje de vocaciones muy muy superior a las del resto. Jesús dijo que había que arrojar al fuego la higuera que no daba frutos ¡no la que da frutos abundantes! Ofrecen esperanza de futuro a una Iglesia que está en rápido declive hacia la nada. Lo que no se entiende tan fácilmente es por qué Francisco tiene tanto interés en acabar con esas comunidades. Él afirma que lo hace porque ponen en peligro la unidad de la Iglesia, pero cuando montones de sacerdotes alemanes desafiaron, entre otras muchas cosas, la prohibición del Vaticano para bendecir a las parejas homosexuales, en un acto público que podría calificarse de abiertamente cismático y herético, la respuesta de Roma fue no hacer nada en absoluto y dejarlo correr. El mismo camino sinodal que han iniciado los obispos alemanes es un movimiento abiertamente contrario a la obediencia a Roma, y en sus propias declaraciones afirman no sentirse limitados ni por lo que diga el papa, ni por la doctrina católica, ni por los documentos de Vaticano II. Pero ante todo eso el papa no se alarma y no actúa, es más, cuando el presidente de la conferencia episcopal alemana, promotor de ese sínodo, presenta al papa su dimisión, Francisco no acepta, lo mantiene en el cargo y lo alaba con entusiasmo. Parece que el cisma alemán no le parece a Francisco ningún problema para la unidad de la Iglesia, y sin embargo se imagina desafíos cismáticos inexistentes entre los fieles tradicionales y rápidamente actúa de la forma más contundente posible para evitar que la unidad de la Iglesia entre en peligro, aún a sabiendas de que su actitud sólo conseguirá lo contrario, que una parte de ellos termine buscando entre los sedevacantistas y los lefebvristas la acogida que este papa les niega. El papa que abre los brazos a herejes, ateos, excluidos, protestantes y marginados, rechaza de una patada a los muy devotos católicos tradicionales, les excluye, les humilla, les margina y les niega el diálogo y acompañamiento que ofrece a todos los demás. El papa que defiende que la Iglesia debe de ser flexible, plural y pastoral, se comporta con los católicos más puros con inflexibilidad, exigiendo uniformidad y sin el más mínimo espíritu pastoral ¿no es esto suficientemente significativo de qué es lo que este papa pretende?

Un aplauso por la flexibilidad, el diálogo, la sinodalidad y todas las virtudes que Francisco no deja de pedir al clero pero que al parecer están vedadas a los católicos más fervientes. Bien pareciera que para que este papa te considere un católico digno, es necesario que no te tomes tu religión demasiado en serio (lo que él llama “flexibilidad”), y si la mezclas con al menos un puñado de herejías y algún que otro acto sacrílego entonces tendrás asegurado el respeto, el cariño, el diálogo y el acompañamiento que el papa parece siempre tan dispuesto a dar a todos menos a los que debieran ser claramente los suyos.

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LOS HOMBRES DE DIOS Y LOS PAYASOS

En la carta explicativa adjunta al motu proprio Traditionis Custodes el papa se queja, muy de pasada, de que muchos sacerdotes abusan de la libertad actual que hay para hacer cambios en la liturgia de la nueva misa. Llega incluso a poner al mismo nivel los abusos litúrgicos de los sacerdotes que celebran la misa vestidos de payaso o celebran la eucaristía con pizza, por ejemplo, con la de los sacerdotes que celebran la misa tradicional, afirmando que “me duelen por igual los abusos de una parte y de otra en la celebración de la liturgia” (¿desde cuándo celebrar la misa con el muy solemne y sagrado rito que la Iglesia ha usado durante los siglos puede considerarse ahora un abuso en la celebración de la liturgia?). Sin embargo, cuando este papa se siente escandalizado por los curas-payaso y por los curas-tradicionales por igual, su reacción es emitir una ley destinada a poner fin a los curas tradicionales, mientras que para los curas payaso y otros herejes, que tanto abundan hoy en día, sólo tiene palabras de diálogo, paciencia y acompañamiento (y si no, vean cómo está llevando todo el asunto del sínodo alemán). Parece que mientras sobre el papel el papa se presenta en un punto medio entre los tradicionales y los herejes (como si ese punto medio fuera aquí el virtuoso), en la práctica vemos con pasmoso asombro cómo el papa se inclina demasiado al lado incorrecto mientras ataca con saña al sector que representa precisamente lo que el catolicismo ha sido durante siglos y siglos. Como dijo un pensador, “tus acciones gritan tanto que no oigo lo que dices”. Esa es la forma de entender lo que nuestro papa piensa y cree, viendo cómo actúa, a quién aplaude y a quién aplasta, y no haciendo caso de sus palabras, que por lo que vamos viendo valen tanto como las de cualquier político de turno.

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LA IGLESIA CONVERTIDA EN UNA GRAN ONG POLÍTICA

Cuando dentro de dos años acaben los miles de asambleas, reuniones, consultas, subsínodos, etc, etc, etc, la Iglesia oficial dirá que según los datos que han llegado al Vaticano, la mayoría de los fieles busca desesperadamente que la Iglesia cambie en tales y cuales doctrinas. La Iglesia no puede ser una democracia, sino una monarquía (gobernada por Cristo, no por el papa), pero como este “sínodo de sínodos” se ha planteado como que Dios nos hablará a través de la gente, y además será Roma quien nos anuncie qué es lo que ha dicho la gente, pues ¿quién es el papa para oponerse a los supuestos nuevos designios de Dios? Si Francisco usa el Camino Sinodal igual que ha usado la entrevista previa al motu proprio, ya nos podemos esperar los resultados. ¿Demasiado alarmista? Igualmente se acusó (también nosotros) a los católicos tradicionales de catastróficos cuando ante las encuestas del papa temieron restricciones en sus comunidades, y al final no sólo tuvieron razón, sino que Roma ha actuado con ellos tan despiadadamente que ni los más pesimistas se esperaban semejante golpe.

Aparentemente la Iglesia abandonará su papel de maestra para adoptar un papel de aprendiz, intentando aprender de sus fieles en lugar de ejercer su papel de enseñarlos, lo cual ya de por sí es una perversión absurda de la misión de la Iglesia, pero la realidad probablemente sea aún peor, y lo de escuchar a los fieles simplemente una excusa para imponernos una nueva iglesia, que de católica tendrá las apariencias externas y poco más, que ya está diseñada y planeada desde antes de que Francisco fuera elegido, tal y como él mismo admitió en su entrevista a Carlos Herrera de manera sorprendente y que más sorprendentemente aún, pocos parecen haber prestado atención: “Creo que quedan varias cosas por hacer todavía, pero no hay nada inventado por mí. Yo estoy obedeciendo a lo que se marcó en aquel momento. Quizás algunos no se daban cuenta de lo que estaban diciendo o pensaban que no era tan grave, pero algunos temas provocan escozor, es verdad. Pero no hay una originalidad mía en el plan. Y mi proyecto de trabajo, ‘Evangelii Gaudium’, es una cosa en la que traté de resumir lo que los cardenales dijimos en ese momento”. Esos cardenales a los que menciona no son, por supuesto, todos los cardenales de la Iglesia, sino un grupo muy específico de cardenales, los que en su momento se autodenominaron “La Mafia de San Galo”, de corte profundamente modernista (es decir, herético) y que desde finales del pontificado de Juan Pablo II han estado maniobrando para colocar en el trono de Pedro a un papa de su gusto. El auténtico poder detrás del poder. Bajo sus alas se formó también el infame cardenal McCarrick, protegido y mimado por este papa, elevado a “virrey” de la iglesia en Estados Unidos y artífice de la traición a la auténtica Iglesia católica de China (que fue servida en parrilla al estado comunista a cambio de nada) hasta que por fin los tribunales lo desvelaron como uno de los peores pederastas y estafadores que ha conocido la Iglesia en siglos. Incluso cuando las sospechas y rumores sobre sus corrupciones iban subiendo de nivel, el papa no sólo siguió protegiéndolo, sino que aumentó su poder, hasta que todo saltó por los aires y no tuvo más remedio que apartarle de sus cargos. Un papa tan sumamente reacio a desconfiar de “los suyos” como presto a criticar, sancionar o apartar de sus cargos a los eclesiásticos que para su gusto son demasiado conservadores.

En las últimas décadas la Iglesia ha ido perdiendo su esencia. De maestra de la verdad y la moral ha pasado a ser discípula acomplejada que intenta asimilar trabajosamente las nuevas ideologías de este mundo, y ahora que el poder eclesial está ya en buena medida dominado por personas que abrazan sin reservas esas nuevas ideologías, necesitan desesperadamente un instrumento que les legitime para dar una patada al catolicismo e imponer una nueva religión que será, más que religión, una ONG política dedicada a promover las nuevas ideologías en las que Dios sólo puede figurar como un adorno legitimador de voluntades humanas. La Iglesia actual intenta competir con los partidos progresistas sin darse cuenta de que quien quiera marxismo, feminismo o ecología radical encontrará opciones mucho mejores y más puras en la política. Al mismo tiempo en la misa intenta competir con la industria del entretenimiento sin darse cuenta de que —si el objetivo es que nos divirtamos— en el cine, los bares o con la tele nos divertiremos mucho más. La actual Iglesia es, con pocas excepciones, tan cobarde (o tan desapegada) que no se atreve ya a denunciar el pecado, la maldad, la inmoralidad y el peligro del infierno, y en lugar de eso se limita a sumar su voz a la de todos los políticos que defienden objetivos puramente materiales y humanos, siempre que socialmente estén bien vistos, (ecología, inmigración, igualdad social, vacunación…), guardando silencio total o casi total sobre cualquier cosa que incomode a nadie (aborto, eutanasia, divorcio, parodia matrimonial entre el mismo sexo…), tal vez con la esperanza o el convencimiento de que este super-sínodo que ya está en marcha sirva para convertir esos asuntos conflictivos en derechos reconocidos por la Iglesia y así eliminar elementos de fricción con la sociedad atea y anticristiana que nos rodea, como si el objetivo de la Iglesia no fuera enseñar la verdad, aunque duela, y denunciar el mal donde se encuentre, y morir por nuestra fe si llega el caso, sino sobrevivir cómodamente sin sobresaltos.

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LA FUNDACIÓN DE UNA NUEVA IGLESIA

¿Aún les parece exagerado? Un ejemplo más. La teóloga que Francisco puso para inaugurar el Sínodo de Sínodos (Cristina Inogés) es famosa por sus posiciones poco ortodoxas que la colocan a menudo más del lado protestante que del católico, y a veces incluso más allá aún. Recientemente Pedro Castelao, profesor de teología de la universidad pontificia de Comillas, escribió en las redes sociales: «La mayoría de las parejas de novios viven juntos antes de casarse. Es algo que se impone de forma masiva. Se justifica con esta razón: la convivencia es indispensable para conocer al otro. Pregunto, únicamente: ¿Sería posible integrar esta realidad en una teología del matrimonio?«. La respuesta de Cristina Inogés fue: “es necesario revisar la teología de todos los sacramentos”. Y no fue un comentario vano, pues está claro que quiere poner su influencia en el sínodo a trabajar por ese objetivo. Efectivamente, en su discurso inaugural del Sínodo de Sínodos, Cristina pidió al Sínodo “revisar la teología de todos los sacramentos. Con toda naturalidad y con toda tranquilidad. Este es el tipo de figuras que Francisco está colocando para marcar el rumbo del sínodo, así que no es difícil ver hacia dónde quiere llevar este sínodo mundial.

Si nuestros miedos se cumplen, y todo indica que es muy posible, el objetivo de esa nueva iglesia que tendremos en dos años (que oficialmente se seguirá llamando “Iglesia Católica”) no será ya el de salvar almas y el de luchar por atraer a las personas y las sociedades hacia Cristo. No, más bien parece que el objetivo es no tener problemas, llevarse bien con todo el mundo, caer simpáticos, y en vez de intentar cambiar al mundo, buscan ahora cambiar a la Iglesia para que deje de ser una china en el zapato de aquéllos que quieren empujar al mundo hacia el abismo. Si no puedes vencer al mundo, únete a él. Quieren ser excelentes colaboradores de ese mismo “nuevo orden mundial” que está desplegando todo su poder para acelerar la descristianización del planeta. El objetivo del papa, según él mismo declara, es cambiar la Iglesia, pero no para hacerla más auténtica, más católica, sino al contrario, para convertirla en otra cosa. Bueno, según sus palabras, no sería «otra cosa«, sino «una cosa diferente«, pero si nos dejamos de juegos de palabras veremos que ambas cosas son lo mismo: la Iglesia ya no será la misma que hemos conocido durante todos estos siglos. El caso es que dentro de dos años la Iglesia católica oficial se habrá hecho el harakiri, o al menos comenzará un rápido proceso de suicidio. Si Dios no lo remedia y si los católicos que queramos seguir fieles a la Biblia y la Tradición no hacemos nada por mantener esa fidelidad. Sólo la convicción de que esta Iglesia es de origen divino y va a perdurar hasta el fin de los tiempos nos da la seguridad de que no seremos borrados de la faz de la tierra, pero ciertamente nos esperan tiempos duros. El mismo tipo de católico que no hace mucho era considerado un católico normal, ahora empieza a ser llamado “ultracatólico” y considerado un peligro incluso dentro de la propia Iglesia por no haberse “modernizado” con los tiempos y poner en peligro el glorioso futuro hacia el que la sociedad se dirige. Un futuro que ahora confía en que el hombre, y no Dios, será el autor de su propio paraíso (si los ultracatólicos no estorban en el camino).

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¿Y SI LA HEREJÍA SE HACE OFICIAL?

Hasta ahora Francisco ha jugado a la ambigüedad, al digo pero no digo, al juego de palabras interpretable, al de aplaudo al que lo dice pero yo no lo digo… pero si, como todo parece indicar, tras el sínodo el papa cambia doctrinas o permite contradicciones con la Biblia o la Tradición, entonces los católicos nos veremos obligados a elegir entre Dios o el papa, y la elección debería ser bien sencilla. Luego ya dejaríamos a los teólogos del futuro explicar cómo ha sido posible que un católico tuviera que elegir entre ambos. Eso no significa que la solución sea abandonar la Iglesia, pues precisamente cuando la Iglesia está más en peligro es cuando los verdaderos fieles deben permanecer en ella y luchar por restaurarla. Pero permanecer en la Iglesia no significa obediencia al papa sin límites. Si el papa nos impone en algunos aspectos el error y la herejía (en cualquier cosa que contradiga lo que la Iglesia siempre nos ha enseñado como verdadero), entonces el católico tiene derecho a resistir en la verdadera fe y rechazar la herejía, pues por encima del papa siempre está Dios; la Biblia, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia no pueden ser contradichos. Los procedimientos se pueden cambiar pero las verdades no cambian. De todas formas, si el pastor a veces alimenta a sus ovejas y a veces las apalea, será complicado para las ovejas tener claro en qué momentos deben acudir al pastor y cuándo deben protegerse de él. Esperemos que no tengamos que vernos en esa situación, pero si llegamos al punto en el que las herejías se oficializan no podremos aceptarlo sin más sólo porque lo diga el papa, pues ya nos advirtió San Pablo de una situación así: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema» (Gálatas 1:8-11). Y él mismo dio ejemplo de que el sometimiento al papa no implica aceptación absoluta, pues cuando Pedro cayó en el error, Pablo se enfrentó públicamente a él y le afeó su proceder (Gálatas capítulo 2).

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LOS LÍMITES DE LA OBEDIENCIA

Para quienes consideran que un buen católico jamás debe criticar al papa y menos aún desobedecerlo, les recordaremos que cuando se dice que «por encima del papa sólo está Dios», se quiere también decir que Dios está por encima del papa, por eso se ha considerado lícito resistirse a cualquier autoridad, incluido el papa, si entra en conflicto con la Ley Natural o la Ley de la Fe, pues ambas vienen de Dios y están por encima del papa, y es deber del católico ejercer la «corrección fraterna» incluso con un superior, denunciando lo que está mal para que cambie. El papa puede equivocarse (la infalibilidad sólo es aplicable en casos muy muy particulares), actuar mal (como los Borgias etc.) e incluso caer en la herejía (como Honorio I o Juan XXII). Pero son muchas las voces del pasado que nos recuerdan que si un superior, un obispo o incluso el papa, intenta legislar o actuar en contra de la verdadera fe católica, es el derecho y el deber del subordinado resistirse y no obedecer, pues antes está Dios que ninguna autoridad humana. En realidad no se considera desobediencia, sino legítima defensa. Por citar sólo algunos ejemplos (además del ya visto de Pablo frente a Pedro) veamos estos:

Santo Tomás de Aquino: «Si hubiera una cuestión de peligro para la Fe, el superior puede ser reprendido por sus inferiores, aún en público«.

Francisco Suárez (uno de los más grandes teólogos del XVI): «Si el papa diera una orden contraria a las buenas costumbres, uno no debe obedecerlo; si trata de hacer algo manifiestamente opuesto a la justicia o el bien común, sería lícito resistirlo; si ataca con la fuerza, puede ser repelido con la fuerza, con la moderación característica de una buena defensa«.

Francisco de Vitoria (fraile fundador del Derecho Internacional y de la Escuela de Salamanca en el XVII): «Si el Papa con sus órdenes y actos destruye la Iglesia, uno puede resistirlo e impedir la ejecución de sus mandatos«.

San Roberto Belarmino (teólogo y doctor de la Iglesia, s. XVII): «Así como es legal resistir al  papa si asaltara la persona de un hombre, es lícito resistirlo si asalta las almas o perturba al estado o se esfuerza por destruir la Iglesia. Es lícito, digo yo, resistirlo no haciendo lo que manda y estorbando la ejecución de su voluntad; pero no es lícito juzgarlo, castigarlo o aún deponerlo, porque nada es superior a él. Ver a Cayetano y a Juan de Torquemada, a este respecto

Por esto, resistirse al papa pero permanecer en la Iglesia es a nuestro entender una opción legítima y adecuada si el papa o ciertos obispos atacan la fe católica, al menos resistirse a esos aspectos dañinos o heréticos. De todas formas la situación sería tan complicada que Dios quiera que no nos tengamos que ver en ese punto.

Nada de estos desmanes actuales tendríamos hoy si Francisco en vez de creer que tiene el poder absoluto sobre todas las cosas en la Iglesia hiciera caso de lo que él mismo dice que debe de ser un obispo o un papa: un servidor, no un dictador. Si no tenía claro lo que significa ser papa debería haber escuchado con más atención el discurso que dio su predecesor Benedicto XVI cuando tomó posesión de la basílica de San Juan de Letrán diciendo: “La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Al contrario, el ministerio del papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente a sí mismo y a la Iglesia a la obediencia hacia la Palabra de Dios, tanto frente a todos los intentos de adaptación y dilución como frente a cualquier oportunismo”. Los católicos que piensan que cualquier cosa que diga u ordene el papa necesariamente debe de ser correcta porque es el papa, también deberían escuchar las palabras de Benedicto XVI, y de los papas anteriores, que dejan claro que el poder del papa tiene límites, pues ningún papa puede cambiar la fe. No se puede obedecer a un papa (al menos en cuestiones de moral y doctrina) si obedecerle significa desobedecer a todos los papas anteriores, pues la Iglesia vive en el mundo pero no pertenece a él, sino al reino intemporal del Espíritu y por tanto no puede entrar en contradicción consigo misma.

La Iglesia no es simplemente el conjunto de los católicos de hoy, es el pueblo de Dios de ayer, de hoy y de mañana, la Iglesia triunfante (que goza en el cielo), más la purgante (que se purifica en el purgatorio), más la militante (que es la que hoy busca su salvación en la tierra), y las tres se funden en un solo momento y lugar al celebrar la eucaristía. No somos nosotros, los que hoy estamos aquí vivos (incluido el papa), quienes podemos decidir qué es el catolicismo. Las opiniones cambian pero la verdad es eterna. Si la Iglesia actual decide entrar en contradicción con la Iglesia del pasado y por tanto convierte en herejes a todos los católicos que nos precedieron, entonces está claro que la Iglesia que ha entrado en herejía es la nuestra. En caso de conflicto, esa es la prueba de fuego para localizar la herejía.

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EL FUTURO QUE NOS ESPERA

Durante los últimos años, en esta página web, y sobre todo en las respuestas a las dudas de los lectores, cada vez nos ha resultado más difícil defender ciertas decisiones y declaraciones del actual papa; cada vez era necesario retorcer más las interpretaciones y aumentar las dosis de buena fe en lo que realmente quería decir o el contexto en el que se apoya. Pero finalmente llegó el momento en el que es imposible seguir estirando el chicle de la buena fe. Son demasiadas declaraciones y actuaciones y demasiado cerca de la herejía como para seguir pensando que todos son malentendidos. Si bien muchos siguen pensando que no es tan fácil demostrar con claridad que los principales dirigentes de la Iglesia (incluido el papa) han caído en la herejía o incluso en la apostasía, no es descabellado pensar que sus planes se dirigen hacia allí (consciente o inconscientemente) y que el sínodo actual es el modo con el que esperan conseguirlo. ¿Nos equivocamos mucho? Ojalá. Ojalá dentro de cinco años podamos mirar atrás y reírnos de nuestros actuales miedos y podamos comprobar que, como en las películas con un inesperado final feliz, el papa fue un fiel guardián de la ortodoxia, un excelente “traditionis custodes”, pero hoy por hoy, viendo el contexto y la evolución que presenta la sociedad y la Iglesia, somos bastante pesimistas al respecto.

En este vídeo vemos un momento que parece captar la esencia de lo que está sucediendo. El papa saluda cariñosamente a un monaguillo que tiene sus manos juntas en acto de oración y el papa le pregunta «¿es que se te han pegado las manos?«, y mientras se las separa (para lo que necesitó fuerza) le dice «parece como si estuvieran pegadas«. En cuanto el papa pasa, el niño vuelve a juntar las manos, pero ¿qué pensará de que su acto de oración sea mal visto nada menos que por el papa? ¿por qué Francisco parece sentir tanta aversión por todos los gestos católicos de toda la vida, por todo lo que huela a piadoso y sagrado?

No pocas profecías nos vienen advirtiendo de que un momento así llegaría, incluso algunas revelaciones antiguas ya apuntaban a que el proceso final comenzaría a finales del segundo milenio (segunda mitad del siglo XX) y que el último gran ataque, como anunció la Virgen, sería contra la familia (lo que estamos viviendo ahora mismo). Pero en el cristianismo las profecías son condicionales. Dios nos muestra lo que pasará si todo sigue así, pero podemos cambiar nuestro destino a través de la oración y la penitencia, igual que el destino de Nínive cambió gracias a que la ciudad escuchó a Jonás y se afanó en la oración y la penitencia. El futuro de nuestra Iglesia no está escrito, pero el peligro está ahí y no sabemos si llegaremos a ese punto de apostasía, aunque parece que en estos momentos nos dirigimos a ese punto a marchas forzadas.

La gran mayoría de los fieles o no se interesan por la situación o no están informados, o su información les llega de adeptos al nuevo espíritu de este papado, de modo que presentan como virtudes lo que son defectos y ocultan (por no “preocupar” o para que no se «malinterpreten») las partes más escabrosas de la profunda decadencia en la que ha caído nuestra amada Iglesia en lo doctrinal, lo moral y muchos otros aspectos. Pero vivimos probablemente el momento más decisivo, tanto o más que cuando la mayor parte de la Iglesia (incluidos los obispos y muy probablemente el papa) cayó en brazos de la herejía arriana. En aquella larga época Dios finalmente salvó lo que parecía ya insalvable, y lo hizo a través de un santo, San Atanasio. Recemos para que también ahora Dios nos salve de la destrucción y suscite santos que nos despierten de este coma inducido en el que la mayor parte de la Iglesia, y más aún sus dirigentes, se encuentran. Y recemos mucho también por las intenciones del papa.

Cuando el mundo se aparta de Dios, el papel de la Iglesia no puede ser correr tras el mundo, sino actuar y alzar la voz para que el mundo vuelva a Dios. En cualquier caso, tanto si la cúpula de la Iglesia se mantiene fiel al catolicismo como si no, el futuro de la Iglesia pasará por la larga fase que anunció Benedicto XVI. Las sociedades cristianas desaparecerán, las iglesias quedarán abandonadas, los católicos de medias tintas terminarán de perder su fe… pero la Iglesia de Jesús sobrevivirá en ese «resto fiel» del que habla la Biblia. Comunidades muy pequeñas pero muy auténticas, que serán capaces de conservar la llama de la verdadera fe y permitirán que en el futuro, cuando el mundo vea en sus carnes que sin Dios no puede construirse ningún paraíso, la gente pueda volver sus ojos a esa luz que ha sido preservada. Si el mundo se vuelve loco, si la mismísima Iglesia Católica llegara, Dios no lo permita, a enloquecer junto con el mundo, mientras dentro de su seno permanezca un resto fiel, el futuro tendrá salvación. Y si estamos en los últimos tiempos, cuando la gran apostasía anunciada por Jesús se consolide, entonces es que nuestra salvación está ya cerca (“Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” Lucas 18: 7-8).

Un buen ejemplo de esto es lo que estamos viendo hoy ya mismo en Holanda, donde la Iglesia católica está a punto de desaparecer, literalmente. Hace cincuenta años, este país contaba con 2,7 millones de católicos practicantes. En 2016, esa cifra era de 173.000 y se calcula que en 2030 serán 63.000. El cristianismo parece ya allí cosa del pasado, y es habitual ver por todo el país magníficos monasterios e iglesias convertidos en restaurantes o museos (lea la reflexión que sobre esto hace el obispo de Utrecht). El resto de occidente, a diferentes velocidades, va siguiendo ese mismo camino, y en general todo los países, salvo en África, se mueven en la misma dirección. Pero más sorprendente aún es la reacción de la jerarquía ante esta debacle. En lugar de volcarse en remediar la situación actúa como si nada de eso importara y en cambio se vuelca en cuestiones como el cambio climático, las vacunas, la inmigración, la sinodalidad, el ecumenismo… Es imposible pensar que no son conscientes de lo que le está pasando a la Iglesia, así que más parece que por el motivo que sea no les importa.

Piensen en esto: cuando más necesitamos predicar el evangelio para que la gente vuelva a conocer a Jesús, más insiste el papa en que predicar nuestra fe es un acto de proselitismo que debe ser evitado, y cuando más necesitamos que la gente viva su fe con intensidad y convencimiento, más se esfuerza el papa en tachar de rígidos intransigentes a quienes lo hacen, dejando que los sacerdotes y obispos herejes hagan su voluntad sin estorbo (porque todos sabemos que este papa es muy “flexible” y “dialogante”) mientras no le tiembla el pulso para intentar aplastar a las comunidades tradicionales que tan solo quieren vivir plenamente su fe y mantener las tradiciones que han caracterizado a la Iglesia durante siglos. Para ellos no hay diálogo, ni flexibilidad, ni inclusividad, ni amor por las periferias, sólo un motu proprio rígido y despiadado que les aprieta y da un corto margen de tiempo para adaptarse al desbarajuste general o desaparecer. Su único imperdonable delito es ser, para el gusto del presente papa, demasiado católicos. Si alguien nos dijera que el objetivo actual del Vaticano es destruir a la Iglesia Católica, pensaríamos que está loco, pero hay que reconocer que lo parece. Dentro de sólo dos años, cuando termine el Sínodo de Sínodos, empezaremos a ver de qué va todo esto.

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NO TEMAN, CRISTO VENCERÁ

El problema de todo esto es que los actuales dirigentes no entienden la diferencia entre la religión y la ideología. Sobre ese tema ya hemos profundizado en un artículo anterior titulado El cristianismo no es una ideología. Lo que explicamos allí básicamente es que la religión, al igual que la ciencia, trata de la verdad, y la verdad ni puede cambiar ni tiene que adaptarse a nuestros gustos. La fuerza de la gravedad es la que es, siempre lo ha sido y siempre lo será, independientemente de nuestra opinión, nuestros gustos y aunque nos parezca horrible que si un niño accidentalmente se cae de un décimo piso se mate por culpa de esa ley de la gravedad. Las ideologías, en cambio, son opiniones, y como tales se pueden cambiar, adaptar, mejorar, empeorar, y decir mañana lo contrario de lo que opinan hoy. La verdad, tanto si es material-científica (descubierta por el hombre) como si es espiritual-revelada (contada por Dios), es eterna e inmutable, y por tanto todo lo que está ocurriendo últimamente en nuestra Iglesia, pero muy en especial durante este papado de Francisco, es que confunden la religión inmutable con una ideología que se puede cambiar y “mejorar” según sus ideas mundanas. Claro que hay muchas cosas en la Iglesia que son susceptible de cambios, pero no la moral ni las doctrinas, que no son maneras, sino verdades, y aunque haya cosas que se puedan cambiar, como la liturgia (al menos hasta cierto punto), también es cierto que hay cosas que dan buenos frutos y cosas que dan malos frutos o frutos más pobres, y conforme a esos frutos deberíamos valorar lo que es mejor y peor, sin escuchar las modas del mundo o los gustos de unas personas, y desde luego sin creer que la Iglesia fundada por Jesús puede ser ahora refundada por nosotros, pues eso es lo que hicieron los protestantes y a la vista está la eterna división y subjetivismo en el que han caído.

Es increíble que la cúpula del poder de la Iglesia (el papa, la curia y también muchos cardenales, obispos y una parte de los sacerdotes) no comprenda una distinción que siempre ha sido tan obvia y fundamental, pero es así, y es así porque se ha aceptado el relativismo de la sociedad actual según el cual la verdad no existe (excepto si es la científica) y por tanto todo lo que afecta a la religión: Dios, lo trascendente, la moral, etc. es decir, todo lo que es el ámbito de la verdad religiosa, se puede tolerar (o no), pero se niega como verdad y pasa a incorporarse al mundo de las opiniones y por eso mismo es mutable, carente de absolutos (lo que explica por qué el papa declara que los Diez Mandamientos no son absolutos sino algo así como un referente útil). Eso significa que la realidad trascendente no existe, es sólo un sentimiento personal individual (de ahí el énfasis de este papa en que la moral se la aplique cada uno según su propio juicio), una opinión al fin y al cabo, y como tal, tan digna como cualquier otra opinión, es decir, todas las religiones, en cuanto a opiniones personales compartidas por un grupo, son igual de legítimas y válidas, por lo que evangelizar se considera una forma de imponer tu opinión personal a otros y se rechaza. Esa es la noción que hay debajo del tan perseguido ecumenismo actual.

En el caso de que la silla de Pedro esté ocupada por un papa que en realidad no cree que nuestra fe sea la verdad, sino una mera opinión que se puede moldear a sus intereses y opiniones, ¿quién se encargará de custodiar y proteger esta fe? ¿cómo sabemos que las puertas del infierno no lograrán, a pesar de todos los ataques, prevalecer contra ella si el guardián se vuelve en su contra?

Los concilios y la infalibilidad papal son las fuentes que tiene la Iglesia aseguradas para proteger la verdad y condenar la herejía. Y hasta ahora eso sigue siendo así (las dudas de algunos sobre el concilio Vaticano II, que es cierto que se declaró pastoral y no dogmático, merecería discusión aparte). El problema ahora es que Francisco va a intentar cambiar la esencia de la Iglesia sin usar esas sagradas herramientas protegidas por Dios. En vez de un nuevo concilio, un sínodo permanente, y en vez de declarar dogmas usando su infalibilidad, despliega toda una plétora de declaraciones a los periódicos, discursos, normas, que van cambiando todo aunque no tengan fuerza dogmática. No niegan la verdad de frente, pero la retuercen, la reinterpretan, y la aplican de tal modo que queda enteramente pervertida, si no convertida en algo meramente simbólico.

Pero ante este panorama no caigáis en el desánimo sino al contrario, exultad con el ánimo del guerrero que ve cómo se avecina la batalla y se prepara para dar de sí todo lo mejor que tiene: recen mucho, permanezcan fieles a nuestra fe con más fervor aun cuando el viento sople con furia en contra, resistan y no olviden que, viniendo de Dios, esta Iglesia prevalecerá. Los papas pasan, la Iglesia permanece. Si el virrey se vuelve contra nosotros el rey se verá obligado a intervenir, porque sus promesas son inquebrantables. No sabemos cómo, no sabemos cuándo, no sabemos si pasarán meses o décadas, pero actuará, aunque como vemos siempre en la Biblia, actuará en gran medida a través de nuestros esfuerzos, dándonos el valor y la inspiración, alzando santos que nos lideren en la dirección correcta. Nos encontramos ante una etapa dura pero emocionante, y también decisiva. No se sienten a esperar que Jesús arregle todo él solito, es nuestra misión actuar, pero poniendo nuestra confianza en las promesas de Jesucristo:

«Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.» (Juan 16:33)

Apologia 2.1

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ANEXO A

(añadido el 9/2/2022)

¿ACABA DE DECIR EL PAPA UNA HEREJÍA?

Según el Catecismo de la Iglesia Católica (punto 2089) «Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma«. Para que la herejía sea formal debe de ser pertinaz, como dice la cita, es decir, el que profesa una doctrina errónea debe insistir en defender su error aunque la autoridad religiosa le enseñe que está en un error, de lo contrario simplemente es alguien equivocado o de formación deficiente. El gran problema aquí es cuando pretendemos aplicar esto al papa, pues siendo el papa la máxima autoridad religiosa, se da la paradoja de que él podría estar equivocado y al mismo tiempo seguiría obedeciendo plenamente a la autoridad religiosa, que es él mismo, y estar en plena comunión con el papa, que es él mismo. Por eso consideramos que no tiene sentido preguntarse si el papa es un hereje, pero sí tiene sentido preguntarse si el papa ha defendido en un momento dado una doctrina errónea, es decir, una doctrina que contradice el Magisterio anterior de la Iglesia, pues el papa no es quien diseña la doctrina católica, sino simplemente quien la custodia, defiende y aclara, por lo que si sus opiniones o enseñanzas contradicen ese Magisterio que ha heredado, sí podemos afirmar al menos que está en el error. El católico de a pie suele llamar “herejía” a los errores doctrinales, pero para no crear confusión entre usos ordinarios y usos técnicos, la mejor forma de plantear la pregunta del título sería: ¿Acaba de enseñar el papa una doctrina equivocada? Esa pregunta sí es algo que ustedes mismos pueden discernir, veamos lo ocurrido.

En audiencia general del pasado 2/2/22 el papa hizo unas declaraciones que puede leer aquí: https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2022/documents/20220202-udienza-generale.html

Allí leemos que según Francisco todos los bautizados formamos parte de la Comunión de los Santos, que según dice es lo mismo que decir «La Iglesia», y cuando dice la Iglesia se refiere correctamente a la Iglesia militante, purgante y triunfante, es decir, todos los católicos vivos y  «muertos» (en el purgatorio o cielo), y llama a esa comunidad «la comunidad de los pecadores salvados«, lo cual también tiene mucho que comentar, pero en este caso nos centraremos en esto:

«“Padre, pensemos en aquellos que han renegado de la fe, que son apóstatas, que son los perseguidores de la Iglesia, que han renegado su bautismo: ¿también estos están en casa?”. Sí, también estos, también los blasfemos, todos. Somos hermanos: ésta es la comunión de los santos

Veamos si esa enseñanza coincide con la enseñanza de la Iglesia (recordemos que las enseñanzas de la Iglesia no es lo que se inventa el papa de turno, sino lo que la Iglesia ha enseñado a través de los siglos dentro de su tradición apostólica).

De entrada la Iglesia enseña que el sacramento del bautismo confiere carácter indeleble, es decir, deja marca para siempre. Se puede usar eso para decir que esa marca implica que no puede romperse la comunión con la Iglesia, aunque pueda quedar imperfecta. Pero no olvidemos que también los bautizados pueden ir al infierno, y allí quedan absolutamente fuera de la Comunión con la Iglesia (y por tanto de la Comunión de los Santos), así que estar bautizados claramente no basta para evitar que uno se salga de la Comunión de los Santos.

Por otra parte esto es lo que dijo Pio XII en su encíclica «Mystici Corporis Christi» Christi, punto 10 (puede leerlo aquí:

https://www.vatican.va/content/pius-xii/es/encyclicals/documents/hf_p-xii_enc_29061943_mystici-corporis-christi.html)

«Pero entre los miembros de la Iglesia sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del bautismo, y, profesando la verdadera fe, no se hayan separado, miserablemente, ellos mismos, de la contextura del Cuerpo, ni hayan sido apartados de él por la legítima autoridad a causa de gravísimas culpas.» […] «Puesto que no todos los pecados, aunque graves, separan por su misma naturaleza al hombre del Cuerpo de la Iglesia, como lo hacen el cisma, la herejía o la apostasía.«

Francisco ha dicho que los apóstatas siguen formando parte de la Iglesia (o de la Comunión de los Santos, que él mismo dice que son una misma cosa). Pio XII nos dice que los apóstatas (junto con los herejes y los cismáticos) no forman parte de la Iglesia.

El mismo canon 1364 del derecho canónico vigente dice que la apostasía tiene excomunión «latae sententie«, es decir, el que apostata queda automáticamente excomulgado (o sea, queda fuera de la Iglesia):

«1364 § 1. El apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión latae sententiae, quedando firme lo prescrito en el c. 194 § 1, 2; el clérigo puede ser castigado además con las penas enumeradas en el c. 1336 § 1, 1, 2 y 3

Apóstata, hereje o cismático, igual que dijo Pio XII. No deja de ser sorprendente que en 2000 años y más de 250 papas nos encontremos con que los papas no van contradiciéndose entre sí, como sería lo esperable aunque fuera sin querer. La doctrina de la Iglesia va pasando de papado en papado, por manos de buenos papas e incluso de malos papas, sin que ninguno la contradiga. Y así durante veinte siglos ha ido transmitiéndose hasta llegar a manos de Francisco. ¿Y ahora qué?

No estamos en esta ocasión en una improvisada respuesta ante los periodistas, sino ante una preparada catequesis en una audiencia general. Podemos pensar bien y creer que el papa no se sabe bien la doctrina católica y no es consciente, una vez más, de estar contradiciendo las enseñanzas de la Iglesia. En ese caso el papa simplemente peca de ignorancia y aún está a tiempo de rectificar, pero entonces nos encontraríamos con un papa que enseña errores porque no conoce bien las doctrinas de la Iglesia. ¿Resultaría eso más tranquilizador?

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8 thoughts on “¿Seguirá la Iglesia siendo Católica dentro de dos años?

  1. hola cristian como estas la verdad es que necesito que me aconsejes de algo yo desde el año pasado eh estado obsecionado con eso de la religion ya desde hace algo de tiempo lo eh querido dejar pero mi obsecion y curiosidad no me deja dejarlo y de paso me deja muy pensativo y necesito que me aconsejes como dejar de pensar tanto en eso

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    • Pensar mucho en la religión no es un problema que haya que solucionar, sino algo que es muy deseable. Tal vez tu problema se deba a algún detalle concreto, no al hecho simplemente de pensar en la religión. Yo pienso mucho en la religión y me parece estupendo, no querría dejar de hacerlo en absoluto. Creo que lo que debes hacer es hablar con un sacerdote (un buen sacerdote), porque tu problema no se resuelve intercambiando cuatro mensajes, se necesitaría hablar, escuchar, explicar, pedir aclaraciones, y así ir viendo cuál es el problema y qué solución necesitaría. Por aquí no se puede hacer eso.

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  2. Es exactamente el sentir de muchos católicos, tal cual lo describes aquí. Con esperanza deseo aferrarme a la idea de que El Papa está siendo mal informado o en el peor de los casos manipulado, cada vez se vuelve más difícil defenderlo, solo de ver su rostro en un periódico de amplia circulación de mi país, me dan escalofríos del titular que vine acompañado, me digo a mi mismo con un suspiro ¿Qué habrá dicho ahora?, Dios me perdone, pero no sé si será falta determinación y valentía para llamar al pecado por su nombre, no se puede quedar bien con todo el mundo, en ocasiones aparenta despreciar lo bueno y fomentar o dejar que prolifere lo malo.
    Lo correcto es como has dicho, permanecer fiel y de pie en La Iglesia, ella nos necesita, ser respetuoso y obediente, confío que nada sucede en ella sin consentimiento del Señor, hay muchas personas orando por La Iglesia y eso no pasa por alto, para los próximos tiempos debemos tener coraje y valentía.
    Saludos cordiales y gracias por escribir, uno se siente acompañado e identificado cuando lee tus artículos.

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    • Hay tres clases de obispos (con muy pocas excepciones):
      1- los que han sido ascendidos a obispos porque Francisco los ha hecho obispos (precisamente por ser de su misma cuerda). Este sector es ya mayoritario entre los cardenales y probablemente mayoritario también entre los obispos, al menos los colocados en las diócesis clave.
      2- los obispos que ya estaban ahí antes de Francisco y que no piensan como él, pero que saben que si no muestran pleitesía (aunque sea fingida) serán castigados. O sea, los cobardes o los oportunistas.
      3- Los obispos convencidos de que es su obligación someterse enteramente a la voluntad del santo padre en todo porque piensan, erróneamente, que todo lo que hace o dice el papa está inspirado por el Espíritu Santo. Estos obispos están probablemente en estado de shock pero lo disimulan, y son precisamente este sector el que, muy a pesar suyo, inclinan la balanza a favor de Francisco.
      Son muy pocos los cardenales y obispos que se atreven a criticar públicamente al papa, pero los hay, y es de suponer que su número crecerá a medida que las tropelías aumenten.
      Por otra parte, un amigo sacerdote me comentaba, no sé con cuánta razón, que la mayoría de los obispos son como políticos que se arriman al sol que más calienta, así que en tiempos de Francisco son ultraliberales y si dentro de dos o tres papados llegara un papa muy conservador, se volverían ultraconservadores si es necesario.
      Por desgracia, el obispado es un servicio, pero la mayoría lo vive como un privilegio, y saben que para conseguir o mantener ese privilegio tienen que estar, o al menos fingir estar en sintonía con el poder, que ahora es Francisco. Y si no pueden, al menos se callan y se quedan quietos porque saben que si no, no salen en la foto.

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  3. He leído tu artículo, y me parece extraordinario, como prácticamente todos los que habéis publicado y he leído. Así pues, estoy de acuerdo con el análisis que hacéis de la actual situación de nuestra Iglesia Católica.
    No obstante, no estoy de acuerdo en eso de rezar por el papa sino que creo que se debe rezar por la conversión del papa a nuestra Iglesia Católica.
    En cualquier caso, no estaría de más considerar la actuación de Bergoglio tal y como, irónicamente, indica «Padre Federico» en su artículo «De Traditionis Custodes a los Responsa Ad Dubia» en https://www.infocatolica.com/blog/maradentro.php

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    • Brillante ese artículo del Padre Federico. Efectivamente, si los obispos obedecieran al papa no sólo en sus órdenes sino en la manera que dice que hay que aplicar las normas, entonces Traditiones Custodes quedaría prácticamente sin aplicarse. De hecho, tan brillante que voy a añadir el enlace al final.

      Por otra parte, cuando pedimos rezar por el papa nos referimos a eso, a rezar para que vuelva a la ortodoxia y sea un buen papa.
      Un abrazo

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