Después del Concilio de Nicea


Después del Concilio de NiceaComo hemos visto en el artículo anterior de El Concilio de Nicea, el papa no pudo asistir, aunque envió dos delegados papales y tenía a Osio presidiendo el concilio. Además de esos tres, tan solo tres obispos occidentales más se presentaron al concilio. Un motivo era la gran lejanía de Nicea, en la actual Turquía, pero otro motivo era el interés real. La doctrina trinitaria no tenía amenazas en Occidente, lo que ellos esperaban es que Oriente solucionase sus problemas para permanecer en la ortodoxia. Cuando los obispos del concilio firmaron el acuerdo (incluidos los dos delegados papales), la iglesia occidental no tuvo ningún reparo en aceptarlo, pues en nada se habían separado de la ortodoxia. Recordemos que fue casi un siglo antes cuando el papa Esteban I había fijado lo que sería desde entonces el principio fundamental a la hora de establecer cualquier dogma o aclaración doctrinal: “nada debe innovarse que no haya sido transmitido por la Tradición”. Ninguna propuesta era aceptaba si carecía de apoyo en la Tradición doctrinal de la Iglesia, de la que por supuesto forma parte fundamental la Biblia misma, pero también la manera en que los primeros cristianos entendían la doctrina, pues ellos bebían directamente de las enseñanzas de los apóstoles.

Si oriente hubiera modificado la doctrina, la Biblia y todas las bases de la fe, tal como algunos modernos proclaman, la iglesia occidental, que apenas había intervenido en los acuerdos, se habría negado a aceptar el acuerdo, e incluso si el peso del emperador junto con la supuesta sumisión de los obispos hubiera impuesto oficialmente semejantes herejías, en occidente (y también en oriente) habría surgido una “herejía” nueva de aquellos que se opusieran a la nueva doctrina. La acusación de que Jesús fue divinizado por Constantino en este concilio es no solo falsa, sino totalmente increíble. Hemos visto cómo fue imposible que los obispos aceptaran una “pequeña” diferencia sobre la naturaleza de Jesús, sobre si era un ser divino creado antes de la Creación o eterno como el Padre. Pueden imaginarse la polémica si ellos creyeran que Jesús era un humano normal y el emperador les dice que a partir de ahora vamos a decir que es Dios.

El emperador acató la resolución del concilio, que declaró el arrianismo anatema, y exilió a los obispos herejes. Anunció también una ley que declaraba ilegal la tenencia de libros arrianos, la cual podía ser motivo de condena capital, y ordenaba quemar los que hubiera. Ante esto algunos hoy dicen, no sabemos basándose en qué fuentes, que tras el concilio los obispos católicos salieron como fieras quemando libros y mandando a pobres arrianos al patíbulo. En más de un sitio se puede leer que decenas de miles de “buenos cristianos” (o sea, arrianos) fueron asesinados y que el “enorme” aparato de la nueva Iglesia Católica se aseguró de que la persecución fuese implacable hasta en el último rincón del imperio, destruyendo todas las biblias originales y sustituyéndolas por las nuevas redactadas por Constantino en las que se presenta a un Jesús divino.

La historia sin embargo contradice semejantes fantasías. El “enorme” aparato de la nueva Iglesia era aún inexistente, estaba empezando a organizarse a nivel público y no tiene nada que ver con lo que luego encontraremos la Iglesia medieval; esta Iglesia acaba de salir de las catacumbas tan solo doce años antes. Sobre la supuesta destrucción total de biblias originales, ni Diocleciano, con todo el aparato represivo del estado, había conseguido hacerlo. El mito de las nuevas biblias redactadas por Constantino se basa en que el emperador ordenó a Eusebio de Cesarea se encargara de organizar la edición de 50 biblias en edición de lujo para conmemorar los acuerdos de Nicea. Las leyes represivas anunciadas por Constantino tuvieron una laxa aplicación;  tan solo tres meses más tarde mostró indulgencia con los perdedores y suavizó sus medidas. A partir de entonces el emperador pasará por varias fases en las que se acercará más a los arrianos o de nuevo más a los ortodoxos, y con la misma mano que presionaba a unos obispos, pasaba luego presionar a los otros. Si tomamos como ejemplo a las dos grandes figuras que lideraron ambas doctrinas, Arrio y Atanasio, no tenemos más remedio que considerar que Arrio fue en general mucho más favorecido por el emperador que Atanasio, y si Arrio permaneció casi siempre en el exilio fue por la gran presión que ejercieron los obispos, no por la voluntad del emperador, que una y otra vez intentó maniobras para reincorporarlo a su puesto.

San Atanasio de AlejandríaSe discute hasta qué punto Constantino se inclinaba por las tesis arrianas. Al principio no parece que le interesase lo que para él era mera dialéctica filosofal, pero pronto se verá que el emperador siente simpatía por Arriano y quizá también por el arrianismo. Se dice que una de sus favoritas, la arriana Constancia, convenció al emperador para que rehabilitase a Arrio. Pero las órdenes del emperador hallaron una tenaz resistencia, sobre todo de Atanasio, que ya había accedido al cargo de obispo de Alejandría. Atanasio se negó a rehabilitar a Arrio tal como le exigía el emperador y el emperador protector de la Iglesia pasó a ser considerado como una amenaza del poder intentando controlarla. Ante la negativa de Atanasio, que contaba con el firme apoyo del pueblo, el emperador organiza un sínodo con miembros afines y convoca a él a Atanasio con la intención de condenarlo. El obispo, que sabe la trampa imperial, decide huir a Constantinopla. Esto hace que Atanasio se convierta en un símbolo de la resistencia de la Iglesia a la injerencia del poder. En ese momento los cristianos empiezan a utilizar el proverbio “Atanasio contra el mundo y el mundo contra Atanasio”. Si Constantino no fue capaz siquiera de doblegar a un solo santo varón que contaba con el respaldo de su pueblo, ¿cómo imaginan algunos que logró doblegar a toda la Santa Iglesia, obispos y pueblo por igual?

El emperador reacciona deponiendo a Anastasio de su cargo y convocando otro sínodo títere en Jerusalén, donde las doctrinas de Arrio son declaradas compatibles con la ortodoxia. Arrio, así rehabilitado, se presenta en Alejandría con la intención de volver a ejercer su sacerdocio, pero los demás presbíteros, fieles a su depuesto obispo, se negaron a admitirlo en el seno de la comunidad. Constantino no podía tolerar ese desafío a su autoridad así que decidió readmitir a Arrio en la misma capital, Constantinopla, con toda solemnidad. En el 336, el día señalado, Arrio se dirigía a la iglesia acompañado de Eusebio de Nicomedia y muchos de sus partidarios. Por el camino se sintió mal y murió ese mismo día. Los arrianos dijeron que había sido envenenado, los ortodoxos dijeron que había sido un castigo divino.

Todo este asunto provocó un continuo tira y afloja entre el emperador y la Iglesia, liderada en este asunto por Atanasio. La presión popular obligó al emperador a permitir su vuelta a la cátedra de Alejandría, pero sus enemigos arrianos lograron de nuevo que el emperador cambiara de opinión y fuese depuesto y exiliado. Esta lucha entre el pueblo, que lo consideraba como un héroe, y sus enemigos amigos del emperador, hizo que en cinco ocasiones Atanasio fuese desterrado y otras tantas readmitido hasta que por fin, sus últimos días los pudo vivir en paz en su diócesis, victorioso.

Igualmente otros obispos que fueron presionados en el mismo sentido se resistieron, aunque también los hubo que cedieron. Como vemos, en esa época al emperador no le resultaba nada sencillo intentar entrometerse en asuntos doctrinales sin provocar un gran alboroto, cosa que no ocurrió en el concilio ni tampoco en otros asuntos que no fueran el de la cuestión arriana. El emperador finalmente fue bautizado por el también arriano Eusebio de Nicomedia, por lo que es de suponer que al menos al final de su vida sus simpatías estuviesen claramente del lado arriano.

Constancio IINo extraña pues que su sucesor, Constancio II, fuese arriano y desatase una nueva persecución a la Iglesia cristiana en un intento imperial por imponer el arrianismo como nueva ortodoxia. Y sin embargo la Iglesia, más aún en Occidente, se mantuvo firme ante la herejía arriana o cualquier otra, con o sin el apoyo del emperador. El papa Liberio resistió la presión, pero finalmente en el año 355 el emperador Constancio desterró al papa y logró que eligieran un antipapa arriano, Félix, en su lugar. Como era de esperar, el pueblo se negó a aceptar semejante imposición imperial y rechazó al antipapa. Constancio intentó un compromiso permitiendo al papa Liberio regresar a Roma para gobernar la Iglesia junto con Félix. Ni el papa ni el pueblo aceptaron ese arreglo y finalmente el emperador no tuvo más remedio que ceder ante la Iglesia cristiana y el papa Liberio recuperó su sede y la Iglesia, con él, la ortodoxia. Quienes afirman que con la llegada de Constantino los emperadores empezaron a poner y quitar papas a su antojo, controlando así a la Iglesia, es que ignoran o falsean la historia.

Los que opinan que los obispos recién salidos de la persecución pudieron haber cedido ante los deseos del emperador debido a la euforia y gratitud por su nueva situación, no deberían olvidar que tan solo 30 años después el emperador sí que intento cambiar la ortodoxia de la Iglesia católica y ni con toda su fuerza ni con su nueva persecución logró hacerlo. Muchos de los protagonistas de esta nueva etapa de persecuciones eran los mismos de la época del Concilio de Nicea. Incluso si dudáramos de la integridad de los obispos, en la época de Constancio podemos constatar la reacción del pueblo ante una imposición doctrinal, y nada parecido se produjo tras la resolución de Nicea. Frente a las suposiciones de algunosOsio de Córdoba podemos oponer la contundencia de los hechos. La postura de la Iglesia de la época ante la mezcla de religión y política nos la define muy claramente el obispo Osio, el mismo que había presidido el Concilio de Nicea, cuando Constancio intenta presionarle para que condene a Atanasio, el principal azote del arrianismo:

Yo fui confesor de la fe (= torturado) cuando la persecución de tu abuelo Maximiano. Si tú la reiteras [la amenaza], estoy dispuesto a padecerlo todo antes que a derramar sangre inocente ni ser traidor a la verdad. Haces mal en escribir tales cosas y en amenazarme (…) Dios te confió el Imperio, a nosotros las cosas de la Iglesia (…) Ni a nosotros es lícito tener potestad en la tierra, ni tú, Emperador, la tienes en lo sagrado.* Escríbote esto por celo de tu salvación. Ni pienso con los Arrianos ni les ayudo, sino que anatematizo de todo corazón su herejía, ni puedo suscribir la condenación de Atanasio, a quien nosotros y la Iglesia romana y un Concilio han declarado inocente.

[*Este mismo fragmento, mutilado, se ve a veces usado como “prueba histórica” de que Osio consideraba que el cristianismo había sido gravemente alterado por Nicea, pero esto es una grave tergiversación, la carta citada es una protesta de Osio ante las presiones del emperador para obligarle a declarar el arrianismo como conforme a la ortodoxia, o sea, justo lo contrario: Osio reafirma que la ortodoxia se preservó en Nicea y a ella se remite, sin querer cambiar ahora por presiones del emperador.]

Sin duda palabras que siglos después habían quedado en el olvido, pero que son un fiel testimonio de cómo pensaba la Iglesia en el siglo IV, “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21). No olvidemos que en aquella época el emperador era una figura equivalente a un moderno dictador absoluto de la peor calaña, y aún así el anciano Osio se atrevió a desafiar su autoridad. Las consecuencias fueron las esperadas, Constancio le mandó llamar, le azotó y le atormentó, exigiéndole que firmara la condena a Atanasio, pero Osio se negó a firmar, prefiriendo la muerte si era necesario antes que traicionar su fe. El emperador le perdonó la vida pero fue despojado y desterrado, lejos de su patria y a pesar de que las presiones continuaron, murió centenario y sin condenar a Atanasio. ¿Podría este mismo Osio presidir y firmar en Nicea un concilio apóstata y blasfemo donde sumisamente se permitiera al emperador cambiar de la doctrina cuanto quisiese? La respuesta es un rotundo No.

Juliano el ApóstataEn el 361, muerto Constancio II, sube al trono Juliano el Apóstata, que de nuevo restaurará el paganismo y volverá a perseguir a la Iglesia, no mediante matanzas (aunque muertes sí hubo), pero sí oprimiendo a los cristianos y privándoles de muchos derechos civiles. Sin embargo, a pesar de todos sus intentos, la Iglesia resistió y no logró que la gente volviera al paganismo. No sería hasta el 380 cuando el nuevo emperador, Teodosio, declare al cristianismo, esta vez sí, religión oficial del Imperio. Ahí es cuando lamentablemente la jerarquía eclesiástica empieza realmente a adquirir poder secular.

El arrianismo, sin embargo, tardó varios siglos en desaparecer por completo. Misioneros arrianos habían convertido a los pueblos godos que estaban por entonces más al norte de Grecia en el 332. Cuando estos pueblos se desplazaron a Occidente, en torno al 400, llevaron allí su herejía, pero no lograron que el pueblo cristiano la aceptase. De esta forma se creó una fractura entre conquistadores y sometidos que duró siglos. En el caso de Hispania, el pueblo se mantuvo fiel a la doctrina ortodoxa católica hasta el final, sin sucumbir a las presiones estatales por imponer el arrianismo. Esto provocó un distanciamiento entre el poder visigodo y el pueblo. No fue hasta el 587 cuando el rey Recaredo se convierta al catolicismo y en poco tiempo el arrianismo desaparezca de Hispania y del mundo.

CONCLUSIONES

Hemos visto que la fe arriana no logró imponerse en Oriente a pesar del apoyo imperial, y que menos aún logró apoyos en Occidente cuando la llevaron los conquistadores godos. Esto nos sirve también para ver que no es posible que el emperador hubiera presionado en el concilio para obtener una Iglesia paganizada a su medida y contraria a la fe general de la cristiandad. Un cambio en el concilio en ese sentido, alejándose de la doctrina tradicional, habría tenido sonadas consecuencias de rebelión sobre todo en Occidente, donde muchos de los cristianos que habían sufrido la persecución en sus propias carnes habrían tenido que pasar a ser miembros de una iglesia nuevamente perseguida. Pero nada de eso ocurrió, la resolución del concilio de Nicea llegó a Occidente y fue asumida por todas las iglesias locales con total naturalidad, sin ningún conflicto ni división. Para Occidente, las novedades del concilio fueron asuntos formales y de organización, no doctrinales. De hecho, en los siglos siguientes casi todas las nuevas herejías surgieron en Oriente, mientras que Occidente, con el papa a su cabeza, mantuvo el consenso y la doctrina sin peligros. Solo este hecho basta para demostrar que no hubo ningún cambio de doctrina, pero de todas formas, en próximos artículo estudiaremos con cierto detalle los supuestos cambios doctrinales que algunos afirman.

También vemos que no se puede sostener la pretensión de que esa Iglesia salida del concilio se dedicó desde ese mismo momento a perseguir a los demás. Solo el poder secular tenía entonces potestad para hacer ese tipo de persecuciones y en las décadas siguientes al concilio las persecuciones se repartieron, según el momento, entre católicos y arrianos, llevándose los católicos la peor parte. De todas maneras esa persecución estuvo mucho más dirigida a los obispos que al pueblo, pues los intereses del emperador tenían motivaciones políticas, no realmente doctrinales.

No se puede negar que la aproximación del poder a la Iglesia, favoreciéndola, no tuviese efectos negativos, y que la posterior oficialización de esta a finales de siglo no tuviera efectos aún más devastadores, pues cuando a un ser humano se le da poder y riquezas la tentación de la corrupción acecha, y algunos caen. Lo que hemos intentado demostrar es que esa no es la situación de los asistentes al concilio y menos aún de los cristianos de base.

Hemos visto la gran polémica que pequeñas desviaciones doctrinales provocaron en la Iglesia antes y después del concilio, también durante. También hemos visto la fuerte reacción de la Iglesia cuando el emperador sí que intenta, años después, inmiscuirse en asuntos internos de la Iglesia, y lo que logra solo lo consigue aplicando la fuerza y solamente mientras la aplica, venciendo sin convencer, y perdiendo el terreno ganado en cuanto afloja la presión. Lo mismo ocurrió durante el reinado de sus hijos. La situación de la Iglesia oficializada en el siglo V ya será otra, pero durante este siglo IV, durante el reinado de Constantino, la Iglesia aún mantiene toda su energía inicial y no era posible, como algunos afirman hoy, que el emperador modificara sustancialmente su doctrina y crease una Iglesia nueva paganizada diferente al cristianismo de las persecuciones. El Concilio de Nicea ni cede ni innova, sino que fija y aclara lo que ya se creía desde el principio.

Los que afirman que ya a finales del siglo I la Iglesia estaba paganizada entonces podrían afirmar que los errores del catolicismo no los creó Constantino sino que ya estaban ahí antes, pero para eso se ven obligados a certificar el fracaso de Jesús y sus apóstoles al extender fallidamente el evangelio y tendrían que demostrar, aportando pruebas inexistentes, que ellos descienden directamente de alguna exigua minoría que escapó de la paganización general. Los que afirman eso (por ejemplo los Testigos de Jehová) deberían evitar identificarse con el arrianismo como a veces hacen, porque lo único que tienen en común con los arrianos es precisamente su herejía, pero no lo demás. Un arriano creía, entre otras muchas cosas, en la presencia real de Jesús en la Eucaristía, así que si los Testigos o cualquier otro grupo son descendientes de esos arrianos tendrían que admitir necesariamente que hoy en día ellos mismos se han convertido en herejes según su propia visión de la historia. No parece que tengan escapatoria en su razonamiento.

Citaré aquí la parte de conclusión del estudio que hace Luís Caboblanco sobre la relación entre Constantino y la Iglesia donde, sin posiciones partidarias, rechaza las acusaciones intervencionistas del emperador como fruto de un moderno revisionismo interesado.

El que el emperador recibiera el apoyo de, al menos, aquellos que se habían visto beneficiados por su política de libertad religiosa – libertad que afectaba a todas las confesiones, no solo a la cristiana – parece consecuente, y la necesidad de un credo universal – a la postre aprobado en Nicea – del tipo “un Dios, una Iglesia, una fe” imprescindible para una religión en crecimiento y con los problemas dConstantino y legionariose estanqueidad y diferencia de puntos de vista de las grandes organizaciones. La iglesia no participó en la definición del nuevo estado romano, tan solo se aprovechó del peso demográfico de sus seguidores y su única obsesión fue la organización de los suyos, pero como cristianos, no como ciudadanos. Constantino, un soldado por encima de todo y puede que obsesionado por reparar las excesos que pudiera haber cometido, dio media vuelta a sus convicciones y desterró a los tres principales prohombres católicos, Atanasio, Eustacio y Pablo de Constantinopla e incluso recibió los ritos del bautismo de manos del obispo arriano de Nicomedia… Ciertamente, un comportamiento bisoño por parte de un monarca que nunca acabó de entender las opiniones que se vio forzado a escuchar y que aceptó la solución que ofrecía más estabilidad… sin preocuparse de absolutamente nada más.

En nuestro próximo artículo hacemos un rápido viaje al cristianismo posterior al siglo IV, viendo sobre todo la influencia del catolicismo en la Edad Media para ver si es cierto que la Iglesia surgida de Nicea fue la responsable de sumir a Europa en “siglos de oscuridad y oscurantismo”, como a veces se define, o por el contrario aportó luz y progreso. Léalo en el siguiente enlace:

La Iglesia cristiana después del siglo IV: ¿factor de progreso o de atraso?

Constantino
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Esta serie pertenece a los artículos sobre el tema:

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