La Iglesia cristiana después del siglo IV: ¿factor de progreso o de atraso?


Tanto ateos como quienes acusan a la Iglesia Católica de apóstata e incluso perversa suelen culpar también a la Iglesia, al cristianismo, de haber tenido un efecto nefasto en la civilización europea y la responsabilizan de los años de oscuridad que se iniciaron tras el Concilio de Nicea cristalizados en el largo invierno de la Edad Media. Veamos qué hay de cierto en esa acusación.

Has vencido, oh pálido Galileo; el mundo se ha vuelto gris por tu aliento;
Hemos bebido del río del Olvido, y nos hemos alimentado de la plenitud de la muerte.
(“Himno a Proserpina”  Swinburne, 1866)

La Iglesia Cristiana después del siglo IVEste artículo continúa el anterior, donde veíamos qué ocurrió con el Cristianismo después de Nicea (vea Después del Concilio de Nicea). Allí vimos sobre todo lo que ocurrió desde Nicea hasta finales del siglo IV, cuando el emperador Teodosio declaró el cristianismo religión oficial del Imperio Romano. En el presente artículo veremos brevemente lo que ocurrió con el cristianismo a partir del siglo V, con la Caída del Imperio Romano y la llegada de la Edad Media y cual fue el impacto del cristianismo y de la Iglesia durante el Medievo.

LA EUROPA MEDIEVAL: cristiana y germánica

Quienes afirman que Constantino tomó la Iglesia cristiana y la paganizó, dando así como resultado la Iglesia Católica, afirman así mismo que esa nueva Iglesia apóstata y alejada de Dios fue la responsable de que Europa se hundiera en las sombras, y la culpable directa de que se extinguiera la luz del mundo clásico, del esplendor de Grecia y Roma (con su elevada cultura  y supuesta tolerancia) y de que el continente se viera sumergido en una The Dark Agesera de oscuridad, lo que los anglosajones llaman “los siglos oscuros” (The Dark Ages), que supuestamente duraría hasta la llegada de Lutero en el siglo XVI. Según ellos, todos los males de la Edad Media, su enorme retroceso cultural y posterior estancamiento en todos los sentidos, fueron el resultado del gobierno de la pérfida Iglesia Católica. Solo la luz del protestantismo trajo de nuevo la libertad y el progreso al norte de Europa occidental y posteriormente a Estados Unidos, mientras el atrasado sur europeo seguía bajo la represión del papado. Según los ateos, la luz llegó más tarde aún, con la Ilustración del siglo XVIII y más radicalmente con la Revolución Francesa del 1789.

Esa acusación al papel de la Iglesia durante un milenio entero merece muchos folios de respuesta, pero en este artículo solo comentaremos de pasada cómo tales ideas están totalmente alejadas de los datos históricos y se derivan más bien de un tópico deformado e interesado generado en las sociedades protestantes.

Para empezar, la decadencia del Imperio Romano en nada se debió al cristianismo ni al papel de la Iglesia ni antes ni después de Nicea, al contrario, la decadencia del Imperio estaba ya muy avanzada cuando Nicea, por eso Constantino intentaba valerse del cristianismo para apuntalar una sociedad que estaba en acelerado proceso de descomposición por motivos económicos, militares, políticos, y en gran medida causado por la corrupción de los gobernantes, el despilfarro general, la enorme relajación de las costumbres y la pérdida de valores (¿algún paralelismo con el Occidente de principios del siglo XXI?).

No fue la Iglesia Católica la que finalmente hundió al Imperio y lo sumergió en el caos y la oscuridad, sino lasInvasiones bárbaras invasiones bárbaras de esos mismos pueblos de origen germánico que siglos después, convertidos al protestantismo, acusaban a la Iglesia Católica de haber llevado a Europa a la barbarie. Paradojas de la historia. La Iglesia Católica, por el contrario, fue durante siglos el único refugio de los restos de la cultura y el saber de la época clásica, conservado y transmitido en los monasterios, enseñado en las escuelas catedralicias, que finalmente darían lugar a las universidades. Fue también la que construyó, dentro de sus posibilidades, toda una red asistencial inimaginable para cualquier civilización anterior, un auténtico estado del bienestar que suministraba todo tipo de servicios sociales para quienes no podían pagarlos: orfanatos, hospitales, albergues, escuelas, leproserías, comedores, etc, etc, etc. Todo tipo de servicios que hoy nos parecen fundamentales pero que antes del cristianismo sencillamente no existían, pues el concepto de caridad cristiano supuso una auténtica novedad y revolución, y no olvidemos que hasta el siglo XVI la única forma de cristianismo que existe es la católica (junto con su versión ortodoxa a partir del 1054). Esta novedad cristiana (católica) la vemos reflejada en el comentario que hizo el emperador romano y pagano Juliano el Apóstata décadas después de Nicea, cuando se queja de que sus odiados católicos muestran más amor al prójimo de lo que ningún pagano ha sentido jamás:

“Estos impíos galileos no sólo alimentan a sus propios pobres, sino también a los nuestros; recibiéndolos en sus ágapes los atraen como los niños son atraídos con pasteles […] Mientras los sacerdotes paganos desprecian a los pobres, los odiados galileos se entregan a obras de caridad y, en un alarde de falsa compasión, establecen y cometen los más perniciosos errores. Vean sus banquetes de amor y sus mesas dispuestas para los indigentes. Esta práctica es común entre ellos y provoca desprecio hacia nuestros dioses”

La Iglesia Católica actúa

La Iglesia Católica actúa

Esto lo expresó en un escrito dirigido a los sacerdotes paganos, donde pretende que empiecen a prestar atención al menos a sus propios pobres, para contrarrestar el éxito del cristianismo. Pero también en este intento fracasó Juliano, que consideraba las obras de caridad cristianas simples tretas para captar seguidores. Ahí es donde el emperador pagano se equivocó; la obra social cristiana no surge del interés, surge del amor al prójimo, y eso es algo que no se finge ni improvisa*. El pagano no podía dedicar su tiempo y sus energías a ayudar al necesitado a menos que fuese de su familia, sencillamente porque en su filosofía de vida el desconocido no merecía su atención, pero para el cristiano cualquier ser humano es hijo de Dios, y como tal digno de toda su atención y esfuerzo.

[*El apreciado estado del bienestar europeo es un concepto absolutamente cristiano asumido poco a poco por el estado durante el siglo XX. Lo que los cristianos hacían voluntariamente por amor al prójimo, los funcionarios del estado del bienestar lo hacen porque es su trabajo, emulando la filosofía cristiana aunque sin su espíritu. Los ateos que ahora presumen del estado del bienestar como si fuese una conquista suya se olvidan de dónde viene todo. El concepto del comunismo fue, así mismo, derivado de esa misma mentalidad cristiana, defendiendo que todos somos iguales, pero al quitar a Dios del sistema todo el edificio se derrumba por su base de la misma manera que Juliano no logró construir una red de atención social pagana. Es Dios lo que justifica la idea de que todos somos iguales y todos merecemos tener todo lo necesario; sin Dios, el abuso y la explotación acaban haciendo fracasar al sistema.]

Las obras de caridad eran, y son, parte absolutamente esencial del cristianismo, y esa vocación se ha mantenido intacta en la Iglesia Católica durante la Edad Media y hasta la actualidad, aunque el protestantismo la diluyó en parte con su postura de que las buenas obras no tenían nada que ver con la salvación. En esto vemos que la Iglesia Católica, al contrario que la protestante, mantiene vivas sus raíces bíblicas:

Así vemos, que un cristiano tiene suficiente con la fe; él no necesita de obras, para que sea religioso. Si las obras ya no son necesarias, entonces de seguro está librado de todos los mandamientos y leyes; si está dispensado entonces de seguro es libre. Esto es la libertad cristiana, la única fe, que hace, no que seamos ociosos y podemos hacer el mal, si no que no necesitamos de obras para alcanzar la religiosidad y la gloria …” (Martín Lutero, Von der Freiheit eines Christenmenschen [De la libertad de un cristiano], editado por L.E. Schmitt, 1954, 3ra edición, pág. 37,1 – 79,21)

“¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: ‘tengo fe’ si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario y alguno de ustedes le dice: ‘vete en paz, caliéntate y hártate’ pero no le dan lo necesario para el cuerpo ¿de qué le sirve? Así también la fe, si no tiene obras está realmente muerta. La fe sin obras es estéril” (Santiago 2:14-20) “El que ama al prójimo ha cumplido la ley. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud“ (Romanos, 13:8) “Hagamos el bien a TODOS, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe” (Gálatas 6:9)

Frente a este concepto de ayuda al prójimo, conocido o no, cristiano o no, tenemos el concepto pagano: “Lossacerdote pagano paganos arrinconan a los que caían enfermos y se alejaban incluso de sus amigos más queridos, arrojaban en los caminos a los moribundos y allí los dejaban, tratándolos con profundo desprecio cuando morían y sin darles sepultura.” (San Cipriano, s.III) “No muestran compasión alguna por los enfermos sino que con codicia, saquean a los difuntos; y aquellos a los que el miedo impide ser clementes se atreven sin embargo a obtener ilícitos beneficios. Aquellos que rehúsan enterrar a los muertos, corren con avaricia a apropiarse de lo que dejan” (Obispo Dionisio, s.III). El concepto cristiano de que cualquier ser humano merece la solidaridad por el mero hecho de serlo fue algo innovador y revolucionario. Si hoy a todo el mundo le parece justo ayudar al necesitado, es porque siglos de cristianismo han hecho posible que todos, ateos incluidos, asuman eso como un valor fundamental del ser humano.

Los ateos dicen ahora que ese valor es universal, pero no se paran a ver cómo antes del cristianismo las humanidad funcionaba de un modo muy diferente, y ha sido la polémica colonización mundial europea la que ha trasladado esos valores a todos los rincones del mundo. Pero la caridad universal no nos llegó en los genes, nos llegó con el cristianismo. Incluso hoy, los pobres se sientan a pedir a la puerta de las iglesias, no a la entrada de los sindicatos o del parlamento. Sin esta mentalidad cristiana ejercida por la Iglesia (como jerarquía y como pueblo de Dios) la Europa medieval y el mundo actual serían totalmente diferentes, sin duda peores y más deshumanizados, y actos de ayuda desinteresada al desconocido se verían hoy con el mismo estupor que lo veían los paganos de entonces:

Es increíble el celo con que quienes profesan esta religión se ayudan unos a otros en la necesidad, para lo cual no escatiman esfuerzo. Su dador de la ley inculcó en ellos la idea de que todos eran hermanos” (Luciano, escritor pagano, s.II). “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber” (Romanos 12:20)

El dominio germánico de Europa creó una civilización rural y una sociedad totalmente hermética y jerárquica, con estamentos cerrados; el hijo del herrero se convertía en herrero y el hijo del siervo sería a su vez siervo, esclavizado a las tierras de su señor feudal. El único estamento medieval que no estaba cerrado, que permitía la entrada en su seno de siervos, herreros y príncipes por igual, era la Iglesia Católica. Es cierto que por influencia del espíritu de su época (un espíritu germánico) los obispos solían proceder de familias nobles, pero no se puede negar que incluso su limitada movilidad vertical era toda una excepción en una sociedad donde dicha movilidad sencillamente no existía. Solo en el seno de la Iglesia era posible que el hijo del herrero se convirtiese en obispo o que el hijo del labriego o del zapatero pudiera llegar a convertirse en papa, como Celestino V o Urbano IV. Solo en los cuentos de hadas podría un campesino haber llegado a rey o emperador.

Monjes copistas medievalesAlgunos historiadores germánicos (incluidos por supuesto los anglosajones) critican como enorme injusticia el que la Iglesia se apoderara del saber de la época y lo recluyera en los conventos, impidiendo a los laicos el acceso a la cultura. Tal afirmación solo puede parecer creíble a quien nada sabe de la historia medieval. Si en el interior de los monasterios se conservaron los libros del saber antiguo fue porque en todos los demás sitios dichos libros fueron destruidos o despreciados. Solo la Iglesia era consciente del valor del saber, por encima del valor de las armas y el oro (lo único que los nuevos amos valoraban), y por eso dedicó enormes esfuerzos a preservar y copiar una y otra vez esos libros que nada significaban para los poderosos. La Iglesia no acaparó egoístamente el saber, sino que fue la única institución que lo valoró; gracias a ella buena parte de la herencia clásica sobrevivió en espera de tiempos mejores; sin ella, todo el saber culto se habría perdido.

La jerarquía eclesiástica medieval fue una institución que no pudo evitar teñirse del espíritu bárbaro e intransigente de la época, pues los curas y obispos habían nacido tan medievales como quien llegó a herrero o siervo de gleba. Pero a pesar de todos sus defectos y barbaridades no dejó de ser la Iglesia de Jesús, y como tal, supuso una luz de moral y cultura que supo mantener la llama de la civilización en un mundo que se había sumergido en la destrucción y la barbarie; una luz que, como la estrella polar, fue suficiente para orientar a aquella civilización europea hacia las gloriosas cotas que alcanzaría en siglos posteriores.

Lo peor que le ocurrió a la Iglesia medieval fue la adquisición de una estructura feudal estamentalizada y conIglesia y Estado - Rey Esteban en la película Los Pilares de la Tierra relaciones al estilo de señor-vasallo, pero esta estructura feudal no es un elemento católico, y menos surgido de Nicea, sino un elemento germánico posterior. Siendo los germánicos los dueños del poder, es comprensible que la Iglesia acusara su influencia. Cuando los reyes empiezan a nombrar sus propios obispos (con la oposición del papado, que a menudo no pudo sino ceder), tenemos que el poder germánico se adueña de la Iglesia desde dentro. Pronto se llega al fatídico punto en que Iglesia y Estado quedan firmemente entrelazados, destrozando las bases sobre las que el obispo Osio de Córdoba (quien presidió el Concilio de Nicea) había definido la relación entre ambos:

Dios te confió el Imperio, a nosotros las cosas de la Iglesia (…) Ni a nosotros es lícito tener potestad en la tierra, ni tú, Emperador, la tienes en lo sagrado.” (carta de Osio al emperador Constancio II, finales del s. IV)

FIN DE LA OSCURIDAD: ¿DE DÓNDE LLEGA LA LUZ?

Pietá de Miguel AngelQuienes consideran que fue el protestantismo el que trajo la luz tras siglos de oscuridad se olvidan de que esa luz cultural y económica no llegó de la mano de Alemania y la Ruptura Protestante, sino mucho tiempo antes, durante el Renacimiento, de la mano de la muy católica Italia, estados papales incluidos, y de la también muy católica España. Fue Italia durante siglos la que lideró la cultura europea, y ya en tiempos del nacimiento del protestantismo, era la también muy católica España la que lideró la política europea y la que, junto con Portugal, abrió Europa al mundo. Hasta que España no entró en decadencia (por motivos políticos, no religiosos) no vemos cómo los países germánicos (especialmente Inglaterra) toman el relevo político y económico, aunque culturalmente la también católica Francia predominará hasta entrado el siglo XX.

calvino, capitalismo

El calvinismo favoreció el desarrollo del capitalismo

De todas formas no es descabellada la conexión que suele hacerse entre capitalismo y protestantismo. El éxito del capitalismo en los países protestantes ciertamente no se debió directamente al cambio de religión, pero sin duda los valores protestantes favorecieron el desarrollo de aquél. El protestantismo fomentó un acentuado sentido del individualismo y la competencia, junto con el concepto de que el éxito material y las riquezas eran un signo de salvación: Dios favorecía a los justos. Por tanto el éxito económico se convertía, según Calvino, en un buen indicador del estado de salvación de las almas (los pobres probablemente estaban condenados, por eso eran pobres, abandonados por Dios).

Pero igualmente podemos verlo desde el lado contrario. El protestantismo puede considerarse una versión germanizada del cristianismo, y por tanto refleja valores germánicos. En ese sentido, individualismo, competencia y valoración del éxito económico no tienen por qué considerarse valores protestantes, sino valores germánicos que de hecho ya estaban presentes en esas sociedades. La misma mentalidad que creó el protestantismo fue tierra fértil para el éxito económico capitalista. La mejor prueba es Alemania, cuna del protestantismo; decir que el éxito económico alemán de los últimos siglos se debe a su protestantismo sería ignorar que la mitad de los alemanes son católicos. Un país con dos religiones, pero todos ellos de mentalidad germánica.

De todas maneras, asociar protestantismo y capitalismo no es, desde el punto de vista cristiano, algo necesariamente positivo; el santo generoso volcado en los demás nunca se hará rico, el capitalismo necesita egoísmo y avaricia, acumular riqueza para invertir, no para repartir. La Biblia no es un manual de economía; con el cristianismo en el corazón se pueden construir sistemas capitalistas, comunistas o autárquicos. Lo que ofrece el cristianismo no es un modelo económico sino una serie de valores que deben inspirar cualquier modelo económico para hacerlo humano, para ponerlo al servicio del hombre. El comunismo histórico puso al hombre al servicio del estado, el capitalismo consumista actual pone al hombre al servicio del capital y los mercados. Ninguno de estos modelos es en sí mismo anticristiano pero, al menos en su formulación presente, tampoco están movidos por un espíritu cristiano. La creencia de que el éxito económico es una bendición de Dios (y por tanto la pobreza es una condena y prueba de un rechazo divino) escandalizaría a Jesucristo, que se entregó sobre todo a los pobres y que fue él mismo pobre.

No olvidemos que el cristianismo original, culturalmente mediterráneo, representaba todo lo contdolce vita -amigosrario al individualismo y la competitividad nórdica, era comunidad y compartir; frente al éxito material se valoraba más el éxito social, las relaciones humanas y el “saber vivir”. El capitalismo surgido de esos países nórdicos, basado en gran medida en el egoísmo y la explotación, ha demostrado ser muy eficaz en la creación de riqueza (al menos por ahora), pero no parece un modelo de sociedad precisamente cristiano, al menos en su versión actual. Tampoco lo es el marxismo, ideología igualmente surgida en tierras protestantes.

EL IMPERIO ROMANO CRISTIANO: Bizancio

Emperador BizantinoAlgunos dicen que el Imperio Romano cayó por obra de la Iglesia Católica (actuando desde el interior) y las invasiones germánicas (actuando desde el exterior), y que es imposible saber cuánto destrozo se debe a una fuerza y cuánto destrozo se debe a la otra, porque ambas se dieron casi simultáneamente. Pero esto no es así, la misma Iglesia que asistió a Nicea se extendió también por todo el Imperio Romano, mientras que las invasiones germánicas solo se dieron en la mitad occidental del imperio, no en la oriental. Por lo tanto podemos ver qué pasó en la parte del imperio que se libró de la influencia germánica, pues allí vemos toda la influencia de la Iglesia Católica sin nada de la influencia de los pueblos germánicos. Y ahí se despliega la gran sorpresa medieval, la Europa tan desconocida para los occidentales incluso hoy en día: el Imperio Bizantino.

Los occidentales (europeos, americanos, australianos) hablamos de la Caída del Imperio Romano como algo que ocurrió en el siglo V, cuando las tribus germánicas invadieron el imperio y comenzó la Edad Media y el poder de la Iglesia. Pero en realidad el Imperio Romano no desapareció en el siglo V, sino en el siglo XV, ¡mil años más tarde! Fue solo la mitad occidental la que sucumbió a los germánicos, la mitad oriental sobrevivió otro milenio. Dicho de otra forma, el Imperio Romano fue 8 siglos pagano y 10 siglos cristiano.

División del Imperio Romano año 395

División del Imperio Romano, año 395

En el siglo III el emperador Diocleciano dividió el Imperio en dos partes, la oriental y la occidental, con lo que el Imperio Romano pasaba a ser gobernado por una tetrarquía (dos emperadores y dos césares). Cuando las tribus bárbaras atacan el imperio en el siglo V, la parte oriental, más fuerte, logra rechazar las invasiones pero Occidente cae. Tras haber conquistado Italia, los visigodos mantuvieron al emperador romano de Occidente como jefe honorario del Estado hasta que Odoacro depuso al joven Rómulo Augústulo en 476 y devolvió las insignias de poder imperial a Constantinopla, al emperador de oriente, con lo cual puso fin al sistema de la doble monarquía. A partir de ese momento el Imperio Romano quedará reducido a su parte oriental, habiendo perdido en pocos años todo Occidente. Pero ello no supuso el fin del Imperio Romano, sino la pérdida de la mitad de sus territorios. En el siglo VI parte de los territorios occidentales serán recuperados por el emperador Justiniano, pero luego se volverán a perder, hasta que el hostigamiento de los Turcos acabe por poner fin definitivamente al Imperio Romano en el año 1453.

Cuando nuestros historiadores analizan la Edad Media, comparan la Europa cristiana medieval de Occidente con la Europa pagana romana. Si son ateos es fácil que culpen al cristianismo de todos los males medievales señalando cómo el esplendor de Roma desapareció por culpa del fanatismo cristiano, enemigo del progreso, de la cultura y del conocimiento, provocando siglos de atraso y explotación. Si son protestantes probablemente culparán, no al cristianismo, sino en concreto a su versión católica, surgida según ellos de Nicea, y a la jerarquía eclesiástica de esos mismos males. Todos estarán de acuerdo en que la Iglesia tuvo la culpa de que Europa cayera en el abismo.

Pero abandonemos la Europa católica que sucumbió a las invasiones germánicas y miremos hacia esa otra Europa católica que resistió las invasiones y no sucumbió. El Imperio Romano se había dividido en el Imperio Occidental y el Imperio Oriental, con diferentes emperadores (o césares). Mientras que todo el Imperio Occidental acabó sucumbiendo, el Imperio Oriental resistió las invasiones y continuó en pie. Es allí donde vemos cómo la cultura clásica continúa, no porque la conserven, sino porque el Imperio Romano sigue vivo y fuerte. Lo que ocurrió en el siglo V en Oriente no fue la destrucción del Imperio político, sino solo su cristianización.

El Imperio Bizantino en su epoca de mayor apogeo con Justiniano I año 550

Esa parte oriental del imperio ya está casi totalmente cristianizada en el siglo VI, y una vez perdida la ciudad de Roma a mano de los ostrogodos, su foco cultural se dirigirá cada vez más hacia Grecia y con el tiempo el latín oficial acabará siendo sustituido por el griego que se hablaba en la mayor parte de sus territorios, incluida la nueva capital, Bizancio, refundada como Constantinopla. Ese Imperio Romano Oriental con capital en Bizancio, es conocido para nosotros como “Imperio Bizantino”, pero para ellos su imperio seguía siendo el Imperio Romano y sus emperadores seguían siendo emperadores romanos. El emperador bizantino Justiniano I (s. VI) intentó recuperar la extensión original del imperio, recuperando Italia, parte de Hispania, Cartago y la costa dálmata. Su visión era la de Reconquista, no la de expansión, y buena parte de la población occidental consideraba aún que los legítimos gobernadores de Occidente no eran los usurpadores germánicos, sino el emperador romano, asentado en Constantinopla (antigua Bizancio), lo que la historia moderna llama “emperadores bizantinos”.

La Iglesia Católica que acudió a Nicea triunfó en la parte Oriental con la misma rotundidad que en la parte Occidental, así que si queremos ver cuáles fueron los efectos puros del cristianismo católico sobre Europa, sin la mezcla de efectos germánicos, podemos verlo con más claridad en lo que hoy llamamos Imperio Bizantino. Si fuera cierto que la Iglesia Católica trajo la explotación, el atraso, la barbarie y que era enemiga del progreso, entonces sus perversos efectos no solo se encontrarían en la mitad occidental del antiguo imperio, sino que serían igualmente visibles en la mitad oriental. Pero en la mitad oriental lo único que vemos es todo lo contrario, un Imperio Romano que estaba en descomposición, en franca decadencia, resurge con fuerza gracias a la nueva vida que le insufla el cristianismo (católico, no lo olvidemos). Sus patriarcas, obispos y sacerdotes no traen una nueva era de superstición, explotación, incultura y subdesarrollo, sino que la ciencia, el arte, el comercio, se desarrollan hasta niveles que no solo igualan al perdido esplendor de la Roma de Julio César, sino que en muchos aspectos lo superan, y aunque también tuvieran sus defectos, sin duda alcanzaron un nivel de desarrollo moral y humano muy superior al de las anteriores culturas de la Antigüedad.

Bizancio fue un imperio que miraba a Dios y por primera vez consideraba al hombre no un mero súbdito, sino un hijo de Dios nacido con derechos. Los emperadores bizantinos (incluso en mayor medida que los reyes occidentales, todos de origen germánico) fueron los primeros monarcas de la historia que tenían plena conciencia de estar limitados por un poder superior, que les obligaba a gobernar respetando ciertas normas. Antes los reyes ponían y quitaban normas a su antojo, guiados por su criterio y prudencia o falta de ella. Ahora hay leyes que vienen de Dios y a ellas incluso los emperadores están sometidos, no pueden evadirlas.

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Catedral bizantina de Santa Sofía, Constantinopla, s.VI

Los ciudadanos del Imperio Oriental gozaron de un nivel de desarrollo, de cultura y también de libertad que estaba a años luz de sus equivalentes occidentales, reducidos en muchos casos a la servidumbre, la pobreza y la ignorancia. Sin embargo en ambos casos se trata de la misma Iglesia cristiana la que alimenta sus almas, e incluso cuando esa Iglesia Católica se divida en dos en el 1054 con la escisión de la Iglesia Católica Ortodoxa en Oriente (posteriormente llamada solo “Iglesia Ortodoxa”), ambas versiones de la Iglesia siguen siendo la misma Iglesia presente en Nicea, la misma de las persecuciones, la misma que fundaron los apóstoles, y su doctrina, aún hoy, sigue siendo esencialmente idéntica. Si culpásemos a Nicea del derrumbamiento de Occidente, nos encontraríamos con la contradicción de que esa misma Nicea sería responsable del florecimiento de Oriente. El hecho es que Nicea no dio a luz ninguna iglesia nueva, la Iglesia medieval, en oriente y occidente, es la misma Iglesia cristiana de siempre, la Iglesia de Jesús.

La Roma cristiana, o sea, el Imperio Bizantino, floreció y fue durante siglos la civilización más avanzada del mundo. En los mismos años que el occidente europeo vivía su “edad oscura”, el oriente europeo vivía la mayor época de desarrollo y de gloria de la historia. Será precisamente cuando los turcos acaben con los bizantinos cuando los otros europeos, los occidentales, salgan de la oscuridad medieval y consoliden el esplendor iniciado con el Renacimiento, en parte gracias a que recogieron los fragmentos del desaparecido imperio cristiano bizantino. La caída de Constantinopla bajo el poder turco es casi simultánea con el descubrimiento de América (España busca camino a la India porque el acceso a través de Bizancio quedó bloqueado). Los sabios y científicos bizantinos se refugian masivamente en Occidente, sobre todo en Italia, llevando al occidente cristiano la luz expulsada de la cristiandad oriental. Europa Oriental cae y Europa Occidental se levanta, tomando el relevo de la antorcha del progreso y la civilización, una antorcha que sigue siendo cristiana.

BIZANCIO EN WIKIPEDIA

Citaré un fragmento del artículo “Bizancio” en Wikipedia, porque refleja muy bien los nuevos ojos con los que Occidente está redescubriendo a Bizancio, una cultura largo tiempo ignorada, infravalorada e incluso injustamente despreciada:

El Imperio Bizantino gozó de una gran prosperidad económica, gracias a una floreciente agricultura y a la vitalidad del comercio mediterráneo. Es a partir de Hieronymus Wolf (1557), cuando comienza a hablarse de la «historia del imperio bizantino» y de los «bizantinos» para designar al Imperio Romano de Oriente, y a sus habitantes después del 330. Los interesados nunca habrían soñado con llamarse así ellos mismos. El término «bizantino» es una invención de la historiografía humanista occidental y cristiana, que se sentía comprometida en la rehabilitación de los valores filosóficos de la Antigüedad, y que, no pudiendo tener éxito directamente frente al dogmatismo de la iglesia católica, se aferró al césaro-papismo de Bizancio. Esta terminología no se impuso hasta el siglo XVII. Recordemos que Montesquieu, por ejemplo, la empleaba. Desdichadamente, la rivalidad entre oriente y occidente tuvo un efecto nocivo, dando a Bizancio la visión de un imperio anclado en su dogmatismo muchas veces intolerante y hasta corrompido. Así pues, su herencia científica, filosófica, y literaria fue atribuida íntegramente a los árabes, como si a través de éste Imperio del Islam, nunca hubiera existido el Imperio Bizantino, o mejor dicho, el Imperio Romano de Oriente.

Y de su otro artículo “Imperio Bizantino” podemos recoger también algún fragmento que refleja nuestras mismas tesis:

Durante su milenio de existencia, el Imperio fue un bastión del cristianismo, e impidió el avance del Islam hacia Europa Occidental. Fue uno de los principales centros comerciales del mundo, estableciendo una moneda de oro estable que circuló por toda el área mediterránea. Influyó de modo determinante en las leyes, los sistemas políticos y las costumbres de gran parte de Europa y de Oriente Medio, y gracias a él se conservaron y transmitieron muchas de las obras literarias y científicas del mundo clásico y de otras culturas. […]

El éxito del término [bizantino] puede guardar cierta relación con el rechazo histórico de Occidente a reconocer al Imperio bizantino como heredero legítimo de Roma, al menos desde que, en el siglo IX, Carlomagno y sus sucesores esgrimieron el documento apócrifo conocido como «Donación de Constantino» para proclamarse, con la connivencia del papado, emperadores romanos. Desde esta época, en las tierras occidentales el título ‘Imperator Romanorum’ (Emperador de los Romanos) quedó reservado a los soberanos del Sacro Imperio Romano Germánico, mientras que el emperador de Constantinopla era llamado, de manera un tanto despectiva, ‘Imperator Graecorum’ (Emperador de los Griegos), y sus dominios, Imperium Graecorum, Graecia, Terra Graecorum o incluso Imperium Constantinopolitanus. Los emperadores de Constantinopla nunca aceptaron estos nombres. De hecho, los pobladores bizantinos se declaraban herederos del Imperio romano y los emperadores de Constantinopla se enorgullecían de un linaje ininterrumpido desde Augusto.

Justiniano en la basílica bizantina de San Vitale de Ravena

Justiniano en la basílica bizantina de San Vitale de Ravena

«Imperio bizantino» es un término moderno que hubiera resultado sumamente extraño a sus contemporáneos, que se consideraban a sí mismos romanos, y a su Imperio el Imperio romano. El nombre en griego original era Romania (Ρωμανία) o Basileía Romaíon (Βασιλεία Ρωμαίων; Imperio romano), traducción directa del nombre en latín, Imperium Romanorum. Era denominado «Imperio griego» por sus contemporáneos de Europa occidental (debido al predominio en él del idioma, la cultura y la población griegas). En el mundo islámico fue conocido como روم‎ (Rûm, ‘tierra de los Romanos’) y sus habitantes como rumis, calificativo que por extensión acabó aplicándose a los cristianos en general, y en especial a aquellos que se mantuvieron fieles a su fe en los territorios conquistados por el islam.[…]

Bizancio fue la única potencia estable en la Edad Media. Su influencia sirvió de factor estabilizador en Europa, sirviendo de barrera contra la presión de las conquistas de los ejércitos musulmanes y actuando como enlace hacia el pasado clásico y su antigua legitimidad. La caída del Imperio fue traumática, tanto que durante mucho tiempo se consideró 1453 como la división entre la Edad Media y la Edad Moderna. […]

Bizancio desempeñó un papel inestimable para la conservación de los textos clásicos, tanto en el mundo islámico como en la Europa occidental, donde sería clave para el Renacimiento. Su tradición historiográfica fue una fuente de información sobre los logros del mundo clásico. Hasta tal punto fue así, que se cree que el resurgir cultural, económico y científico del siglo XV no hubiera sido posible sin la bases establecidas en la Grecia bizantina.

Por tanto lo que vemos en el ahora llamado Imperio Bizantino es ni más ni menos que los efectos vivificantes de la Iglesia Católica sobre el Imperio Romano sin el oscurantismo y el atraso que a Occidente llevaron los bárbaros germanos.

CONCLUSIÓN

Hemos visto que a lo largo del siglo V el Imperio Romano sufre una profunda transformación. Dos fuerzas intervienen en este cambio, una (el cristianismo) se extiende por igual por todo el Imperio, la otra (el germanismo) se extiende solo por la mitad occidental. En Oriente podemos ver al factor cristiano comparativamente “en estado puro” y observar en qué medida y en qué dirección cambió la antigua sociedad pagana. En Occidente vemos un cambio muy diferente, pero puesto que el elemento cristiano es el mismo, las radicales diferencias con Oriente deben ser debidas principalmente al elemento germánico, no al cristiano. Así pues, esos siglos de oscuridad y estancamiento, de barbarie y opresión, no son consecuencia del cristianismo (del catolicismo) ni del terrible poder de la Iglesia Católica, sino del germanismo. Es la cultura feudal traída por las tribus germánicas, junto a la conquista en sí, lo que sumió a Europa Occidental en el estado de postración en que quedó.

En ese estado, la Iglesia fue un elemento en gran medida constructivo y paliativo, aunque su poder deSanta Marguerite d'Youville repartiendo pan a los pobres - Maurice Dubois regeneración y progreso (que tan fuertemente vemos en Oriente), quedó aquí mitigado, ni mucho menos suprimido, por una cultura que también inevitablemente la influyó, convirtiendo a la Iglesia en una institución feudal, y por tanto, en cierta medida también germánica. Si las tribus germánicas no hubieran invadido el Imperio Romano Occidental, todo parece indicar que el occidente europeo habría vivido la misma gloria económica y cultural de un Imperio Cristiano similar al Imperio Bizantino, pero lo que tuvimos en Occidente no fue un Imperio Cristiano, sino el Sacro Imperio Germánico.

El resurgir de Occidente durante el Renacimiento italiano (en buena medida con el apoyo de los papas) se debió en parte a la recuperación del saber clásico perdido, recibido a través de los musulmanes, que aumentó el legado ya preservado en Europa por los monasterios cristianos. Pero quienes dicen que los musulmanes supieron preservar la cultura clásica mejor que los cristianos medievales olvidan que esos musulmanes recibieron el legado clásico a través del Imperio Bizantino. Fueron los cristianos de Bizancio quienes conservaron el saber clásico y lo ampliaron, y de ellos tomaron los árabes la mayoría de sus conocimientos científicos y médicos que tanto deslumbraban a los atrasados medievales de Occidente. Los avances que los árabes transmitieron a Europa fue, en gran medida, conocimiento cristiano de Oriente.

Por todo ello vemos que el cristianismo fue un elemento de progreso, no de decadencia, y la Iglesia Católica como institución logró conservar en el destrozado Occidente parte de esa luz que en Oriente sí vemos brillando con intensidad. Lo que vemos durante toda la Edad Media en la Europa oriental es a la Iglesia Católica como fuente de progreso en todos los sentidos. Los emperadores cristianos bizantinos junto con la jerarquía católica no solo conservaron el legado cultural clásico sino que lo transformaron y lo aumentaron, protegiendo a la ciencia, promulgando leyes que suponían un enorme avance en el reconocimiento de la dignidad y la libertad humana y protegiendo a los más débiles como ninguna sociedad anterior había hecho. Una Iglesia que, libre de la cruda mentalidad germánica, no cayó en los graves errores que estigmatizaron a su hermana occidental (cruzadas, inquisición).

La Iglesia Católica en la parte bizantina (llamada Católica Ortodoxa después del 1054 y más tarde ya solo Ortodoxa) no fue una iglesia perfecta, pues estaba formada por personas humanas, pero sí fue una muestra clara del avance que la Iglesia aportó a la humanidad tanto en el plano físico como en el espiritual. Quienes ven en el cristianismo un elemento de atraso y no de progreso es porque su ignorancia o interés les lleva a estudiar la historia de una manera parcial y selectiva. Quienes afirman que la Iglesia de Jesús no apareció hasta el siglo XVI Cristo y el emperador León el Sabiotienen que asumir el hecho de que la Iglesia que ellos consideran falsa y apóstata, incluso demoníaca, es la que durante siglos había vertido su sangre por Jesús, había reivindicado el valor de las personas como hijos de Dios, no simples súbditos, había creado un estado del bienestar para proteger a los más desposeídos, había evangelizado toda Europa y estaba ya llevando el mensaje de Jesús a todos los confines del mundo en una época donde ser misionero suponía a menudo riesgo para la vida (no como ahora). Solo un poquito de objetividad basta y sobra para darse cuenta de que si Satanás gobernara esa Iglesia sus resultados habrían sido totalmente opuestos.

Fue la Iglesia Católica la que creó un mundo cristiano, la que cambió la historia y la mentalidad occidental para siempre. Cuando llegaron los protestantes el trabajo fundamental ya estaba hecho, y fue precisamente esa Iglesia, fundada por Jesús y asistente a Nicea, la que hizo el milagro. Hasta los mismo ateos occidentales son, en sentido profundo, ateos cristianos, y los valores que defienden (libertad, igualdad, solidaridad, justicia social) son valores cristianos aunque vaciados de Dios. Fue la Iglesia la que transmitió esos ideales predicados por Jesús, y si ella no siempre estuvo a la altura de su propia predicación, ningún otro colectivo humano (protestante o ateo) puede demostrar que siempre permanecen a la altura de sus propios ideales, y menos con el paso de los siglos. Los protestantes que señalan cómo la Iglesia Católica mató herejes “se olvidan” de los miles de católicos y brujas que ellos mismos mataron en los países protestantes, y los ateos que afirman que un estado sin Dios queda libre del fanatismo y la crueldad (como canta John Lennon en su himno ateo “Imagine”) se olvidan de que todos los estados oficialmente ateos creados en el siglo XX han sido ejemplo de todo lo contrario de lo que ellos defienden, oprimiendo al pueblo con una crueldad y fuerza en muchos casos superior incluso a la de los estados medievales, pues cuando quitas a Dios quitas también los límites y el hombre queda totalmente desprotegido. Si esa es la alternativa que ellos traen al cristianismo, el siglo XX ha demostrado con creces que su alternativa conduce al mayor de los fracasos.

En la serie de artículos que llevamos publicados sobre el Concilio de Nicea hemos visto ya lo que fue del cristianismo antes, durante y después de Nicea. En nuestro próximo artículo de esta serie comenzaremos a analizar con cierto detalle lo que fue la doctrina en sí del cristianismo antes y después de Constantino, para comprobar si son ciertas las acusaciones de que Constantino tomó el cristianismo, lo paganizó, y creó el catolicismo, y la principal herramienta para ese cambio fue el Concilio de Nicea. Veremos si la doctrina cristiana de después de Constantino es igual o diferente de la doctrina cristiana de antes de Constantino. De la demostración de esto depende nada menos que la prueba de que la Iglesia Católica (y la Ortodoxa) sea el verdadero cristianismo apostólico o si por el contrario el protestantismo está más cercano a las raíces originales. Dicha demostración comienza en nuestro siguiente artículo:

La Iglesia surgida del Concilio de Nicea

Constantino
[Haga clic sobre el báner anterior para acceder al índice de la serie completa]
Esta serie pertenece a los artículos sobre el tema:

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20 thoughts on “La Iglesia cristiana después del siglo IV: ¿factor de progreso o de atraso?

  1. Hay que tener en cuenta que la historia siempre sera manipulada nunca llegara a nosotros 100% pura hay mucha verdad que se ha perdido y que se ha ocultado sigamos buscando la vedad así nos tome toda la vida,nunca pongamos como verdad la primera fuente que encontremos sigamos buscando para no cegarnos aceptemos toda fuente y armemos el gran rompecabezas de la vida aceptemos toda opinión o sugerencia para así alcanzar algo de verdad en nuestro presente actual.

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