Pío XII, “el Papa de Hitler” ¿Santo o demonio?


UN ESCÁNDALO PARA LA IGLESIA DEL SIGLO XX ?

Pio XIIEn el 2009, Benedicto XVI inició el recorrido que podría terminar llevando a Pio XII a los altares. Las reacciones en contra no se hicieron esperar; medios de comunicación escandalizados, asociaciones y organismos judíos indignados, ¿cómo es posible considerar si quiera la santidad del papa que calló y miró para otro lado mientras a su alrededor se cometieron en Europa los más grandes crímenes contra la humanidad que el mundo moderno ha conocido? En este artículo vamos a analizar las dos partes y ver si la decisión del papa ha sido acertada o, por el contrario, una gran metedura de pata.

La historia ha sido despiadada contra el papa que tuvo el deber moral de alzarse contra los horrores del nazismo y el holocausto pero nos falló. Justo en el momento en el que la Iglesia debía haberse convertido en la luz de amor y razón en medio del caos, el horror y la maldad… la Iglesia oficial calló. Algunos justifican esta “prudencia” por el miedo a que si el Vaticano se enfrentaba a Hitler lo único que conseguiría sería que Hitler pusiera también a los católicos en su punto de mira, algo que en parte ocurrió igualmente. Otros sostienen que los verdaderos motivos eran lisa y llanamente que Pio XII era un profundo antisemita y odiaba a los judíos más que al propio Hitler.

Los judíos nunca se lo han perdonado, y aunque reconocen que muchos miembros de la Iglesia y el clero ayudaron a salvar miles de judíos del holocausto, lo hicieron por iniciativa propia, sin que el Vaticano alentara, respaldara ni aunara esfuerzos. De ahí el duro reproche grabado en piedra que en Israel queda como constancia del que muchos llaman “el papa de Hitler”. El Estado de Israel, en su monumento al Holocausto del Yad Vashem, muestra un poema que se queja de que mientras los hornos ardían el santo padre no abandonó su palacio, y junto a la imagen de Pio XII grabadas las siguientes palabras:

yad vashem pio xii

Testimonio contra el papa en el monumento al Holocausto del Yad Vashem, Israel

Cuando fue elegido Papa en 1939, archivó una carta contra el racismo y el antisemitismo que su predecesor había preparado. Aún tras la llegada al Vaticano de informes sobre el asesinato de judíos, el Papa no llevó a cabo ninguna protesta ni verbal ni por escrito. En diciembre de 1942, se abstuvo de firmar una declaración de los Aliados que condenaba la exterminación de Judíos. Cuando los judíos fueron deportados de Roma a Aushwitz, el Papa tampoco intervino. El Papa mantuvo su posición neutral durante la Guerra, con la excepción de algunas apelaciones a los dignatarios de Hungría y Eslovaquia al final de la guerra. Su silencio y la falta de una guía obligaron a los hombres de la Iglesia en toda Europa a decidir por su propia cuenta cómo reaccionar.

El premio nobel alemán Günter Grass lo explicó así en 1972:

Creo que al Vaticano no le conviene aparentar hoy esa actitud antifascista que no tuvo en tiempos de Hitler y Mussolini. Por muchos que fueran los sacerdotes católicos y creyentes cristianos que combatieron el fascismo y el nacionalsocialismo, la Iglesia católica (como instancia moral) fracasó desde el punto de vista histórico, dejó a sus creyentes en la estacada, se sometió a otros poderes, más aún, se deshizo de la ética cristiana: mientras se asesinaba, ella se refugiaba en el papel de Pilatos, practicando el lavado de manos. Además fue oportunista; se quedó al margen, por interés táctico, cuando el judío Jesucristo volvía a ser crucificado en la figura de seis millones de judíos, esta vez con modernas herramientas.

En un momento clave de la historia de la humanidad, que el representante de la Iglesia Católica deje a la posteridad ese legado es todo un oprobio y un ejemplo de lo que la Iglesia jamás debe ser. Y sin embargo Benedicto XVI pretende elevarlo a los altares. ¿Por qué? ¿Qué motivos ocultos tiene Benedicto para hacer semejante cosa?  …Y entonces aparece un testimonio sorprendente, por lo que dice y por lo desapercibido que ha pasado. El judío más famoso del siglo XX, Albert Einstein, hizo después de la II Guerra Mundial una declaración al New York Times sobre el papel de la Iglesia ante el nazismo en los siguientes términos:

Siendo un amante de la libertad, cuando llegó la revolución a Alemania miré con confianza a las universidades sabiendo queEinstein siempre se habían vanagloriado de su devoción por la causa de la verdad. Pero las universidades fueron acalladas. Entonces miré a los grandes editores de periódicos que en ardientes editoriales proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las universidades, fueron reducidos al silencio, ahogados a la vuelta de pocas semanas. Sólo la Iglesia permaneció de pie y firme para hacer frente a las campañas de Hitler para suprimir la verdad. Antes no había sentido ningún interés personal en la Iglesia, pero ahora siento por ella un gran afecto y admiración, porque sólo la Iglesia ha tenido la valentía y la obstinación de sostener la verdad intelectual y la libertad moral. Debo confesar que lo que antes despreciaba ahora lo alabo incondicionalmente. (Time Magazine, 23 de diciembre de 1940)

Parece que a pesar de la cobardía y el antisemitismo del papa la Iglesia supo enfrentarse al nazismo con dignidad, aunque los historiadores modernos a menudo crean “recordar” las cosas mejor que los que las vivieron. Pero rescatemos más testimonios de aquellos momentos a ver qué dicen sobre el papa. Citemos otra vez al New York Times dos años después, aún en plena guerra contra Hitler (Alemania se rindió en 1945).

La voz de Pío XII es la única voz en el silencio y oscuridad que envuelve a Europa esta Navidad… Él es el único gobernante que queda del continente de Europa que se atreve a hablar en voz alta. (New York Times, 25 de diciembre de 1942)

Justo un año antes, el también día de Navidad de 1941, el New York Times había ya elogiado al papa Pio XII en su editorial por “ponerse plenamente contra el hitlerismo” y por “no dejar duda de que los objetivos de los Nazis son irreconciliables con su propio concepto de la paz Cristiana“. Pero ¿y los propios judíos? ¿mostraban por el papa el mismo entusiasmo que el periódico americano? Veamos algunos de los testimonios más relevantes de los judíos sobrevivientes al holocausto en aquellos decisivos años.

LOS JUDÍOS SOBREVIVIENTES OPINAN SOBRE PAPA

Ya en 1939, Joseph Roth, famoso novelista y periodista austriaco judío y activo militante comunista, dijo:

Las bestias pre-apocalípticas [nazis] que ahora dominan en la política ya presagian los verdaderos motivos por los cuales persiguen a la Iglesia. Él [Pío XII] es el único que los daña verdaderamente. Lo que es más, los que no temían a un Papa, le temen a este. Y no se limitan a presagiarlo, sino que ya saben por qué.

supervivientes holocaustoEl Congreso Judío Mundial agradeció en 1945 (año del fin de la guerra) la intervención del Papa, con un generoso donativo al Vaticano. En el mismo año, el gran rabino de Jerusalén, Isaac Herzog, envió a Pío XII una bendición especial «por sus esfuerzos para salvar vidas judías durante la ocupación nazi de Italia».

Israel Zolli, gran rabino de Roma, quién como nadie pudo apreciar los esfuerzos caritativos del Papa por los judíos, al terminar la guerra se hizo católico y tomó en el bautismo el nombre de pila del Papa, Eugenio, en señal de gratitud. Él escribió un libro sobre su conversión ofreciendo numerosos testimonios sobre la actuación de Pío XII en favor de los judíos y mostrando públicamente su admiración por él.

Su propia hija, Miriam Zolli, declararó hace poco: “Cuando los nazis pidieron 20 kilos de oro a cambio de la vida de los habitantes del Portico d’Ottavia [el barrio judío de Roma], mi padre, casi desesperado, corrió al Vaticano y habló con el tesorero del Vaticano, Monsignor Nogara. A través de Nogara, Pio XII le dejó claro a mi padre que el Vaticano pondría a su disposición los 15 kilos que les faltaban“, a pesar de lo cual no hizo falta porque varias órdenes religiosas católicas y otras organizaciones rápidamente ayudaron a los judíos a completar el cupo por lo que Zolli no tuvo que recurrir al ofrecimiento del papa. A pesar de ello, los nazis no cumplieron  su palabra. El propio rabino, según cuenta su hija, antes de morir le dijo un día “ya lo verás, acabarán culpando a Pio XII por el silencio del mundo antes Hitler”. Miriam continúa, “Pacelli [Pio XII] y mi padre fueron figuras trágicas en un mundo donde toda referencia moral se había perdido. Un abismo de maldad se había abierto, pero la gente corriente no se lo creía y la extraordinaria -Roosevelt, Stalin, de Gaulle- permanecía en silencio. Pio XII había comprendido que Hitler no se avendría a pactos con nadie, que su locura era del tipo que podía explotar en cualquier dirección, en la masacre de los católicos alemanes o en el bombardeo de Roma, y él actuó a la luz de este conocimiento. El Papa era una persona obligada a moverse en soledad en medio de los lunáticos de un manicomio. Él hizo lo que pudo. Su silencia debe ser puesto en contexto, como un acto de prudencia, no de cobardía“.

El jueves 7 de septiembre de 1945 Giuseppe Nathan, comisario de la Unión de Comunidades Judías Italianas, declaró: «Ante todo, dirigimos un reverente homenaje de gratitud al Sumo Pontífice y a los religiosos y religiosas que, siguiendo las directrices del Santo Padre, vieron en los perseguidos a hermanos, y con valentía y abnegación nos prestaron su ayuda, inteligente y concreta, sin preocuparse por los gravísimos peligros a los que se exponían» (L’Osservatore Romano, 8 de septiembre de 1945, p. 2).

El 21 de septiembre del mismo año, tan solo cuatro meses después del fin de la guerra, Pío XII recibió en audiencia al Doctor A. Leo Kubowitzki, secretario general del Congreso judío internacional, que acudió para presentar «al Santo Padre, en nombre de la Unión de las Comunidades Judías, su más viva gratitud por los esfuerzos de la Iglesia católica en favor de la población judía en toda Europa durante la guerra» (L’Osservatore Romano, 23 de septiembre de 1945, p. 1).

El jueves 29 de noviembre de 1945, el Papa recibió a cerca de ochenta delegados de prófugos judíos, procedentes de varios campos de concentración en Alemania, que acudieron a manifestarle «el sumo honor de poder agradecer personalmente al Santo Padre la generosidad demostrada hacia los perseguidos durante el terrible período del nazi-fascismo» (L’Osservatore Romano, 30 de noviembre de 1945, p. 1).

En 1958, al morir el Papa Pío XII, Golda Meir (Ministro de Asuntos Exteriores de Israel) envió un elocuente mensaje: «Compartimos el dolor de la humanidad (…). Cuando el terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó en favor de sus víctimas. La vida de nuestro tiempo se enriqueció con una voz que habló claramente sobre las grandes verdades morales por encima del tumulto del conflicto diario. Lloramos la muerte de un gran servidor de la paz».

El diplomático Israelí Pinchas Lapide calculó que Pío XII fue personalmente responsable por salvar al menos 700,000 judíos. El historiador judío Richard Breitman, ha escrito un libro sobre el holocausto. Como consultor del Grupo de trabajo para la restitución de los bienes a los judíos (grupo que ha obtenido la desclasificación de los dossieres del OSS). En una entrevista al «Corriere della Sera», del 29 de junio del 2000, Breitman que es hasta ahora el único autorizado a ver los documentos del OSS (el espionaje estadounidense en la Segunda Guerra Mundial), ha explicado que lo que más le ha impresionado ha sido la hostilidad alemana hacia el Papa y el plan de germanización del país de septiembre de 1943. Con razón el presidente de los Estados Unidos, Eisenhower, al morir el Papa exclamó: «El mundo ahora es más pobre después de la muerte del Papa Pío XII».

En contra de la teoría de que Pío XII era antisemita, el historiador judío Elliot Hershberg, señala que “quien examina la gran cantidad de documentos, testimonios, evidencias probadas y demostrables, debe necesariamente concluir que el Papa Pío XII fue un afectuoso y solidario amigo del pueblo judío… Como judío conozco bien el antisemitismo, y no existe ni rastro de prejuicio antijudío en la vida de Eugenio Pacelli [=Pío XII].”

El rabino David Dalin dice que el título de Justos entre las Naciones debería ser conferido a Pío XII, ya que salvó a más judíos que Oskar Schindler.

¿Cómo puede ser que durante y después de la Guerra judíos y aliados reconocieran clamorosamente el enorme papel del papa en la condena al nazismo y en su activa lucha por salvar las vidas de los judíos y que luego, años después, quede toda esa enorme labor aplastada bajo una losa de condena y difamación? ¿Tan fácil es tergiversar la historia en tan poco tiempo? ¿Por qué no se ha defendido la Iglesia ante un tema tan sensible y relevante? Cuando Juan Pablo II comenzó a pedir disculpas por los errores de la Iglesia hubo muchas voces, incluso dentro del mismo clero (soy testigo) reclamando que pidiera perdón por la bochornosa cobardía de Pío XII que facilitó la masacre de tantos judíos. Hubiera sido un buen momento para aclarar las cosas pero nada se dijo, o lo que se dijo no llegó a la opinión pública.

En muchas ocasiones a la Iglesia le sobra amor y coraje y le falta saber transmitir su mensaje en el nuevo mundo de las telecomunicaciones. Quienes están ahora rehabilitando públicamente la figura de Pio XII no es la Iglesia, cuya voz hace eco en el silencio de las salas vaticanas, sino varios autores, católicos o no, que están empezando a investigar y publicar sobre lo que de verdad ocurrió con el Vaticano durante el nazismo. En el siglo XXI un bien diseñado y mejor promovido best-seller tiene una capacidad de divulgación inmensamente mayor que una declaración oficial de la Conferencia Episcopal o unos comentarios insertados en un aburrido sermón dominical, ahí tenemos el infame ejemplo del Código Da Vinci, novela de ficción cuyas mentiras e invenciones (al fin y al cabo era una novela de ficción) convencieron a millones de personas por todo el mundo, incluidos católicos. Un sacerdote amigo mío a menudo comenta “tenemos el mejor producto pero somos los peores vendedores”, y eso es algo bien grave, porque una parte fundamental de la misión de la Iglesia es precisamente proclamar la Buena Nueva, difundir el mensaje de Jesús, así que mejorar nuestra manera de “llegar al público” debería ser totalmente prioritario.

DE SANTO A DEMONIO: EL DESPRESTIGIO DEL PAPA

Pero regresemos a nuestro enigma. ¿Por qué Pío XII pasó de repente de ser admirado como salvador de los judíos a ser vilipendiado como el papa cobarde que miró hacia otro lado? Y ¿Por qué la Iglesia no reaccionó con prontitud y contundencia ante ese giro de acontecimientos?

amen filmEn 1963 (y hasta principios del siglo XXI) se inicia el cambio de actitud general con respecto al papa, y se produjo a raíz de la publicación, cómo no, de un libro de éxito. Ese año el alemán Hochhuth publicó “El Vicario” (llevada al cine en el 2002 con el título de “El Vicario” en Argentina o “Amén” en Estados Unidos y España). Allí se inicia toda la leyenda negra que hasta hoy mancha la figura de Pío XII y pronto empiezan a salir otras voces de condena. El enorme tacto y diplomacia con la que el papa tuvo que moverse hizo relativamente fácil la aparición de todo tipo de acusaciones que cuestionaban lo que el Vaticano hizo y lo que no hizo y sembraban la duda por doquier, llegando incluso a causar el distanciamiento de quien antes eran grandes admiradores del papa: la comunidad judía y el estado de Israel. En una sociedad emocionada por el escándalo, las acusaciones tienen un enorme eco, pero las réplicas apenas se oyen. Comentemos muy brevemente algunas de esas acusaciones que se escucharon fuertes, y las explicaciones que pasaron desapercibidas:

El papa no firmó la declaración conjunta de los Aliados de 1942 respecto a la persecución de los judíos europeos. Cierto, tampoco la firmó nadie salvo los países Aliados, porque esa era una declaración de los países aliados que participaban en la Guerra; no tiene sentido que el Vaticano pusiera su firma en un documento generado por una entente político-militar a la que no pertenecía.

Se le reprocha también que en el mensaje por radio que dio el papa en la Navidad de 1942 no mencionara expresamente la persecución de los judíos por los nazis, pero tanto los judíos como los nazis entendieron perfectamente el sentido de sus palabras como una rotunda condena al holocausto, por eso los altos círculos de la diplomacia alemana se soliviantaron y expresaron que “en una manera nunca vista antes, el Papa ha repudiado el nuevo orden nacional-socialista europeo. Él prácticamente ha acusado a todo el pueblo alemán de injusticias contra los judíos y se ha convertido en el vocero de los criminales de guerra judíos.” Muchos no parecen entender la manera diplomática que tiene el Vaticano de actuar y expresarse y creen que debería expresarse con la misma “claridad” que los contertulianos de los debates televisivos de la prensa rosa, pero la reacción alemana deja claro que ellos sí entendieron bien sus palabras de condena.

El historiador Martin Gilbert señala que es injusto que en el citado monumento al holocausto de Israel se señale que los esfuerzos en favor de los judíos de Hungría y de Eslovaquia solo se realizaran hacia fines de la guerra como una manera que tuvo la Iglesia de congraciarse tardíamente con la comunidad internacional. La simple realidad es que los esfuerzos hechos por la Iglesia se realizaron en ese momento porque fue precisamente en ese momento, y no con anterioridad, cuando los gobiernos de Eslovaquia y de Hungría llevaron a cabo la deportación masiva de judíos hacia los campos de concentración nazis.

Cada vez más historiadores empiezan ahora a defender la tesis de que fue precisamente la oposición de Pio XII a otro sistema represor, inhumano y genocida lo que acabó causando su caída en desgracia. Los dirigentes comunistas de Rusia y de la Alemania “Democrática” lanzaron en los años 60 una campaña de difamación contra el papa, promoviendo la aparición de todo tipo de acusaciones y falsedades. En 2007 el ex general rumano Ion Mihai Pacepa reveló que la obra “El Vicario” había sido el fruto de un plan de desacreditación ordenado por Nikita Khrushchev y orquestado por la KGB en 1960, con las mismas pautas que 60 años antes los rusos habían publicado los famosos Protocolos de los Sabios de Sión, unos documentos falsos que mostraban los despiadados planes del judaísmo por dominar y explotar el mundo (y que tuvieron un gran impacto en el antisemitismo que llevaría finalmente al holocausto). Lo que Khrushchev pretendía era lograr un desprestigio del Vaticano y disminuir su influencia en Occidente por ser uno de los más serios obstáculos a sus planes de la expansión mundial del régimen comunista. Y por segunda vez lo consiguieron, la gente se lo creyó, igual que antes se habían creído los Protocolos de Sión.

EL SILENCIO DEL PAPA

Y ya, más a fondo, comentaremos el asunto que más resonancia ha tenido hasta hoy, el llamado “silencio del papa”. Es cierto que a un nivel exclusivamente “político” el Vaticano mantuvo una política de gran cautela y evitó hacer enérgicas proclamas atacando contundentemente a Hitler, el nazismo y el holocausto. A todos nos hubiera gustado contar con discursos incendiarios en los que el papa hubiera tenido la valentía de decir alto y claro lo que todos antes y ahora pensamos sobre Hitler. Pero el objetivo del papa no era brillar como una carismática estrella mediática ni pasar a la posteridad como el gran papa que tuvo el valor de decirle al gran tirano en su cara las cuatro verdades que otros no se atrevían. El objetivo del papa era salvar al mayor número de judíos posible, preservar hasta donde se pudiera la seguridad de los católicos (también en el punto de mira) y mantener un cierto nivel diplomático de calma-tensa que permitiera a la Iglesia la capacidad de movimiento suficiente para seguir actuando clandestinamente en todo el territorio conquistado para salvar vidas. Salvar vidas y también almas, ese era en esos momentos el gran objetivo del Vaticano, y el papa midió al milímetro todas sus palabras y acciones pensando siempre en qué posibles repercusiones podrían tener. El papa dejó sus agallas públicas en un cajón, y dando muestra de un enorme valor personal, ejerció su magisterio usando a fondo tanto su cabeza como su corazón, sin importarle las apariencias o el juicio de la historia, sino el resultado. El objetivo era salvar la vida no solo de los miembros de su propia Iglesia, sino principalmente de los judíos. Pocas comunidades (ninguna) habrían arriesgado tanto por ocuparse de otra gente que no era “de los suyos” como hizo la Iglesia Católica.

En cuanto al silencio de Pío XII, el sacerdote católico Peter Gumpel —postulador de la causa de beatificación de Pío XII—señala que una denuncia pública de la Shoá (el holocausto) por parte del papa no habría salvado una sola vida sino que habría incrementado la persecución contra el pueblo judío. Eso fue lo que sucedió en Holanda en 1942, cuando el arzobispo de Utrecht, Johannes de Jong denunció públicamente la persecución contra los judíos; los nazis capturaron y deportaron a todos los judíos conversos al catolicismo. En 1968 Robert Kempner, fiscal General Adjunto de los Estados Unidos de América en los juicios de Núremberg, sostuvo que la decisión de Pío XII de no hacer una denuncia pública fue acertada, ya que no hubiese salvado ni una sola vida y habría elevado enormemente la tensión y las represalias. Bernard-Henri Lévy dice: “Hay que precisar que antes de optar por la acción clandestina, antes de abrir, sin decirlo, sus conventos a los judíos romanos perseguidos por los sicarios fascistas, el silencioso Pío XII pronunció unos discursos radiofónicos (por ejemplo, los de las Navidades de 1941 y 1942) que después de su muerte le valdrían el homenaje de Golda Meir”. El historiador Paolo Mieli cita a Kempner: “Cualquier declaración propagandista de toma de posición por la Iglesia contra el gobierno de Hitler no solo hubiese sido un suicidio premeditado, sino que hubiese acelerado el asesinato de un número mucho mayor de judíos y sacerdotes“. El Rabino en Jefe de Dinamarca, Marcus Melchior dijo: «Si el Papa hubiera hablado, Hitler habría masacrado a muchos más de los seis millones de judíos y quizá a 10 millones de católicos». El miembro de la resistencia alemana Josef Müller le aconsejó a Pío XII que se abstuviera de hacer declaraciones públicas contra el régimen nazi, que solo se refiriese de manera general y que dejara que la jerarquía católica alemana se encargase de realizar las condenas contra el régimen nazi; según Müller, cualquier condena pública hecha por el Papa habría dificultado grandemente el margen de acción de la resistencia alemana. El papa calló para poder actuar y para que otros pudieran también seguir actuando.

El mismo Franz Josef Müller, último miembro con vida de la Rosa Blanca, opinaba acerca de que Pío XII no hubiese hecho una declaración pública denunciando el Holocausto: “Mire, hasta yo aún hoy me pregunto: ¿habría podido hacer algo más? En Alemania entonces había también muchos católicos cuya vida estaba en peligro. Párrocos y obispos, el mismo Papa dijeron palabras iluminadoras; ¿pero cómo habrían podido oponerse más al poder, sabiendo que los católicos habrían pagado las consecuencias de ello? Escuchando los radio-mensajes del Papa, nosotros captábamos entre líneas sus indicaciones“.

El padre Pierre Blet recuerda que Pío XII una vez se decidió a escribir una declaración condenando las atrocidades cometidas por los nazis en Polonia. En agosto de 1943 Pío XII envió al padre Quirino Paganuzzi a Polonia para que entregase la protesta en las manos del Arzobispo de Cracovia, el príncipe Adam Sapieha, para que fuese publicada. En cuanto monseñor Sapieha leyó la carta la quemó, aduciendo que: “esta es una valiente declaración… pero si este escrito cae en las manos de los Nazis, nosotros, los polacos, lo pagaremos con una masacre masiva“.

El empresario e investigador de la vida del papa, Gary Krupp, sostiene que Pío XII llegó hasta rescatar personalmente a algunos judíos romanos, oculto como monje franciscano, cuando recorría las calles de Roma durante la ocupación nazi.

En cuanto a la Razia de Roma del 16 de octubre de 1943, los historiadores difieren acerca del involucramiento de Pío XII en la salvación de la población judía de la ciudad; de los cerca de 8.000 judíos romanos que habitaban la ciudad, 7.000 lograron escapar. Según Susan Zuccotti y otros, Pío XII no hizo nada al respecto y el salvamento fue el producto de esfuerzos aislados, valientes y desesperados  de sacerdotes, monjes y laicos como el monje capuchino Père Marie-Benoît; según el historiador Martin Gilbert, Pío XII fue quien alertó durante las primeras horas de la madrugada acerca de la redada lo que permitió la fuga hacia lugares seguros de cerca de esas 7.000 personas.

EL SILENCIO DE LA IGLESIA

Pero todos estos datos ya estaban en poder de la Iglesia, y muchísimos más que duermen en los archivos vaticanos en secreto. Publicando todos esos documentos la Iglesia podría fácilmente desmentir todas esas acusaciones y demostrar que Pio XII no fue un demonio sino un santo. El Vaticano conoce esos documentos y esa es la razón de que, a pesar de la mala fama pública que tiene su memoria, se decidiera a iniciar los trámites para elevarlo a los altares, una decisión que conmocionó a la opinión pública. Entonces ¿por qué no los publica?

El periódico inglés “The Observer” acaba de publicar un artículo en el que da una explicación. Hablando del escritor protestante Gordon Thomas, que está preparando un libro sobre el papa, dice:

Cuando le preguntamos por qué el Vaticano no había sacado a la luz este nuevo material hasta ahora o, en los casos en los que las historias ya eran conocidas, por qué no las han difundido mejor, Thomas respondió: “La Iglesia piensa en siglos. Si hay una disputa de 50 años, ¿qué más da?” (The Guardian/The Observer 10/2/13)

Esa es una respuesta que puede sonar muy bien (la eterna Iglesia de Cristo no se preocupa de disputas pasajeras, sino del devenir de los milenios), y mucha gente de la Iglesia en verdad tiene esa mentalidad, pero tal enfoque es desastroso, y más aún con la celeridad que se mueven hoy los acontecimientos y las opiniones públicas. Un malentendido de varias semanas puede causar estragos en la fe de la gente, y no solo en la fe que tiene en sus dirigentes eclesiásticos sino en el propio cristianismo. Cuando hay una falsa acusación hay que reaccionar instantáneamente y con energía, esto ya no es la Edad Media, es el siglo XXI.

Pero si bien esa perspectiva pudiera tener un fondo de verdad, hay un motivo mucho más profundo para explicar ese silencio del Vaticano, o al menos para explicar el hecho de que aún no haya hecho públicos los documentos de la época de la II Guerra Mundial que podrían dar una enorme cantidad de información sobre lo que de verdad pasó.

Los archivos vaticanos se abren a los investigadores por pontificados, después de que haya transcurrido un período de tiempo prudencial tras la muerte del Papa. Hasta ahora se ha abierto la consulta de todos los documentos vaticanos hasta el año 1922, fecha en que falleció Benedicto XV. A diferencia de los archivos de otros estados, muchos de los documentos vaticanos contienen consultas íntimas y de conciencia. Abrir a la publicación este material requiere un tiempo adecuado tras el fallecimiento de los interesados, en el respeto de sus derechos fundamentales. Además, la catalogación de los millones de documentos vaticanos constituye un trabajo ingente, que sólo pueden desarrollar con competencia personas con una preparación y un método particulares, exigidos precisamente por las delicadas cuestiones tratadas.

Pio XII corderosTodo esto explica por qué la Iglesia mantiene oculta tanta información de las décadas recientes, pero también eso es algo que tendrá que replantearse; no puede ser que cuando los medios de información lanzan a la Iglesia duras acusaciones sobre sucesos recientes, o incluso no tan recientes, la Iglesia no se defienda porque guarda las pruebas bajo secreto, o incluso se desconocen las pruebas por no haber sido aún catalogadas. Hoy la Iglesia necesita una gran transparencia y debería haber una forma de que todo el material esté prontamente catalogado y se puedan hacer públicos al menos los documentos que no implican cuestiones delicadas y personales de personas vivas o recientemente fallecidas, para poder así salvaguardar la intimidad y confianza que la gente deposita en la Iglesia pero al mismo tiempo poder mostrar la verdad ante las cada vez más corrientes acusaciones. Es fácil difamar y calumniar al que permanece en silencio y sabes que no se va a defender.

En el caso de Pio XII, la polémica causada por el inicio de los procesos de beatificación obligó a la Iglesia a cambiar un poco su proceder, y así se hicieron públicos algunos documentos a partir del año 2003, pero la mayoría de las pruebas ni siquiera habían sido aún catalogadas. Ahora, en el 2013, por fin van a ser accesibles todos los documentos correspondientes al pontificado de Pio XII, y ahora sí, por fin, los historiadores podrán demostrar la verdad de este hombre que ha sido uno de los grandes santos del siglo XX.

ANEXO 1

Por su interés y actualidad, les ofrezco a continuación una traducción de un artículo que acaba de publicar esta semana el diario inglés The Observer sobre Pio XX, que es además lo que me ha motivado a escribir este artículo el día de hoy. [enlace a la versión online del artículo original]

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EL VATICANO CONFÍA EN QUE LOS ARCHIVOS SECRETOS EXONERARÁN A “EL PAPA DE HITLER” (Un novelista desvela pruebas sobre los esfuerzos de Pio XII durante la guerra para salvar judíos)

Pio XII ha sido durante mucho tiempo vilificado como “El papa de Hitler”, acusado de no condenar públicamente el genocidio de los judíos de Europa. Ahora un autor británico ha desenterrado una gran cantidad de material que el Vaticano cree que restaurará su reputación, revelando el papel que jugó en la salvación de vidas y en su oposición al nazismo. Gordon Thomas, protestante, ha tenido acceso a documentos vaticanos inéditos y ha localizado a víctimas, sacerdotes y otras personas que no habían contado su historia hasta ahora.

El libro “Los Judíos del Papa”, que será publicado el mes que viene, detalla cómo Pio dio sus bendiciones al establecimiento de refugios en el Vaticano y en conventos y monasterios de toda Europa. Supervisó una operación secreta con nombres en clave y documentos falsos para sacerdotes que arriesgaban sus vidas por dar cobijo a los judíos, algunos de los cuales fueron acreditados como súbditos del Vaticano.

Thomas demuestra, por ejemplo, que los sacerdotes recibieron instrucciones para facilitar certificados de bautismo a cientos de judíos ocultos en Génova, Roma y en todas partes de Italia. Más de 2000 judíos de Hungría recibieron documentos vaticanos falsos que les identificaban como católicos, y una red salvó a muchos judíos alemanes trasladándoles a Roma. El papa nombró a un sacerdote encargado para que les suministrara comida, ropa y medicamentos, y fue dotado de una gran cantidad de dinero para esos gastos. Más de 4000 judíos fueron ocultados en conventos y monasterios repartidos por toda Italia.

Durante la guerra e inmediatamente después, el papa fue considerado un salvador de los judíos. Los líderes judíos, como el rabino jefe de Jerusalén en 1944, dijeron que Israel jamás olvidaría lo que el papa y sus delegados “están haciendo por nuestros desgraciados hermanos y hermanas en esta hora tan trágica”. Los periódicos judíos de Bran Bretaña y de América se hacían eco de estas alabanzas, y Hitler le etiquetó como “amante de los judíos”.

Sin embargo, su imagen se agrió en la década de los 60 debido al antagonismo soviético hacia el Vaticano y a una obra de teatro publicada por Rolf Hochhuth, “El Vicario” (The Deputy), que calumniaba al papa, acusándolo de su silencio y pasividad hacia los judíos. Esta tendencia se intensificó con la publicación de “El Papa de Hitler”, un libro escrito en 1999 por John Cornwell.

Sin embargo, cuando era secretario de estado del Vaticano, el futuro papa había contribuido en 1937 a redactar la encíclica condenatoria de Pio XI “Mit brennender Sorge” [= Con gran ansiedad], y ya como Pio XII hizo discursos condenatorios que fueron ampliamente interpretados en su época (incluido por líderes judíos y periódicos) como claras condenas de las políticas raciales de Hitler. Debido al tradicional lenguaje diplomático del Vaticano, la acusación de que Pio XII no alzó la voz ha perdurado.

El catedrático Ronald J Rychlak, el autor de “Hitler, la Guerra y el Papa”, dijo: “Gordon Thomas ha encontrado material de primera mano … ha seguido el rastro de miembros familiares, documentos originales y ha aclarado lo que realmente era ya una percepción universal antes de los años 60. Nos ha mostrado lo que la gente de aquella época –víctimas, rescatadores y villanos- ya sabía: que Pio XII fue un gran defensor de las víctimas del Holocausto”.

Cuando le preguntaron por qué el Vaticano no ha sacado nuevo material disponible hasta ahora, o en el caso de historias ya conocidas, por qué no les ha dado mayor publicidad, Thomas dijo: “La Iglesia piensa en siglos. Si hay una disputa de 50 años ¿qué más da?”.

William Doino, un historiador vaticano, ha descrito la investigación de Thomas como “rompedora”. Nos ha hablado de la aportación que nos hace el libro sobre la vida de Hugh O’Flaherty, un sacerdote irlandés: “Todo el mundo ha alabado siempre [a O’Flaherty] porque ayudó a los judíos a escapar de la POW. Han hecho una película sobre él, “The Scarlet and the Black” [“Escarlata y Negro”, 1983]. Sin embargo, siempre se decía que estaba actuando por libre y que Pio se mantenía al margen, o al menos no le daba ninguna importancia. Gordon ha hablado extensamente con la familia de O’Flaherty, quienes le mostraron su correspondencia privada y le dijeron que según O’Flaherty todo lo hacía con la colaboración de Pio XII”.

El libro también nos cuenta la historia de Vittorio Sacerdoti, un joven doctor judío que trabajaba en un hospital vaticano y que se inventó una ficticia enfermedad mortal que mantuvo a los alemanes alejados. Docenas de falsos pacientes fueron adiestrados para toser de manera convincente. Thomas entrevistó a la prima de Sacerdoti, que recordaba haber sido uno de esos pacientes que “se sentían estupendamente pero que tenían que toser de vez en cuando en las salas del hospital”.

El Vaticano está tan encantado con “El Papa de los Judíos” que está dando su apoyo para una película-documental que está preparando un productor británico que ya ha comprado los derechos.

Allen Jewhurst, que ha producido documentales para BBC Panorama, ha dicho que con más de mil millones de católicos en el mundo, el interés por esta historia es enorme. Tras una reunión en el Vaticano, él y Thomas confían en que les concedan un acceso exclusivo a esos archivos. “Esperamos que esto resultará ser una película categórica [que zanjará la polémica de una vez]”, ha declarado Jewhurst.

Thomas, que también ha escrito “Voyage of the Damned” (el viaje de los condenados), acerca de refugiados judíos, comentó: “Los del Vaticano dijeron: ‘qué maravilla, por fin la verdad sale a la luz”.

Pio XII en público

Mi pregunta es, ¿por qué ha sido necesario que un escritor protestante se interese por el tema para sacar esa verdad a la luz? Ni el Vaticano ni la Iglesia, que somos todos, mil doscientos millones de católicos, hemos sabido reaccionar y defendernos. Eso debería hacernos a todos reflexionar profundamente sobre “El Silencio de la Iglesia”, que no fue el de Pio XII, sino el de todos nosotros, que callamos y no actuamos. Que la vida y obra de Pio XII nos sirva a todos de ejemplo.

Nota: El libro “Los Judíos del Papa: El plan secreto del Vaticano para salvar a los judíos de los nazis” será publicado por la editorial The Robson Press el 7 de marzo en el Reino Unido.

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ANEXO 2

EL CONCORDATO ENTRE ALEMANIA Y LA SANTA SEDE

Hemos decidido crear un anexo específicamente para tratar este espinoso asunto del concordato que el Vaticano firmó con el gobierno Alemán en 1937, porque últimamente es bastante frecuente que ateos y protestantes por igual utilicen este concordato para denunciar el pacto que, según ellos, hizo la Iglesia Católica con Hitler por el cual pasó a apoyar al nazismo y a convertirse en su defensora.

Primero, este concordato no es, como algunos parecen creer, un pacto secreto ni desconocido, es algo público y notorio, al igual que los acuerdos que Alemania firmó con otros países.  Segundo, firmar un concordato no supone apoyar a un gobierno, sino defender derechos. Tercero, quienes utilizan este concordato para atacar al papa o a la Iglesia en general, se supone que desconocen lo que es un concordato y lo que este concordato en concreto dice, pues si lo conocieran sabrían que no hay nada en este concordato de cuanto ellos afirman. De hecho en este anexo utilizaremos el asunto del concordato para demostrar justo lo contrario: que la Iglesia firmó este concordato para proteger a los católicos de un peligro que ya se empezaba a intuir, y que posteriormente la reacción de la Iglesia no fue la de apoyo entusiasta, sino la de queja y resistencia. No hay en este asunto nada que sirva para justificar el apoyo al nazismo que aquellos dicen, pero sí hay en todo esto mucho que claramente muestra que la Iglesia veía a Hitler como el peor de los peligros para la Iglesia. El mismo concordato es un muy sensato intento de poner la venda antes de que aparezca la herida que ya intuían que podría venir, buscando el compromiso del Estado a proteger y no atacar los edificios, instituciones y derechos de los católicos alemanes. Cuando se comprobó que este concordato, como todas las leyes en general, quedó en papel mojado y el nazismo comenzó a perseguir a la Iglesia católica, la reacción del papa en su encíclica denuncia claramente las violaciones del acuerdo, el peligro del nazismo y la locura de Hitler.

Lo primero que debemos aclarar es lo que ahora tanto se dice de que Hitler era cristiano. Sencillamente es como afirmar que Herodes era seguidor de Jesús. Hitler, desde que llegó al poder, tuvo un programa minucioso para sustituir todo el cristianismo por la nueva religión nazi, basada en el paganismo teutónico precristiano y en sus propios delirios de grandeza. Luchó por todos los medios posibles, y con un plan establecido, para ir borrando el cristianismo de Alemania, sobre todo entre los niños y jóvenes, a los que se procuró cortar toda influencia cristiana y formar en ese nuevo espíritu germánico que suponía toda una nueva religión. Su objetivo es que el cristianismo quedase borrado de Alemania en una generación. Pero de todas las formas de cristianismo, fue precisamente la católica la que más aborrecía, y en general (aunque tibios y traidores siempre se encontrarán en cualquier fila) los católicos le pagaron con la misma moneda. No olvidemos que Hitler llegó al poder por medios democráticos, pero su apoyo fue muy bajo en las zonas católicas y por el contrario entusiasta en las zonas protestantes. Dicho de otro modo, si todos los estados alemanes hubieran sido de mayoría católica, Hitler nunca habría llegado al poder.

Quienes atacan a la Iglesia por haber hecho un concordato con la Alemania nazi no saben lo que es un concordato ni saben qué dice en concreto el concordato que se firmó. Y sabiendo a posteriori lo que fue Hitler (que por entonces aún no se sabía bien), lo que resulta realmente extraño a cualquiera que lea el concordato es ver cómo la Iglesia consiguió con ello blindar sus derechos más fundamentales sin a cambio ofrecer nada que no fuera el compromiso de respetar al Estado. Si alguien piensa que la Iglesia podría haber conseguido el compromiso de que el Estado respetase a la Iglesia sin comprometerse a cambio a respetar al Estado, entonces o es un iluso o no entiende lo que es un acuerdo mutuo. Es como si Alemania hubiese firmado un pacto con Francia comprometiéndose a respetarles y no atacarles pero sin exigir a Francia que se comprometa igualmente a respetar a Alemania y no atacarla. Pero por desgracia el concordato quedó en papel mojado, no mucho después Hitler hizo lo que le vino en gana y no respetó nada de lo acordado, persiguiendo a la Iglesia a todos los niveles.

Son numerosos los artículos de internet en donde se afirma que este concordato es la prueba de que la Iglesia apoyó a Hitler y se convirtió “en su entusiasta defensora”. La cita entrecomillada aparece literalmente o casi literalmente en varios artículos que hemos podido ver, por lo que suponemos que muchos artículos se están copiando unos de otros en lugar de analizar los hechos. Para ellos aclaremos que firmar un concordato con un gobierno no es un acto de apoyo, sino un pacto que establece ciertas líneas básicas de relación entre ambas autoridades. La Iglesia siempre ha intentado firmar concordatos con todos los países del mundo, sean democráticos, dictatoriales, o lo que sea. Precisamente en los peores países es en donde más necesario para la Iglesia resulta un concordato, pues mediante él se puede intentar proteger mejor a los católicos (si es que luego las autoridades lo cumplen). Por tanto el que la Iglesia firmara un concordato con Alemania es la cosa más lógica del mundo.

La Iglesia católica alemana, al igual que todos los poderes de todas las naciones de la época, subestimaron el carácter de Hitler. Hitler se hizo pasar por un político ambicioso pero con quien se podía llegar a acuerdos, y engañó a todo el mundo hasta que tuvo todo el poder que buscaba y entonces se quitó la máscara y se desveló como el dictador enloquecido que en realidad era. Sus buenas palabras sobre la paz, sus deseos de llevarse bien con las demás naciones, sus elogios al papel del cristianismo como fundamento de la moral y todas esas cosas, fueron creídas por la mayoría en esos momentos. Ahora que sabemos lo que vino después es muy fácil decir que nadie debería haber dado ni un paso para negociar nada con él, pero en esos momentos nadie se podía hacer ni una idea de lo que el futuro deparaba. Incluso cuando Hitler empezó la Guerra invadiendo Polonia, muchas naciones siguieron creyendo que era mejor llevarse bien con Alemania para que las cosas no fueran a peor y pensaban que declarar la guerra a Alemania era gran necedad que sólo podía empeorar las cosas mucho más. En esos momentos mucha gente pensaba que la mejor forma de defender la paz era pactar con Hitler, y no tiene nada de extraño, también en la actualidad, cuando hay un problema grave, mucha gente defiende buscar acuerdos en lugar del enfrentamiento.

Imagínense que dentro de dos años la locura del megalómano dictador norcoreano desata con sus misiles la Tercera Guerra Mundial y el mundo queda destrozado. Entonces todo el mundo pensaría que si cuando empezó sus ensayos nucleares la comunidad internacional hubiera sido dura y le hubiera declarado la guerra, todo el horror se podría haber evitado, y difamarían a los dirigentes que no supieron o quisieron ver la realidad, y más aún a cualquier que hubiera intentado negociar con ellos. Pero en la actualidad, que nada sabemos de lo que traerá el futuro, si Rusia o Estados Unidos o Japón, por ejemplo, decidieran declarar la guerra a Corea para evitar un mal futuro mayor, la mayoría de la gente les consideraría invasores enemigos de la paz. Este ejemplo sólo tiene la intención de mostrar que no se puede juzgar las decisiones y acciones de un momento teniendo en cuenta las consecuencias que trajo el futuro y no las circunstancias del momento en que esa decisión se tomó.

Pero volvamos a nuestro concordato. Para comprender bien lo que la Iglesia quiso hacer con el concordato y, ante los incumplimientos de Hitler, la reacción del papa ante la situación, veremos primero en el apartado siguiente qué fue ese concordato, y en otro apartado posterior veremos lo que el papa dijo sobre Hitler y el nazismo cuatro años más tarde, pero aún un par de años antes de que el nazismo se pusiera manos a la obra para implantar su diabólico plan en Alemania y en el mundo entero.

EL CONCORDATO

El concordato es breve y esquemático, pero aún así lo resumiremos un poco más para no aburrir al lector (al final daremos un enlace al texto completo):

Artículo 1

El gobierno alemán garantizará la libertad de la práctica y manifestación de la religión católica.

Artículo 2: Los antiguos concordatos ya firmados con Baviera, Prusia y Baden seguirán en vigor, para el resto entrará en vigor este nuevo concordato.

  1. Para fomentar una buena relación entre Alemania y la Santa Sede un nuncio apostólico irá a residir a la capital de Alemania.
  1. La Santa Sede dispondrá de total libertad en su correspondencia con los miembros del clero alemán y los comunicados eclesiásticos serán publicados con liberta.
  1. El estado protegerá el ejercicio de las actividades espirituales del clero.
  1. Los clérigos no podrán ser obligados a acatar leyes oficiales que vayan en contra del derecho canónico.
  1. Para que un miembro del clero pueda ejercer un cargo en el estado, necesitará previamente el permiso de la Iglesia.
  1. El salario de los clérigos no podrá ser embargado, de igual modo que tampoco lo puede ser el de los oficiales del estado.
  1. Los clérigos no podrán ser obligados por la justicia a dar información sobre asuntos que han sido a ellos confiados en el ejercicio del cuidado de sus almas [se blinda el secreto de la confesión]
  1. El estado prohibirá usar ropas clericales a quienes no lo sean o a clérigos a los que la Iglesia, por algún motivo, ha prohibido usarlas.
  1. Las divisiones de diócesis en Alemania seguirán como están. Cualquier modificación de sus límites tendrá que contar con el visto bueno de la Iglesia y del Estado.
  1. Lo mismo para las parroquias.
  1. Las parroquias, sociedades diocesanas, sedes episcopales, etc. serán reconocidas por el Estado.
  1. El Estado no interferirá en los nombramientos de cargos dentro de la Iglesia católica.
  1. Las congregaciones religiosas (conventos y monasterios) no sufrirán por parte del Estado ningún tipo de limitaciones en cuanto a su asentamiento y funciones religiosas.
  1. Antes de tomar posesión de su cargo, los obispos rendirán vasallaje al gobierno alemán mediante esta fórmula: “Ante Dios y los santos evangelios juro y prometo, en cuanto obispo, lealtad al gobierno de Alemania y al estado de X. Juro y prometo honrar al gobierno legalmente constituido y mover a los clérigos a hacerlo. En el ejercicio de mi cargo espiritual y en mi interés por el bienestar y los intereses del gobierno de Alemania, me esforzaré en evitar cualquier acto que vaya en su perjuicio o que lo pueda poner en peligro.
  1. Las propiedades y derechos de las instituciones de la Iglesia serán garantizadas por la ley. Ningún edificio religioso podrá ser derribado sin el previo acuerdo de las autoridades eclesiásticas.
  1. Si en algún momento se decide abrogar algunas de las obligaciones que el Estado ha contraído con la Iglesia, dicha abrogación deberá realizarse según acuerdo amistoso entre ambas partes.
  1. El Estado respetará y protegerá las facultades de teología católica en las universidades públicas.
  1. La Iglesia podrá crear facultades de teología y filosofía sin que dependan del Estado, a menos que el Estado las financie.
  1. Las clases de religión católica formarán parte del currículo académico [para los alumnos católicos, se entiende]
  1. La Iglesia se reserva el derecho a aprobar o destituir a los profesores de religión.
  1. El Estado respetará los colegios católicos y permitirá la creación de otros nuevos siempre que los padres lo soliciten y haya suficiente número de alumnos para ello.
  1. En los colegios católicos la contratación de profesores quedará en manos de la Iglesia.
  1. Los títulos expedidos en las escuelas católicas tendrán la misma validez oficial que los de la pública, y el currículum será el mismo.
  1. El matrimonio religioso tendrá lugar antes que la ceremonia civil, y el cura tiene obligación de comunicar a las autoridades civiles el enlace.
  1. La Iglesia proporcionará sacerdotes, etc. para el cuidado espiritual de los soldados.
  1. En hospitales, cárceles, etc. la Iglesia mantendrá su derecho a visitar a los internos y darles los servicios religiosos que necesiten.
  1. Los católicos de origen no alemán tendrán dentro de los servicios de la Iglesia como mínimo los mismos derechos en cuanto al uso de su lengua materna que en otros ámbitos civiles.
  1. Los domingos y fiestas de guardar, en la liturgia rezará por el bienestar del gobierno y el pueblo alemán.
  1. Las organizaciones católicas que tengan fines exclusivamente culturales, religiosos o caritativos, serán protegidas por las autoridades.
  1. La Santa Sede se compromete a regular de modo que los miembros del clero y de las órdenes religiosas no puedan ser miembros de partidos políticos ni trabajen para ellos.
  1. Los asuntos relacionados con clérigos y asuntos eclesiásticos que no han sido recogidos en este tratado, seguirán regulados por el derecho canónico actual.
  1. Este concordato será ratificado lo antes posible.

Como se ve, todo el concordato va dirigido a que el Estado se comprometa a respetar a la Iglesia Católica y así mantener su situación presente. A cambio sólo hay dos artículos en el que la Iglesia se compromete a respetar igualmente al Estado y no meterse directamente a hacer política. Pero para no faltar en ningún momento a la verdad, diremos aquí también que suponemos que si Hitler aceptó este concordato fue a cambio de conseguir que el partido Centrum, de base católica, apoyara con sus votos en el parlamento una resolución que aumentaba los poderes del presidente, o sea, él mismo. Sólo así podemos entender que Hitler aceptara un concordato tan favorable a la Iglesia católica. Pero si esa decisión fue muy desafortunada, lo sabemos ahora, como ya explicamos antes,  porque conocemos cómo evolucionaron los acontecimientos posteriormente; en aquellos momentos nadie sabía lo que en el futuro Hitler iba a hacer, así que tampoco podemos juzgarles por lo que pasó en el futuro, que eso nadie podía saberlo.

Si quiere leer el documento original firmado por Alemania y el Vaticano, puede leer aquí el documento en inglés o el original en italiano (lo sentimos, no hemos encontrado traducción completa en castellano), aunque el documento original añade muy poco a lo que ya hemos aquí traducido. Así nadie podrá sospechar que en nuestra traducción hemos manipulado el espíritu del acuerdo.

LA ENCÍCLICA PAPAL DIRIGIDA A LA IGLESIA ALEMANA EN 1937

Paras situarnos, recordemos que el concordato se firmó en 1933. La Guerra Mundial comenzó en 1939, y en ese año todavía la gente (dentro y fuera de Alemania) no sabía bien la clase de animal que Hitler realmente era, aunque ciertamente ya sabían muchos que se trataba de un megalómano peligroso. Hasta ese septiembre de 1939 las naciones europeas no creían que Hitler fuese ni tan loco ni tan peligroso como algunos ya decían, y de hecho varios países habían firmado acuerdos con Hitler.

Pues bien, en 1937, dos años antes de que Hitler se quitara la máscara, el papa Pío XII ya estaba convencido de que ningún concordato ni ninguna otra cosa iba a conseguir que Hitler no hiciera lo que en gana le viniera. Ese mismo año el papa escribió una encíclica a la iglesia de Alemania, y el título de la encíclica es lo suficientemente revelador: Mit brennender Sorge, que en español significa “con ardiente inquietud”. En esa encíclica el papa comienza explicando los motivos por los que había firmado el concordato, convencido de que de ese modo los católicos quedarían más protegidos ante un futuro que por entonces ya se intuía muy incierto y peligroso. Luego pasa a criticar las violaciones del concordato que las autoridades alemanas habían hecho sistemáticamente, y finalmente pasa a condenar las mismas bases ideológicas del nazismo.

Si eso es apoyar a Hitler “con entusiasmo” entonces es que no entendemos lo mismo por la palabra “entusiasmo”. Pero como cada uno puede contar las cosas como le dé la gana, para que el lector crítico pueda juzgar las cosas por sí mismo en lugar de creer lo que le cuentan unos y otros, aquí pongo el enlace a la encíclica (en español) para que se vean las palabras exactas del papa y no tres frases sacadas de contexto como en muchos sitios he visto:

Encíclica: Con Ardiente Inquietud (1937)

Y para quien prefiera ver la sustancia principal y ahorrarse la lectura del texto completo, ofrecemos aquí fragmentos sueltos tomados del texto original. Pueden comprobar cómo el papa admite que, vistos los sucesos posteriores, los acuerdos no fueron positivos ni sirvieron de nada, aunque se justifica explicando que en las circunstancias de aquel momento parecían los adecuados:

Con viva preocupación y con asombro creciente venimos observando, hace ya largo tiempo, la vía dolorosa de la Iglesia y la opresión progresivamente agudizada contra los fieles, de uno u otro sexo, que le han permanecido devotos en el espíritu y en las obras.

A pesar de muchas y graves consideraciones, Nos(otros) determinamos entonces, no sin una propia violencia, a no negar nuestro consentimiento. Queríamos ahorrar a nuestros fieles, a nuestros hijos y a nuestras hijas de Alemania, en la medida humanamente posible, las situaciones violentas y las tribulaciones que, en caso contrario, se podían prever con toda seguridad según las circunstancias de los tiempos.

La experiencia de los años transcurridos hace patentes las responsabilidades y descubre las maquinaciones que, ya desde el principio, no se propusieron otro fin que una lucha hasta el aniquilamiento. En los surcos donde nos(otros) habíamos esforzado por echar la simiente de la verdadera paz, otros esparcieron —como el inimicus homo de la Sagrada Escritura (Mt 13, 25)— la cizaña de la desconfianza, del descontento, de la discordia, del odio, de la difamación, de la hostilidad profunda, oculta o manifiesta, contra Cristo y su Iglesia, desencadenando una lucha que se alimentó en mil fuentes diversas y se sirvió de todos los medios.

Todavía hoy, cuando la lucha abierta contra las escuelas confesionales, tuteladas por el Concordato, y la supresión de la libertad del voto para aquellos que tienen derecho a la educación católica, manifiestan, en un campo particularmente vital para la Iglesia, la trágica gravedad de la situación y la angustia, sin ejemplo, de las conciencias cristianas, la solicitud paternal por el bien de las almas nos aconseja no dejar de considerar las posibilidades, por escasas que sean, que aún puedan subsistir, de una vuelta a la fidelidad de los pactos y una inteligencia que nuestra conciencia pueda admitir.

[Aquí se ve que el papa, al igual que los dirigentes europeos, todavía tenía la esperanza de que Hitler mostrara un mínimo de sensatez y se aviniera a respetar los acuerdos legales, aunque la esperanza es ya por entonces muy pequeña]

En esta hora en que su fe está siendo probada, como oro de ley, en el fuego de la tribulación y de la persecución, insidiosa o manifiesta, y en que están rodeados por mil formas de una opresión organizada de la libertad religiosa, viviendo angustiados por la imposibilidad de tener noticias fidedignas y de poder defenderse con medios normales…

[No parece que esto refleje esa luna de miel entre Hitler y los católicos que muchos, sin conocer la historia, hoy afirman]

Quien, con una confusión panteísta, identifica a Dios con el universo, materializando a Dios en el mundo o deificando al mundo en Dios, no pertenece a los verdaderos creyentes. […] Ni tampoco lo es quien, siguiendo una pretendida concepción precristiana del antiguo germanismo, pone en lugar del Dios personal el hado sombrío e impersonal, negando la sabiduría divina y su providencia […]

[Una clara crítica a la religión del nazismo, que era panteísta]

Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un puesto esencial y digno de respeto, con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una concepción de la vida conforme a esta. […] Los obispos de la Iglesia de Cristo encargados de las cosas que miran a Dios (Heb 5,1), deben vigilar para que no arraiguen entre los fieles esos perniciosos errores, a los que suelen seguir prácticas aun más perniciosas. […] Nos(otros) os damos gracias, venerables hermanos, a vosotros, a vuestros sacerdotes y a todos los fieles que, defendiendo los derechos de la Divina Majestad contra un provocador neopaganismo, apoyado, desgraciadamente con frecuencia, por personalidades influyentes, habéis cumplido y cumplís vuestro deber de cristianos. […] Por eso, el que pretende desterrar de la Iglesia y de la escuela la historia bíblica y las sabias enseñanzas del Antiguo Testamento, blasfema la palabra de Dios, blasfema el plan de la salvación…

En consecuencia, aquel que con sacrílego desconocimiento de la diferencia esencial entre Dios y la criatura, entre el Hombre-Dios y el simple hombre, osase poner al nivel de Cristo, o peor aún, sobre El o contra El, a un simple mortal, aunque fuese el más grande de todos los tiempos, sepa que es un profeta de fantasías a quien se aplica espantosamente la palabra de la Escritura: El que mora en los cielos se burla de ellos (Sal 2,4).

[Aquí se refiere en concreto a Hitler, que se estaba ya presentando como el nuevo Mesías de la raza alemana]

Y cuando luego se ve que la rígida medida con que juzga a la odiada Iglesia se deja al margen cuando se trata de otras sociedades que le son cercanas por sentimiento o interés, entonces se evidencia que, al mostrarse lastimado en su pretencioso sentido de pureza, se revela semejante a aquellos que, según la tajante frase del Salvador, ven la paja en el ojo ajeno y no se dan cuenta la viga en el propio.

[Bien veía ya el papa lo que luego muchos dirían. Pero por esta parte de la encíclica, en el texto original, el papa aprovecha luego también para criticar a los dirigentes católicos que apartándose de la Iglesia se están dejando seducir por las nuevas ideas, demostrando que él sí es capaz de ver también la paja en el ojo propio.]

En vuestras regiones, venerables hermanos, se alzan voces, en coro cada vez más fuerte, que incitan a salir de la Iglesia; y entre los voceadores hay algunos que, por su posición oficial, intentan producir la impresión de que tal alejamiento de la Iglesia, y consiguientemente la infidelidad a Cristo Rey, es testimonio particularmente convincente y meritorio de su fidelidad al actual régimen. Con presiones ocultas y manifiestas, con intimidaciones, con perspectivas de ventajas económicas, profesionales, cívicas o de otro género, la adhesión de los católicos a su fe —y singularmente la de algunas clases de funcionarios católicos— se halla sometida a una violencia tan ilegal como inhumana.

En su necio afán de ridiculizar la humildad cristiana como una degradación de sí mismo y como una actitud cobarde, la repugnante soberbia de estos innovadores no consigue más que hacerse ella misma ridícula.

Y estos necios, que presumen separar la moral de la religión, constituyen hoy legión. No se percatan, o no quieren percatarse, de que, el desterrar de las escuelas y de la educación la enseñanza confesional, o sea, la noción clara y precisa del cristianismo, impidiéndola contribuir a la formación de la sociedad y de la vida pública, es caminar al empobrecimiento y decadencia moral. Ningún poder coercitivo del Estado, ningún ideal puramente terreno, por grande y noble que en sí sea, podrá sustituir por mucho tiempo a los estímulos tan profundos y decisivos que provienen de la fe en Dios y en Jesucristo.

Por mil voces se os repite al oído un Evangelio que no ha sido revelado por el Padre celestial; miles de plumas escriben al servicio de una sombra de cristianismo, que no es el cristianismo de Cristo. La prensa y la radio os inundan a diario con producciones de contenido opuesto a la fe y a la Iglesia y, sin consideración y respeto alguno, atacan lo que para vosotros debe ser sagrado y santo.

Sabemos que muchísimos de vosotros, por ser fieles a la fe y a la Iglesia y por pertenecer a asociaciones religiosas, tuteladas por el Concordato, habéis tenido y tenéis que soportar trances duros de desprecio, de sospechas, de vituperios, acusados de antipatriotismo, perjudicados en vuestra vida profesional y social.

Y hoy, cuando amenazan nuevos peligros y nuevas tensiones, Nos(otros) decimos a esta juventud: «Si alguno os quisiere anunciar un Evangelio distinto del que recibisteis» sobre el regazo de una madre piadosa, de los labios de un padre creyente, por las instrucciones de un educador fiel a Dios y a su Iglesia, ese tal sea anatema (Gál 1,9). Si el Estado organiza a la juventud en asociación nacional obligatoria para todos, en ese caso, dejando a salvo siempre los derechos de las asociaciones religiosas, los jóvenes tienen el derecho obvio e inalienable, y con ellos sus padres, responsables de ellos ante Dios, de exigir que esta asociación esté libre de toda tendencia hostil a la fe cristiana y a la Iglesia; tendencia que hasta un pasado muy reciente y aun hasta el presente angustia a los padres creyentes con un insoluble conflicto de conciencia, por cuanto no pueden dar al Estado lo que se les pide en nombre del Estado, sin quitar a Dios lo que a Dios pertenece.

Con una indiferencia rayana en el desprecio, se despoja al día del Señor de su carácter sagrado y de su recogimiento que corresponde a la mejor tradición alemana.

Se ofrecen a nuestra vista, en inmenso desfile, nuestros amados hijos e hijas, a quienes los sufrimientos de la Iglesia en Alemania y los suyos nada han quitado de su entrega a la causa de Dios…

Cuando se intenta profanar, con una educación anticristiana, el tabernáculo del alma del niño, santificada por el bautismo; cuando se arranca de este templo vivo de Dios la antorcha de la fe y en su lugar se coloca la falsa luz de un sustitutivo de la fe, que no tiene nada que ver con la fe de la cruz, entonces ya está inminente la profanación espiritual del templo, y es deber de todo creyente separar claramente su responsabilidad de la parte contraria, y su conciencia de toda pecaminosa colaboración en tan nefasta destrucción.

Y cuanto más se esfuercen los enemigos en negar o disimular sus turbios designios, tanto más necesaria es una avisada desconfianza y una vigilancia precavida, estimulada por una amarga experiencia.

[En estos momentos hay sospechas fundadas sobre la clase de Alemania que el nazismo pretende, pero por ahora todavía son sólo sospechas, nadie se imagina la auténtica locura que se desatará dos años más tarde]

Hemos pesado cada palabra de esta encíclica en la balanza de la verdad y, al mismo tiempo, del amor. No queríamos, con un silencio inoportuno, ser culpables  de no haber aclarado la situación, ni de haber endurecido con un rigor excesivo el corazón de aquellos que, estando confiados a nuestra responsabilidad pastoral, no nos son menos amados porque caminen ahora por las vías del error y porque se hayan alejado de la Iglesia. Aunque muchos de éstos, acostumbrados a los modos del nuevo ambiente, no tienen sino palabras de ingratitud y hasta de injuria para la casa paterna y para el Padre mismo.

Llenos de confianza en El [Dios], no cesamos de rogar y de invocar (Col 1,9) por vosotros, hijos de la Iglesia, para que se acorten los días de la tribulación, y para que seáis hallados fieles en el día de la prueba, y para que aun a los mismos perseguidores y opresores les conceda el Padre de toda luz y de toda misericordia la hora del arrepentimiento para sí y para muchos que con ellos han errado y yerran.

Dado en el Vaticano, en la dominica de Pasión, 14 de marzo de 1937.

Y terminadas las citas, recuerdo una vez más que sólo hemos pegado aquí trozos sueltos de párrafos, para ofrecer una idea del contenido para aquellos que no quieran leer la encíclica entera, que está aquí:  Con Ardiente Inquietud

En unos momentos en los que los católicos alemanes ya estaban sufriendo acoso, violencia y pérdida de derechos fundamentales, el muy prudente Pío XII no parece que en esta encíclica muestre demasiada prudencia. Si consideramos el lenguaje diplomático típico de este tipo de comunicaciones, las palabras del papa denunciando la persecución y las críticas claras hacia el nazismo e incluso hacia el mismo Hitler, muestran un tono mucho más directo y fuerte de lo habitual. No es de extrañar que Hitler ordenara inmediatamente la confiscación y destrucción de todas las copias de la encíclica que se hallasen, las cuales tuvieron que circular clandestinamente.

Indiquemos también que no faltan críticas de parte de ciertos sectores ante esta encíclica. Aún reconociendo lo que aquí decimos, ellos afirman que el papa fue un gran egoísta por preocuparse sólo de la suerte de los católicos de Alemania y de ignorar a los judíos, que se llevaron con mucho la peor parte.

A eso sólo hay que enfrentar los datos. En 1937, cuando se escribe esta carta, los judíos eran acosados, pero aún no habían llegado las cosas muy lejos ni se imaginaba la gente lo que ocurriría con ellos después. Los católicos que no se rendían ante la seducción o la opresión nazi, también estaban sufriendo acoso y violencia, así que es normal que en estos momentos el papa se preocupe por los suyos (y también por los cristianos en general) y deje que los demás se ocupen de los suyos. Cuando el problema judío verdaderamente salte a primera línea, entonces ya las posturas de la Iglesia cambiarán, pero sobre eso ya hemos hablado en este artículo. La decisión de iniciar el genocidio judío no llegará hasta el otoño de 1941, así que si los judíos no están presentes en una carta dirigida no al universo, sino a los católicos de Alemania, es por cuestiones de pura lógica: ni los judíos era católicos, ni el genocidio existía aún ni siquiera en la mente de Hitler, así que no había ningún motivo para hablar de ellos en una carta que se podía calificar de “asuntos internos de la Iglesia”. En cuanto a los protestantes, quedan también incluidos en la defensa general que el papa hace del cristianismo y el derecho de los cristianos a conservar y preservar su fe frente al neopaganismo nazi. Y por supuesto, una encíclica pastoral no es un panfleto político, así que no tiene nada extraño que las críticas del papa al nazismo se limiten al ámbito religioso y no se meta en política, así que no tiene sentido que algunos critiquen al papa por no meterse aquí en política, siendo ellos probablemente los mismos que criticarían airadamente a cualquier papa que saliéndose de sus funciones se meta en asuntos políticos.

Por tanto vemos que quienes pretenden usar el concordato como “prueba” de que la Iglesia católica se alió con Hitler y le apoyó, sólo pueden justificar sus ideas por desconocimiento.

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36 thoughts on “Pío XII, “el Papa de Hitler” ¿Santo o demonio?

  1. Muchas gracias por este artículo tan interesante. Quería comentar que ponéis que Albert Einstein, hizo después de la II Guerra Mundial una declaración al New York Times sobre el papel de la Iglesia ante el nazismo, pero al final del artículo pone que esa declaración es del 23 de Diciembre de 1940, en plena II Guerra Mundial. No sé si es un error.

    Por otro lado, ¿es cierto que Hitler era cristiano? Porque aunque naciera en una familia católica no significa que lo fuera y de hecho tanto su vida como su actos demuestran todo lo contrario.

    Un saludo,

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  2. Hitler, que era cristiano, a diferencia de Mussolini, buscó un acercamiento a la jerarquía católica. Hasta tal punto cedieron los nazis que prometieron algo que a la Iglesia le había costado mucho conseguir en Alemania, donde sus relaciones siempre habían sido difíciles debido a sus posturas intransigentes en política y religión, esta promesa era la firma de un Concordato.
    Hitler prometió que la Iglesia católica tendría una especial posición de privilegio en el Nuevo Reich si el Vaticano usaba su influencia para asegurarle el voto del Partido del Centro [el partido católico]. El Vaticano acordó, y Hitler hizo una promesa adicional de que en la declaración inaugural de su Gobierno haría una declaración pública que efectivizaría el privilegio prometido. (1)
    Así, el 23 de marzo de 1933 el partido católico votó en el Reischstag (Parlamento) por Hitler.
    Ya en abril, mayo y junio de ese año se llevaban a cabo las negociaciones del Concordato. Tal era el apoyo, que el prelado Kaas, líder del partido católico, en su estancia en Roma durante este proceso de negociación describiría a Hitler como:
    …el portador de elevados ideales quien hará todo lo que es necesario para librar la nación de la catástrofe. (1)

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    • Gracias sdagsfdhbfhdfh por tu intervención, pues nos da la oportunidad de aclarar otro de los muchos casos de desinformación interesada al respecto de la relación entre la Iglesia y los nazis.

      Para darte cumplida respuesta y demostrar que el asunto del concordato no sólo no mancha a Pío XII ni a la Iglesia sino que demuestra que la Iglesia se mantuvo enfrente del nazismo, hemos añadido a este artículo un anexo dedicado expresamente a analizar este asunto.

      Por lo que tú dices parece evidente que no conoces ni el concordato ni sus circusntancias ni lo que ocurrió posteriormente, y supongo que habrás leído lo que dices en algún artículo anticatólico de internet creyendo que lo que ellos dicen es la verdad incontestable. En el anexo hallarás no sólo las explicaciones sino resúmenes del concordato y acceso al documento completo, para que tú y cualquier pueda ver por sí mismo cuán lejos de la realidad está vuestra idea de los hechos.

      Firmar un concordato con un gobierno no es un acto de apoyo, sino un pacto que establece ciertas líneas básicas de relación entre ambas autoridades. La Iglesia siempre ha intentado firmar concordatos con todos los países del mundo, sean democráticos, dictatoriales, o lo que sea. Precisamente en los peores países es en donde más necesario para la Iglesia resulta un concordato, pues mediante él se puede intentar proteger mejor a los católicos (si es que luego las autoridades lo cumplen). Por tanto el que la Iglesia firmara un concordato con Alemania es la cosa más lógica del mundo. Para Hitler ese concordato también era muy deseable (aunque como vimos, luego no tenía ningún interés por respetarlo) porque le faltaban votos para lograr más poderes en el parlamento, y como el partido católico estaba frontalmente en contra de Hitler pensó que con ese pacto lograría a cambio sus votos. Hoy, sabiendo lo que luego pasó, podemos acusar al partido católico de ingénuo, y a la Santa Sede de confiar demasiado en que Hitler respetaría la ley. Pero una cosa es pensar que fueron ingénuos y otra pensar que apoyaron a Hitler y se pusieron al lado del nazismo, eso es todo lo contrario de lo que los hechos demuestran. Además, es muy fácil criticar ahora decisiones que se tomaron cuando nadie sabía lo que el futuro les tenía reservados. Imagina la siguiente circunstancia: la Iglesia católica logra firmar un pacto con Maduro, en Venezuela, en donde Maduro se compromete a respetar los derechos de los católicos y a cambio la Iglesia se compromete a no atacar las instituciones del Estado. Parecería un pacto sensato, la Iglesia deja la política en manos de los políticos y el Estado a cambio se compromete a no atacar a los católicos ni estorbarles en el ejercicio de su fe. No creo que tal pacto fuera criticable. Ahora bien, imagina que dentro de 5 años Maduro sigue en Venezuela y se ha vuelto loco y malvado, masacrando a un millón de personas opositoras. Entonces no faltaría en el futuro gente que acusara a la Iglesia de haber pactado con Satanás, pero esa lectura de la historia sería absurda, porque cuando el acuerdo se firmó parecía sensato, sólo el tiempo demostró que la gente se equivocaba en sus expectativas. Pues lo mismo ocurrió con Hitler, cuando la Iglesia firmó el concordato con él estaban haciendo lo sensato en ese momento, protegiendo sus intereses espirituales en un momento en que las cosas se veían venir complicadas, pero nunca imaginándose la locura que vendría luego. Pero incluso teniendo eso en cuenta, verás en el anexo cómo el concordato no supone ningún apoyo al nazismo.

      un saludo

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