María en la Biblia: El Arca de la Nueva Alianza (la Asunción y otros dogmas)


El Arca de la Alianza es el objeto más sagrado del Antiguo Testamento. El mismo Dios la mandó construir y colocar en el sancta sanctorum, el lugar más sagrado del Tabernáculo o Tienda del Encuentro (la versión portátil de lo que luego sería el Templo de Jerusalén). Dios está en todas partes, pero cuando quería estar de manera especialmente presente dentro de su pueblo, su gloria, en forma de nube, se posaba dentro del Arca de la Alianza. Cuando los israelitas trasladaban el Arca, en ella iba la presencia de Dios. Cuando oraban frente al Arca, no adoraban a la caja de madera, sino a Dios, que estaba en ella. Así que simplificando podemos decir que dentro del Arca estaba Dios de una manera especialmente presente, mucho más presente y concreta que cuando decimos que Dios está en todas partes.

Este artículo pertenece a la serie sobre María en la Biblia, y para entenderlo mejor, puede leer la introducción y el apartado de Typología que aparece al principio del artículo María: la Nueva Eva.

ÍNDICE

El Arca de la Alianza es la materialización del pacto (alianza) que Dios estableció con el pueblo de Israel al sacarlos de Egipto. El Arca es el símbolo, o más que el símbolo, la concreción del pacto. Con ese pacto Dios hace de Israel su Pueblo Elegido, e Israel acepta a Yahvé como su Dios. Con el Arca se hace visible y tangible la presencia de Dios entre su pueblo. El triste episodio del becerro de oro (Éxodo 32:1-19) nos muestra cómo la gente necesita que sus sentidos participen de la adoración a Dios, pues en nuestro presente estado material, lo material nos parece más real que lo que no podemos ver. Dios condenó contundentemente ese acto de idolatría y se destruyó el ídolo, pero comprendía esa necesidad de hacer tangible lo intangible, por eso mandó construir el Arca de la Alianza como el lugar a donde Dios bajaba cuando quería estar en medio de su pueblo de una manera más concreta, siendo el Arca lo que daba a esa presencia carta de naturaleza para los sentidos. También su manifestación como nube que acompaña y da sombra refrescante a su pueblo, o que baja y llena el Templo y el Arca, es otra manera de permitir que los sentidos humanos pudieran percibir también la realidad espiritual de un Dios invisible. Muchos siglos después, cuando Dios quiera implicarse e interactuar de una forma mucho más intensa con nosotros, dará un paso más en la misma dirección y se hará carne, un Dios ya totalmente al alcance de nuestros sentidos. Y aun después, seguirá haciéndose materialmente presente en la eucaristía. Pero volvamos a los tiempos de Moisés.

Dios es infinito, invisible y está en todas partes, pero en el Arca Dios se hace en cierto modo concreto, tangible, visible, físico, y localizable. Digamos que no pueden ver el contenido, pero sí el continente, hasta el punto de que ambas cosas llegan a ser percibidas de alguna manera como una, recibiendo el continente la misma adoración y sacralidad que va dirigida al contenido, y adquiriendo también propiedades que son en realidad manifestaciones del contenido, y así por ejemplo del Arca sale la voz de Dios, y el que desafía la prohibición y toca el Arca (Uza), muere como si hubiera tocado a Dios mismo.

Desde el punto de vista humano eso supone una enorme ventaja, pues si Dios está en todas partes es como si en cierto modo no estuviera en ninguna. Si todas las cosas y los lugares son santos, entonces nada es santo (pues “santo” significa apartado para Dios, separado del resto por un motivo sagrado). Si puedes orar a Dios en cualquier sitio indistintamente, ningún sitio es especial y nada tiene el poder de conmoverte en lo sagrado. Pero si sabes que justo ahí, delante de ti, está el Arca con la presencia de Dios, es decir, si Dios está ahí, delante de ti, entonces tu mente puede abarcar la inmensidad y sentirse abrumada por la inconcebible presencia de lo infinito a dos metros de ti.

Verdaderamente para la psique humana tener a Dios visible y en un punto concreto es una diferencia enorme, pues es la manera en la que Dios puede entrar en nuestro ámbito de percepción y sentirse real y cercano. Por eso Dios tuvo la idea de “habitar” el Arca por amor a su pueblo, porque era la forma de penetrar no sólo en el alma sino también en la realidad física de la gente y hacerse más real para nosotros, una especie de truco genial que, como todo católico sabe, da resultado. En ese sentido podemos considerar que el Arca es claramente un typos (boceto) de la Encarnación. Igual que el cuerpo material contiene el alma, el Arca física contiene al Espíritu de Dios.

Toda la liturgia y adoración del Templo tenía como núcleo central el Arca. Y sin embargo hubo un momento en el que el Arca desapareció para siempre. ¿Para siempre? No exactamente. Veamos cómo ocurrió.

Cuando los babilonios atacaron Judea el profeta Jeremías decidió poner a salvo el Arca de la Alianza antes de que llegaran a Jerusalén y destruyeran el templo. Junto con varios levitas llevaron el Arca a un lugar escondido en el desierto. Cuando se dio cuenta de que algunos levitas habían intentado hacer señales para dejar constancia de dónde quedaba oculto, Jeremías los reprendió diciendo que el Arca no volvería a revelarse hasta la plenitud de los tiempos (es decir, cuando la gloria de Dios o Shekinah regrese y el Pueblo de Dios sea reunido). Y así desapareció el Arca para Israel. Tras la construcción del segundo Templo todo sigue otra vez funcionando como si el Arca estuviera dentro, el Sancta Sanctorum, el velo, los ritos… Sólo que el Arca ya no estaba allí. Sin embargo los judíos de entonces, y también los del siglo primero, creían firmemente en que la profecía de Jeremías se haría realidad, y el Arca reaparecería en la plenitud de los tiempo, por eso no pasaron página y se olvidaron de algo que ya nadie sabía donde podría estar, ni tampoco intentaron construir una nueva, sino que siguieron con todos sus ritos igual, y con el sancta sanctorum vacío pero preparado para acoger el Arca en su regreso, a la espera de que Dios volviera a traer el Arca a su pueblo. Esta antigua creencia judía quedó descrita en el libro de Macabeos (2 Macabeos 2:4-8)

Cuando los babilonios saquearon todos los tesoros del Templo y luego lo arrasaron, en la lista del botín ya no figuraba el Arca. Cuando los judíos regresen del Exilio y reconstruyan el templo, el sancta sanctorum será un habitáculo vacío. El historiador judío Josefo, en el siglo I, nos sigue diciendo que allí no había nada, y también en ese siglo el historiador romano Tácito nos cuenta que cuando el general Pompeyo conquistó Jerusalén y entró en el interior del Templo, “allí no había nada”.

La Tienda del Encuentro que construyó Moisés estaba destinada a contener el Arca, morada de Dios. El Templo que quiso construir David y que finalmente construyó Salomón, no era otra cosa que el edificio diseñado para cobijar el Arca. El Arca no era un objeto que estaba dentro del Templo, como podía ser el candelabro de siete brazos, sino al revés, el Templo era el habitáculo construido para custodiar el Arca. La sacralidad no estaba en el Templo, estaba en el Arca. Y sin embargo tras la destrucción del primer templo por Nabucodonosor, el Arca desaparece pero el pueblo judío mantendrá vivo el recuerdo y el Templo a la espera de que un día reaparezca, y en ese día la Gloria de Dios volverá con ella a habitar entre nosotros.

El Templo que conoció Jesús, pues, tenía un sancta sanctorum vacío. Pero en el corazón de los judíos siempre quedó la esperanza de que cuando llegara la plenitud de los tiempos, es decir, cuando llegara la hora del Mesías, Dios revelaría de nuevo el Arca, y una vez más asentaría su presencia de una manera especial, física, entre su pueblo. Así que al igual que los judíos esperaban la llegada del Mesías, con la misma intensidad esperaban el regreso del Arca de la Alianza. El regreso del Arca significaba para ellos que Dios volvería a morar entre su pueblo, que su nube volvería a llenar el arca.

En nuestro artículo sobre María como la Nueva Eva vimos cómo los evangelios presentan a Jesús como el Nuevo Adán, o el “último Adán”, como lo llama San Pablo, contrastando el primero y el último igual que la teología posterior contrasta entre el nuevo y el antiguo. Adán era un typos o prefiguración de Jesús, un boceto que revela y explica una parte de lo que será Jesús. Pero igualmente los evangelios nos presentan una y otra vez a Moisés como un typos de Jesús.

Nota: la “typología” era un razonamiento exegético practicado por los cristianos desde el principio, y usado también dentro del Nuevo Testamento, no sólo por San Pablo, sino también lo vemos usado por el mismo Jesús para demostrar quién es, de modo que todo el Antiguo Testamento es interpretado como prefigurando el Nuevo. La realidad del Nuevo Testamento prefigurada por el typos se lama “antitypos”: Moisés es el tipos, Jesús el antitypos.

Son muchas las escenas donde Jesús se nos presenta como el Nuevo Moisés que ha venido a inaugurar un nuevo Éxodo y un nuevo Pacto (alianza) entre Dios y los hombres. Son muchas las escenas en las que Jesús re-actúa o perfecciona lo que hizo Dios cuando Moisés. Jesús ayunó 40 días en el desierto, igual que hizo Moisés en el Monte de Sinaí (Éxodo 34:28). En la travesía del desierto Dios alimentó a su pueblo con maná del cielo y codornices, y Jesús alimentó a las multitudes con la multiplicación de los panes y peces (Lucas 9:10-17) y anuncia que él mismo es el pan del cielo que supera al de Moisés (Juan 6:31-33). Moisés estableció una alianza con las doce tribus de Israel (Éxodo 24: 1-8) y Jesús actualizó esa alianza con los doce apóstoles en representación de las doce tribus. Moisés fue condenado a muerte al nacer y salvado de las aguas por una princesa egipcia, Jesús también fue condenado a muerte al nacer por Herodes y puesto a salvo en Egipto. Y ambos fueron los artífices de una alianza entre Dios y los hombres. Moisés estableció la Antigua Alianza (o Antiguo Testamento), cuyo sello era la circuncisión, y Jesús estableció la Alianza Nueva (o Nuevo Testamento), cuyo sello es el bautismo. Moisés alza la serpiente de bronce para sanar los cuerpos (Números 21:6-8), Jesús es alzado él mismo como nueva serpiente de bronce para salvar las almas (Juan 3:14). El Éxodo fue un viaje de liberación material que partió de Egipto y tenía como destino la Tierra Prometida; el Nuevo Éxodo fue un viaje de liberación espiritual que partió de la Tierra Prometida y tuvo como destino el cielo. Por eso tiene perfecto sentido presentar a Jesús como el Nuevo Moisés, y como siempre, El antitypos supera con creces al typos.

Pero si Jesús es el Nuevo Moisés que ha venido a guiar a su pueblo en el Nuevo Éxodo, entonces la pregunta obvia es ¿Dónde está la Nueva Arca de la Alianza? Pues en el Éxodo de Moisés el Arca de la Alianza jugaba un papel muy principal en todo. El Arca de Moisés desapareció con la promesa de que volvería. Pues bien, si el Nuevo Moisés apareció, era el momento también para el regreso de la Nueva Arca. Y en verdad que el Arca reapareció en la plenitud de los tiempos, como anunciaba la profecía, aunque al igual que Moisés regresó en la figura de Cristo, también el Arca regresó… en la figura de María.

Que María es la Nueva Arca de la Alianza (o el Arca de la Nueva Alianza) no es un retorcido argumento moderno, sino que era algo evidente ya para la Iglesia Primitiva, y lo ha seguido siendo hasta la Iglesia de hoy; pero es que además, si miramos las cosas a través de los ojos de un judío de la época de Cristo, es todo cosa de sentido común.

El Arca era una caja de acacia recubierta de oro por dentro y por fuera, es decir, un objeto físico que contenía en su interior al mismísimo Dios. Pues igualmente cuando Dios se encarnó en María, tenemos a María que es un ser físico que contenía en su interior al mismísimo Dios. Una vez más nos encontramos con que lo que en el Antiguo Testamento aparece como typos (prefiguración, boceto) en el Nuevo Testamento adquiere plenitud y perfección. El Arca era el anuncio imperfecto de lo que sería el Dios encarnado, el primer paso para una materialización divina que no alcanzaría la perfección hasta la encarnación de Cristo. Con Jesús no tenemos ya a Dios dentro de algo físico, sino a Dios que adquiere cuerpo físico; No un Dios que habita un objeto visible, sino un Dios que se hace visible, pero antes de manifestarse al mundo fue un Dios que habitó el vientre de María, igual que Yahvé habitó el interior del Arca. Incluso después de nacer, ese cuerpo material que era parte de Jesús era completamente carne de María, pues sólo de ella adquirió la corporeidad. María llevó a Dios en su interior durante nueve meses, y desde entonces sería para siempre la “llena de gracia” (Lucas 1:28), la Nueva Arca, y hasta el fin de los siglos “todas las generaciones [la] llamarán bendita” (Lucas 1:48). Gestar a Dios deja huella en las entrañas para siempre y María fue al principio, al final y por siempre, el Arca de Dios.

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EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Para comprender qué significa ser la Nueva Arca de la Alianza es necesario primero conocer qué era el Arca original. Eso lo encontramos en el Antiguo Testamento. Ya hemos dicho que el Arca era el cofre donde Dios se hacía presente en medio de su pueblo en una manifestación indirectamente tangible. Vamos a resumir aquí sus rasgos principales:

  1. Se trata de un cofre diseñado para contener la presencia de Dios. (Éxodo 25:21-22)
  2. Está construida con madera de acacia. (Éxodo 25:10)
  3. Está cubierta de oro puro por dentro y por fuera. (Éxodo 25:10-11)
  4. Contiene en su interior las Tablas de la Ley. (Deuteronomio 10:1-5)
  5. Cuando fue colocada en el tabernáculo, una nube la cubrió y la gloria de Dios la llenó. (Levítico 16:2), lo mismo ocurrió cuando Salomón la colocó en el Templo (1 Reyes 8:10-11)
  6. Nadie puede tocarla. (Números 4:6-20, 2 Samuel 6:6-7)
  7. Reaparecerá en la plenitud de los tiempos. (2 Macabeos 2:4-8)
  8. Es un objeto muy poderoso, derrumba las murallas de Jericó (Josué 6:1-5), divide las aguas del Jordán (Josué 3:13), destruye a los enemigos (Números 10:35). Pero su poder no viene de sí misma sino del Dios que la habita.

Veamos cómo estas características del Arca, e incluso otras, se cumplen en María. Si tenemos en cuenta que el Arca del Antiguo Testamento es un Typos de María, eso quiere decir que el Antitypos, María, tendrá esas características pero en un grado o naturaleza superior.

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EN EL NUEVO TESTAMENTO

Se trata de un cofre diseñado para contener la presencia de Dios.

María, durante nueve meses, fue la mujer que contuvo en su interior al mismo Dios hecho carne, de modo que la presencia de Dios ya no se percibe indirectamente a través del humo, la nube o el fuego, sino que se puede ver claramente en el Dios encarnado que es Jesús. Y no sólo eso, sino que María no se limita a ser el contenedor de Dios, al modo del Arca, sino que ella misma da a Dios ese cuerpo en el que se encarna, pues es fruto de un óvulo suyo y de nadie más. De todos los rasgos comparables, este es el más esencial y al mismo tiempo el más evidente, por eso es el que más frecuentemente se utiliza en la Iglesia primitiva y hasta hoy para justificar el título de María como “Nueva Arca”.

Está construida con madera de acacia.

La acacia es una madera increíblemente duradera, sobre todo en el clima de aquella zona, hasta el punto de que era considerada incorruptible, por eso Dios encarga que se use esa madera. En María esa incorruptibilidad aparente se convertirá en incorruptibilidad auténtica, pues su cuerpo no sufrió la putrefacción de la muerte sino que fue preservado y subido al cielo.

Está cubierta de oro puro.

El oro puro es oro que no contiene ninguna impureza, nada que lo manche o pervierta en su naturaleza ni nada que con el tiempos lo oxide. María, siendo inmaculada (sin mancha) es por eso la purísima, pues el pecado nunca la tocó, pero corporalmente esa pureza toma forma en su virginidad, que nunca se perdió igual que el oro nunca pierde su brillo por óxido alguno. Así como el Arca está cubierta de oro puro por dentro y por fuera, María es purísima por dentro (la Inmaculada) y por fuera (la Virgen). Otro rasgo reseñable del oro es su maleabilidad, es fácil de moldear. Igualmente María se caracteriza por su maleabilidad a la voluntad de Dios: “Hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1:38).

Contiene en su interior las Tablas de la Ley.

Estas tablas, donde estaban escritos los 10 Mandamientos, son también llamadas la palabra de Dios o el testimonio de Dios. El Arca lleva en su interior esta antigua palabra de Dios que produjo la antigua Ley. María llevó en su interior el Logos, el Verbo Divino, que es la Palabra de Dios que trajo la nueva Ley. La Palabra escrita se convierte dentro de María en Palabra viva.

Cuando fue colocada en el tabernáculo, una nube la cubrió y la gloria de Dios la llenó.

En el momento en que Dios toma posesión del Arca, desciende del cielo una nube que la cubre y la llena con su gloria. Esa misma escena la vemos cuando María, que había sido preparada para ser la nueva Arca, es igualmente poseída por Dios:

El Angel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.

(Lucas 1:35)

Compare esa escena con esta otra:

Entonces la nube cubrió la tienda de reunión y la gloria del Yavéh llenó el tabernáculo.

(Éxodo 40:34)

En el libro de Éxodo la presencia de Dios con su pueblo se manifiesta en forma de nube, pero también tenemos a Dios guiando a su pueblo por el desierto y tomando la forma de nube durante el día y columna de fuego durante la noche (ver citas). Esto es porque por la noche el fuego da luz y les permitía ver el camino, y durante el día, en el ardiente desierto la nube daba sombra y frescor, y les protegía, por eso es tan frecuente en la Biblia hablar de la sombra de Dios como algo que revela su presencia y que da protección. Cuando Dios cubre a María con su sombra, pues, se nos revive la escena de Yavéh tomando posesión del Arca para habitar dentro de ella y poder así tener una presencia tangible para su pueblo.

Este paralelismo es aún más evidente si comparamos el texto original de Lucas en griego con la traducción del Éxodo al griego que hallamos en la Septuaginta (antes de Cristo). En ambas escenas la forma verbal usada es la misma, “episkiazo”, que significa “cubrió con su sombra”. Por lo tanto para un judío del siglo uno la escena de Lucas, además de lo obvio, que María va a concebir al hijo de Dios, rápidamente sugiere dos cosas más, que la misma nube de Dios que abandonó a Israel (cuando Jeremías se llevó el Arca) ha vuelto con su pueblo, y que de nuevo esa nube tiene un Arca a la que descender. Eso significa que el Arca escondida ha reaparecido, que ha llegado la plenitud de los tiempos y que se van a cumplir todas las promesas del Señor, es decir, ¡llegó el Mesías!

Notemos que las palabras de Jeremías fueron que el Arca no aparecería de nuevo hasta el fin de los tiempos, cuando…

el Señor pondrá todo de manifiesto, y aparecerá la gloria del Señor y la nube, como apareció en tiempos de Moisés y cuando Salomón oró para que el Santuario fuera solemnemente consagrado.

(2 Macabeos 2:8)

Y efectivamente, en la Anunciación vemos de nuevo cómo regresa a la Historia Sagrada esa gloria del Señor que llena a María de gracia y esa nube que la cubre con su sombra, y de nuevo se aposenta sobre su Arca, de modo que en María se cumple la profecía de Jeremías.

Nadie puede tocarla.

Cuando Dios toma posesión del Arca, ésta se convierte en un objeto totalmente sagrado y nadie puede tocarla. Uza muere por atreverse a ello. Cuando Dios toma posesión de María, ésta queda protegida por él (en realidad, con efectos retroactivos) pero también poseída por él, y se convierte en un ser sagrado que nadie más puede “tocar”. El Arca consagrada y habitada por Dios no podría más tarde haberse usado para algo mundano como guardar en ella ropa o platos de cocina como si fuera un cofre normal. El vientre de María, consagrado y habitado por Dios, no podría más tarde haberse usado para algo mundano como gestar a otro ser humano como si fuera un vientre normal. Y si José no hubiera sido santo y casto, le habría bastado con no ser muy tonto para dejar a María intacta, por no acabar como Uza.

También veremos en el Apocalipsis cómo Satanás (el dragón de 7 cabezas) intenta atraparla pero el cielo se encarga de que pese a todos sus intentos no pueda ni rozarla (Apocalipsis 12:13-16). Virgen e inmaculada, así es María.

Reaparecerá en la plenitud de los tiempos.

Cuando los judíos hablaban de la “plenitud de los tiempos” o de “el fin de los tiempos” (o el fin de la historia) se referían a los tiempos mesiánicos, es decir, cuando el Mesías viviría en la tierra, y en esos tiempos será cuando Dios reúna a todo su Pueblo. Esto para los judíos implicaba reunir a las tribus dispersas, tal como se nos dice en Macabeos (2 Macabeos 2:4-8) cuando Jeremías habla del momento en que reaparecerá el Arca. Por eso los cristianos siguen llamando la plenitud de los tiempos a los años en los que Jesús vivió con nosotros encarnado (Gálatas 4:4). En esos tiempos es cuando vive María, la Nueva Arca, y por tanto se cumple la profecía de Jeremías.

Es un objeto muy poderoso pero el poder no le viene de sí mismo sino del Dios que lo habita.

María es también muy poderosa, pero su poder tampoco le viene de sí, sino de Dios. Sus milagros y gracias nos llegan debido a su intercesión, por sí misma nada puede, pero por estar más cerca de Dios que nadie, su intercesión es más poderosa que la de ningún otro santo, de hecho está a otro nivel, pero todo lo que ella nos concede lo hace Dios a través de ella.

Si alguien piensa que estos detalles son poco más que increíbles coincidencias, juegos de malabares con suerte, pero que obviamente no podemos explicar lo que significa una persona del Nuevo Testamento acudiendo a supuestos paralelismos con personajes o sucesos del Antiguo Testamento, entonces sólo decir que conocen muy mal la Biblia y la forma cristiana de entenderla, pues esa manera de interpretar las cosas no sólo es la que usaron en la Iglesia Primitiva, ni siquiera sólo la que nos enseñó San Pablo con su concepto del typos y antitypos, sino que el mismo Jesús nos enseña que así es como hay que leer el Antiguo Testamento, como una prefiguración de lo que serán las personas y sucesos del nuevo, como hizo, entre otras muchas ocasiones, con los discípulos del camino de Emaús:

Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas*, les explicó cada uno de los pasajes de las Escrituras que se referían a él mismo. […] Y se dijeron el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino, cuando nos abría las Escrituras?

* Jesús se refiere a “la Ley y los Profetas”, que es como se llamaba al Antiguo Testamento en general

(Lucas 24:27, 32)

Los discípulos de Emaús por fin entendieron quién era Jesús y qué había de sucederle por medio de una relectura del Antiguo Testamento desde un punto de vista cristológico, es decir, lo que nos cuentan los libros antiguos por un lado se refieren verdaderamente a personajes y sucesos antiguos, pero por otro lado son también figuras (typos) de los personajes y sucesos que están por venir en la plenitud de los tiempos. Así es como lo explica San Pablo cuando nos dice:

Porque no quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube y todos pasaron por el mar […] Estas cosas les sucedieron como ejemplo, y fueron escritas como enseñanza para nosotros, para quienes ha llegado el fin de los tiempos.

(1 Corintios 10:11)

No olvidemos que para los primerísimos cristianos el Nuevo Testamento aún no existía, así que Jesús nunca aparecía mencionado directamente en las Escrituras (que para ellos eran solamente el Antiguo Testamento), y en el camino de Emaús Jesús les está enseñando a ver al Cristo escondido en el Antiguo Testamento. Eso mismo estamos haciendo aquí, como los primeros cristianos, con María, descifrando el Antiguo Testamento para ver qué nos dice de ella, aparte de lo que encontramos en el Nuevo.

Por tanto no debe extrañarnos que no sólo los rasgos principales del Arca encuentren un paralelismo o culminación en María, sino también toda una serie de pequeños detalles que igualmente encuentran en ella paralelismos. Podemos comprobarlo si seguimos leyendo a Lucas, pues después de presentarnos la Anunciación con ecos del Arca del Éxodo, pasa a continuación a relatarnos la Visitación (Lucas 1:39-57), y llena la escena con más reminiscencias del Arca, convirtiéndose en el antitypos del episodio de David llevando el Arca a Jerusalén en 2 Samuel 6:1-16 (seguiremos en este análisis a Brant Pitre). Aunque el paralelismo se aprecia mejor si comparamos los textos griegos de Lucas y la Septuaginta, igualmente se puede captar el paralelismo en el significado si usamos traducciones modernas al español:

El Arca de la AlianzaMaría
David “se levantó y fue” a la región montañosa de Judá para llevar allí el Arca del Señor. (2 Samuel 6:2)María “se levantó y fue” a la región montañosa de Judá a visitar a su prima Isabel. (Lucas 1:39)Estas dos poblaciones, Baala de Judá (hoy Kiryat Ye’arim) y Ein Karem (donde vivía Isabel) distan entre sí tan sólo 7 km y ambas están en la región montañosa que hay al oeste de Jerusalén.
David admite ser indigno de recibir el Arca cuando dice “¿Cómo podrá vernir a mí el Arca del Señor?” (2 Samuel 6:9)Isabel admite ser indigna de recibir a María cuando dice “¿Quién soy yo para que venga a visitarme la madre de mi Señor?”. (Lucas 1:43)Aquí vemos a ambos personajes sintiendo temor de Dios ante la inmensidad de lo que tienen delante.
David “saltó” delante del Arca “dando gritos de alegría”. (2 Samuel 6:15-16)Juan “saltó” en el vientre de Isabel cuando escuchó la voz de María, e Isabel “dio un grito de alegría”. (Lucas 1:41-42)La reacción de los personajes ante aquello que porta a Dios es básicamente la misma, saltar y gritar de júbilo.
El Arca permaneció en las montañas, en la casa de Obed-Edom, durante “tres meses”. (2 Samuel 6:11)María permaneció en las montañas, en casa de Isabel, durante “tres meses”. (Lucas 1:56)De hecho eso explica ese detalle extraño de por qué María no se quedó con su prima hasta que dio a luz, y por qué especifica Lucas que fueron unos tres meses exactamente. No hay detalles superfluos en la Biblia.  

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EL ARCA EN EL LIBRO DEL APOCALIPSIS

En el libro del Apocalipsis se menciona al Arca de la Alianza aparentemente de pasada, casi sin venir a cuento.

En ese momento se abrió el Templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el Arca de la Alianza, y hubo rayos, voces, truenos y un temblor de tierra, y cayó una fuerte granizada.

(Apocalipsis 11:19)

Y eso es todo. Fin del capítulo 11.

Pero todo en el Apocalipsis es simbólico y encierra un significado importante, no existen aquí los detalles superfluos. Para empezar tenemos que traer a la memoria una vez más que los judíos del siglo primero creían que una de las señales que acompañarían al fin de los tiempos (los tiempos mesiánicos) sería la aparición del Arca perdida. Si Jesús era el verdadero Mesías, el Arca lo acompañaría y Dios habitaría con su Pueblo para siempre.

Para comprender el papel del Arca en esa visión celestial hemos de entender que la división de la Biblia en capítulos y versículos es una innovación práctica hecha en el siglo XIII para facilitar las citas, así que ese “fin del capítulo” es una marca convencional que podría estar, y de hecho está, mal calibrada. Ese versículo no debería ser el final del capítulo 11 sino el principio del capítulo 12, pues el capítulo 11 termina con un ángel tocando la séptima trompeta y los 24 ancianos recitando una loa de alabanza a Dios. Y entonces comienza la escena provocada por la séptima trompeta, que es la siguiente:

En ese momento se abrió el Templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el Arca de la Alianza, y hubo rayos, voces, truenos y un temblor de tierra, y cayó una fuerte granizada. Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz. Y apareció en el cielo otro signo: un enorme Dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema. Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo, y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. La Mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones con un cetro de hierro. Pero el hijo fue elevado hasta Dios y hasta su trono.

(Apocalipsis 11:19 y 12:1-5)

Todo es parte de una misma escena, la conocida como El Portento, que ya discutimos detalladamente en nuestro artículo anterior sobre la Inmaculada Concepción demostrando que esa Mujer no era otra que María, la que da a luz al Mesías, ese hijo varón que debía regir a todas las naciones con cetro de hierro, tal como profetiza el salmo 2.

Para un judío del siglo primero rápidamente sorprende esta escena porque el Arca perdida que ha de reaparecer en la plenitud de los tiempos no aparece en la tierra, como esperaban, sino que está en el cielo. La visión empieza con la aparición del Arca en el cielo, rodeada de rayos, y a continuación aparece una Mujer, rodeada de luz. Y ya no se dice más del Arca sino que se empieza a contar la historia de esa Mujer que es María, como si el Arca hubiera aparecido en escena por error y sin ninguna consecuencia. Esto es porque no se trata de dos apariciones sucesivas sino de una aparición mostrada como dos símbolos. El Arca y la Mujer son María, así que el Arca no hace una entrada fallida en escena, sino que abre la escena para establecer la naturaleza de la protagonista. Pero aunque queramos verlo como dos símbolos diferenciados, eso también encajaría bien con la gran cantidad de dualidades que vemos en los símbolos del apocalipsis, donde dos elementos diferentes representan una misma realidad. En el capítulo 12 tenemos tres personajes principales, María, Jesús y Satanás. Satanás es representado en el Apocalipsis como un dragón rojo de siete cabezas o como la serpiente primigenia, Jesús aparece como el Cordero o como hombre, y María estaría representada como la Mujer y como el Arca. Sea como sea, el arranque de esta visión establece una conexión estrecha entre el Arca y María. Y esa conexión entre ambas naturalezas se hace más explícita porque la Mujer está embarazada del Mesías. Así como el Arca de oro contiene en su interior la presencia de Dios, la Mujer vestida de sol contiene en su interior la presencia de Dios.

Volvamos ahora a Jeremías y veamos lo que en su libro nos dice sobre el Arca:

Y cuando os hayáis multiplicado y fructificado en el país, en aquellos días [mesiánicos] –oráculo del Señor– ya no se hablará más del Arca de la Alianza del Señor, ni se pensará más en ella; no se la recordará, ni se la echará de menos, ni se la volverá a fabricar.

(Jeremías 3:16)

Esto entra en contradicción con lo que leemos en Macabeos:

Ese lugar [donde hemos escondido el Arca] quedará ignorado hasta que Dios tenga misericordia de su pueblo y lo reúna. Entonces el Señor pondrá todo de manifiesto, y aparecerá la gloria del Señor y la nube, como apareció en tiempos de Moisés y cuando Salomón oró para que el Santuario fuera solemnemente consagrado.

(2 Macabeos 2:7,8)

Pero también entra en contradicción con lo que nos cuenta el Apocalipsis:

En ese momento se abrió el Templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el Arca de la Alianza, y hubo rayos, voces, truenos y un temblor de tierra, y cayó una fuerte granizada.

(Apocalipsis 11:19)

Si las tres citas se refieren a lo que ocurrirá con el Arca de la Alianza en la plenitud de los tiempos no tiene mucho sentido decir que Jeremías anuncia que en esos tiempos el Arca desaparecida ya no será necesaria ni se volverá a fabricar, pero luego anuncia que aparecerá otra vez cuando regrese la nube del Señor y en el Apocalipsis, efectivamente, la vemos de nuevo en el Templo. Pero la confusión se aclara cuando vemos que la primera cita habla del Arca original, el arcón de oro, mientras que en las otras dos citas se está hablando del Arca como símbolo de María, que efectivamente en la plenitud de los tiempos apareció, así como apareció de nuevo la sombra de Dios que la cubre, y del mismo modo aparece también, como Nueva Arca, en el Templo en la visión del Apocalipsis embarazada de Dios.

Y ahora que hemos visto que María es la Nueva Arca de la Alianza, veamos qué implicaciones tiene esto para poder hacer realidad lo que la Iglesia enseña en el catecismo:

Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.

(CIC 487)

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DE MARÍA A JESÚS

Es indiscutible que María llevó a Jesús en sus entrañas, pero vamos a ver qué significado tiene el presentarnos a María como el Nuevo Arca, qué nos dice eso de María, y más aún, qué nos está diciendo eso sobre Jesús.

Al identificar a María como la Nueva Arca nos la están presentando como madre de Dios (porque lleva en su seno a Dios), como virgen perpetua (porque es pura como el oro puro, porque es intocable y porque es incorruptible como la acacia). La simbología de su virginidad (cuerpo puro) puede igualmente referirse a ser inmaculada (alma pura), pero en principio el typos del Arca se refiere más al contenedor, el cuerpo de María, y no tanto a su alma, aunque también. Para la María inmaculada, sin pecado, funciona mejor el typos de la Nueva Eva que vimos en el artículo anterior. También nos habla el Arca de su Ascensión, pero eso lo veremos más adelante. De este modo el typos del Arca encierra los cuatro dogmas marianos: la madre de Dios, la siempre virgen, la inmaculada y la Ascensión.

Pero también en el Arca vemos otra característica de María como profeta, la que habla en nombre de Dios, así como vemos en sus apariciones en Lourdes, Fátima, etc.:

Cuando Moisés entraba en la Tienda del Encuentro para hablar con El, oía la voz que le hablaba de lo alto del propiciatorio que está sobre el Arca de la Alianza, de entre los dos querubines. Entonces hablaba con El.

(Números 7:89)

Recordemos también la cita del Apocalipsis, donde se nos dice que del Arca salían voces, es decir, Dios habla por medio del Arca, o sea, a través de María:

En ese momento se abrió el Templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el Arca de la Alianza, y hubo rayos, voces, truenos y un temblor de tierra, y cayó una fuerte granizada.

(Apocalipsis 11:19)

El Arca de la Alianza fue recubierta de oro puro y guardada en el Sancta Sanctorum del Templo porque ella era el lugar en donde Dios se haría presente en su pueblo y que iba a contener los objetos más sagrados de Israel: los Diez Mandamientos, el maná del cielo y la vara de Aarón (Hebreos 9:3-4). Pero si María es la Nueva Arca, ¿qué nos dice esto de Jesús?

El Arca contiene…  María contiene… 
La palabra de Dios, Los Diez Mandamientos, en piedraEl Verbo (la Palabra de Dios) hecho carneJuan 1:1-4
Un cuenco con el maná que cayó del cieloEl Pan de vida bajado del cieloJuan 6:48-58
La vara de Aaron, el sumo sacerdoteEl verdadero y definitivo Sumo SacerdoteHebreos 5:1-10
La presencia del mismísimo Dios entre su puebloEl Enmanuel, el mismísimo Dios (encarnado) entre su puebloMateo 1:23

Por lo tanto, al identificar a María con el Arca se está también afirmando que Jesús es el Verbo de Dios, el Pan de vida, el Sumo Sacerdote y, en fin, Dios mismo.

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EN LA IGLESIA PRIMITIVA

Pero esta conexión entre María y el Arca no es algo que hayamos descubierto hoy, podemos encontrarlo ya en la Iglesia primitiva. Veamos algunos ejemplos:

El Señor fue creado sin pecado, hecho en su naturaleza humana de madera incorruptible, esto es, de la Virgen y del Espíritu Santo, recubierto por dentro y por fuera, como así estaba, por el oro más puro de la palabra de Dios… Dinos, oh Bienaventurada María, qué fue lo que se concibió en tu seno; qué es lo que portaste en tu interior. Fue la Palabra de Dios, primogénito del paraíso.

(Hipólito de Roma, Discurso sobre el salmo 23, siglos II a III)

Oh noble Virgen, en verdad eres más grande que cualquier otra grandeza. Porque ¿quién es tu igual en grandeza, oh morada de Dios el Verbo?… ¡Oh [Arca del Nuevo] Pacto, vestida de pureza en lugar de oro! Tú eres el Arca en la que se encuentra el vaso dorado que contiene el verdadero maná, es decir, la carne en la que reside la divinidad… Tú llevas en tu interior los pies, la cabeza y el cuerpo entero del Dios perfecto… tú eres el lugar en donde reposa Dios.

(Anastasio de Alejandría, Homilía del Papiro de Turín, siglo IV)

Y estas cosas también he relatado acerca del stamnos, porque en el stamnos, que se ha transmitido como un sustantivo femenino, se colocó el maná, que era el pan celestial pero simbolizaba a la Perpetua Virgen María, que es ciertamente oro del «oro probado» por la evidencia de su virginidad, porque contuvo el maná que descendió del cielo […] Así que el stamnos contenía el maná, y tenía una capacidad de 4 xestai, y María (contenía) la Palabra que se proclamaba a través de los cuatro evangelistas. Porque ella misma era el Arca sagrada a la que apuntaba, de la cual el Arca que se formó en el desierto era un typos… Pero María santa, el Arca viva, tenía la Palabra viva llevada dentro de ella… Y además, cuando el profeta David llevaba el Arca a Sion, bailaba delante de ella cantando y regocijándose. Y no era un milagro, sino una señal a modo de profecía. “Porque estas cosas sucedieron týpicamente, y fueron escritas como ejemplo para nosotros, a quienes ha llegado el fin de los tiempos”, como enseñan las palabras apostólicas. Pero aquí hubo un milagro. Porque cuando el Arca viva —-hablo de María— entró en casa de Isabel, el niño Juan bailaba en el vientre de su madre, saltando de alegría delante del Arca a causa de aquel al que ella iba a dar a luz, el Verbo vivo, el Mesías.

(Epifanio de Salamina, Tratado sobre pesos y medidas, 35, s. IV)

La Madre, Virgen y bienaventurada, era más hermosa aún que el Arca llena de misterios de la casa de Dios… Cuando portaban el Arca, David danzaba alegre… Él (David) es el typos de lo que pasó a Juan [el Bautista] con [la Visitación de] María, porque también esa doncella fue el Arca de la Divinidad.

(Jacobo de Sarug, Homilía III sobre la Madre de Dios, 671, siglos V-VI)

Y no podemos dejar de sorprendernos cada vez que comprobamos cómo la teología cristiana se desarrolló tan rápidamente, pues prácticamente todas las interpretaciones bíblicas que estamos dando en este artículo se encontraban ya desarrolladas en los primeros tres o cuatro siglos de vida del cristianismo. En estos ejemplos vemos también cómo la Iglesia primitiva, siguiendo a los apóstoles, toma sus creencias no sólo de lo que dice el Nuevo Testamento, sino también de lo que el Antiguo Testamento dice directa o indirectamente sobre Jesús, y eso a veces pasa por María.

Pero estas enseñanzas que hallamos en la Iglesia primitiva han sido fielmente preservadas por la Iglesia Católica, y así podemos leer en el catecismo:

María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el Arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es “la morada de Dios entre los hombres”

(CIC 2676)

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LA ASUNCIÓN DE MARÍA

De todos los dogmas marianos que encontramos reflejados en el typos del Arca, el más sutil es el de la Asunción, así que vamos a dedicarle una sección entera. Si queremos encontrar rastros de la creencia en la Asunción de María en la Biblia, ese rastro debería estar probablemente en el único libro que se escribió después de ocurrir el suceso, es decir, en el Apocalipsis de San Juan, y efectivamente allí encontramos un rastro de ello. Recordemos de nuevo la escena en la que aparece el Arca:

En ese momento se abrió el Templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el Arca de la Alianza, y hubo rayos, voces, truenos y un temblor de tierra, y cayó una fuerte granizada. Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz.

(Apocalipsis 11:19 y 12:1-2)

En esta visión, Juan ve el Templo de Dios en el cielo, allí ve el Arca de la Alianza, y a continuación la visión del Arca se sustituye por la visión de la Mujer, que es María y es el Arca. Así pues, Juan ve a María, a quien tuvo en casa hasta el final, arriba en el cielo, pero no la ve como un alma pura sin más, sino que la ve como el Arca, una mujer embarazada que tiene dentro al Mesías. María en cuanto Arca no puede ser simplemente un espíritu puro, sino un cuerpo que contiene dentro de su útero (físico) a la divinidad. Podríamos pensar que María embarazada del Mesías, es decir, María llena de la divinidad, es simplemente un símbolo de lo que Lucas nos dice como “llena eres de gracia”, María llena de la gracia de Dios; pero no es así, porque esa idea ya está simbolizada en “revestida de sol”. Un alma puede estar revestida de sol, de luz, llena de gracia, pero no puede estar embarazada, esa imagen alude al cuerpo, no al alma, así que la Mujer revestida de sol que ve Juan en el cielo es una mujer corpórea, no un ser espiritual. Ya habíamos visto anteriormente que el typos del Arca se refiere a María sobre todo como concepto corporal, como contenedor físico igual que el Arca. Por lo tanto Juan está viendo a María en el cielo con cuerpo y alma, y está en el mismo lugar que el Arca, en el Sancta Sanctorum del Templo celestial, junto a Dios, en un nivel por encima de cualquier otro santo del cielo.

Ya habíamos visto también cómo la Iglesia primitiva creía que María era la Nueva Arca. Tampoco pasó para ellos desapercibido la conexión entre la Asunción y la Mujer del Apocalipsis.

La Escritura ha mantenido el silencio más completo del prodigio para no suscitar un estupor excesivo en el ánimo de los hombres. […] el Apocalipsis de Juan dice: «Y el dragón se apresuró tras la mujer que había dado a luz al hijo varón, y le dieron alas de águila y fue llevada al desierto, para que el dragón no pudiera apoderarse de ella» (Apocalipsis 12:13-14). Quizás esto pueda aplicarse a ella; No puedo decidir con certeza. Y no estoy diciendo que ella haya permanecido inmortal, pero tampoco estoy afirmando que ella haya muerto.

(Epifanio de Salamina, Panarion, libro III, contra los antidicomarianos 78.11,1-11,2, siglo IV)

Aquí vemos a Epifanio dudando sobre si las alas de águila que recibe la Mujer para escapar del dragón pueden ser una señal de su Ascensión. También otros han señalado al mismo pasaje aunque probablemente sea más acertado ver la Ascensión desde el primer momento de la escena, pues la Mujer aparece ya en el cielo desde el principio. Pero no descartemos tampoco la simbología de las alas de águila, pues en esa escena, para quedar por siempre fuera del alcance del dragón (el pecado y la muerte) se nos dice primero que el hijo de la Mujer es arrebatado al cielo al trono de su Padre (Ascensión), y a continuación se nos dice que su madre recibe alas de águila para escapar también, no ella por sí, sino con esa ayuda de las alas (Asunción). Encaja todo muy bien, salvo por el confuso dato de que la Mujer se irá a buscar refugio al desierto, y no al cielo (donde, por otra parte, ya está). Por eso encontramos la vacilación de Epifanio justificada.

También nos dice crípticamente que María ni ha muerto ni es inmortal. ¿Entonces qué ha pasado? La respuesta a este acertijo tan oriental es la Asunción (no está en este mundo ni muerta ni viva, sino que subió al cielo), tal como nos desvela claramente en el capítulo siguiente de su obra:

Y si debo decir algo más en su alabanza, [María es] como Elías, que era virgen desde el vientre de su madre, así permaneció siempre, y fue asunto y no ha visto la muerte. 

(Epifanio de Salamina, Panarion, libro III, contra los antidicomarianos 79.5,1, siglo IV)

Y de mediados de este siglo es una carta escrita por Dionisio el Egipcio a Tito, obispo de Creta, aunque algunos la fechan a finales del siglo tercero. En esa carta se narra extensamente lo que la tradición popular dice sobre el Tránsito de la Virgen, reproduzcamos dos fragmentos:

Ella entregó su alma toda santa, semejante a las esencias de buen olor y la encomendó en las manos del Señor. Así es como, adornada de gracias, fue elevada a la región de los Angeles, y enviada a la vida inmutable del mundo sobrenatural. […] Pero cuando abrieron el sepulcro que había contenido el cuerpo sagrado, lo encontraron vacío y sin los restos mortales. Aunque tristes y desconsolados, pudieron comprender que, después de terminados los cantos celestiales, había sido arrebatado el santo cuerpo por las potestades etéreas, después de estar preparado sobrenaturalmente para la mansión celestial de la luz y de la gloria oculto a este mundo visible y carnal, en Jesucristo Nuestro Señor, a quien sea gloria y honor por los siglos de los siglos. Amén.

(carta de Dionisio el Egipcio a Tito, s.III-IV)

También ya al menos en ese siglo, el IV, no sabemos si antes, en la iglesia de Antioquía se celebraba la fiesta de «El Recuerdo de María», que conmemoraba la entrada en el cielo de la Virgen haciendo referencia a su asunción. Así mismo sabemos que en el siglo V se veneraba en Constantinopla, en la basílica de los blanquernos, la mortaja de María, pero ni allí ni en ningún otro sitio de la cristiandad se dijo jamás que se venerasen sus huesos, lo cual es significativo teniendo en cuenta la veneración tan grande que había por María y también por las reliquias de los santos difuntos, cuyos huesos se custodiaban con gran celo, y los huesos de María, de haber existido, ¿iban a caer en el olvido? Nos consta también que en el siglo V se celebraba la Asunción de María en la iglesia de Getsemaní el día 15 de agosto, en una iglesia en donde aún se conserva un sepulcro vacío que ha sido datado en el siglo I. El Franciscano Frédéric Manns argumenta en su investigación que la celebración de la Asunción en Jerusalén data al menos del siglo II.

De todas maneras, si una creencia ha entrado en la liturgia eso es prueba de que es una creencia establecida y aceptada por todos, no una novedad introducida en ese momento por heréticos, de modo que aunque es en el siglo IV cuando más claramente vemos las referencias a esta doctrina, hay que suponer que nadie la percibía como novedosa, sino como parte asentada de la Tradición. Esta noticia no formó parte de la primera oleada de predicación apostólica, pues la Virgen aún vivía por entonces, y se cree que el foco del que partió fue la propia Jerusalén, que como hemos dicho, muy pronto empezó a celebrar una fiesta en honor a María en el lugar donde estaba su sepulcro (y desde donde fue asunta), extendiéndose a partir de ahí al resto de oriente con rapidez, y más lentamente hacia occidente. El Emperador Mauricio a finales del VI ordenó que se celebrase en todo el imperio, volviéndose cada vez más popular.

Juan Pablo II, en la audiencia general del 2 de julio de 1997, declaró:

El primer testimonio de la fe en la Asunción de la Virgen aparece en los relatos apócrifos, titulados «Transitus Mariae», cuyo núcleo originario se remonta a los siglos II-III. Se trata de representaciones populares, a veces noveladas, pero que en este caso reflejan una intuición de fe del pueblo de Dios.

En efecto, dentro de la variedad de versiones que vemos en esos textos, destaca una por ser considerada la más antigua, la familia de textos llamada «La palma del árbol de la vida». Los estudios muestran que esos textos, del que el mejor ejemplar es el Liber Requiei del siglo IV, conservados en latín, irlandés y siríaco, desarrollan tradiciones y una teología que permite situar su origen entre las comunidades judeocristianas del siglo II en Judea. Aunque sean un libros apócrifos, es decir, no considerados de inspiración divina, nos sirven para comprobar que la Asunción era una creencia viva, por eso aparecieron tantos escritos narrando cómo suponen que sucedió, tal vez recogiendo también tradiciones orales sobre el tema.

Las versiones difieren en muchos detalles, pero la mayoría tienen ciertos elementos en común: un ángel se le aparece a María, le entrega una hoja de palma y le trae el mensaje de su muerte inminente en tres días. María informa a sus allegados, y en especial a Juan. El resto de los apóstoles son llevados milagrosamente a Jerusalén para acompañarla. Al tercer día aparece Cristo con ángeles y se lleva su alma. Jesús le dice a Pedro que entierre a María en un sepulcro. Allí yace su cuerpo durante tres días y de nuevo se presenta Jesús y los ángeles y se llevan ahora su cuerpo al paraíso, donde se reúne con su alma.

Hay que reconocer, sin embargo, que la disparidad en los relatos no permite reconstruir los sucesos originales con cierta fiabilidad, aunque sí sirven de testigos para dar constancia de que la veneración a María está muy extendida desde fechas tempranas, y que también está extendida la creencia en que María subió al cielo en cuerpo y alma. Por eso cuando la Iglesia Católica decidió establecer esta primitiva creencia como dogma en 1950 no entra en detalles y simplemente afirma que subió al cielo en cuerpo y alma:

Declaramos ser dogma divinamente revelado, que la Inmaculada madre de Dios, terminado el curso de su vida terrenal, fue llevada en cuerpo y alma al cielo

Pero deja ahí otro detalle sin definir. En los últimos siglos se había extendido mucho la creencia de que María se durmió, pero no murió (de ahí que a menudo se llame la «Dormición de María»), basándose en que si la muerte entró en el mundo por el pecado y María no tenía pecado, tampoco podía morir. Pio XII no quiso zanjar la polémica al declarar el dogma y de ahí que opte por la frase «terminado el curso de su vida terrenal«. Posteriormente Juan Pablo II en su audiencia general del 25 de junio de 1997, declaró (no dogmáticamente) que María sí murió verdaderamente antes de su ascensión porque así lo declaraban todos los primeros padres de la Iglesia que hablan del tema y porque también Jesús estuvo libre de pecado pero igualmente murió antes de resucitar. Esta confusión se debe a la cita de San Pablo “Por un solo hombre entró el pecado en el mundo. Y por el pecado entró la muerte, y la muerte alcanzó a todos porque todos pecaron” (Romanos 5:12). San Pablo suponemos que no se refiere a la muerte biológica sino a la muerte del alma que produce el pecado. Y ese “todos pecaron” es matizado ya por los primeros padres al decir, excepto Jesús y María: “pues en Ti no hay mancha alguna, ni tampoco en tu Madre” (Efrén de Siria, año 350, Carmina Nisibena 27.8).

Y por último, acudiendo al arte, la primera representación artística de la Asunción que conservamos se encuentra en un sarcófago que se encuentra en la basílica de Santa Engracia, en Zaragoza, llamado Receptio Animae. Este sarcófago representa diversos milagros de Jesús, y en su escena central, como un milagro más, aparece María en el momento de ser subida al cielo por la mano de Cristo, que tira de ella ante la asombrada mirada de San Pedro, que sostiene en su mano izquierda el discurso que, según las tradiciones más antiguas de los Transitus Mariae, leyó a María en la vigilia que precedió a su muerte. Fechado alrededor del año 330.

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CONCLUSIÓN

En nuestro artículo anterior sobre María como Nueva Eva vimos la typología bíblica hablándonos del alma pura de María y presentándonosla como la purísima, es decir, la Inmaculada. Aquí vemos la typología bíblica hablándonos del cuerpo de María, y presentándonosla como la purísima, es decir, la Virgen (porque es pura e intocable), como la madre de Dios (porque llevó al Señor en su seno) y como la Asumpta (porque ese cuerpo simbolizado por el Arca subió al templo de Dios en el cielo) e incluso la profeta (porque Dios nos habla a través de ella).

La identificación de María como la Nueva Arca es fácil de ver, tal como hemos analizado. Pero la asunción de María como antytipos de la Nueva Arca no aparece tan claramente en la Biblia como por ejemplo la Inmaculada vista en el antytipos de la Nueva Eva. Pero no hay en la historia ni en los textos bíblicos nada que lo impida y sí que encontramos en el Apocalipsis una pista que podría apuntar claramente en esa dirección (la Mujer embarazada en el cielo), y que no tendría ningún sentido de no referirse a esto, además del typos del Arca, que nos la presenta como de cuerpo puro (oro) e incorruptible (oro y acacia). Aun así, esa pista no sería para nosotros suficiente si no tuviéramos el apoyo de la tradición oral confirmando ese indicio.

Los relatos que se extienden desde el siglo II no parecen muy fiables para reconstruir los hechos, así que podemos suponer que María muriera en torno a los años 60 o 70, de modo que probablemente el único apóstol vivo sería Juan, quien cuidaba de ella. Es por eso que el único libro bíblico que nos da una pista de la Asunción sea precisamente el Apocalipsis, que sería el único que fue escrito después de los hechos. Por eso también la tradición oral de la Asunción no viajó por el imperio al compás de los apóstoles, sino que fue extendiéndose posteriormente a partir de su foco en Jerusalén, el lugar de los hechos, y sólo Juan nos daría cuenta, a su modo, de ello.

Para muchos protestantes, el dogma de la Asunción es un invento católico reciente y que demuestra el supuesto intento de divinizar a María igualándola a Jesús, de modo que sería como una copia de la Resurrección y Ascensión de Jesús al cielo en cuerpo y alma. Y además a menudo ofrecen una cita para negar la Ascensión, cuando Jesús dice: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó de allí, es decir, el Hijo del hombre» (Juan 3:13)

Ya hemos visto que la declaración del dogma sí es reciente, pero la creencia nos viene de la Iglesia primitiva, y aunque no esté explícito, sí tiene apoyo teológico en las Escrituras. Pero de todas formas, ¿por qué resulta para algunos tan difícil de creer que María, la madre de Jesús/Dios, recibiera el honor de ser llevada al cielo en cuerpo y alma? Jesús no es el único que tuvo tal honor, también tuvieron ese mismo honor dos figuras muy inferiores a María: Elías (2 Reyes 2:11) (2 Reyes 2:1) y el casi desconocido Enoc (Génesis 5:22-24) (Hebreos 11:5). De modo que en la anterior cita de Juan 3:13 Jesús no cae en un error diciendo a Nicodemo que él es el único que ha subido al cielo en modo absoluto, sino que se refiere a que de entre toda la gente (que hay ahora en la tierra), él es el único que ha estado en el cielo, por eso puede hablar de cómo es y su testimonio es verdadero, aunque otros le contradigan.

Más aún, de acuerdo con San Pablo, cuando Jesús vuelva, los muertos resucitarán y los justos que estén vivos subirán al cielo sin pasar por la muerte, es decir, en cuerpo y alma (1 Tesalonicenses 4:16-17) (1 Corintios 15:51-54).

En ese sentido Jesús y María habrían sido (junto con Enoc y Elías) las primicias de la resurrección, es decir, los primeros en estar en el cielo en cuerpo y alma, pero finalmente todos los justos tendrán ese mismo estado, aunque como dice San Pablo nuestro cuerpo corruptible se verá transformado y convertido en un cuerpo glorioso, como vemos en Jesús. Cabe señalar también que hay una importante diferencia entre Jesús y María a este respecto. Lo de Jesús fue una Ascensión, pues él ascendió al cielo por su propio poder; lo de María y todos los demás fue una Asunción, pues ella fue asunta, es decir, llevada al cielo, no subió por su propio poder.

Por lo tanto si ya hay más casos de santos subidos al cielo en cuerpo y alma ¿qué de extraño tiene que Jesús quisiera preservar de la corrupción a ese bendito cuerpo que le dio su ser físico? ¿acaso hay para él otro cuerpo más digno de preservación que el que le dio morada, ADN y alimento? puro como el oro del Arca, incorruptible como la madera de acacia de la que fue construida, ¿no valía a ojos de Jesús María más que Enoc? Si tanto quería a su madre que quiso preservar su alma del pecado, lógico que también quisiera preservar su cuerpo de la corrupción. Para un católico el asunto quedó definitivamente zanjado en el momento en el que Pío XII lo declaró como dogma de fe, y la Iglesia ortodoxa y anglicana comparte esa misma creencia, pero para un protestante hay demasiados datos como para desecharlo todo como si fuera un invento sin sentido. Esa subida corporal al cielo después de la muerte, protagonizada por Jesús y luego por María, ya viene profetizada en el antiguo salmo, tal como nos advierte San Alberto Magno:

Levántate, Señor, y ve a tu reposo, tú y el Arca de tu poder.

(salmo 132:8)
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2 thoughts on “María en la Biblia: El Arca de la Nueva Alianza (la Asunción y otros dogmas)

  1. Maravilloso artículo!!!. La Llena de Gracia les bendiga!.
    Tuve que interrumpir mi lectura y susurrar un Ave María!!
    Excelente la mención a Brant Pitre. El siempre decía que para comprender mejor un texto bíblico hay que entender cómo sonaría tal pasaje en el oído de un Judío en la época de Jesús. Tuve la gracia de leer una de sus obras, híper recomendado, lastimosamente poco conocido.

    Bendita Virgen María…llena de Gracia..Ruega por nosotros!

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    • Gracias, me alegro de que el artículo te sirva. Brant Pitre es muy bueno en eso que dices, sí, y he leído varias obras suyas. Lo curioso es que la mayoría de las veces que dice, «un judío interpretaría esto de tal manera», resulta que los primeros cristianos han dejado por escrito la misma interpretación, lo que refuerza más aún que está en lo correcto. Lo bueno de Pitre es que explica muy bien por qué motivos un judío de la época llega a esa conclusión, y eso nos ayuda a entender mejor las conclusiones de los cristianos primitivos. Un saludo Gustavo y que Dios te bendiga.

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