¿Es el aborto moral?


Probemos a acercarnos a este asunto con serenidad. Hablar sobre el aborto es un tema que siempre resulta polémico y sólo sirve para que cada uno se reafirme en su postura porque despierta al instante reacciones viscerales y así es imposible no ya aceptar los argumentos del otro, sino incluso llegar a comprender su postura. En este artículo intentaremos tratar este asunto con la cabeza, y no con las tripas, pero yendo derechos a la raíz de la polémica. Las implicaciones religiosas las dejaremos de lado porque suponemos que los creyentes tienen este asunto claro, aquí nos centraremos en exponer las razones morales y humanas de forma que tengan sentido tanto para los creyentes como para los no creyentes, porque al contrario de lo que muchos piensan, la postura ante el aborto no depende de si creemos o no creemos en Dios, basta con creer o no creer en el ser humano.

NADIE ESTÁ A FAVOR DEL ABORTO

Para empezar, diremos que nadie está a favor del aborto. Para todo habrá excepciones, pero en principio no hay gente que piense que abortar es algo estupendo y que todas las mujeres deberían probarlo como mínimo una vez en la vida. Incluso la gente que trivializa un tema así hasta el infinito, no estaría a favor del aborto más de lo que podría estar a favor de sacarse una muela. Así que cuando nos enfrentamos al debate entre aborto sí o aborto no, hay que empezar asumiendo que quienes están a favor no están a favor de matar al feto, sino que consideran que hay valores más importantes que la vida de un feto y es ahí, en esos valores, donde consciente o inconscientemente apoyan su defensa. Lo que los proabortistas defienden es el derecho de las mujeres a interrumpir el embarazo libremente por no ser un embarazo deseado.

Algunos dirán que hay uno o varios motivos muy serios que justifican el aborto, y otros dirán que el aborto debe de ser libre y que basta con que una mujer no quiera tener un niño para interrumpirlo. En ese caso tenemos que tener en cuenta que en la balanza de la valoración, en un platillo tenemos la vida del feto y en el otro platillo tenemos la libertad de la mujer a decidir si quiere o no quiere tener un niño. Cuanto menos valor se le dé al feto, más peso tendrá la libertad de la mujer. Al mismo tiempo, cuánto de persona tiene un feto resultará determinante a la hora de valorarlo. Para quien el feto es sólo un trozo de carne, lógicamente no estará dispuesto a complicarse la vida pudiendo extirparlo sin más, pero para quien el feto es una persona humana, interrumpir ese embarazo equivale a un asesinato. Por eso mientras unos se centran en salvar una vida humana, otros se centran en salvar la libertad humana y consideran inadmisible restringir esa libertad e imponer grandes cargas innecesarias por algo que tiene poco o ningún valor. Los dos luchan por algo importante y bueno.

Para entender la postura del proabortista podríamos usar esta comparación. Imagine que un sector de la sociedad piensa que todos los males de hoy se deben a la movilidad de la población. Si cada uno pasara toda su vida en su pueblo o ciudad sin salir de allí jamás, todos los problemas se resolverían, la gente tendría trabajo, no habría guerras, la comunidad se volvería más humana y todos serían más felices. Esa gente no viaja, por supuesto, y a ti te parece una excentricidad pero allá ellos. El problema está en que ahora esa gente te presiona para que tú tampoco viajes, y empieza a presionar al gobierno para que se prohíban los desplazamientos. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Tú tienes familia en otras localidades, trabajas en otro sitio, y te encanta viajar por diversión, y ahora esa gente quiere suprimir tu derecho al desplazamiento y obligarte a vivir encerrado en tu pueblo como si fuera una prisión. Imagina que el gobierno pasara una ley prohibiendo a todo el mundo salir de su pueblo, sería bárbaro, injusto y absurdo, estarían complicándote la vida y recortando tu libertad por una idea que no compartes y que además te parece absurda. Normal que en una situación así te rebeles y luches por suprimir toda restricción a tu movilidad. No tienen derecho a controlar tu vida por culpa de una ideología excéntrica.

Pues así es como un proabortista ve la situación, y al defender el derecho al aborto no está defendiendo el aborto, sino su libertad para no tener que sufrir en sus carnes las consecuencias de unas ideas que ni entiende ni comparte. Puro sentido común. Y ahora veamos qué sentido tienen los argumentos a favor del derecho al aborto o a favor del derecho a la vida dejando a un lado creencias o ideologías y atendiendo sólo a la lógica y al sentido común, pues ahí podemos todos compartir un mismo lenguaje.

USEMOS LA LÓGICA

Pero primero, si queremos hacer de esto un debate racional, tendremos que aceptar un principio racional que a menudo se olvida:

Si se defiende un argumento como válido, no podemos negar ese argumento en ninguna circunstancia

Eso no quiere decir que el argumento siempre tenga que ser de aplicación, pues en la vida muchas veces se dan conflictos entre valores y entonces las cosas ya no son evidentes, sino que hay que sopesar cuál de esos valores debe prevalecer sobre el otro y por tanto cuál de ellos en cada caso debe ser de aplicación.

Pensemos en un argumento lógico como si fuera una ley científica. La ley de la gravedad. En cualquier circunstancia, el poder de atracción de la tierra está siempre ahí. Si yo tomo una piedra del suelo y la levanto hacia arriba, nadie puede decir que mi acción ha cancelado la ley de la gravedad y que en ese caso la gravedad no existe. No, lo que ocurre es que ha intervenido otra ley, la del trabajo (T= F*D), que dice que aplicando una fuerza a un peso podemos moverlo. Si el trabajo es mayor que la gravedad, entonces la piedra se moverá en contra de la gravedad, como ocurre al lanzar un cohete al espacio, pero ni mi piedra ni el cohete se están elevando porque no haya gravedad, sino porque la energía empleada supera a la fuerza de gravedad y prevalece. Pues un argumento válido funciona igual, si es válido está presente siempre, y puede haber otros argumentos que entren en conflicto con él y lo venzan, pero si alguien defiende un argumento aquí y luego niega ese mismo argumento allá, entonces no es consistente y toda su argumentación queda invalidada. Esta idea es fundamental para comprobar si los argumentos que se dan son argumentos racionales, independientemente de que puedan ser moralmente correctos o no.

Mantener un embarazo no deseado puede llegar a tener consecuencias muy serias, te va a condicionar en gran medida el resto de tu vida, por lo tanto a la hora de decidir si el aborto es o no una opción tendremos que preguntarnos ¿el no nacido tiene algún valor o derecho que obligue a protegerlo?

La respuesta que dan algunos es que el no nacido no es aún un ser, sino solamente un grupo de células en desarrollo, un proyecto de ser que aún no se ha completado. Por lo tanto habría que empezar por la cuestión más básica:

¿UN FETO ES UN SER HUMANO?

En cuanto a si es un ser, la respuesta es afirmativa. Según la Real Academia, un ser es “cosa creada, especialmente las dotadas de vida”, es decir, algo que existe, especialmente si está vivo. El feto existe y está vivo, eso es incuestionable, así que es un ser, pero ¿es humano?

No se trata de una cosa, pues está vivo. No se trata de una planta, pues no tiene células vegetales sino animales. No se trata de un animal cualquiera, pues cada especie tiene su propia información genética, y el embrión humano tiene genes humanos. Toda la información para construir un hombre o una mujer completos está ya codificada en su interior. Por lo tanto no se puede discutir si el embrión, o luego el feto, es o no humano, eso es un hecho: el feto es un ser humano.

Esto aclara un poco las cosas, pero aún no resuelve nada, pues quienes defienden el derecho al aborto creen que el feto, sea lo que sea, aún no es persona, y por tanto afirman lo siguiente:

SI AÚN NO ES UNA PERSONA, TODAVÍA NO TIENE NINGÚN DERECHO

Quienes piensan que el feto humano no es aún una persona, podrían tener bastante argumento y afirmar que puesto que no es persona, no tiene derechos y dejando la moral a un lado, eso ya es suficiente para que la ley no tenga nada que decir al respecto. Cualquier impedimento legal al aborto quedaría sin justificación y la decisión de abortar sería algo privado, que es precisamente lo que los proabortistas defienden.

Sin embargo este argumento, tantas veces oído, no puede ser invocado. Las leyes no sólo protegen y dan derechos a las personas, también lo hacen con los animales y las cosas si se considera que tienen un valor importante. Un lince ibérico no es persona, y sin embargo es especie protegida y matar un lince está penado por la ley. Incluso sin matar, en muchos países basta con golpear a un perro para tener problemas con la ley, porque ciertos animales tienen derechos y gozan de protección legal. Hay plantas silvestres que también tienen una especial protección y arrancarlas puede llevar a importantes multas. Degradar un espacio protegido o un parque natural puede tener grandes multas y penas de cárcel. Incluso las cosas pueden tener protección legal, con graves consecuencias penales para quien se atreva a dañar una infraestructura o también para quien se atreva a destruir o incluso modificar parcialmente un cuadro o un edificio histórico… aunque sea suyo. Por lo tanto, considerar que el feto no es aún persona no significa que la ley no pueda protegerlo. Aunque todavía faltaría demostrar que haya motivos para hacerlo. Tenemos, pues, una primera idea:

Un ser vivo (o cosa) no tiene por qué ser persona para tener valor moral y derechos.

Si se llega a este punto, reconociendo que un feto puede tener derechos, entonces pasamos a la siguiente fase de la argumentación proabortista: La madre también tiene derechos, y lógicamente los derechos de la madre tienen que prevalecer sobre los del feto, pues la madre es una persona humana plena, y el feto sólo es un proyecto de persona, pero no una persona, por lo tanto su derecho a ser libre debe de ser mayor que el derecho del feto a seguir existiendo.

Observe que no estamos hablando en concreto de si la vida de la madre tiene o no más valor que la del feto, pues quienes se consideran proabortistas lo que defienden es el derecho de la madre a decidir, no sólo a sobrevivir. Por lo tanto en realidad piensan que si en un platillo de la balanza ponemos la libertad de la madre y en el otro la vida del feto, la libertad de una tiene más peso que la vida del otro. Esto sólo es posible si el feto es de tan escaso valor que incluso su vida vale menos que la libertad de otro ser humano.

Tenemos en un platillo de la balanza al no nacido y la libertad para elegir en el otro. Nadie niega que la libertad y el poder elegir sea bueno y deseable, así que las discrepancias se deben centrar en el otro platillo, en el del no nacido, y por tanto todo dependerá de cuánto valor tiene el feto.

LOS DERECHOS DE LA MADRE Y EL VALOR DEL NO NACIDO

La ciencia nos sirve para decir que el feto es un ser humano, pero cuando se trata de hacer una valoración (cuál de las dos cosas tiene más valor), ya no podemos recurrir a la ciencia, y en este artículo hemos dicho que tampoco vamos a recurrir a la religión, así que sólo nos queda recurrir a algo que todos podemos aceptar: el valor que la sociedad en general da al no nacido.

Si el no nacido fuera algo sin valor, o con poco valor, entonces ni las personas ni la sociedad se preocuparían gran cosa por el feto hasta que naciera y se convirtiese en un niño pero ¿es eso así?

Lo que vemos es que en general, cuando una mujer queda embarazada se convierte en un enorme acontecimiento. Las parejas se vuelcan en lograr que el embarazo se desarrolle lo mejor posible, que nada perjudique al feto, y el Estado (allí donde puede) también pone a disposición de los ciudadanos grandes recursos para ayudar a que el feto se desarrolle en las mejores condiciones posibles, con médicos y aparatos que hacen seguimiento de todo el embarazo. Son enormes los esfuerzos, los recursos y la ilusión que se ponen al servicio no sólo de la vida del feto, sino de su desarrollo óptimo. En la mayoría de los países, si alguien matara el feto de una mujer embarazada sin su consentimiento, aun sin hacerle daño a ella, sería condenado por homicidio. Por lo tanto decir que la sociedad no concede valor al feto sería negar la evidencia.

Pero entonces, si se valora tantísimo al feto, ¿cuándo es que el feto pierde todo su valor? Cuando la madre decide que no lo quiere. Según los más proabortistas, ese y sólo ese es el factor que determina si un feto pasa de tener un valor inmenso a no valer prácticamente nada ¿Tiene esto sentido?

¿POR QUÉ ES LA MADRE LA QUE DEBE DECIDIR EL VALOR DEL FETO?

La respuesta más sencilla a esta pregunta nos viene en forma de slogan. En las manifestaciones proabortistas es casi imprescindible el grito de una consigna que de tanto repetirla a menudo se acepta como evidente: Nosotras parimos, nosotras decidimos. Ahí se condensa esa idea de que es la opinión de la mujer la vara de medir en este asunto, pero añadiendo además la idea de que sólo ella, y nadie más, puede entrar a valorar ese asunto. Esto ofrece además la ventaja de unir la defensa del aborto libre con el feminismo, y el mensaje resultante es muy claro: si vas contra el aborto vas contra la mujer, y entonces podemos entrar en campo minado.

Mezclar cosas diferentes sólo sirve para enlodar el debate y ya no se sabe nunca si se está defendiendo o atacando una cosa u otra, así que para poder seguir argumentando sobre el aborto con racionalidad tenemos que separar el tema del aborto del tema feminista, si es posible, y por el mismo motivo hemos decidido nosotros separar el tema del aborto de la religión.

¿En qué se basan para decir que sólo la madre puede opinar? Pues en otra idea que también suele estar siempre presente en todo argumento proabortista: ¡Es mi cuerpo!

El razonamiento habitual es que la mujer embarazada puede decir: este es mi cuerpo y hago con él lo que quiero. De este modo el derecho de la persona a decidir asciende a una categoría legal y moral muy superior, fundiéndose como parte indivisible del derecho que tienen las mujeres a ser libres, emancipadas de la influencia de todo varón. Hemos pasado del derecho legal a decidir a situarnos en el derecho, aún más intenso y emocional, de la emancipación de la mujer. Si le niegas a la madre el derecho a abortar no sólo atentas contra su libertad, sino que atentas contra La Mujer. Por esta vía es como las feministas han conseguido transformar el derecho al aborto en un derecho fundamental de la mujer: quien está contra el aborto está contra la mujer.

Sin embargo, mezclar aborto y feminismo es un grave error. Lo único que consiguen con ese argumento es desviar la atención de lo principal: la vida del no nacido. En muchos debates televisivos es increíble ver cómo toda la discusión giraba en torno a la mujer, cuando debería estar girando en torno al niño. Se puede estar a favor o en contra del no nacido y no por ello estar a favor o en contra de la mujer.

Pero ¿tiene sentido el argumento de “Este es mi cuerpo”? De nuevo la ciencia nos lo pone muy fácil. Esa proclama feminista está equiparando al feto con una mano o el páncreas o una oreja. Los proabortistas exigen libertad para ir a una clínica en donde les practiquen el aborto sin que la ley les pueda penalizar por ello. En los países donde la atención sanitaria es gratuita, se pide también que el Estado sea quien financie los abortos. Esas mismas personas están de acuerdo en que nadie puede acudir a un hospital exigiendo que le corten una mano o le extirpen el páncreas sin que haya ningún motivo de salud. Si el feto es parte de su cuerpo, como lo es una mano, las leyes (y la lógica) que impiden la mutilación funcionarían igual en ambos casos. Además, si realmente tuviera sentido la afirmación de que “como es mi cuerpo hago con él lo que quiero”, entonces serviría igual para rechazar cualquier traba a la mutilación consentida, si cada uno debe tener el derecho legal de hacer con su cuerpo lo que quiera ¿por qué permitir que las leyes impidan ese derecho?

 Tal vez sería absurdo defender el derecho de una persona a ir a un hospital para que le corten un pie o le extirpen el bazo sólo porque así lo ha decidido, pero esas mismas personas que usan tal argumento están al mismo tiempo pidiendo que la ley se asegure de prohibir la circuncisión femenina en su país, y a ser posible en todo el mundo porque… es un atentado contra la dignidad de la mujer.

Note que el mismo argumento que se utiliza para defender el aborto es totalmente negado e invertido cuando se trata de la ablación del clítoris. Es cierto que habrá muchas mujeres que no deseen la ablación y se vean obligadas o presionadas a ello, pero también es cierto que muchas mujeres criadas en esa cultura lo hacen voluntariamente. En este país está prohibido la ablación independientemente de que ellas quieran o no quieran hacerlo. Si esas feministas fueran consecuentes, con el mismo argumento que

defienden su derecho al aborto (es mi cuerpo, yo decido) deberían defender el derecho a la ablación cuando la mujer, en legítima posesión de su cuerpo, decide libremente tenerla. Pero al oponerse a la ablación en cualquier circunstancia, lo que están haciendo es defender la idea de que el cuerpo debe ser protegido incluso en contra de la voluntad de la persona, o sea, están negando que “como este cuerpo es mío, puedo hacer con él lo que quiera”, y por tanto tenemos un caso claro de invalidez del argumento, pues como dijimos antes, si un argumento es válido puede ser superado por otro, pero siempre seguirá siendo válido, como la gravedad de la tierra, pero si una africana pide ablación argumentando que este es mi cuerpo y hago con él lo que quiero, le dirán que eso no es así.

Volviendo al caso de la mujer embarazada, nadie, ni abortistas ni no, pregunta a la madre ¿qué tal está tu cuerpo? refiriéndose al feto, sino ¿qué tal está el bebé? y eso es algo que ningún proabortista consideraría una pregunta equivocada, pues en realidad todos asumen en la práctica que el bebé es un ser diferente al cuerpo de la madre. Pero en el tema de la ablación sí se trata claramente de “mi cuerpo”, y según su lógica deberían tener derecho a hacer con él lo que quieran. Llegamos a la paradoja de que se niega el argumento en donde sí es aplicable y se intenta aplicar en donde no lo es.

Pero en realidad esta argumentación es de nuevo un camino descarriado que nos aleja del asunto central. Sencillamente, no tiene ningún sentido afirmar que el feto es parte del cuerpo de su madre. La ciencia rechaza categóricamente tal afirmación, pues todas las partes de tu cuerpo comparten tu misma información genética. Los mismos genes y cromosomas están en las células de tus ojos, o de las uñas de tu pie o de tus riñones. Sin embargo el embrión o el feto poseen una carga genética diferente a la tuya, producto de una selección de genes provenientes de la madre y del padre que lo hacen único y diferente. Sencillamente, el feto no es parte de tu cuerpo, es un ser humano distinto que por el momento está dentro de tu cuerpo, pero es otra cosa. Sólo la incansable repetición de semejante idea (“esto es mi cuerpo y hago con él lo que quiero”) ha hecho posible que unos y otros consideren que tal idea tiene algo de sentido.

EL BEBÉ NO NACIDO PERTENECE A LA MADRE

Desmontado el argumento de que el feto sea parte del cuerpo de la madre, aún así quedaría el argumento de que la madre es dueña de él, incluso hasta el punto de tener poder de decisión sobre su vida. Aunque se admita que el feto es un ser diferente y que es humano, podría seguir manteniéndose esta idea de que nadie, salvo la madre, tiene derecho a decidir sobre él. Con esto quedaría vigente el otro lema: Nosotras parimos, nosotras decidimos.

Frente a esto se pueden oponer varios argumentos que contradicen ese supuesto derecho; argumentos que también los abortistas defienden, aunque de nuevo prefieren no aplicarlos en este caso.

Ya vimos que el feto no es parte del cuerpo materno, sino otra cosa. Cierto, pero al menos el 50% de sus genes provienen de la madre. Verdad es, pero que comparta genes con la madre no quiere decir que la madre tenga un 50% de dominio sobre el feto, y mucho menos el 100%,  pues un ser es algo más que un puñado de genes, es un individuo por sí mismo. Si en base a esa mitad de genes idénticos la madre pudiera decidir sobre su vida, entonces el mismo derecho a decidir sobre la vida de esa madre tendría su padre, su madre o incluso sus hermanos, pues todos comparten con ella un 50% de genes. Y aquí entra otro factor que casi siempre está totalmente olvidado: el 50% del bebé proviene del padre. Lo que crea un nuevo ser vivo no es el hecho de parirlo, sino de engendrarlo, y en ese punto el padre y la madre tienen exactamente la misma participación, así que las leyes proabortistas, que en la mayoría de los casos ignoran por completo la voluntad del padre, son una tremenda injusticia sin justificación y un atentado contra la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que establece que el hombre y la mujer tienen los mismos derechos. Pero en este asunto se le dan todos los derechos a la mujer y al hombre ninguno, a pesar de que el bebé es cosa de ambos en igual medida. En este aspecto podemos decir que la mayoría de los proabortistas están ejerciendo un “feminismo” perverso en el sentido de que es la cara femenina del machismo: discriminación del sexo opuesto. Y una discriminación que la ley apoya.

DISCRIMINACIÓN

Si los proabortistas no parecen ser conscientes de que sus planteamientos suelen suponer una discriminación por razón de sexo, sí son muy conscientes cuando la discriminación sexual afecta al feto. Esta situación de nuevo resulta muy paradójica, pues se supone que para ellos los fetos no tienen valor, y sin embargo hay una situación en la que parecen valorarlos mucho. Se trata de los abortos selectivos.

En sociedades como la china es frecuente que las mujeres decidan abortar si descubren que el bebé es una niña. Estamos ante un caso en el que una mujer está tomando una decisión sobre el bebé que lleva dentro. Según la argumentación proabortista esa madre tiene todo el derecho del mundo a decidir si quiere o no quiere abortar, y sin embargo los proabortistas se oponen al aborto en este caso, y mucho más si se trata de las feministas ¿Por qué? Al parecer porque esa mujer, en total posesión de “su cuerpo” y ejerciendo su libre voluntad (nosotras parimos, nosotras decidimos) ha tomado esa decisión por un motivo equivocado: valorar más al varón que a la mujer.

Ese es un tremendo error porque atenta contra la igualdad de sexos, así que en este caso tal error justifica la supresión del derecho a decidir (como ocurría con la ablación). Pero lo que esas personas están haciendo es reconocer algo a lo que se niegan a reconocer en el resto de las circunstancias: que el derecho a decidir de una mujer en este asunto del aborto tiene límites y que no puede defenderse cuando su elección atenta contra derechos de un valor superior. Por lo tanto sí hay situaciones que justifican la supresión de la libertad personal de decidir. De nuevo parece que hemos asentado otra idea en la que todos estamos de acuerdo.

Recordemos las ideas que la ciencia establece como incuestionables:

  • El feto es un ser humano que está vivo.
  • El feto es un ser diferente a la madre.

Y las ideas en las que todos estamos de acuerdo (aunque en ciertas circunstancias parecen ignorarse):

  • Todos debemos ser libres para tomar las decisiones que afectan a nuestra vida.
  • Ese derecho a decidir sobre lo que nos afecta tiene límites incluso cuando sólo nos afecta a nosotros, pues hay valores aún más importantes.

Incluso los proabortistas admiten límites al poder de decisión de una madre que decide abortar, como acabamos de ver.

Parece que ya vamos aclarando conceptos, derrumbando mitos y destapando contradicciones, pero aún quedan algunos argumentos muy importantes en pie.

EL FETO NO ES PERSONA HASTA QUE NO NACE

En realidad este argumento tiene variaciones. Si suponemos que el feto no es persona hasta que nace, el aborto debería ser libre durante los 9 meses de embarazo (hay lugares donde la legislación lo permite así).

Esta idea presupone que el nacimiento es un momento especial que no sólo supone el paso del bebé desde el interior de la madre hasta el exterior, sino que además el hecho de salir al exterior produce de algún modo la increíble transformación de un ser humano sin valor a una persona humana con todo su valor y todos sus derechos legales. Según esta noción, lo que diferencia a un ser que es persona de un ser que no es persona es el lugar en donde estás: si estás ahí dentro no eres persona, si estás aquí fuera sí eres persona. Esto convierte el concepto de “persona” en un término estrictamente legal: es la ley la que decide cuándo alguien es o no persona, y por tanto fuera del contexto legal el concepto “persona” no tendría ni valor ni significado.

Pero entonces por esa misma razón deberíamos diferenciar la ley de la moral. La ley puede decidir, como de hecho ya decide, cuándo un ser humano es o no persona, y en consecuencia cuándo debe ser protegido o no, y cuándo puede ser muerto o no. Pero cuando la ley funciona con un concepto autónomo, ese concepto es irrelevante para la moral, pues “legal” es lo que está conforme a la ley, mientras que “moral”, dejando a Dios a parte, sería lo que consideramos correcto o no.

Aquí nos podemos encontrar con proabortistas que son relativistas y defienden la idea de que la moral no depende de nada externo y absoluto (léase Dios o las leyes del cosmos), sino que es sólo producto de algo así como un consenso social, de modo que lo que hoy se considera moral puede mañana no serlo. En esta mentalidad, la ley se convierte en una especie de “moral objetiva”, cuando refleja la opinión general del momento. De esta forma, si la ley dice que alguien es persona a partir de tal momento, pues eso es lo que cuenta, o sea, la ley es algo a lo que nos tenemos que someter, la moral no existe, sólo existen las decisiones de cada uno y, a nivel general, la ley, que es la expresión del conjunto de opiniones de una sociedad.

De nuevo nos encontramos con que la gente que defiende esa percepción de las cosas no la aplica siempre, sino sólo en ciertas circunstancias.

La Antigua Roma nos ofrece un buen ejemplo de todos esos supuestos que los abortistas defienden, y sin embargo estamos seguros de que ninguno de ellos lo aprobaría. La única diferencia es que el poder de decisión absoluto no estaba en manos de la madre, sino en manos del pater familias, o sea, del padre. Por entonces la ley también se arrogaba la potestad de decidir cuándo un ser humano era persona y cuándo todavía no lo era. Lo interesante es que el límite no era el nacimiento, sino el día en que el niño cumplía un año de edad. Cuando el bebé cumplía un año se convertía en persona y en ciudadano, con toda la protección que a los niños ofrecía la ley. Si alguien lo mataba, sería condenado por asesinato. Pero hasta ese día, el pater familias tenía la potestad absoluta sobre el bebé y su vida. Si el día antes de su primer cumpleaños decidía matarlo a palos en la plaza pública, podría ser considerado un bárbaro tal vez, pero legalmente podía hacerlo con total impunidad, porque no estaba matando a una persona, sino a un animal que le pertenecía por completo. Como vemos, cambia el sexo del “dueño” de la criatura, cambia el momento elegido para considerarlo persona, pero la lógica de la situación es exactamente la misma.

Es fácil ver cómo la arbitrariedad de la ley en muchos casos es una simple convención. Se puede decir que matar a ese niño era legal, en ese tiempo y lugar, pero no creo que ningún proabortista actual se atreviera a decir que estaba bien hacerlo. Y si por algún motivo hoy se decidiera que los niños no son persona hasta los 10 años, me atrevo a asegurar que esos mismos proabortistas, aunque se sintieran la única persona en contra de tal ley, se horrorizarían de ver a la gente matando niños de 5 o 9 años por todas partes, por muy legal que fuera. Por lo tanto el pretender negar la existencia de una valoración moral como algo independiente de la valoración legal, es sólo un recurso que se usa en ciertas discusiones pero no algo que de verdad crea nadie en su interior.

El otro caso en el que legal puede ser contrario a moral, es el de la Alemania nazi. Aquí no se trata de decidir en qué momento alguien empieza a ser persona, sino que incluso se decide quiénes son y no son personas. En el sentido que lo estamos usando, todos los alemanes estaban de acuerdo en que los judíos eran seres humanos, en cuanto a que eran seres vivos pertenecientes a la raza humana, pero muchos de ellos, no sólo el gobierno, consideraban que los judíos eran una raza inferior o defectuosa, es decir, eran seres humanos pero no eran personas, y por tanto no tenían derechos ni protección legal. Según este concepto el gobierno primero les despojó de todos sus derechos legales, luego de sus posesiones, y finalmente actuó en consecuencia con su visión de las cosas y les arrebató la vida.

No queremos aquí comparar a los abortistas con los nazis, pero sí nos parece muy necesario comparar el concepto de “judío” para un nazi con el concepto de “feto” para un abortista, porque en el fondo ambas cosas parten de una misma idea y tienen una misma consecuencia:

En ciertos casos un ser humano no es persona y por tanto carece de valor, y si se convierte en un estorbo es legítimo y correcto “eliminarlo”.

Si un proabortista realmente en su interior tuviera asumida la validez de sus argumentos, tendrían que aceptar también todas sus consecuencias y considerar que la decisión nazi de acabar con los judíos (que suponían un impedimento para la gran meta de conseguir una sociedad perfecta) era como mínimo legítima, pero estamos seguros de que, con muy pocas excepciones, los proabortistas que defienden esos argumentos para el aborto, rechazan contundentemente esos mismos argumentos cuando se usan para justificar el genocidio judío. Por lo tanto hemos usado este caso no para sugerir que los proabortistas son nazis, sino para descubrir que en el fondo no se creen sus propios argumentos, sino que los utilizan sólo para defender lo que les interesa, mientras que los rechazan cuando se usan para algo que les parece totalmente inmoral, por muy legal que pueda ser.

QUIÉN ES PERSONA Y QUIÉN NO

Ya hemos visto que los proabortistas consideran que un ser humano puede ser persona o no serlo. Según ellos, el ser humano se transforma en persona al nacer (si defienden el aborto sin límites) o a partir de X días de gestación (si defienden una ley de plazos). Pero desde el momento en que defendemos la idea de que un ser humano puede ser o no persona, abrimos la puerta a todo tipo de interpretaciones arbitrarias: las chinas que abortan niñas consideran que un varón es más persona que una niña y tiene más valor, los romanos consideraban que un niño no era persona hasta cumplir un año y por tanto podían matar a un bebé mientras gateaba feliz por el pasillo, los nazis consideran que un judío es humano pero no es persona y por tanto puede ser “suprimido”. Todos justifican su conducta en el mismo concepto.

Pero podemos ir mucho más allá, y de hecho en ciertos lugares y épocas se va más allá. El asesinato de personas con retraso mental ha sido una práctica conocida en muchos lugares y épocas precisamente porque se está considerando que ese ser humano, por carecer de inteligencia normal, no es persona. En la mayoría de los países con legislación abortista que restringe el aborto a ciertos casos, uno de ellos suele ser cuando se detecta que el niño viene con una deficiencia mental o una malformación física, lo que no es sino la misma idea de que alguien con discapacidad vale menos, o nada, comparado con quien no la tiene, pues basta la probabilidad de que no esté “perfecto” para que la ley permita su aborto.

Y mientras esta idea, de que “hay personas, menos personas y no-personas” se asienta, siempre existe la posibilidad de acabar aplicando esto a todo tipo de gente, como vimos que se hizo en otras épocas. Si suponemos que una persona es aquel ser humano con plenitud de facultades físicas y mentales, entonces cualquiera que se aleje de esas dos plenitudes estará convirtiéndose también en menos persona, y si se aleja demasiado corre el peligro de llegar al estatus de “no-persona” y por tanto ser un candidato al asesinato legal, como ha sido el caso en otros tiempos. De ese modo estaríamos regresando a un ranking de valoración que básicamente era así, ordenado de más valor a menos valor:

Hombre pleno → mujer plena → niños → viejos → bebés → enfermos → disminuidos físicos → disminuidos mentales → gente en estado vegetal → bebé no nacido → embrión.

Esta escala general se vería modificada en cada caso concreto y en cada sociedad por otros factores influyentes, como puede ser el nivel económico, la capacidad intelectual, la fortaleza física o la raza. En cualquier caso, cuando la noción de más o menos persona cala en una sociedad, se empieza a dejar de proteger al último eslabón del ranking, el embrión. Cuando esto se acepta con cierta normalidad empieza a peligrar el siguiente escalón, que es el feto de hasta varios meses, luego cualquier niño hasta el nacimiento, y hasta ahí ya se ha llegado en muchos países, y no sabemos a dónde más se puede llegar, pero en un concepto de ranking, el último eslabón siempre está en peligro, aunque tampoco sería justo suponer que una vez encendida la mecha la cuerda tiene que arder de principio a fin.

LOS PLAZOS

Esto nos lleva a las leyes de plazos, que ponen límites al aborto dependiendo de cuánto tiempo lleva el niño en gestación. En realidad todas las leyes proabortistas se basan en plazos, pues siempre hay un momento que se toma como referencia para permitir suprimir esa vida. Los romanos decían que al cumplir el año de edad, las legislaciones del llamado “aborto libre sin plazos” en realidad ponen el plazo del momento del parto, y las llamadas legislaciones con plazos ponen ese límite en algún otro momento anterior al nacimiento.

En el fondo da igual dónde hacemos el corte, si antes de nacer, al nacer o después de nacer, pues, como hemos visto, desde el punto de vista moral no tiene sentido establecer plazos porque no hay ningún elemento objetivo que nos permita establecer con claridad a partir de qué momento un ser humano pasa a ser persona. Ya vimos que elegir como límite el momento del nacimiento no tiene ningún sentido, más allá de tener un momento concreto al que agarrarse. Pero cualquier otro límite resulta igual de arbitrario… excepto si defendemos la existencia de esa escala de más a menos humano que hemos visto.

Hay mucha gente que sí considera que la ciencia nos puede servir para establecer un momento objetivo a partir del cual podemos decir que hay un cambio cualitativo en el feto y pasa a convertirse en otra cosa, que podríamos definir como “persona”. Ese momento sería cuando el feto desarrolla la capacidad intelectual. Muchos son los que afirman que eso es lo que nos hace humanos, por lo que un ser que aún no está capacitado para el pensamiento no puede considerarse propiamente “persona”. Según ellos, matar un feto que aún no ha desarrollado el sistema neuronal sería lo mismo que matar a un caracol.

Esto plantea un primer problema, ¿qué desarrollo neuronal es suficiente para considerar que un feto se ha convertido en persona? Porque ese desarrollo no ocurre en un instante, sino que ocupa la mitad del embarazo y no se completa hasta pasado el quinto mes de gestación, así que si buscamos el desarrollo pleno podríamos aceptar el aborto en los 5 primeros meses. Pero ocurre que el proceso de formación del sistema comienza en la tercera semana, así que sólo en las tres primeras semanas podría todo el mundo estar de acuerdo en que se puede abortar, pero a partir de la tercera semana habría disparidad de opiniones según qué nivel de desarrollo mental estamos pidiendo para adjudicar el título de persona.

Pero el mero concepto de ¿cuánta inteligencia pido para considerar a alguien persona? Tiene de por sí el gran peligro de que puede trasladarse igualmente a los ya nacidos y considerar que sólo la gente inteligente son plenamente personas, mientras que los menos inteligentes, y sobre todo los retrasados mentales, los seniles y los locos, no tienen o han perdido su naturaleza de persona y por tanto tampoco son dignos de protección.

Otros hay que utilizan un argumento mucho más simple: no deberíamos permitir que se produzcan abortos a partir del momento en el que el feto tiene sensibilidad, porque no tenemos derecho a causar sufrimiento a ningún ser, pero no pasa nada si lo hacemos antes de que el feto sienta, pues total, no se va a enterar.

Este argumento viene disfrazado de humanidad, estoy en contra de causar sufrimiento… pero al parecer no importa causar la muerte si no se hace sufrir. Entonces con ese mismo argumento, ¿sería legítimo asesinar a una mujer de 25 años si primero la sedamos para que no se entere? De nuevo tenemos que decir que cuando una idea es válida lo será en cualquier situación, aunque pueda entrar en conflicto con otras ideas y resultar ganadora o perdedora; pero cuando consideramos que una idea es válida en esta situación pero la rechazamos en esta otra, no porque otra de mayor importancia la anule, sino porque creemos que no se puede aplicar, entonces algo nos debería avisar de que no estamos usando argumentos válidos, sino que nos limitamos a usar en cada situación sólo aquéllos argumentos que apoyan nuestra postura, aunque no sean válidos.

La conclusión de esto debe ser que un ser humano es una persona, pues cualquier intento de decir “este sí, este no”, basado en el tiempo (cuántos días tiene desde que se engendró, o desde que nació) o basado en otros factores (qué nivel de inteligencia tiene, de qué raza o sexo es) sólo puede ser arbitrario y puede usarse a efectos prácticos de la ley, pero nunca como un argumento moral que pueda servirnos para decidir si acabar con esa vida es correcto o no.

No olvidemos también que la llamada “píldora del día después” no deja de ser una píldora abortiva y entra de lleno en el concepto de los plazos. En los países donde es legal, su justificación para que cualquiera pueda tomarla sin control ni restricciones se basa en la idea de que el embrión de un día (o de varios) todavía no es persona. Es un ser humano, vivo, pero todavía no es una persona. Pero aquí, como en cualquier otro plazo, sigue pendiente una respuesta: entonces, ¿cuándo empieza un ser humano a ser persona? La píldora del día después sólo es moralmente aceptable si aceptamos la idea de que puede haber seres humanos que no son verdaderas personas y por tanto se les puede eliminar sin problemas.

MEJOR SEGURO

Otro argumento típico es el de los hechos consumados. Puesto que con ley del aborto o sin ella siempre hay y ha habido mujeres que deciden abortar, será mejor que puedan hacerlo legalmente en una clínica a que tengan que arriesgar su salud e incluso sus vidas con remedios caseros o en clínicas clandestinas. Y aquí se suele mezclar otro asunto que es el de “todos tenemos los mismos derechos”, pues cuando no se permite el aborto, los ricos pueden irse a un país extranjero y pagarse un buen aborto mientras que son los pobres los que “no tienen más remedio” que arriesgarse de mala manera. De este modo se presenta el aborto como un asunto social que pretende igualar a los pobres con los ricos.

Sin embargo, de nuevo tenemos que intentar no desviar la atención. Estamos hablando de si es legítimo matar a un no nacido o no. Si es legítimo, entonces da igual este argumento, pero si no es legítimo, entonces lo que dice este argumento es que puesto que los ricos pueden asesinar impunemente en otro país, todos deberíamos poder asesinar impunemente en el nuestro, así quedamos igualados.

Una vez más tendríamos que aplicar aquí la regla de la validez universal de un argumento. Si realmente ese argumento es válido entonces debe serlo en cualquier situación. Fuera del aborto nadie defendería este argumento, así que el argumento no es válido.

La misma situación se da con la pederastia. En Europa, por ejemplo, la pederastia está muy castigada, pero un rico puede irse cuando quiera a Tailandia y pagar los servicios sexuales de un niño. Nunca he oído a nadie decir que los pederastas nacionales tienen que arriesgarse para satisfacer sus deseos mientras que los ricos pueden irse a otro país sin miedo a las consecuencias, así que debería legalizarse la pederastia aquí también. Al contrario, en ese caso lo que se pide es que el estado castigue la pederastia incluso cuando se comete fuera de nuestras fronteras, y así se hace. Lo mismo se podría hacer con el aborto, castigar a quienes lo practiquen fuera igual que dentro, si es que está mal, y si no está mal, entonces no hace falta invocar al agravio con los ricos para pedir su despenalización.

Este argumento no es sino un caso más en el que se intenta mezclar el aborto con otros derechos fácilmente aceptables para presentarlo como un paquete, si rechazas B estás también rechazando A.

LA LEY DE SUPUESTOS

Se basen en plazos o no, hay muchas legislaciones abortistas que establecen una restricción basada en los casos. De este modo la ley decide en qué supuesto una mujer puede abortar y prohíbe el aborto fuera de esos casos.

Normalmente todas las legislaciones comienzan por aquí, permitiendo el aborto en ciertos casos aparentemente justificables, y cuando esto se acepta luego se va avanzando a ampliar casos y plazos mientras los colectivos más proabortistas luchan por su objetivo último, que es el aborto sin restricciones hasta el nacimiento. Pero ¿en qué casos el aborto se podría justificar moralmente y en qué casos no?

Lo normal es que se empiece por tres casos en los que a la mayoría le resulte difícil oponerse, pues en estos casos, más que en ningún otro, se supone que los derechos de la mujer deberían prevalecer claramente muy por encima del posible derecho del feto a la vida. En estos casos oponerse al derecho al aborto puede reinterpretarse muy fácilmente como un desprecio absoluto por la vida de una inocente mujer que quedaría condenada a un infierno.

Antes de decir nada al respecto, y porque efectivamente son casos muy sensibles, dejemos claro que verdaderamente son casos en los que hay una probabilidad alta de que la mujer, sin culpa alguna, vea el resto de su vida destrozada por un motivo u otro. Pero aquí lo único que viene al caso es si esa terrible situación puede o no justificar su decision de abortar. Estos son los casos típicos:

1- Violación

2- Retraso mental o malformación del bebé

3- Peligro para la vida de la madre

En realidad preguntarse si el aborto puede justificarse en ciertos casos o no es una vez más desviar la atención sobre lo que verdaderamente importa, lo único que importa: el bebé que aún no ha nacido ¿es persona o no? Puesto que ya hemos respondido a esa pregunta y hemos rechazado la clasificación de los seres humanos en más persona y menos persona, no tenemos más remedio que concluir que matar a un niño no nacido es un asesinato.

Aún así, se podría tener en cuenta lo terrible de la situación de la madre y permitir, por piedad, terminar la vida del feto. Pero si el bebé no nacido es persona, ¿qué diferencia puede haber entre aplicar esa vara de medir antes o después del nacimiento? Si a una madre le dicen que el feto presenta signos de malformación física o mental, la madre puede decidir eliminarlo, pero si ese argumento fuera válido, igualmente se podría aplicar después del nacimiento. Después de cinco años cuidando a su bebé autista, la madre siente que no puede más, que su vida es un infierno, que las circunstancias le superan, que ella no sirve para eso y que su bebé sólo ha venido al mundo a sufrir. Entonces decide eliminarlo y darle un bonito entierro. ¿Ah, no? Pues seguimos sin saber por qué lo que no vale después, sí que vale antes. Tanta pena y compasión (en realidad más) merece la madre que lleva años dejándose la piel por un hijo difícil de criar que la que se aterra al pensar la que le viene encima. Si lo importante aquí es la madre, y no el bebé, entonces en ambos casos la muerte del niño debería estar justificada y permitida. El hecho de que el argumento que vale para un caso (la situación de la madre) no valga para otro, una vez más demuestra que no es un argumento válido.

Pero además tampoco es correcto plantear la situación como si la única manera de librar a la mujer de ese sufrimiento fuera matando al bebé, pues siempre está la posibilidad de entregarlo a una institución (y si en un país no fuera esto posible, ahí sí se podría luchar por conseguir ese “derecho” en lugar de luchar por conseguir el aborto). Por no mencionar que si un feto se puede matar por malformación o retraso mental pero un feto sano no, entonces estamos diciendo que los deficientes y los inválidos no merecen la vida como los demás, y ya la misma ONU ha tenido que alzar la voz contra los países que presentan esta diferencia en sus legislaciones abortistas (o sea, o se puede matar a todos o a ninguno, dice la ONU).

El caso de violación es tremendo, pues para algunas mujeres, pensar que tendrán que criar y ver toda su vida al hijo de su violador puede ser horrible. Es muy posible que cuando el niño nazca dejen de pensar en él como “el hijo de mi violador” y empiecen a verlo como “mi hijo”, porque lo es, pero eso no será ningún consuelo para la mujer violada que se entera de que ha quedado embarazada. De nuevo estamos ante una situación terrible, pero este factor emocional no puede ser lo que usemos para decidir si se puede o no se puede matar al bebé. Si el bebé no nacido no es persona, entonces da igual si se trata de una violación o un capricho, debería permitirse el aborto siempre y punto. Pero si el bebé no nacido sí es persona, entonces lo que sienta la madre o cualquier otra persona nunca puede usarse para justificar un asesinato. De lo contrario, si tu hijo te humilla, te hace la vida imposible, te pega, te roba y vivir con él se vuelve insoportable, cualquier madre debería tener el derecho a pegarle un tiro y así poder de nuevo tener la paz y la buena vida que sin duda todo el mundo se merece. Si el hijo ha nacido, ningún sufrimiento físico o emocional de la madre podría justificar su asesinato, entonces ¿por qué antes de que nazca sí? De nuevo regresamos a la misma eterna pregunta. Y más aún, el verdadero culpable de la violación es el violador, pero si un año después esa mujer le busca y le pega un tiro, será juzgada por asesinato, y sin embargo ¿si mata a su hijo no? No es la violación la que justifica ese aborto, es una vez más la idea de que el niño no nacido no es persona y no merece protección, mientras que el violador, por muy malvado que sea, no deja de ser persona y sí merece protección. El violador queda vivo y la inocente criatura tiene que pagar las culpas de su padre, a manos de su propia madre. Paradójico.

Pero el caso más claro para los proabortistas, hasta el punto de que buena parte de los pro-vida sí estarían aquí dispuestos a hacer una excepción, es el tercero: cuando el desarrollo del feto pone en peligro la vida de la madre.

Admitamos que este es el único caso en el que realmente hay motivos para sentarse a sopesar la situación. Aunque pensemos que el no nacido es un ser humano vivo y tan persona como la madre, nos encontramos ante un caso de “tu vida o la mía”. En este caso matar al niño se puede interpretar como un acto de legítima defensa, como si alguien te va a matar y disparas tú primero. Dos vidas igual de sagradas, y el que puede, mata antes de que le maten, que en este caso siempre es la madre.

Pero también sería legítimo hacerse este otro planteamiento de la situación. Dos vidas igual de sagradas en conflicto excluyente. Sólo uno puede sobrevivir. ¿No es mucho más humano salvar al más débil? Esa pregunta se la podrían hacer los médicos (que por cierto se supone que jamás pueden matar), pero para la madre la pregunta clave podría ser esta otra ¿Estoy dispuesta a dar la vida por mi hijo? Probablemente la mayoría de las madres responderían que sí… si su hijo estuviera ya nacido, pero con un hijo al que aún no han visto, elegir entre su hijo y ellas mismas es un dilema al que ellas tendrán que dar respuesta, y creemos que ambas decisiones pueden tener una buena justificación moral.

Puesto que se trata del único caso en donde el argumento (legítima defensa) tiene el mismo valor independientemente de si matamos a alguien nacido o por nacer, es también el único caso en el que el argumento es válido y coherente desde el punto de vista de la razón. De todas formas su valor como argumento moral no depende de la razón, sino de otras cosas, pero cuando un argumento no es racional, cuando rompe la lógica, entonces podemos estar seguros de que no es válido para defender una idea.

¡ALLÁ PENAS!

Y por último encontramos a quienes prefieren no valorar el asunto y dicen “yo nunca abortaría, pero si alguien quiere hacerlo es cosa suya”. Se supone que este argumento es una muestra de tolerancia (cada uno que decida lo que quiera). Parece reconocer que el aborto es algo malo (yo nunca lo haría) pero al mismo tiempo cree que debe haber libertad para que los demás lo hagan si quieren. Pero no estamos hablando de pintar la casa de verde o bailar el swing, estamos hablando de un asunto que se plantea en términos de vida o muerte. Si ante semejante dilema moral uno expone esa postura tolerante, para ser tomado en serio debería mantener esa misma postura en otros asuntos importantes.

Digamos a esa persona “si tu vecino maltrata a su mujer y le rompe un hueso ¿tú seguirías con tu misma postura?” (yo a mi mujer nunca le rompería un hueso pero si alguien quiere romperle un hueso a su mujer es cosa suya). Su respuesta sería muy probablemente “No”, así que podemos ver que lo que aparentemente es una postura de “yo no me meto en eso, respeto a todo el mundo”, en realidad es una postura a favor del aborto pero sin querer significarse. Si realmente crees que los demás pueden abortar si quieren, es porque tú no crees que el niño no nacido sea una persona, a pesar de que ya hemos visto que lo único que podemos aducir para declarar a alguien “no-persona” es una opinión personal, sin ninguna otra base que no sea tu propia decisión al respecto. Muy poca base para justificar un asesinato.

ENTONCES… ¿QUÉ ES LO QUE CAMBIA?

Todo el mundo está hoy de acuerdo en que cuando un niño nace su vida es sagrada, así que en realidad el conflicto entre pro-abortistas y pro-vida se centra en la situación del niño antes del nacimiento. Pero ya vimos que ni el nacimiento ni ningún otro momento puede ser usado como señal objetiva que demuestre un cambio en la naturaleza del niño que pueda justificar la idea de que antes se le puede matar pero después ya no. Y aún así, ¿por qué esa frontera del nacimiento es tan fuerte como para generar tal división de opiniones? ¿Qué es lo que cambia entre antes y después del parto?

La diferencia es muy clara, “ojos que no ven, corazón que no siente”. Si te dan un millón de euros por apretar un botón y te dicen que al hacerlo allá en la China alguien que no conoces morirá, hay bastante gente que lo haría (un experimento muy similar se ha realizado), pero si te ponen a alguien delante y te dicen que aprietes el botón para electrocutarlo, poca gente lo haría aunque le dieran un millón de euros, y no le conocen de nada, pero una persona que podemos ver ahí delante nos parece mucho más persona que una simple idea abstracta, una identidad jamás experimentada.

Y eso mismo es lo que hace que la gente defienda la vida de cualquier niño que ha nacido pero no tenga tantos problemas si se trata de niños que nadie ha visto aún. Cientos de miles de niños no nacidos son asesinados cada año en todo el mundo y ninguna sociedad se escandaliza de ello, pero imagínense si en África fusilaran cada años a cientos de miles de niños de entre 5 y 12 años, ¿acaso no se movilizarían todos los países, o al menos se escandalizarían todas las personas de buena voluntad? ¿Y si tal cosa ocurriera en tu ciudad, no te conmoverías?

CONCLUSIÓN

El efecto psicológico es real, obvio e innegable, a todos nos afecta más lo que le ocurra a alguien conocido que a gente que no conocemos ni hemos visto. Por eso incluso la gente pro-vida es capaz de tolerar el asesinato de miles de niños no nacidos de un modo que jamás harían con niños ya nacidos. La cuestión es que este efecto psicológico puede explicar nuestra reacción emocional, pero jamás puede servir para justificar nuestras decisiones ni nuestras leyes. Casi nadie sería capaz de matar a un conocido por dinero, pero probablemente nadie se hundiría en el horror  si supiera que por causa suya ha muerto un hombre en China. Y sin embargo todo el mundo estará de acuerdo en que ambas muertes han sido un asesinato y que la ley debe castigar ambas cosas por igual. Jamás un tribunal consideró que asesinar a un desconocido puede ser usado como eximente o atenuante. Y sin embargo funcionamos así en el caso del aborto, porque en el fondo todo son excusas que muchos están dispuestos a creerse y así poder quitarse de encima un enorme problema sin demasiados remordimientos.

Todo el mundo está de acuerdo que cuando el bebe nace y alguien lo mata es asesinato, pero para muchos matarlo solo un par de meses antes tiene el mismo valor moral que sacarse una muela. ¿Tiene eso sentido?

Las buenas sociedades pueden sobrevivir con personas haciendo cosas inmorales, pero no puede sobrevivir si llama a las cosas inmorales morales porque entonces comienza a perder el rumbo.

Al fin y al cabo, de lo que hemos estado hablando todo el tiempo es de esto.

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6 thoughts on “¿Es el aborto moral?

  1. Enhorabuena, Christian, una vez más por el magnífico artículo, que me ha gustado mucho, al igual que todos los demás que he leído. Creo que haceis un perfecto tratamiento del tema desde todos los puntos de vista, y las fotos que aportais de niños en el seno materno son magníficas.
    Por incidir en algo, destacaría el tema científico; he consultado diversos libros de embriología, fisiología, biología, etc. y todos están de acuerdo en que los seres vivos con reproducción sexual comienzan la vida cuando se forma el zigoto, aunque éste sea una sola célula. Abundando en esta cuestión, en la edición de 2015 del libro “Biología Molecular de la célula”, el tema referente al desarrollo de los organismos pluricelulares comienza igual que en ediciones anteriores: “Todo animal o planta comienza su vida como una sola célula: un huevo fecundado”. Por tanto, y como expresas muy bien, todo el tema de los plazos queda desmontado.
    En esto están de acuerdo hasta los abortistas más recalcitrantes, que normalmente suelen ser muy ecologistas y, por tanto, defensores de la naturaleza. Puesto que una nueva vida comienza cuando el óvulo (o huevo) es fecundado, prohíben la destrucción de embriones de animales; y, así, en España, está prohibido destruir, por ejemplo, huevos de mirlo. Nos encontramos en un país en el que se puede destruir un embrión humano, y no uno de mirlo. ¡Vaya sociedad! (¿o suciedad?).

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  2. Muchas felicidades por el artículo, me ha encantado y me ha sorprendido porque nunca había leído argumentos sobre el aborto desde estos puntos de vista, siempre desde la religión.

    Un saludo

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  3. Pingback: ¿Es el aborto moral? | mickwynn

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