Cómo hablaba Jesús -y su contexto cultural


Jesús se encarnó como judío del siglo I y como tal se expresaba. Sus oyentes también eran judíos del siglo I y no hubieran entendido nada si les hubiera hablado de otra forma (y aún así…). Así pues, para comprender bien el mensaje de Jesús es necesario conocer cómo era esa manera de expresarse.

Uso de lenguaje figurado y expresiones exageradas: La manera oriental de hablar, frecuentemente es para registrar gráficamente qué se quiere dar a entender, o quizá demostrarlo con actos. Lucas nos da buen ejemplo en su relato de las experiencias de Pablo: “Descendió de Judea un profeta, llamado Agabo; y venido a nosotros, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón cuyo dueño es este cinto” (Hechos 21:10-11).

Si Juan el Bautista hubiese hablado como algunos oradores de Occidente, hubiese dicho: “Lo que hacéis está en total incoherencia con lo que decís, y no creáis que porque seáis judíos de nacimiento ya tenéis el perdón de Dios, son vuestras obras las que cuentan”. Siendo un oriental legítimo, él dijo: “Raza de víboras ¿quién os ha enseñado a huir de la ira que vendrá? Haced pues frutos dignos de arrepentimiento. Y no penséis decir dentro de vosotros ‘a Abraham tenemos por padre’: porque yo os digo, que puede despertar hijos a Abraham aun de estas piedras” (Mateo 3:7-9). Puede que a los occidentales modernos les parezcan estas palabras duras e impropias de un hombre de Dios, pero en la retórica oriental de la época eso simplemente se consideraría “hablar claro”.

El mucho uso de figuras en el idioma en la enseñanza y conversación hacen de la Biblia un típico libro oriental. Los orientales con frecuencia hacen declaraciones que para occidentales parecen exageraciones inmerecidas. Un hombre dirá a otro: “Lo que te digo es cierto; si no, me corto el brazo”. O quizás dirá: “Te prometo esto, y si no cumplo mi promesa, me sacaré el ojo derecho” (¿a alguien le recuerdan a algo estas palabras?). En aquellas tierras nadie soñará siquiera que tal resolución pueda llevarse al cabo, pero tampoco en España interpretaría nadie literalmente cuando en una acalorada conversación alguien dice “a todos esos políticos sinvergüenzas los colgaba yo de un pino”. Igualmente no se toma literal la común expresión de “¡que me ahorquen si no es Mónica esa que viene por allí!”. Esas expresiones simplemente quieren decir que el que las dice, es persona seria y enfatiza su verdad.

Los orientales pueden muy bien apreciar lo que Jesús daba a entender cuando decía: “Por tanto, si tu ojo derecho te fuere ocasión de caer, sácalo y échalo de ti: Y si tu mano derecha te fuere ocasión de caer, córtala y échala de ti” (Mateos 5:29-30). Muchas de las expresiones de Jesús deben entenderse a la luz de las conversaciones diarias de su tiempo y al habitual uso de metáforas e hipérboles. Aquí tenemos algunos ejemplos:

Mas os digo, que más liviano trabajo es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios” (Mateo 19:24) -“Guías ciegos, que coláis el mosquito, mas tragáis el camello” (Mateo 23:24) “Y ¿Por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu ojo?” (Mateo 7:3). “Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica.” (Luc. 6:29).

Al leer estos pasajes de la Escritura, los occidentales deben recordar el afecto de los orientales por la hipérbole y quedarse con el sentido de la expresión, no con las palabras literales. El famoso dicho de “poner la otra mejilla” es, en boca de Jesús, un alegato en contra de la violencia, pero no significa necesariamente que un cristiano no pueda defenderse en ninguna circunstancia o al menos esquivar el segundo golpe. Esas erróneas interpretaciones son las que hacen que mucha gente actual considere que el mensaje de Jesús es admirable, precioso, pero poco realista y demasiado ingenuo en muchos puntos. Pero no, Jesús tiene los pies bien puestos en el suelo y sabe bien lo que dice, el problema es que nosotros estamos a veces demasiado alejados de su cultura original y nos falta el contexto y el entendimiento necesario.

Usar el nombre de Dios en la conversación: En las tierras anglosajonas y protestantes en general (no así en los países católicos) raramente se menciona el nombre de Dios en las conversaciones diarias, excepto por los profanos. Pero entre los árabes de las tierras bíblicas, el nombre de Dios constantemente está en los labios de aquella gente. Una persona asombrada exclamará “Masahallah“, es decir “Lo que ha hecho Dios” Que es la misma expresión usada hace siglos por Balaam (Números 23:23). Si a un hombre se le pregunta si espera hacer cierta cosa, contestará, “Osh-Alláh” “Si Dios quiere” (de donde viene el español “ojalá”). Esta es la clase de contestación que recomienda Santiago en su Epístola (Santiago 4:1). Si se pone a un niño en tal forma que usted pueda admirarlo, la abuela dirá: “He aquí, la dádiva de Dios“, palabras reminiscentes de la declaración del salmista, “He aquí, heredad de Jehová son los hijos” (Salmo 127:3). Cuando un agricultor saluda a sus trabajadores les dice: “Dios sea con ustedes“. Ellos contestarán, “Dios lo bendiga“. Estos son algunos de los saludos usados hace siglos cuando Booz se acercó a sus trabajadores (Ruth 2:4) – Esas pías expresiones, por supuesto pueden usarse tan frecuentemente que lleguen a perder su significado, y en los labios de gente insincera pronto pierden su valor. Pero esas conversaciones forman un gran contraste con las que se oyen entre los occidentales. Tema aparte es el hecho de que entre los judíos de la época de Jesús fuera tabú pronunciar el nombre de Dios “Yaweh”, pues se consideraba que nombrar a algo era, en cierto nivel, ejercer poder sobre ello. Esto, llevado al extremo, hacía que algunas personas evitasen incluso la palabra “Dios”. Por eso en los evangelios a veces leemos “el Reino de Dios”, pero otras veces “el Reino de los Cielos”, donde “Cielos” se utiliza como eufemismo para no decir “Dios”. Incluso en el español moderno podemos decir “Válgame Dios” o también “Válgame el Cielo” (= “que Dios me ayude”) o expresiones como “El Cielo te proteja”.

Y es en este contexto lingüístico del Oriente Medio antiguo donde Jesús vivió y se comunicó, así que no podemos interpretar su manera de expresarse igual que si fuese un político europeo o americano del siglo XXI. Jesús utilizó la forma de hablar de su época, como no podía ser de otra forma.

Así se expresa Jesús

Cuando en los evangelios se citan palabras de Jesús, casi siempre es en un contexto de predicación, bien sea a las multitudes o a grupos reducidos. El lenguaje judío de predicación nos puede resultar un tanto ajeno al hombre moderno, poco acostumbrado a tales cosas, pero más aún porque la predicación de Jesús se hace, como es lógico, en el marco judío. Jesús posee una originalidad que imprime a sus enseñanzas un carácter único, pero al mismo tiempo utiliza los recursos propios de la predicación de su época. Junto a un intensivo uso de las parábolas (que no se limita a las historias que él califica expresamente de “parábolas”), vemos una serie de recursos destinados a intensificar la atención del oyente: insultos como “hipócritas“, “necios” (que también se podría traducir por “¡estúpidos!”), más que un signo de mala educación son un recurso habitual en la época para dar energía y reconectar a los que han desconectado. Los símbolos, analogías, comparaciones y exageraciones son parte habitual de ese estilo de predicación al que los judíos estaban acostumbrados. El efectismo en la expresión es el mejor medio de mantener una intensa escucha durante un tiempo prolongado, y así lo han practicado los predicadores de todas las épocas.

El tomar ese lenguaje demasiado al pie de la letra en muchas ocasiones ha generado conflictos de interpretación y a menudo han producido el injustificado y típico comentario de “duras son estas palabras y su sentido se nos escapa“. Desde luego el lenguaje oriental, y más en aquellos tiempos, está bien alejado del cuidadoso lenguaje políticamente correcto que hoy consideramos nosotros apropiado, especialmente en público. Ese lenguaje de Jesús hay que saberlo ver dentro de su estilo, de igual manera que cuando un poeta escribe poesía sabemos perfectamente interpretarlo dentro del estilo poético. Si un poeta dice: “¡cómo desearía ser brisa para enredarme en tus cabellos!” nadie se lo toma al pie de la letra, pero entendemos bien lo que quiere expresar. De igual modo es absurdo interpretar literalmente frases de Jesús cargadas de energía y simbolismo como: “Si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna” (Mt 5, 29). Cuando Dios se expresa con palabras humanas no tiene sentido presuponer que siempre lo va a hacer de un modo literal, pues así no es como el hombre funciona, y menos el oriental. Aunque tampoco podemos buscar metáforas en todo lo que nos parezca extraño. Cuando Jesús dice “tomad y comed, este es mi cuerpo”, no está hablando en modo metafórico, pues sus oyentes (los apóstoles) lo interpretaron en modo literal (y también Pablo), y así lo transmitieron a la Iglesia primivita.

No se puede esperar que el hombre medio actual conozca todos los matices culturales que contextualizan la Biblia. Por eso en nuestros catecismos se aprendía aquello de “doctores tiene la Iglesia”, que quiere decir que esos eruditos saben cómo interpretar correctamente las escrituras. Pero cuando nosotros nos creemos capaces de leer un pasaje y entenderlo perfectamente por nosotros mismos (incluso contradiciendo la interpretación oficial de la Iglesia), sólo somos, como diría Jesús, unos necios ignorantes jugando a saberlo todo. He ahí uno de los grandes errores de nuestros hermanos protestantes, que consideran que toda persona por sus propios recursos puede interpretar correctamente la Biblia con ayuda de Dios, y ninguno parece ponerse de acuerdo.

Pero muchos católicos están en el error contrario, basándose en lo de que “doctores tiene la Iglesia”, se desentienden de la Biblia y de intentar entenderla. La palabra de Dios es salvífica, es nuestro deber formarnos para poder experimentar mejor esa bendición por nosotros mismos aunque tengamos que dejarnos guiar.

Con algunos extractos escritos por Fred H. Wright

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