Las imágenes en la Iglesia Primitiva


Vamos a ver aquí lo que los primeros cristianos pensaban de las imágenes y el uso o no uso que de ellas hacían, lo que nos aclarará si el uso de imágenes de los modernos católicos (romanos y ortodoxos) hunde sus raíces en la Iglesia primitiva o fue una innovación muy posterior como dicen algunos, y en tal caso, cuándo y por qué se introdujo ese uso. Primero intentaremos ver cómo estaba la situación en el siglo I y luego veremos cómo eran las cosas desde el siglo II hasta el siglo VIII, porque en ese siglo el actual uso de las imágenes quedó ya fijado como dogma de fe.

En este artículo sólo nos centramos en si es legítimo o no usar imágenes en el cristianismo, para otros debates relacionados, que damos ya por vistos, puede consultar nuestros artículos:
Diferencia entre veneración y adoración (ver aquí)
Culto a los santos (ver aquí) y en concreto a María (ver aquí)
¿Las imágenes son materia del primer o segundo mandamiento? (ver aquí)
Serie sobre las imágenes: introducción e índice (ver aquí)

ÍNDICE del presente artículo:

– Las imágenes en la Biblia
– Los primeros cristianos y las imágenes
– ¿Dos corrientes?
– Una tradición judía
– Arte pagano
– El origen del culto a las imágenes
– Un descubrimiento sorprendente
– La Encarnación lo cambió todo
– Epílogo
– Conclusión
– – – – – – –
– Apéndice A: Declaraciones contrarias
– Apéndice B: Los iconoclastas y el concilio

LAS IMÁGENES EN LA BIBLIA

En los artículos sobre las imágenes que hemos publicado anteriormente ya hemos ido viendo a fondo cuál es lo que sobre esto nos dice el Antiguo Testamento y el Nuevo. La conclusión era que tanto uno como otro solo prohíben los ídolos, no cualquier otra imagen. La prohibición de hacer ídolos y adorarlos se incluye en una prohibición más general, que sería la de adorar a cualquier cosa que no sea Dios. Tampoco se permiten en el Antiguo Testamento estatuas de Dios, porque:

“El día que el Señor os habló desde el fuego en el Horeb, no visteis figura alguna. Por lo tanto, cuidaos muy mucho de no pervertiros haciéndoos estatuas en forma de ídolos” (Deuteronomio 4)

Este último punto deja de ser válido porque la Encarnación supone que el Dios invisible pasa a ser visible a través de Jesucristo.

Por otro lado, en el artículo anterior ya explicamos por qué a la vuelta del Exilio de Babilonia los judíos de Palestina se radicalizaron en el tema de la prohibición de hacer ídolos y terminaron por evitar cualquier imagen en general, a pesar de que las Escrituras no iban tan lejos (hay bastantes estatuas y bajorrelieves que se hicieron incluso por orden directa de Dios). Pero a pesar de esta radicalización del judaísmo palestino (no tanto el de la Diáspora hasta el siglo VI) Jesús no se pronuncia sobre el tema, incluso en varias situaciones en las que un comentario sobre ello parecía casi obligatorio, y explicamos allí la probable razón de este silencio de Jesús. De hecho sí que hay una ocasión, una sola, en la que Jesús habla de una imagen religiosa, y lo hace no para condenarla sino para identificarse con ella: la serpiente de bronce de Moisés.

Así como la serpiente fue levantada en el desierto, así el hijo del hombre será levantado para que todo el que crea en él tenga vida eterna.” Juan 3:14-16

Y de hecho el mismo Antiguo Testamento nos da una explicación sobre esta imagen que se corresponde con la visión católica:

Incluso cuando se desencadenó sobre tu pueblo el furor terrible de animales feroces, y ellos perecían por la mordedura de serpientes huidizas, tu ira no duró hasta el extremo. A manera de advertencia, fueron atribulados por poco tiempo, teniendo ya una prenda de salvación para que recordaran el mandamiento de tu Ley; en efecto, aquel que se volvía hacia ella era salvado, no por lo que contemplaba, sino por ti, el Salvador de todos. Así demostraste a nuestros enemigos que eres tú el que libra de todo mal. (Sabiduría 16:5-8)

En cuanto a los apóstoles, se limitan en varias ocasiones a condenar los ídolos porque las estatuas no tienen vida o porque son falsos dioses, mientras que reconocen a Cristo como imagen visible de Dios (imago Dei). Por lo tanto para entender a la Iglesia Primitiva es importante quedarse con esta idea: en el Nuevo Testamento se condena la idolatría, pero hay una clara ambigüedad (o incluso silencio) respecto al concepto en sí de si tener imágenes, y más en concreto religiosas, sería admisible o no.

Veamos ahora qué es lo que los primeros cristianos pensaban sobre las imágenes y cómo esto fue evolucionando hasta llegar al siglo VIII. Lo más frecuente entre los no católicos es decir que La Iglesia primitiva rechazaba las imágenes y que el uso religioso de imágenes fue introducido por Constantino en el Concilio de Nicea del siglo tercero, así que también resultará interesante mostrar una vez más si la llegada de Constantino supuso el inicio de las imágenes cristianas o si ya venía de antes.

LOS PRIMEROS CRISTIANOS Y LAS IMÁGENES

Los apóstoles, como judíos palestinos que eran, no debieron simpatizar con las imágenes porque en su experiencia casi las únicas imágenes de culto que conocían eran las de los dioses paganos, y por tanto para ellos imagen, idolatría y politeísmo eran más o menos una misma cosa. No podemos esperar de ellos que se les ocurriera defender el uso de imágenes, pues el concepto cristiano de imagen aún no había surgido y lo que había entonces en su entorno era, efectivamente, reprobable. Así que para ver si las imágenes católicas encajan con la tradición apostólica no podemos esperar ver qué dicen los apóstoles sobre ellas, sino ver si la doctrina de los apóstoles es compatible con el uso católico de las imágenes. Compatible ya vimos en nuestro anterior artículo que sí es, pues en ello no hay idolatría (ni representan otros dioses ni reciben adoración). Para ver si las doctrinas apostólicas son favorables a la aparición de las imágenes cristianas tendremos que ver de qué modo entendió y usó la Iglesia Primitiva esa cuestión. En concreto se considera Iglesia primitiva (popularmente llamada también Iglesia de las catacumbas) a esa Iglesia primigenia que vivió en la época de las persecuciones durante los primeros tres siglos.

¿DOS CORRIENTES?

En el tema de las imágenes durante estos tres siglos podemos observar dos corrientes diferenciadas, aunque no tan diferenciadas como para poderlas calificar de opuestas. Lo primero que vemos es que la Iglesia rechaza de plano la idolatría, como no podía ser menos, entroncando con el concepto bíblico que vimos en artículos anteriores, así que idolatría y politeísmo se veían como dos caras de una misma moneda. Los padres de la Iglesia, papas y apologistas condenan unánimemente este uso de las imágenes, y los fieles secundaban esta idea con la misma intensidad y claridad hasta el punto de que muchos mártires en estos siglos dieron su vida por negarse a adorar imágenes de dioses o incluso a quemar incienso ante la imagen del emperador ―porque no olvidemos que ese acto equivalía a aceptar públicamente la divinidad del emperador. Esto debemos tenerlo muy presente durante todo lo que digamos en este artículo, pues sería absurdo pensar que las prácticas populares indicaban que la mayoría de los cristianos incurrían en prácticas paganizantes mientras la autoridad exigía fidelidad a la doctrina. No, en este punto todos compartían la misma doctrina, de eso no hay duda. Pero el pueblo cristiano usaba imágenes, de eso tampoco hay duda. Como tampoco hay duda de que los apologistas de los primeros siglos no eran, en general, muy partidarios del uso de imágenes.

Aunque, en sintonía con el Nuevo Testamento, el tema de las imágenes es bastante secundario entre los escritos de la Iglesia primitiva (igual que es anecdótico en el Nuevo Testamento), aun así, en internet a veces hallamos largas listas de declaraciones de la época de la Iglesia primitiva en contra de las imágenes. La casi totalidad de esas citas en realidad están condenando las imágenes de los paganos, aunque muchas veces el fragmento mostrado no deja ver el contexto real de la cita. La gran mayoría de esas citas no nos interesan porque no se refieren a imágenes cristianas. Pero algunas de esas citas sí son comentarios acerca de las imágenes usadas por los cristianos (lo cual de paso nos muestra que los cristianos las usaban). Estas citas, que son pocas, se pueden agrupar por su finalidad en dos grupos (pondremos ejemplos en el apéndice final):

1- Declaraciones donde se advierte de que el uso de imágenes tiene sus peligros, porque un mal uso podría llevar a la idolatría. En estas declaraciones no hay una clara censura a las imágenes sino una advertencia contra su mal uso.

2- Algunos autores, no obstante, recelan profundamente de cualquier uso religioso de las imágenes. Esta postura es comprensible si tenemos en cuenta que en esos momentos el cristianismo se está extendiendo con rapidez por un mundo pagano y muchos de los nuevos cristianos vienen de una religión pagana idólatra donde las imágenes son ídolos de falsos dioses. Normal que existiera el miedo a que los nuevos cristianos pudieran darle un sentido idólatra a las imágenes cristianas que usaban, y en nuestra opinión esta postura, aunque radical, era en buena parte la más apropiada para ese momento, pues siendo minoría en un mundo pagano, la contaminación “ideológica” en este asunto era un peligro real. Dicha contaminación no se produjo, pero el peligro ciertamente estaba ahí y quienes en ese momento se opusieron no podían saber cómo evolucionaría la cuestión, así que lo más sensato era ser precavidos y no arriesgarse. Si Jesús no se pronunció sobre el tema, dijimos, es porque los tiempos aún no estaban maduros para esta cuestión ―no podía condenarlo pero no eran tiempos aún para fomentarlo o permitirlo, y porque la idea cristiana de imagen, que es la misma que vimos en la cita del libro de Sabiduría, aún no se había desarrollado.

Pero no podemos olvidar que ningún fenómeno humano surge o se desarrolla totalmente al margen de la sociedad que lo rodea (a menos que fuese un grupo aislado). Por lo tanto estas dos corrientes no son tanto una característica del cristianismo primitivo como de la sociedad del Imperio Romano en general, y esa dualidad la podemos ver en esos momentos igualmente en las dos fuentes que nutren a este primer cristianismo: el judaísmo y la cultura clásica.

JUDAÍSMO
Se suele tener la idea de que los judíos siempre han rechazado de plano el uso de imágenes a causa de la supuesta prohibición bíblica. En realidad en ellos también vemos una corriente rigorista (sobre todo en los judíos de Palestina) que interpreta el primer mandamiento como una prohibición de todo tipo de imágenes, pero vemos otra corriente (con bastante peso entre los judíos de la Diáspora) que interpreta ese mandamiento como los católicos y considera que sólo se prohíben los ídolos. Aun así tienden (no siempre) a evitar el uso de imágenes humanas porque aunque sean admitidas, son las que más peligro tendrían de convertirse en ídolos. Por lo tanto, si en el judaísmo hay dos corrientes, no extraña que en el cristianismo que de allí nace encontremos esas mismas dos corrientes.

CULTURA CLÁSICA
En esta época la filosofía que hacía furor entre los eruditos era el neoplatonismo. Esta filosofía era muy contraria al uso de imágenes religiosas, y los intelectuales paganos se burlaban de las imágenes del pueblo, que mayoritariamente adoraba a las imágenes de sus dioses. Por lo tanto en este caso la división de corrientes no es geográfica sino cultural, estando los intelectuales en contra y el pueblo a favor. Son numerosas las citas que podemos encontrar en la literatura clásica donde escritores y filósofos rechazan el uso de imágenes o incluso se burlan de ello. Por ejemplo Horacio hace decir a una estatua de Príapo: “Fui yo en otro tiempo un tronco de higuera, y un carpintero, dudando si haría de mí un dios o un banco, se decidió por fín a hacerme dios“. Stacio dice: “Los dioses no están encerrados en ningún arca, habitan en nuestros corazones“. Lucano declara por el mismo razonamiento que “el universo es la morada y el imperio de Dios“.

IGLESIA
Puesto que el cristianismo procede doctrinalmente del judaísmo pero se construye usando elementos culturales de la cultura clásica, es comprensible ver en él esas mismas dos corrientes. Por un lado su interpretación de la prohibición bíblica es dual, como en el judaísmo, y las dos corrientes conviven en su seno. Por otro lado en el siglo primero el cristianismo se ve desde fuera y se siente desde dentro como un paso más dentro del judaísmo, así que su postura ante las imágenes estaría mayoritariamente en sintonía con la de los judíos palestinos (suponemos). Pero en el siglo segundo esta influencia ya es mínima. La Iglesia ya se ha desvinculado de Palestina y la sinagoga, y se ven como una nueva religión, minoritaria pero extendida por todo el Imperio y formada muy mayoritariamente por gentiles. Por un lado esto hace que el referente judío no sea ya el de Palestina sino el de las comunidades judías de la Diáspora que tienen en la puerta de al lado, lo que les aleja de la postura rigorista anti-imágenes. Por otro lado, esto hace que culturalmente no estén influenciados por la cultura judía tanto como por su propia cultura clásica, y en su cultura existía esta división entre los eruditos que rechazaban las imágenes por un lado y el pueblo que las usaba por otro, así que esa misma situación la vemos trasladada a la Iglesia: los apologistas explican el cristianismo usando en buena parte los razonamientos de la filosofía neoplatónica, que conlleva un rechazo a las imágenes, mientras que la mayoría del pueblo no ve problema en ellas.

pinturas del siglo IV en las catacumbas de Santa Domitila

Pero son los intelectuales los que escriben, así que en los escritos cristianos de los primeros tres siglos, las pocas veces que hablan de ello la postura que encontramos es contraria a las imágenes, no porque su postura fuera la unánime, ni siquiera la mayoritaria, sino porque esa era la postura de los intelectuales, cristianos o no, y los escritores cristianos eran intelectuales. Esto nos da la paradoja de que si decimos que los cristianos usaron imágenes por influencia de los paganos (o más bien los judíos), con el mismo razonamiento podríamos decir que los apologistas rechazaron las imágenes por influencia de los paganos (de los eruditos paganos). Si esta postura hubiera sido también mayoritaria entre los obispos y sacerdotes, se habría atajado el asunto como se hizo con las demás herejías que fueron apareciendo. Además, incluso entre los intelectuales cristianos, el asunto de las imágenes raramente se toca, y cuando se hace casi siempre es para atacar los ídolos del paganismo. En todo este tiempo la Iglesia no toma una postura oficial, y menos aún dogmática, sobre esta cuestión, así que podemos considerar que en los primeros siglos el tema de las imágenes es un tema debatible, donde las posturas a favor y en contra se consideran ambas posturas cristianas, y a pesar de que su uso se va extendiendo, los apologistas tampoco ven esta situación como preocupante, de modo que durante los seis primeros concilios ecuménicos no se vio la necesidad de discutir sobre este tema.

A estas circunstancias hay que sumar el hecho de que una Iglesia dividida en pequeñas comunidades dispersas, perseguidas y mayoritariamente pobre, no está en condiciones de generar un arte propio. Tener una imagen en casa era para ellos un lujo inalcanzable, y las iglesias, como edificios públicos específicos para adorar, no existen aún, por lo que tampoco hay un arte asociado a ellas. En el siglo primero los cristianos se reúnen en casas particulares. No será hasta bien entrado el siglo segundo cuando empiecen a aparecer las domus ecclesiae, que son casas adaptadas y dedicadas ya a ese fin, lo que poco a poco irá abriendo camino a un arte cristiano específico para esos lugares. Es también por esa época cuando empieza a aparecer en Roma otro tipo de edificación específicamente cristiana: las catacumbas. Y por tanto es lógico que no encontremos imágenes específicamente cristianas hasta finales del s. II, cuando estos edificios cristianos aparecen. Además, estamos hablando de una época en que el número de cristianos era aún muy reducido. En un imperio de unos 50 millones de habitantes, se calcula que el número total de cristianos a finales del siglo primero sería inferior al 1% (menos de 50.000) repartidos en comunidades dispersas que en su mayoría tendrían entre 10 y 20 miembros, de modo que es casi imposible que encontremos restos arqueológicos de una comunidad tan pequeña o que unas comunidades de esas características puedan pensar siquiera en desarrollar aún ningún tipo de arte.

Por otro lado está también un factor importante. Las imágenes religiosas del mundo clásico son ídolos, y por lo tanto merecen todo el rechazo de los cristianos, intelectuales o no. Usar imágenes en el cristianismo se podía ver como un riesgo de regresión a la idolatría de los gentiles conversos. A medida que el cristianismo se expanda y consolide y el paganismo vaya desapareciendo, ese peligro también disminuye y desaparece. Esto hará que la oposición entre los apologistas y padres de la Iglesia también vaya disminuyendo gradualmente, pues su postura va perdiendo razón de ser. Cuando el paganismo ya no es una amenaza, el concepto pagano de imagen también deja de serlo y la oposición intelectual prácticamente desaparece también, salvo momentos iconoclastas puntuales que no llegaron a triunfar en la Iglesia. Finalmente en el segundo Concilio de Nicea (787), cuando el emperador prohibe su culto, se trata este tema y se sanciona el uso de imágenes tal y como hoy lo conocemos.

En otras palabras, ambas posturas son durante esos primeros siglos compatibles con la doctrina apostólica. Sólo cuando la Iglesia decida aclarar este punto y encuentre, con inspiración divina, la solución, podemos ya mirar hacia atrás y decir que una postura (la que favorecía las imágenes) era la correcta y la otra la equivocada, pero eso ya sería a posteriori, no hay herejía si se disiente de un tema que aún no ha sido oficialmente decidido en un sentido o en otro.

UNA TRADICIÓN JUDÍA

La influencia judía fue en los dos primeros siglos fuerte, y la influencia de la religión pagana era más bien algo de lo que se huía, no algo que se quisiese imitar. Si las imágenes vinieran sólo del mundo pagano y no existieran en el judaísmo entonces lo más probable es que su rechazo hubiera sido total, al menos durante varios siglos, por quedar asociadas al paganismo.

Y ahí está la sorpresa. Parte de los protestantes considera que muchos de los rasgos y doctrinas católicas tienen sus raíces en el paganismo (incienso, liturgia, vestiduras sacerdotales, mitra, agua bendita, etc.) cuando en realidad son elementos heredados de los judíos. Lo mismo ocurre en parte con las imágenes, suelen pensar que son influencia externa del paganismo cuando en realidad es muy posible que en un primer momento fueran continuació o influencia directa de los judíos.

La idea de que los judíos nunca usaron imágenes está contradicha en la Biblia (ver las diferentes imágenes que el mismo Dios ordenó hacer), pero también por la arqueología. Como dijimos, los judíos que volvieron a Jerusalén desde el Exilio se habían radicalizado en su rechazo total a las imágenes (de lo que está arriba en el cielo y abajo en la tierra), y de ahí surgieron las primeras comunidades cristianas en Palestina. Pero ya hemos comentado que los judíos de la Diáspora no hacían esa interpretación rigorista y sí usaban imágenes.

Casi no se conserva ningún edificio judío (ni cristiano) anterior al siglo IV, más allá de restos de cimientos y poco más. Pero sí hay dos casos en los que se han conservado edificaciones judías en buen estado, y en ambos casos están llenas de pinturas figurativas, incluidas personas, lo cual no puede ser simple casualidad.

LAS CATACUMBAS
Uno o dos siglos antes de que los cristianos de Roma empezasen a construir catacumbas ya lo estaban haciendo allí los judíos. Las catacumbas judías más antiguas son las de Villa Torlonia, que datan del siglo I antes de Cristo y se encuentran llenas de pinturas con representaciones de candelabros, el arca, las tablas de la Ley, etc. pero también plantas, animales y personas, lo cual demuestra que esta comunidad judía interpretaba la prohibición bíblica al modo católico, que no se prohíbe hacer imágenes sino a hacer ídolos para adorarlos en lugar de a Dios: “No te harás ídolo, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No los adorarás ni los servirás…” (Éxodo 20:4-5).

Imágenes de catacumbas judías:

Las catacumbas cristianas aparecen más de un siglo después, en el siglo II, y aquí la profusión de imágenes es aún mayor, sin que se note el más mínimo rechazo o precaución frente a la figura humana en ningún momento. Sin embargo hay muchos motivos y símbolos que veíamos en las catacumbas judías y que encontramos ahora en estas catacumbas cristianas. Por ello parece claro, y lógico, pensar que las catacumbas judías fueron el modelo para las cristianas, aunque como es normal, y más tratándose aún de una minoría, el lenguaje artístico que utilizan es el que conocían, el romano, aunque sus representaciones sean cristianas. De hecho lo más probable es que para pintar sus catacumbas, tanto judíos como cristianos contratasen a los mismos artistas que contrataban los paganos.

EDIFICIOS DE CULTO
Como hemos dicho, de las iglesias (o domus ecclesiae) y sinagogas de estos primeros siglos no queda ni rastro o sólo los cimientos, así que no sabemos qué decoración podrían tener. Pero hay una excepción. En la ciudad siria de Dura Europos se han encontrado los restos de una iglesia de principios del siglo III (un siglo antes de Constanino) enterrada en la arena y bastante bien conservada. Sus paredes están cubiertas con pinturas de escenas bíblicas del suelo al techo. La primera reacción fue suponer que esa iglesia acusaba una importante influencia pagana, no en las escenas pero sí en la idea de cubrir las paredes con figuras humanas. Sin embargo poco después se descubre a pocos metros de ahí, bajo la arena, una sinagoga judía de la misma época igualmente llena de escenas bíblicas con figuras humanas. Más que pensar en una influencia pagana para estas imágenes, sería más lógico pensar que los cristianos ―o como mínimo parte de los cristianos― usaron en sus iglesias imágenes siguiendo el modelo de algunas sinagogas judías de su época, no el de los templos romanos y griegos (que por cierto no solían decorar sus paredes interiores con pinturas). No tiene esto mucho de extraño cuando la misma Biblia nos dice que el Templo de Salomón tenía también sus paredes cubiertas con imágenes de animales, plantas y ángeles.

Sinagoga de Dura Europos (año 244):

Iglesia de Dura Europos (año 232):

  • imágenes de la iglesia de Dura Europos (siglo III)

BET SHE’ARIM
Pero hay también restos judíos por diversos sitios que muestran mosaicos, relieves e incluso pequeñas esculturas de animales y a veces personas. Destaca la metrópolis de Bet She’arim (Besara), porque además se trata de un centro en donde se refugiaron muchos judíos que huyeron de la destrucción de Jerusalem. Encontramos allí numerosas tumbas judías de los siglos II y III, y bastantes de ellas tienen decoración de animales, ángeles e incluso alguna persona. Lo sorprendente es que precisamente en el siglo II el sanedrín se trasladó a esta ciudad, y allí se enterró Judá Hanasi, jefe del sanedrín y compilador de la Mishná judía, que fue lo que hizo que el lugar se convirtiera en el principal centro de enterramiento de los judíos, ahora que no podían hacerlo en el Monte de los Olivos. Esto nos obliga a dudar de que el supuesto rigurosismo de los judíos palestinos fuese en realidad tan uniforme como se solía creer, y parece confirmar que también en Palestina muchos judíos interpretaban el primer mandamiento como que prohíbe los ídolos pero no las imágenes. Aunque por precaución el judaísmo siempre tuvo tendencia a evitar la representación de figuras, especialmente animales, sobre todo personas, no fue una postura totalmente generalizada y cada comunidad optaba por su propia solución. Eso deja en duda cuál sería la postura de los apóstoles ante las imágenes, que parte de los judíos sí estaban usando, y su silencio en el tema se vuelve más significativo. Que los apóstoles rechazaban los ídolos está claro, que rechazasen el uso de imágenes ya no lo parece tanto.

ARTE PAGANO

Pero el arte cristiano que encontramos a partir del siglo segundo no toma del paganismo sólo la técnica, también en muchas ocasiones la temática. Si bien la influencia de las imágenes judías está ahí, y probablemente haya heredado de los judíos el uso de imágenes en las paredes, no es de extrañar que las imágenes cristianas se inspiren en la propia cultura en donde aparecen, y junto con los símbolos e imágenes bíblicas, veamos también símbolos e imágenes paganas dotadas de un nuevo sentido cristiano.

El “moscoforo” griego se convierte en Jesús el Buen Pastor – catacumbas de Domitila – c. 320

En las catacumbas vemos a veces a Cristo representado como el dios Apolo (el dios sol, la luz), el Ave Fénix se usa como símbolo de la resurrección, los profetas, Jesús y los apóstoles aparecen como filósofos griegos, la escena de Orfeo bajando a los infiernos a rescatar a Eurídice se usa como imagen de la bajada de Jesús a los infiernos, etc. Tal vez para despistar a sus perseguidores, pero probablemente por la sencilla razón de que usaban el lenguaje de su cultura para expresar ideas de su nueva religión. En el siglo segundo vemos por ejemplo un aumento en la producción de lámparas de barro con la típica imagen de Orfeo llevando a hombros un cordero, lo que se explicaría porque los cristianos las compraban como figura de Jesús (el Buen Pastor).

lámpara del Buen Pastor – siglo III

Esto también hace que podamos encontrar en la arqueología imágenes o incluso estatuas cristianas sin saber que lo son ―la primera estatua en bulto redondo de Jesús como Buen Pastor la encontramos en torno al año 300 y sabemos que es Jesús porque estaba en las catacumbas cristianas de Domitila, de lo contrario pasaría por ser un ejemplo más del moscoforo griego. Puede que tengamos ya ejemplos de imágenes cristianas en el siglo primero, y estatuas muy tempranas, pero ni siquiera lo podemos saber. Sabemos por los textos que también tenían paneles pintados (lo que hoy llamaríamos “cuadros”), pero no se ha conservado ninguno, ni cristiano ni pagano, excepto retratos funerarios como los de El Fayún.

En la siguiente galería podrá ver ejemplos de imágenes cristianas de los siglos II al IV:

Pero aunque la mayor riqueza de imágenes en los siglos II al IV esté en las catacumbas de Roma, no olvidemos que también se han conservado algunas pinturas funerarias en otras partes del imperio, como las bellas cámaras funerarias de Tesalónica, con escenas a tamaño natural que siguen en gran medida los modelos iconográficos usados en las catacumbas romanas.

Tumba en Tesalónica s. III – Daniel en el foso de los leones

Lo que es innegable es que al menos desde la segunda mitad del siglo II ya encontramos imágenes cristianas, y en el siglo tercero, mucho antes de Constantino y Nicea, el uso de imágenes se multiplica. Lo vemos principalmente en las catacumbas, pero también por referencias que tenemos en textos escritos. La influencia de Constantino en la aparición de imágenes en el cristianismo por tanto queda descartada. Lo que sí influye es el hecho de dejar de ser una comunidad perseguida, pues cuando por fin los cristianos sean libres y puedan tener iglesias en condiciones y sin peligro, veremos que también las llenan de imágenes.

EL ORIGEN DEL CULTO A LAS IMÁGENES

Para quienes aun así piensan que tal vez este arte de catacumbas fuese una especie de arte clandestino paganizado lejos de las miradas de las autoridades eclesiásticas recordaremos que muchos fueron los obispos y papas (por no mencionar sacerdotes) que celebraban misas en altares construidos junto a las tumbas de famosos mártires y no se escandalizaron por las imágenes que les rodeaban, e incluso 16 papas decidieron enterrarse allí. De haberlas considerado blasfemas las habrían borrado cubriéndolas con cal blanca, como mínimo las zonas donde celebraban las misas, pero eso nunca ocurrió, lo que significa que ellos no eran de los que las consideraban algo en contra de nuestra religión.

En sus principios el arte cristiano no fue simplemente decorativo, pues desde los primeros ejemplos que encontramos hasta los pequeños detalles tienen carga simbólica, portan un mensaje. Es de suponer que al comienzo tuviese un fin principalmente didáctico, explicativo, además de su uso simbólico, y así lo vemos explicado en algunos escritos, pues la gran mayoría de la gente no sabía leer. Lo que debió de provocar el salto de la imagen didáctica a la imagen de culto fue la temprana extensión de la veneración a los mártires (que originaría posteriormente el culto a los santos en general). Siguiendo la tradición funeraria romana y egipcia de retratar a los difuntos, se hicieron también retratos de los mártires, como nos cuentan los textos. Esos retratos se usarían como soporte visual para las honras religiosas recibidas y en forma de iconos portables podrían independizarse de la tumba, de modo que dejan de ser un mero recuerdo de quién está en el sepulcro para pasar a ser representación del difunto en sí mismo, pudiendo recibir las honras independientemente de la tumba que aloja sus huesos. De este modo se empiezan a venerar las imágenes como representación de la persona retratada. El caso es que en el siglo IV ya encontramos padres de la Iglesia promoviendo este tipo de culto (Basilio, Crisóstomo, etc.). Este origen del culto sería una evolución dentro del cristianismo, y no una posterior influencia del paganismo, ya en declive.

Retratos grecorromanos de difuntos – siglos I y II

De hecho, si el culto a las imágenes se hubiera originado por influencia pagana, veríamos cómo su nacimiento y extensión se darían en la época en la que el paganismo tenía más fuerza. Pero lo que vemos es justo lo contrario; si el paganismo influyó en este aspecto fue precisamente para contenerlo y refrenarlo por miedo a esa contaminación. Es cuando el paganismo empieza a declinar cuando el culto a las imágenes empieza a despegar con más fuerza, y es tras la desaparición del paganismo cuando este culto alcanza ya su plenitud.

UN DESCUBRIMIENTO SORPRENDENTE

Hemos dicho que los judíos palestinos fueron estrictos en contra de las imágenes, pero no así los de la Diáspora, que las usaron. Se supone también que los apóstoles, siendo judíos de Palestina, no serían partidarios del uso de imágenes, y que el cristianismo siguió en esto los pasos de la Diáspora. Pero en realidad esto no está nada claro, como ya vimos en Bet She’arim. Las pocas veces que en el Nuevo Testamento se critica a las imágenes se habla de los ídolos, y por tanto se critica la idolatría, no necesariamente las imágenes en sí, lo que no deja claro si los apóstoles estaban en contra o no del uso de imágenes no idolátricas.

Pero la arqueología nos ha traído ahora una interesante noticia que nos recuerda que es muy poco lo que sabemos sobre el uso de las imágenes en el cristianismo del siglo primero. En febrero de 2012 ha sido descubierta en Jerusalén una tumba sellada perteneciente al siglo I, antes del año 70 (pues luego Jerusalén quedó destruida y sus habitantes deportados). En su interior se ha encontrado lo que se considera el objeto cristiano más antiguo, evidentemente no porque sea el primer objeto hecho por un cristiano, sino porque es el primero que claramente se puede identificar como tal. Se trata de un osario de piedra (caja donde guardan los huesos del difunto), y lo que nos permite identificarlo como cristiano es precisamente su decoración. Los osarios judíos de Jerusalén no tienen ninguna decoración, solo a veces el nombre del difunto, o como mucho algún adorno geométrico. Este osario sin embargo tiene una imagen rudimentaria.

El osario, perteneciente a un niño, tiene una inscripción en griego relacionada con la resurrección, peces, una imagen que representa a Jonás tragado por la ballena (se ve un pez cabeza abajo y de su boca asoma la cabeza del profeta) y al lado una puerta o fosa con una tumba dentro, que representaría la muerte tal como se menciona en la historia de Jonás justo antes de salir del pez (más tú sacaste mi vida de la sepultura, Jonás 2:6). Además, en la boca del pez aparecen las letras “Yonah” (Jonás) con caracteres hebreos del siglo I.

La temática es del Antiguo Testamento pero no puede ser judío porque como hemos visto los judíos nunca representaban imágenes en sus osarios, y además esa escena bíblica no tendría para ellos significado alguno en un contexto de muerte. Sin embargo los cristianos desde el principio lo consideraron como un símbolo de la resurrección, pues Jonás estuvo en el vientre de la ballena 3 días y luego salió, del mismo modo que Jesús estuvo en las entrañas de la roca 3 días y luego salió. Y fue el propio Jesús quien estableció tal conexión:

Esta generación malvada y adúltera demanda una señal; pero la señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás: Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches (Mateo 12:39-40)

Jonás y la ballena
Jonás -sarcófago de Toledo -siglo IV

Por eso encontramos muy a menudo la escena de Jonás en las pinturas de las catacumbas y en los relieves de las aras cristianas posteriores. Lo increíble de esta noticia es que ahora se ha encontrado un ejemplo de esta representación en la misma Jerusalén, el corazón del judaísmo, y en algún momento entre los años 30 y 70, o sea, cuando aún hay apóstoles en la ciudad. Si un cristiano de cultura judía, discípulo del mismo Jesús o de uno de sus apóstoles, es enterrado con una imagen sobre sus huesos (nada menos), es porque estaban muy convencidos de que era lícito, de lo contrario nadie se atrevería a jugársela justo en el último momento. No debió ser pues un brote de originalidad de un cristiano aislado, debía de estar ya aceptado que por algún motivo los cristianos ya no estaban sujetos a las mismas reglas de los judíos (lo cual nos situaría entre el 50 y 70, después del Concilio de Jerusalén), o bien que los propios apóstoles no se alineaban con la interpretación rigorista del primer mandamiento, sino que sintonizaban con la otra corriente judía, la que sería luego la interpretación católica del primer mandamiento, y por tanto mantenían ante el tema de las imágenes una ambigüedad o precaución (como vimos en el propio Jesús) que permitía que cosas así ocurrieran. Así pues, si un cristiano en la misma Jerusalén, bajo la sombra de los propios apóstoles, es enterrado con una imagen de un animal y un hombre, es comprensible que posteriormente veamos a los cristianos de todo el imperio realizando imágenes religiosas sin ningún remordimiento.

LA ENCARNACIÓN LO CAMBIÓ TODO

Que los cristianos empezaran a usar imágenes puede que haya sido una mera continuación de una realidad que ya existía en parte del judaísmo, al menos fuera de Palestina, pero los cristianos fueron mucho más allá en ello y hay un motivo: surge una nueva percepción de la realidad divina. El Dios del Antiguo Testamento es un Dios invisible, no físico, en sus apariciones deja bien claro que no se le puede mirar ni ver. Se manifiesta como luz, fuego, humo, pero no tiene un cuerpo humano. Frente a los otros dioses, que tienen forma humana o animal y así les adoran en sus ídolos, el Dios de la Biblia es un espíritu puro. Esto finalizó con la Encarnación.

Cuando Dios se hizo hombre, lo invisible se hizo visible. Este enorme acontecimiento supuso el fin de la invisibilidad de Dios. Por tanto esos primeros cristianos no tenían ya esa idea de que Dios es invisible y por tanto irrepresentable. Pero también hay otro cambio, la resurrección implica que nuestro cuerpo no es simplemente algo despreciable que dejaremos definitivamente en este mundo cuando muramos para habitar el cielo también como espíritus puros. La resurrección implica que en el cielo viviremos con Dios en cuerpo y alma, por lo tanto, no solo Jesús, sino María y todos los demás santos del cielo no son simplemente espíritus puros, sino que tienen cuerpo y alma, un cuerpo que se puede representar.

En el siglo VIII el emperador bizantino León III abandona el culto a las imágenes (por motivos que analizamos en un apéndice final) y pretende imponer su giro a todos los cristianos de su imperio. La reacción del papa y del pueblo es mayoritaria y contundente, oponiéndose al edito imperial. Como consecuencia de este episodio iconoclasta se decide zanjar este asunto definitivamente. En el año 787 se convoca el Segundo Concilio de Nicea y allí se fija como dogma el papel que hasta el día de hoy tienen las imágenes entre los cristianos católicos.

Tal como dijimos en nuestro anterior artículo, si la Biblia no aprueba claramente pero tampoco prohíbe, entonces la Iglesia, que recibió el poder de atar y desatar (Mateo 18:18), tiene margen de tomar una decisión al respecto en el momento que lo considere oportuno y bajo la iluminación del Espíritu Santo. Y así lo hizo, quedando esta cuestión definitivamente aclarada.

EPÍLOGO

Hemos visto que el uso de imágenes dentro del cristianismo ni fue imposición de Constantino (siglo IV) ni es una corrupción por influencia del paganismo, sino que el propio cristianismo nació con una puerta abierta que se supo aprovechar, siguiendo una tradición que ya existía dentro del judaísmo.

Recordemos también que la doctrina de las imágenes no tiene que ver con la verdad o falsedad, como los otros dogmas, sino que puede considerarse una doctrina utilitaria, un instrumento para hacer el culto más efectivo, y por tanto la pregunta no es si esta doctrina es o no verdadera, sino si es o no es eficaz. Tal como lo comprobó la misma Iglesia, la respuesta es que sí, y tan eficaz que cuando apareció el peligro decidió protegerla hasta el punto de declararla dogma. A partir de ese momento, aunque en el catolicismo no se considera que las imágenes de culto sean necesarias para la salvación, si quedan consagradas como dignas de todo respeto y veneración a causa de su función. Esta declaración dogmática, hecha por un concilio ecuménico bajo inspiración del Espíritu Santo, es lo que deja claro para un católico que no sólo se trata de una herramienta que funciona, sino que el mismo Dios la considera válida, aunque prefirió esperar a que la situación madurase y se alejase el peligro inicial de la idolatría.

Adoración sólo se tributa a Dios. A los ángeles y a los santos se los venera (honra), no se los adora. Pero la veneración a las imágenes no es idéntica a los santos. Los santos son venerados por lo que son (modelos a imitar y muestras de la gloria de Dios), las imágenes son veneradas no por lo que son sino por lo que representan. Al ser instrumentos para un fin sagrado, se convierten ellas mismas en algo sagrado, del mismo modo que en la tradición católica y en la judía del Antiguo Testamento todos los objetos y lugares relacionados con el culto son sagrados (vestimentas, cálices, altar, etc.).

La utilidad de las imágenes es obvia para quienes las utilizan, ayudan a focalizar la mente haciendo más difícil la distracción, y hace más presente la realidad que se quiere evocar; la misma razón por la que un enamorado disfruta mirando la foto de su amada y al hacerlo siente su amor avivarse aún más, sin por ello estar cometiendo adulterio.

CONCLUSIÓN

El tema de las imágenes es uno de los pocos temas en los que la Iglesia Católica y la Ortodoxa difieren. Ambas Iglesias utilizan las imágenes en el culto y las veneran, pero mientras que la Ortodoxa las considera algo sacramental (pues hacen al Dios invisible presente), esencial, la Católica por su parte las considera útiles, importantes, pero accesorias, o sea, pueden ser una gran ayuda pero igualmente se puede prescindir de ellas. Los protestantes en general, sin embargo, consideran que el uso de imágenes en el culto, o el simple hecho de orar ante una imagen, o arrodillarse ante ella, ya es un acto de idolatría y por lo tanto un grave pecado.

Todo lo que hemos visto en la Biblia y en la Iglesia primitiva encaja regular con las pretensiones ortodoxas (porque la Iglesia primitiva no da muestras de considerar las imágenes como algo fundamental, ni siquiera especialmente importante) y mucho peor con las pretensiones protestantes (porque la Biblia no condena las imágenes en sí, porque condenar su uso en el culto equivale a declarar blasfemas algunas órdenes de Dios y porque la Iglesia primitiva sería, según ellos, mayoritariamente idólatra). Sin embargo la postura católica encaja bien con los hechos bíblicos e históricos, pues acepta (e incluso recomienda) el uso de las imágenes, porque reconoce su enorme utilidad (igual que lo reconocería un psicólogo moderno, aunque sea ateo), pero al mismo tiempo las considera prescindibles, con lo cual estaría también en sintonía con la parte de la Iglesia primitiva que no hacía uso de ellas.

Otro asunto totalmente diferente sería la acusación protestante de que los católicos adoramos a las imágenes. Ese asunto tiene poco que argumentar, pues la única prueba que presentan para tal acusación es su convicción de saber lo que un católico piensa y siente cuando está ante una imagen. Si un católico dice que no está adorando a la imagen el protestante suele decir que sí que lo hace, lo cual es absurdo porque la adoración no es el resultado de lo que alguien haga o de la postura corporal que mantenga, sino de lo que siente en su corazón, y como la propia Biblia dice, el corazón es un lugar secreto que solo Dios conoce (Mateo 6:6 y Jeremías 17:9-10), y que ningún ser humano tiene la facultad de leer.

Pero antes de terminar, no dejemos de enfatizar la peculiaridad de esta doctrina. La veneración a las imágenes no se deriva de la Biblia, y en realidad se va desarrollando muy lentamente durante varios siglos y no sin oposición. Alguno se puede preguntar cómo puede declararse dogma algo en lo que los cristianos del siglo primero, y quizá parte del segundo, posiblemente no creían. Pero ahí está el error. No se trata de “creer” en esta doctrina, pues en este caso no se estamos hablando de una verdad, sino de un instrumento de extraordinaria utilidad.

Este dogma no dice que tal cosa sea así o asá, sino que es lícito usar las imágenes como instrumento para facilitar el culto, buscando poner así fin la destrucción de imágenes que ordenaron los dos emperadores iconoclastas. De este modo se zanja para siempre la polémica (heredada sin resolver del judaísmo) de si las imágenes religiosas estaban permitidas o prohibidas a tenor del primer mandamiento. Lo que hace el concilio es afirmar que sí están permitidas y recomendar su uso. Es por lo tanto un asunto práctico, utilitario, y como la Biblia no se opone a ello, tal como ya hemos argumentado, no hay impedimento para que la Iglesia tome su postura (igual que los judíos habían tomado finalmente la postura contraria en el siglo VI). Sería un poco como el caso de otras doctrinas utilitarias de la Iglesia (como el celibato), que no son mandatos bíblicos sino decisiones de funcionamiento de la Iglesia; la diferencia es que esta doctrina instrumental se consideró de tal importancia y eficacia que quedó convertida en dogma de fe por un concilio. Por eso ante la típica pregunta de “¿dónde está eso en la Biblia?” la respuesta es: vemos claramente su semilla en el Arca de la Alianza y también en la serpiente de bronce, cuya función, explicada en el libro de Sabiduría, es el mismo argumento que dan los católicos a las imágenes de culto, y con la que se compara el mismo Jesús. En cualquier caso, si la Biblia no recomienda el uso de imágenes vemos que tampoco se opone a este uso así que la Iglesia tiene poder para decidir las doctrinas utilitarias que considere más adecuadas según la evolución de los tiempos, y esta doctrina la fijó dogmáticamente para siempre en un concilio inspirado por el Espíritu Santo, lo que para un católico significa que Dios así lo ha sancionado.

Todo lo que observamos por tradición, aunque no se halle escrito; todo lo que observa la Iglesia en todo el orbe, se sobreentiende que se guarda por recomendación o precepto de los apóstoles o de los concilios plenarios, cuya autoridad es indiscutible en la Iglesia. (San Agustín de Hipona, Carta a Jenaro, Ep 54,1-2 – siglo IV)

Finalizaremos con una definición de lo que es el Magisterio de la Iglesia, que publicamos en este blog hace años y que dice lo siguiente, muy apropiado para el tema que nos ocupa:

MAGISTERIO DE LA IGLESIA: Los católicos creen que toda creencia debe salir del Magisterio de la Iglesia, el cual se basa en la autoridad que la Iglesia obtiene de Dios ―mediante el Espíritu Santo― para poder interpretar infaliblemente la Verdad a partir de los textos sagrados (Biblia) o los de la predicación oral de los apóstoles (Tradición). Jesús no va a consentir que su Iglesia caiga en el error, tal como nos prometió. También tiene poder para establecer una nueva doctrina de tipo utilitario ―que no es nueva verdad, sino un nuevo uso o actuación― siempre que no contradiga a la Palabra de Dios, lo cual permite adaptar el cristianismo a nuevas circunstancias sin pervertir la Verdad ni un ápice. (el subrayado es nuestro)

Nota: Si quiere profundizar más en ese concepto sobre lo que es una doctrina utilitaria lea esta sección final del artículo introductorio de esta serie.

RESUMEN FINAL: La aparición de las imágenes en el cristianismo llega cuando las comunidades cristianas son ya lo suficientemente numerosas como para generar y usar su propio arte, del que tenemos constancia clara ya en el siglo II. Este arte no surge por influencia del paganismo sino siguiendo la estela del propio judaísmo del que nace. En los inicios tiene una finalidad simbólica y catequética, pero al quedar pronto asociado también a las tumbas de los mártires, la consolidación de la veneración a estos hace que se honren también sus imágenes, lo que evolucionando hacia el uso de las imágenes en el culto como instrumento para una más eficaz veneración a los santos y adoración a Jesús. Al principio vemos una oposición al uso de imágenes entre algunos eruditos cristianos, en sintonía con la misma oposición que vemos en los eruditos paganos, pero esa oposición irá disminuyendo hasta transformarse en apoyo a medida que el paganismo va languideciendo ―y por tanto también el peligro de influencia idólatra― y la efectividad del uso de imágenes de culto hará finalmente que la Iglesia entera, en ecuménico concilio, declare de forma dogmática que es lícito venerar imágenes (no adorarlas) porque al igual que nos explica la Biblia en el libro de Sabiduría, la honra a ellas ofrecida se dirige a la persona en ellas representada, y ordena sean tratadas con el respeto que por ello merecen.


Serie sobre las imágenes
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En apéndices aparte vamos a analizar, para quien desee saber más de ello, las corrientes opuestas a las imágenes en estos primeros siglos.

– Apéndice 1: Declaraciones contrarias en la Iglesia Primitiva
– Apéndice 2: Los iconoclastas y el concilio


APÉNDICE A

DECLARACIONES CONTRARIAS EN LA IGLESIA PRIMITIVA

Hemos analizado una lista, que pretende ser casi exhaustiva, de citas de los escritos de la Iglesia primitiva contra las imágenes y mostramos en este apéndice las conclusiones. Lo primero que comprobamos es que la gran mayoría de las citas van dirigidas contra los ídolos o contra la idea de adorar imágenes. Por ejemplo, una cita típica en esas listas (por ser de las más tempranas), es esta de Justino mártir, criticando así a los dioses paganos:

Tampoco honramos con muchos sacrificios y coronas de flores los que los hombres, después de darles forma y colocarlos en los templos, llaman dioses. De hecho sabemos que las cosas no tienen alma y muertas, no tienen forma de Dios. Nosotros no creemos que Dios tenga semejante forma, que algunos dicen imitar para tributarles honor. (Justino Mártir, año 150, I Apología 9:1-5)

Una contundente condena a la idolatría. Citas como esta sencillamente no vienen a cuento en el presente debate y cualquier católico actual también las podría suscribir. El objeto de nuestro interés serían sólo las críticas a las imágenes cristianas, y de eso hay muy pocas citas. Las clasificaremos en varios tipos para dar algunos ejemplos de cada sin tener que cansar demasiado al lector.

A) Normativas

El principal argumento que se usa en contra de las imágenes es esta declaración del Concilio de Elvira (Granada) hacia el año 300, única declaración normativa que podemos presentar:

Ordenamos que no haya pinturas en la iglesia, de modo que aquello que es objeto de nuestra adoración no esté pintado en las paredes” (canon 36).

Este concilio, no ecuménico sino local, no condena las imágenes como herejía o algo en contra de la doctrina. Simplemente es una de las muchas instrucciones que se dieron, y refleja ese concepto de que el uso de imágenes puede aún ser un peligro (algunos explican que en realidad lo que pretende es evitar profanaciones de esas imágenes, en un tiempo donde el populacho aún los ataca). Lo relevante es precisamente que hasta principios del siglo IV (sólo unos años antes del Concilio de Nicea) no encontramos ninguna norma en contra de las imágenes, y cuando aparece, es una normativa local, no la voz de la Iglesia, y no hace una condena a las imágenes, sino simplemente pide que no se sigan pintando en las paredes de las iglesias de la zona.

El concilio que sí fue ecuménico y podía sentar doctrina vinculante vino dos décadas más tarde, en Nicea, y en él no se tocó este tema, a pesar de que la propia declaración del Concilio de Elvira es indicativo de que los cristianos usaban imágenes (no tendría sentido prohibir hacer algo que no se hacía) y a pesar de que el mismo obispo que convocó este concilio de Elvira, Osio de Córdoba, fue la figura más influyente del de Nicea y allí no se habló del tema, lo que muestra que tampoco para él era éste un asunto con nivel de herejía, sino más bien una cuestión práctica. Por lo tanto esta cita de Elvira, el principal argumento de los actuales iconoclastas, sólo refleja una mentalidad o un asunto práctico, no una doctrina universal cristiana.

Ningún otro concilio se pronunció sobre este tema hasta el segundo de Nicea (787), donde se sanciona su uso frente a la polémica iconoclasta de ese siglo. Por lo tanto, no tiene sentido decir que la Iglesia Primitiva se oponía al uso de las imágenes, aunque es cierto que en ella había una corriente contraria a su uso, o al menos precavida ante su posible mal uso.

B) Neutras

Parte de las citas que nos ofrecen son comentarios más o menos neutros. En ellas el autor habla de otra gente, cristianos, paganos o herejes, y describiéndoles nos hablan de sus imágenes, con distanciamiento pero sin que ello sea necesariamente una condena al concepto de imagen en sí.

Dicen que esta estatua es una imagen de Jesús. Se ha mantenido hasta nuestros días, así que nosotros también la vimos cuando estuvimos en la ciudad. Tampoco extraña que aquellos de los gentiles que en el pasado fueron beneficiados por nuestro Salvador hicieran tales cosas, ya que también nos han dicho que las imágenes de los apóstoles Pablo y Pedro, y del mismo Cristo, se conservan en pinturas. Los antiguos están acostumbrados, como suele suceder según las costumbres de los gentiles, a dar este tipo de honor indiscriminadamente a aquellos considerados por ellos como libertadores. (Eusebio de Cesarea, c. año 326, Historia eclesiástica; libro VII, XVIII)

En este ejemplo el comentarista protestante añade luego que es una cita contra el uso de imágenes en el cristianismo porque Eusebio muestra claramente que las imágenes son cosas del paganismo cuando afirma que eso se hizo “según las costumbres de los gentiles”. Francamente, no entendemos su objeción ni encontramos la lógica de su argumento. Si los paganos tenían la costumbre de hacer estatuas a los libertadores y por eso hicieron una estatua de Jesús, ¿qué quita eso o pone al debate sobre las imágenes dentro del cristianismo?

C) Directas

Este grupo de citas, muy reducido, son las únicas citas que realmente podemos considerar como críticas directas contra el uso de imágenes por parte de los cristianos. Dentro de estas pocas declaraciones que citan, la más relevante nos viene de San Agustín.

“¡Avergüéncense todos los que sirven a una escultura, los que se glorían en los ídolos! Pero avanza uno que se cree docto y dice: ‘Yo no adoro a una piedra ni esta imagen que no tiene sentimientos; porque no es posible que vuestros profetas hayan imaginado que tenían ojos y no veían, y que yo sea ignorante hasta el punto de no saber que la imagen no tiene alma y no ve por sus ojos y no oye por sus oídos. Yo no adoro esto; sino que me inclino ante esto que veo y sirvo a aquel a quien no veo’, ‘¿quién es éste?’. ‘Algún poder invisible -se nos dice- que radica en esta imagen.’ Mediante esta clase de explicación acerca de sus imágenes, piensan que son muy listos y que en modo alguno se les puede contar entre los adoradores de ídolos”. (Sobre Salmos 96, 11 v.7).

Esta cita, dicen, parece crucial, porque aunque habla de los paganos se dirige contra el mismísimo argumento que será luego el más usado para defender el uso de las imágenes en el cristianismo (que la honra dedicada a la imagen va en realidad dirigida a la persona en ella representada), argumento que como ya vimos está tomado de la mismísima Biblia. Pero usar esta cita de ese modo sería muy engañoso. Por un lado está traducida de una forma muy discutible que enfatiza el parecido con los argumentos católicos en defensa de las imágenes. Y segundo porque si leemos el fragmento completo (puede ver el discurso entero aquí) veremos que San Agustín no está criticando a las imágenes usadas por los cristianos, sino a los ídolos de los paganos. Más aún, San Agustín no dirige su ataque contra la estatua, sino contra la creencia del pagano de que algo habita la estatua, con lo cual el argumento se aleja totalmente del concepto católico de imagen. Cuando le pregunta al pagano “¿quién es éste? [al que adoras en la imagen]”, el pagano responde “Algún poder invisible -se nos dice- que radica en esta imagen”. Una traducción más exacta del texto original sería “Un cierto numen divino invisible que habita esta imagen”, numen (espíritu) al que el propio San Agustín no duda luego en llamar demonio. Por eso concluye: “No se excusen, pues, diciendo que no se entregan a los ídolos insensibles, pues se entregaron más bien a los demonios, lo que es más perjudicial. Porque si únicamente adorasen a los ídolos, así como no les ayudarían, tampoco les perjudicarían; pero si adoras y sirves a los demonios, serán tus señores.” En esas frases posteriores (que no incluyeron en la cita) vemos que si de este fragmento quisiéramos sacar una enseñanza, el punto de vista de San Agustín aquí sería que adorar ídolos no es malo ni bueno, sino que lo malo es adorar a los demonios que habitan dentro del ídolo pagano.

El concepto pagano de imagen que se está criticando ahí no tiene nada que ver con el concepto católico de imagen, pues nosotros coincidimos en esa explicación de que la imagen no es el objeto del culto (en nuestro caso veneración, no adoración) sino que el culto va dirigido a la realidad que representa, pero sin embargo lo absurdo del razonamiento ahí expuesto por el pagano es que la imagen no es mera representación de otro ser real, sino que en sí misma tiene un espíritu del ser al que representa.

Por lo tanto, la cita más contundente, no menos por venir de quien viene, queda invalidada como crítica al catolicismo. Dicho esto, es verdad que San Agustín no era partidario del uso de imágenes en el cristianismo, pero por las críticas que vierte sobre ellas en varios sitios de su obra, como aquí, vemos que lo que rechaza no es tanto el uso católico de las imágenes como el concepto pagano de ellas. Por eso afirmó que “adorar” una imagen no dañaba, sino adorar al numen que habita en ella (concepto totalmente pagano de las imágenes).

La mayoría de los estudiosos católicos y protestantes concuerdan en señalar que esas referencias en sus escritos iban dirigidos a impedir el culto a éstas por ser posibles causas de confusión entre los fieles por el aún vigente riesgo de llevarlos a la idolatría. En lo que no se ponen de acuerdo es en si su postura encierra una condena al culto y uso o si simplemente expresa una prevención. En realidad para nuestros objetivos presentes tal diferencia tampoco tiene consecuencias, pues los escritos de los padres de la Iglesia ni son dogma ni tienen para nosotros fuerza doctrinal per sé. Ellos son el mejor reflejo de las creencias de la Iglesia, pero sus escritos no son revelados, lo que significa que tampoco son infalibles. Los concilios ecuménicos sí sientan doctrina bajo inspiración del Espíritu Santo y ahí no cabe el error.

Pero ciertamente sí encontramos algunas citas donde claramente se va en contra del uso cristiano de imágenes, como esta del obispo de Salamina:

y encontré allí una cortina colgada de las puertas de dicha iglesia, teñida y bordada. Llevaba una imagen de Cristo o de uno de los santos, no recuerdo bien de quién era la imagen. Al ver esto, y contrariado de ver la imagen de un hombre colgada en una iglesia de Cristo en contra de lo que enseñan las Escrituras, la quité de un tirón…”. (Epifanio de Salamina, s. IV, citado por San Jerónimo en su epístola 51:9)

Esta postura de San Epifanio, que puede encajar bien con su infancia judía, nos lo muestra como el mejor ejemplo del sector de la Iglesia que más se oponía al uso de imágenes, pero la rara claridad de su condena lo muestra también como un elemento minoritario entre todas las citas que se pueden sacar.

Y francamente, después de analizar una por una la relativamente larga lista de citas anti-imágenes que esta página ofrecía en contra de las imágenes católicas, esta cita de San Epifanio es la única que resistió por completo el descarte, pues aquí sin duda tenemos a un obispo católico criticando el uso que otros católicos hacen de las imágenes. Todas las demás arrojaban sus dardos en otra dirección. Lo que estos listados que circulan por internet ignoran sistemáticamente es que también existen algunas citas que apoyan el uso de imágenes y por tanto no existe esa supuesta unanimidad primitiva de los escritos antiguos a la que algunos protestantes hacen alusión. Veamos por ejemplo este fragmento escrito por San Basilio el Grande, uno de los cuatro principales padres de la Iglesia griega, que también en el siglo IV finaliza su panegírico en honor al mártir Bálaam con estas contundentes palabras:

Levantaos, brillantes pintores de hazañas atléticas. Engrandeced con vuestras artes la mutilada imagen de este General. Con los colores de vuestro arte, rodead de fulgores al coronado atleta que yo he pintado [con mis palabras] con tanta obscuridad. Deseo que me venzáis haciendo vosotros una hermosa pintura del mártir. Que yo me goce hoy de vuestra victoria, al ser vencido por vuestra habilidad. Vea yo mejor expresada por vosotros, la lucha entre la mano y el fuego. Que en vuestros cuadros, pueda ver yo, pintado con mayor esplendidez, al invicto luchador. Lloren los demonios, derrotados también ahora por las victorias del mártir renovadas por vosotros. Mostradles de nuevo, la mano ardiendo y victoriosa. Píntese asimismo en el cuadro al árbitro del combate, Cristo, a Quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Este mismo padre de la Iglesia es el que dijo que “el honor tributado a la imagen pasa al prototipo”, lo que permitirá al segundo Concilio de Nicea cuatro siglos después repetir sus mismas palabras para decir: “Conforme a la enseñanza de los santos padres, declaramos que el honor tributado a la imagen se dirige al prototipo”.


APÉNDICE B

LOS ICONOCLASTAS Y EL CONCILIO

En el año 730 el emperador bizantino León III dicta un decreto en donde declara que todas las imágenes son ídolos y ordena destruirlas. El cómo llegó a este punto es aún tema controvertido entre los historiadores porque hay toda una nube de elementos políticos, religiosos, etc. que intervinieron en ello, pero daremos unas cuantas pinceladas.

Los musulmanes estaban conquistando la mayor parte de los territorios del imperio e incluso llegaron a las puertas de Bizancio. El emperador, muy amigo de algunos musulmanes, buscó un chivo expiatorio al que culpar de este aparente abandono de Dios, y lo encontró en las imágenes, que tal como le decían continuamente los musulmanes eran la causa del repudio divino porque para ellos tener una imagen supone automáticamente un acto de idolatría. También fue un intento de no ofender a los musulmanes y con la convicción de que un cristianismo sin imágenes facilitaría las conversiones de judíos y musulmanes y se suavizarían los conflictos. Además, pervivía aún un sector de cristianos que se oponía al uso de imágenes, aunque eran una pequeña minoría.

En este sentido se puede considerar también que León III se dejó llevar por una ola iconoclasta más amplia que trascendió religiones y barrió toda la región. Los judíos de la diáspora ya vimos que sí usaban imágenes humanas en sus sinagogas, pero en el siglo VI se volvieron tan iconoclastas como los de Palestina; los musulmanes de la dinastía omeya también usaban imágenes humanas pintadas, pero influenciados por los judíos se volvieron tan iconoclastas como los demás musulmanes en el siglo VII, y ahora en el siglo VIII le toca el turno a los cristianos de Bizancio, aunque en este caso no fue un movimiento popular sino una imposición imperial que dio alas a las minorías iconoclastas.

El hecho de que este fenómeno se diera en la iglesia oriental y no en la occidental se puede explicar debido a esto. Los cristianos orientales estaban ya o bien bajo el yugo de los musulmanes o bien rodeados por ellos y casi rotos los contactos con occidente. Los obispos y comunidades que habían ya quedado bajo el dominio del Islam descubrieron pronto que lo que más les ofendía a ellos eran sus imágenes, así que no tardaron en renunciar a ellas para no tensar más su situación, justificando teológicamente lo que habían hecho por humano miedo. Lejos de Roma y cerca de Mahoma, sus muchas relaciones con el mundo islámico (y judío) fue favoreciendo en el emperador y ciertos sectores esa visión de los teólogos semitas en contra de las imágenes, y el despotismo del emperador decidió resolver la cuestión según su parecer.

Los soldados entraban en las iglesias y con sus espadas destrozaban estatuas, violentaban mosaicos, partían iconos y arañaban frescos en un acto generalizado de vandalismo. La respuesta del papa fue clara: “Los Dogmas no son competencia de los Emperadores sino de los Obispos”, a lo cual el emperador replicó “Yo soy emperador y sacerdote”, pretendiendo así ser un nuevo Pontifex maximus tal como eran los emperadores romanos (jefes del estado y de la religión) y dándose así autoridad absoluta sobre la Iglesia, dando rienda suelta a ese deseo presente en casi todos los emperadores bizantinos de querer controlar la Iglesia y el Estado (lo cual en parte hacían).

El papa convoca un concilio local en Roma condenando la destrucción de las imágenes. La jerarquía oriental protestó airada ante la osadía del emperador. El patriarca de Constantinopla rechazó enérgicamente el edicto y el emperador le acusó de traidor y fue depuesto, colocando en su lugar a otro afín a sus ideas, o al menos a su obediencia. Los monjes en su gran mayoría se negaron a cumplir las órdenes y fueron perseguidos y muchos asesinados, exiliados o mutilados, sus monasterios incendiados por oponerse a las espadas del emperador. El pueblo se echó a las calles y por todas partes se formaron revueltas que eran sofocadas violentamente por los soldados. La gente escondía sus iconos más preciados aun a riesgo de ser duramente castigados si eran descubiertos.

Si el emperador buscaba armonía y paz, consiguió justo lo contrario, y al parecer fue tan poco inteligente como para no entender siquiera lo que estaba sucediendo. La gente encontraba en las imágenes una forma sencilla e intensa de vivir su relación con el mundo espiritual intangible, y no estaba dispuesta a que les arrebataran, ni por la fuerza, algo tan importante para ellos. Además, por ser objetos usados en el culto divino, se consideraba (como hoy) que los iconos eran sagrados y profanar un icono equivalía por analogía a despreciar a la persona representaba. Recordemos que si el honor tributado a la imagen se dirige al prototipo, entonces igualmente la deshonra tributada a la imagen se dirige también al prototipo, así que su afán no era tanto por proteger a los cuadros en sí, sino por evitar la profanación y sacrilegio contra Jesús y sus santos.

El pueblo cristiano en general estaba en contra del edicto imperial y el conflicto fue continuo. Al morir el emperador, su sucesor, Constantino V, aumentó la represión y radicalizó sus órdenes, quemando reliquias y prohibiendo el culto a los santos y pisoteando otras doctrinas. Los dogmas cristianos que se habían considerado ya inamovibles quedaron en entredicho en medio de una auténtica tormenta de argumentos teológicos que parecían desbordarse sin respetar límites ni tradición (un fenómeno en parte similar al que veríamos luego con la Ruptura de Lutero). Y detrás de él, los teólogos afines fueron forjando argumentos para apoyar esta idea. En sus grandes rasgos estos argumentos serían similares a los esgrimidos luego por el protestantismo, igualando el culto a las imágenes con la idolatría, de modo que todos los pasajes bíblicos que condenan la idolatría podían aplicarse a las imágenes cristianas.

Del mismo modo, esta corriente teológica provocó el fortalecimiento de la corriente opuesta, y muchos obispos y teólogos se dedicaron a argumentar que la acusación de idolatría no puede aplicarse a las imágenes cristianas porque su naturaleza y uso es totalmente diferente del que tienen en las religiones paganas. Mientras el emperador luchaba contra su propio pueblo con la espada, los teólogos de ambos bandos batallaban con sus argumentos, y si algo bueno salió de esto fue una gran profundización y mayor claridad en la doctrina de las imágenes. Pero el emperador no estaba dispuesto a dar ni un paso atrás hasta vencer.

Al igual que su padre, se aseguró el apoyo de la jerarquía nombrando obispos y patriarcas de su mismo sentir, y luego pretendió zanjar el asunto convocando un concilio en Hieria con sus obispos afines en el 754 sancionando así la prohibición de imágenes. Por decirlo de una forma coloquial, este concilio fue una cosa entre ellos y ellos. No se consultó ni invitó al papa ni tuvo participación de la iglesia occidental ni de los otros patriarcados, que se negaron a asistir a un concilio cuyas conclusiones ya estaban decididas de antemano. Ni Roma ni gran parte del pueblo lo consideraron un concilio legítimo, así que a la muerte del emperador la cuestión seguía abierta.

Le sucede la emperatriz regenta Irene, que en el año 787 convoca con el permiso del papa el concilio ecuménico segundo de Nicea, donde la Iglesia entera decide declarar dogma el culto a las imágenes, para así terminar con la confusión (y persecuciones) que la prohibición del antiguo emperador había creado. Es en ese momento cuando esta doctrina de las imágenes queda protegida e inmutable, aunque la doctrina de las imágenes no fue creada en este concilio, como algunos dicen, sino que se declara dogma la situación que venía de siglos atrás, para que nadie pudiese volver a intentar quebrantarla. Vale la pena decir que este concilio ecuménico, que consagra el culto a las imágenes, es también reconocido como válido por la Iglesia anglicana, la luterana y varias otras iglesias protestantes (no por las derivadas del calvinismo).

En este concilio se refinan también conceptos que anteriormente se usaban con menos precisión, como la diferencia entre veneración y adoración. Asimismo se zanja la interpretación de la prohibición veterotestamentaria sobre las imágenes, terminando ya para siempre con la idea, defendida por algunos, de que pudiese ser realmente una prohibición total.

A partir de este momento, ahora sí, quien defienda lo contrario será considerado hereje, pues la controversia ha quedado aclarada y la verdad se ha presentado con claridad. Por eso las opiniones contra las imágenes que encontramos en algunos obispos o padres de la Iglesia anteriores a este concilio no pueden considerarse heréticas, sino opiniones personales equivocadas pero dadas en un contexto donde la Iglesia aún no se había pronunciado dogmáticamente sobre ello.

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