La Inquisición española: verdades y mitos


La Inquisición esapañola-

Los archivos de la Inquisición ya son públicos… y nos muestran una realidad muy diferente de la que teníamos. ¿Está preparado para esto?

ÍNDICE
Introducción
Naturaleza del Santo Oficio
Procesados y condenados
La quema de brujas
Funcionamiento de la Inquisición
El secreto
Las torturas
El secreto y la tortura en los tribunales civiles
Museos de la Inquisición
Las inquisiciones protestantes
La Leyenda Negra
Los historiadores anglosajones rectifican
Conclusión
– Vídeo (documental de la BBC)

INTRODUCCIÓN

La Inquisición española es esgrimida como la cara más terrible y despiadada de la Iglesia Católica, como la prueba más clara del oscurantismo católico en general y español en particular. Todo el mundo tiene una idea más o menos clara de lo que era la Inquisición y de sus proverbiales crueldades. Veremos aquí cuánto hay de verdad en ello y cuánto de fantasía.

¿tiene esta escena credibilidad histórica?

¿tiene esta escena credibilidad histórica?

El Tribunal del Santo Oficio, más comúnmente conocido como La Inquisición española (con jurisdicción en España y América), ha sido usado por los países protestantes como el súmmum de todos los horrores. Es hoy comúnmente aceptado, incluso por los católicos, que la Inquisición española torturaba sistemáticamente durante horas o días, y quemó en la hoguera a miles y miles de herejes y brujas. Se nos habla de instrumentos de tortura de todo tipo, a cual más horrible, de reos que sobrevivían mutilados de por vida, y de inquisidores sádicos que tenían a toda la sociedad aterrorizada.

No vamos a decir aquí que la Inquisición fue algo maravilloso, pues la justicia de aquellos siglos de maravilloso no tenía nada, pero a cada uno lo suyo, y los países del norte de Europa, con sus tribunales eclesiásticos, torturaron y quemaron en la hoguera a muchas más brujas y herejes que las inquisiciones del sur de Europa, y particularmente la española. La Inquisición ha sido objeto de una desmedida exageración y una flagrante falsificación de la realidad hasta el punto de que la visión que aún hoy se tiene de ella (incluso dentro de España y América) en muy poco se corresponde con la realidad. El actual imaginario popular está más alimentado por películas, novelas y documentales que por datos históricos reales, y en esos medios los anglosajones, protestantes, dominan por completo el panorama. Nuestra actual visión de la historia es la que ellos nos están dando hasta el punto de que una visión radicalmente diferente nos parecerá ya falsa.

Los tribunales de la inquisición aparecen con los judíos medievales y sus tribunales para mantener la pureza de la fe. Posteriormente fueron copiados por los musulmanes y también por los cristianos. Hubo una Inquisición medieval formada por tribunales episcopales, pero cuando se habla de la Inquisición normalmente se refiere a la que empieza a finales del siglo XV en Portugal e Italia, pero sobre todo a la de España y sus territorios, considerada con enorme diferencia la más sanguinaria. De hecho se presenta a menudo como la organización humana más cruel de la historia. Veremos aquí cuáles son las falsedades en esta imagen y por qué se crearon.

NATURALEZA DEL SANTO OFICIO

Escudo de la Inquisición española. La espada simboliza el trato a los herejes, la rama de olivo la reconciliación con los arrepentidos. Rodea el escudo la leyenda «EXURGE DOMINE ET JUDICA CAUSAM TUAM. PSALM. 73», que significa: Álzate, oh Dios, a defender tu causa, salmo 73 (hoy 74).

Escudo de la Inquisición española. La espada simboliza el trato a los herejes, la rama de olivo la reconciliación con los arrepentidos. Rodea el escudo la leyenda «EXURGE DOMINE ET JUDICA CAUSAM TUAM. PSALM. 73», que significa: Álzate, oh Dios, a defender tu causa, salmo 73 (hoy 74).

Es muy conveniente recordar también que la Inquisición española, aunque formada principalmente por funcionarios eclesiásticos, no dependía para nada del papa, sino que dependía directamente de la corona, y por tanto era en realidad un organismo religioso al servicio del Estado, no de la Iglesia. El papa luchó por mantener algún tipo de control sobre la institución creada por el rey, pero no lo consiguió, más allá de la autoridad moral que su cargo ejercía sobre todos. Igualmente el papa luchó por el derecho de los acusados de apelar al papa pidiendo clemencia, tal como siempre habían tenido y tuvieron en la Inquisición de otros países, pero casi desde el primer momento, los reyes españoles bloquearon en la práctica ese derecho de modo que nadie aquí pudo ejercerlo, bajo amenaza de pena de muerte si lo intentaban.

Aún así, el que los eclesiásticos formaran estos tribunales dio como resultado una suavización de la crueldad y arbitrariedad que caracterizaba frecuentemente la justicia de la época y no, como se nos quiere hacer creer, lo contrario. Como tantas otras veces en las que Iglesia y Estado se unen, el Estado gana y la Iglesia pierde, el Estado consigue sus fines y la Iglesia queda luego sola cargando con las consecuencias.

El Santo Oficio pretendía ser el tribunal más clemente de todos porque sus fines no eran la administración de una justicia rígida y automática, sino la reconciliación del delincuente. Confesarse culpable con el Santo Oficio era obtener el perdón. ¿De qué otro tribunal se puede decir esto? El Inquisidor era tanto Padre Confesor como juez, que pretendía no una condenación, sino acabar con un extravío y devolver al rebaño la oveja descarriada. Por eso se instaba constantemente al acusado a que recordase la diferencia fundamental entre la Inquisición y los tribunales ordinarios y que su finalidad no era el castigo del cuerpo, sino la salvación del alma y por lo mismo se le imprecaba a que tratara de salvarse por medio de la Confesión.

En otras palabras, para el lector moderno… imaginemos que no te detienes en un semáforo en rojo y el policía te lleva detenido, tú vas delante del juez y confiesas que realmente te arrepientes de no haberte detenido en el semáforo y pides perdón, entonces el Juez te absuelve con una reconvención. Así actuaba el Tribunal de la Inquisición. El Tribunal no fue una traba para el progreso intelectual de España como lo demuestra el hecho contundente, ampliamente documentado y fuera de toda discusión, de que la época de su mayor acción coincidió con la del apogeo hispano en la política, economía, cultura y artes.

Veamos la opinión de Fernando Ayllon en su libro “El Tribunal de la Inquisición de la Leyenda a la Historia” Pag 578 y 579. Dice así:

La Inquisición fue mucho más benigna que los tribunales de la época pues, entre otras cosas:
– conmutó la pena de muerte por penitencias Canónicas cuando el reo se arrepentía… cosa que no ocurría ni ocurre en los tribunales civiles.
– Abolió la pena de azotes para las mujeres y los fugados de las cárceles
– Suprimió la argolla para las mujeres
– Limitó a cinco años la pena a galeras imponiéndola siempre dentro de un marco aceptable de edad (la pena a galera era perpetua en lo civil)
– Suavizó el tormento [mucho más] que los tribunales civiles. Mucho más sangrientas fueron en el siglo XX las Inquisiciones mejicanas de la revolución y la rusa de la era Staliniana [sic].

Y dejemos claro que de todo cuanto digamos siempre podremos hallar excepciones, pues los abusos y excesos eran moneda no inusual en aquella época, no solo en la Inquisición sino en todos los ámbitos, pero no estamos aquí para dar cuenta de los casos desviados sino para hablar del funcionamiento habitual. También advertimos que en algunos casos las normas de que hablamos afectarían a casi toda la vida de la Inquisición pero tal vez hubo un período en el que no, pudiéndose dar casos como el de Juan Pacheco de León, vecino de Querétaro (México), condenado a ocho años de galeras por judaizar cuando el límite de cinco años no era efectivo.

PROCESADOS Y CONDENADOS

ArchivosAfortunadamente la Inquisición registró minuciosamente todos sus juicios y pesquisas como nadie lo había hecho, y la mayoría de sus archivos se han conservado. Es ahí donde encontramos la verdad sobre su funcionamiento y naturaleza y no en las fantasías que los protestantes tan magistralmente nos han sabido vender. Ha sido fundamentalmente a partir de mediados del siglo XX cuando los investigadores han empezado a analizar detenidamente esos archivos, y sus descubrimientos nos dibujan una Inquisición muy diferente de la idea popular.

Los estudios modernos sobre la Inquisición española estiman que en todos sus siglos de historia el número de ejecuciones fue bajo, sorprendentemente bajo si lo comparamos con el funcionamiento normal de la justicia de aquella época. Su control sobre la España rural (80 de cada 100 españoles vivían por entonces en el campo) era pequeño y en algunas zonas inexistente. Muchos españoles, y americanos más aún, pasaban su vida entera si haber visto jamás a un inquisidor. En las ciudades estaban también lejos de ser el Gran Hermano opresor que todo lo veía y controlaba, como se nos quiere hacer creer, pues ellos eran un poder en conflicto con otros poderes que luchaban por disminuir su influencia. El personal de la Inquisición era escaso; España entera (sin contar América) estaba dividida en 20 partes, y en algunas de ellas solo tenemos un puñado de personas, entre inquisidores y ayudantes, para controlar toda la región. Esto contradice afirmaciones como las encontradas en Wikipedia cuando dice “La Inquisición vigiló la vida de cada individuo en España con una minuciosidad rara vez igualada con anterioridad al siglo XX“. Peor era aún la situación en las Américas, donde había solo tres sedes para todo el continente: México, Lima y Cartagena de Indias. Ciertamente la Inquisición ejerció un control sobre la sociedad, pero menos que el rey y desde luego mucho menos de lo que la leyenda nos ha hecho creer. Si la gente temía a la Inquisición, más temor aún causaba la guardia y los tribunales del rey o los desmanes despóticos de los poderosos.

En muy pocas ocasiones la Inquisición recurría a la tortura, muchas menos de lo habitual en aquel tiempo, y (lo crean o no) siempre bajo supervisión de un inquisidor que tenía orden de evitar daños permanentes, a menudo junto a un médico, muy diferente de las salvajes torturas de la autoridad civil. Pocos murieron en la hoguera, la pena de muerte solo se aplicaba en casos de especial gravedad, los castigos más comunes eran multas, cárcel, azotes, peregrinaciones forzadas o desfiles de humillación pública (los famosos sambenitos) o incluso una amonestación. Cuando se confiscaban bienes, éstos no eran entregados a los acusadores, como se suele decir, sino que eran usados por la Inquisición para costear sus gastos, pues siempre andaban escasos de recursos. No es tampoco que con ellos los acusados tuvieran la protección y justicia de nuestros tribunales actuales, ni muchísimo menos, pero comparando con el funcionamiento normal de la justicia de la época, la Inquisición no solo no era más cruel y sanguinaria, sino que lo era menos. Así de claro. Pero mejor veamos los fríos datos.

hogueraTras investigar en los archivos de la Inquisición, el historiador García Cárcel estima que el total de procesados a lo largo de toda su historia fue de unos 150.000, otros rebajan considerablemente esta cifra pero sigamos con ella. Aplicando el porcentaje de ejecutados que aparece en las causas de 1560-1700 —2 de cada 100— podría pensarse que una cifra aproximada puede estar en torno a las 3000 víctimas mortales en todos los territorios de la corona (lo cual incluye América, media Italia y otros territorios europeos). Otros historiadores, aduciendo archivos perdidos, elevan esa estimación al alza hasta los 5.000 y algunos suben, ya con poca credibilidad, hasta los 10.000, que en cualquier caso está muy muy lejos de los cientos de miles o más de un millón que a menudo se cuenta. Para contextualizar estas cifras podemos citar al británico Henry Kamen, conocido estudioso no católico de la Inquisición, cuando compara las condenas de los tribunales de la Inquisición (la española y la de otros países) con las condenas de los tribunales ordinarios: “resulta interesante comparar las estadísticas sobre condenas a muerte de los tribunales civiles e inquisitoriales entre los siglos XV y XVIII en Europa: por cada cien penas de muerte dictadas por tribunales ordinarios, la Inquisición emitió una”.

Estas cifras contradicen también la famosa afirmación de Juan Antonio Llorente, secretario general de la Inquisición a finales del XVIII y principal historiador sobre el tema en aquella época. Llorente llegó a escribir, desde su exilio en Francia, que “calcular el número de víctimas de la Inquisición es lo mismo que demostrar prácticamente una de las causas más poderosas y eficaces de la despoblación de España“. Llorente fue apóstata y se esforzó en desprestigiar una Inquisición que en su tiempo ya apenas funcionaba, y cuando le pidieron pruebas afirmó que había quemado todos los documentos que utilizó en sus investigaciones (?). Ahora, con los documentos originales, vemos que Llorente mintió, al menos en los datos, aunque el espíritu de sus propuestas pudiera ser acertado. Como anécdota contemos que a instancias de Llorente, el ministro de justicia, Gaspar Melchor de Jovellanos, escribió un informe pidiendo al rey la reforma de la Inquisición. La Inquisición le acusó por ello de traicionar al Santo Oficio y le condenó a… un mes de retiro forzoso. ¿Esperaban cruentas torturas y muerte por desmembración?

Otro caso famoso es el del sacerdote Ruíz Padrón, que llegó a ser amigo de Franklin y enemigo de la Inquisición, contra la cual dio numerosos sermones incendiarios (y cargados de razón) explicando por qué la Inquisición era innecesaria, injusta y mancillaba la fe católica. Y sin embargo no sufrió atroces torturas y la muerte, sino que sus bienes fueron confiscados y él condenado a pasar el resto de su vida en un monasterio. Unos años más tarde le encontramos de nuevo en su abadía de Valdeorras, en libertad, donde pasó apaciblemente el resto de su vida admirando probablemente a sus contertulios con el recuerdo de sus aventuras.

Estudiando las cifras totales llegamos al asombroso descubrimiento de que, en proporción a su población, España fue en esos años el país donde menos personas fueron condenadas a muerte por herejía. En todo el siglo XVI (en plenas luchas entre católicos y protestantes) solo unas 50 personas fueron ajusticiadas por herejía. Comparemos esa cifra con Inglaterra, por ejemplo, donde el monarca inglés Enrique VIII mató en su reinado diez veces más herejes (entre 37.000 y 70.000 católicos) que la Inquisición española en toda su historia; y sin embargo fueron los ingleses quienes más contribuyeron al macabro mito de la Inquisición española y su reino del terror.

El mejor trato de los presos era tal, que tenemos constancia de que en algunas ocasiones los prisioneros de las cárceles civiles afirmaban ser herejes para así ser transferidos a tribunales de la Inquisición, que no solo eran con ellos más benévolos sino que les trataban mucho mejor en sus cárceles que en las seculares, en donde las muertes de los presos hacinados, hambrientos y maltratados eran constantes. Si con la Inquisición lo pasabas mal, ciertamente, con los tribunales ordinarios lo pasabas mucho peor. Tal como decía el refrán americano “con el rey y la Inquisición, chitón” (versión española: “con la justicia y la Inquisición, chitón”).

En el caso de las Américas, la Inquisición fue aún más laxa que en la España europea, especialmente con los indígenas, los cuales quedaron fuera de la jurisdicción de la Inquisición española y no fue hasta el siglo XVII que se creó una especie de Inquisición paralela esclusivamente para ellos, con penas generalmente mucho más leves y casi sin casos de torturas o penas de muerte.

A pesar de la insistencia de encumbrados personajes, el indio quedó definitivamente al margen de la jurisdicción inquisitorial. Así las cosas, después de setenta años largos de evangelización, se descubría, en 1609, que los indios del arzobispado de Lima estaban «tan infieles e idólatras como cuando se conquistaron». Para resolver este problema se inició la Visita de las idolatrías. que podría definirse como una Inquisición adaptada a los indios, y se limitó a ciertos sectores del virreinato peruano. Aunque en ocasiones aplicó penas severas (reclusión perpetua), casi nunca condenó a muerte y sus autos de fe tan sólo consumían [en la hoguera] los objetos del culto idolátrico. Las campañas de «extirpación» repitiéronse con intensidad hasta 1610; más tarde, se prosiguieron en forma más bien rutinaria. Por supuesto, el Santo Oficio miraba con muy malos ojos semejante competencia, máxime cuando los jesuitas tomaban parte activa en tales visitas. (La Inquisición en América, Maurice Birckel).

LA QUEMA DE BRUJAS

quema de brujasLa fantasía estrella de este mito de la cruel Inquisición está en la quema de brujas. El miedo a la brujería fue una psicosis que estalló en el norte de Europa y fue en esos países protestantes donde más personas fueron quemadas en la hoguera por ello. Cuando la locura alcanzó el sur católico, fue precisamente la Inquisición la que frenó el ansia de muchos por ver brujas por todas partes.

En 1486 se escribió un libro en Alemania titulado Malleus Maleficarum (Martillo de Brujas), que culpaba a las brujas de la mayor parte de los males, incluido el mal tiempo. Poco después, en 1490 la Iglesia declara que el libro es falso. Pero en los países protestantes el libro se convertirá en poco tiempo en una de las causas que extendieron la paranoia sobre las brujas. En 1538 la Inquisición española alerta de nuevo a sus tribunales de que no deben hacer caso a semejante libro.

Del análisis de los procesos inquisitoriales se deduce que la Inquisición se ocupó relativamente poco de los asuntos de brujería y que aplicó sentencias benignas (para la época). Por ejemplo, en el tribunal de Santiago de Compostela no llega al siete por ciento el número de causas relacionadas con la brujería, y de ellas todas, excepto dos, fueron sancionadas con una simple abjuración. Los tribunales de Toledo y de Cuenca no pronunciaron ninguna sentencia de muerte por brujería en los 307 procesos que iniciaron por ese tema, y en muy pocos se aplicó la tortura (en 1591 el tribunal de Toledo no condenó a muerte a una mujer que confesó el asesinato ritual de varios niños, mas recibió a cambio doscientos azotes, no sabemos si por bruja o por mentirosa).

A menudo se transmite la idea de que bastaba acusar a uno de brujería para que la Inquisición lo sometiese a tortura hasta, por supuesto, arrancar su confesión, y entonces lo quemaban en la hoguera. La realidad fue bien distinta, pues si en los países del norte a menudo ocurría así, la Inquisición era mucho más escéptica, hasta el punto de que ni siquiera la confesión del acusado se consideraba prueba suficiente por sí misma si no había pruebas de que los daños causados fueron reales, y en tal caso se condenaba al acusado por los daños, más que por unos supuestos poderes demoníacos en los que los inquisidores católicos no creían. Veamos por ejemplo esta instrucción remitida por la Inquisición a sus tribunales de cómo actuar cuando un brujo confiesa serlo:

Que no procede en estos casos por solo la forma de ser brujos y hacer los dichos daños, si no testifican de haberlos visto hacer algunos daños, porque muchas veces lo que dicen han visto y hecho les sucede en sueños y juzgan se hallaron en cuerpo y lo vieron e hicieron con los que testifican y les figura el demonio cuerpos fantasiosos de aquellos que dicen vieron sin haberlos visto ni hallándose allí para que hagan esos daños de inflamar en peligro a los que no tienen culpa.

Por contra los tribunales civiles fueron mucho más severos con la brujería, como el de Vich que entre 1618 y 1620 condenó a 45 brujas. Además en Cataluña decenas de brujas fueron ahorcadas en varios pueblos por orden de los tribunales locales. De las ejecuciones por brujería en España, solo el 10% se deben a la Inquisición, el 90% restante fue obra de los tribunales civiles. Lo que vemos en todo momento es que a pesar de la crueldad de los tribunales inquisitoriales, teniendo en cuenta el funcionamiento general de la justicia de la época, la Inquisición era más sensata y misericordiosa que los tribunales civiles y al parecer también mucho menos cruenta que los tribunales civiles o religiosos controlados por los protestantes. No podemos juzgar a unas personas u organizaciones según los parámetros de una época que no es la suya, lo justo es contextualizar.

El tema de la quema de brujas sigue siendo aún hoy el buque insignia de los ataques contra la Inquisición porque ahí se mezclan los prejuicios anticatólicos, anticlericales y causas feministas.

Durante trescientos años la Iglesia quemó en la estaca la asombrosa cifra de cinco millones de mujeres. (El Código Da Vinci)

Esta es una cifra repetida en la literatura neopagana, wicca, new age y feminista radical, aunque en otras webs y textos de brujería actual se habla de 9 millones. Los neopaganos necesitan una “shoah” propia, como el holocausto judío (y perdón por la comparación), con lo que alegremente se unen a los protestantes magnificando las cifras de los países católicos, pero veamos qué hay de cierto en esto.

Cuando acudimos a historiadores serios se calcula que entre los años 1400 y 1800 se ejecutaron en Europa entre 30.000 y 100.000 personas acusadas de brujería. No todas fueron quemadas. No todas eran mujeres. Y la mayoría no murieron a manos de oficiales de la Iglesia, ni siquiera de católicos. La mayoría de víctimas fue en Alemania, coincidiendo con las guerras campesinas y protestantes del s.XVI y XVII. Cuando una región cambiaba de denominación, abundaban las acusaciones de brujería y la histeria colectiva. Los tribunales civiles, locales y municipales eran especialmente entusiastas, sobre todo en las zonas calvinistas y luteranas.

brujasLos países anglosajones, los que más han contribuido a crear la Leyenda Negra sobre España y sobre el catolicismo, deberían recordar que Inglaterra, en proporción a su población, quemó en la hoguera 6 veces más brujos/as que la católica España; al fin y al cabo, la creencia en brujos y aquelarres estaba mucho más arraigada en el norte de Europa. De todas formas, la brujería ha sido perseguida y castigada con la muerte por egipcios, griego, romanos, vikingos, etc… El paganismo siempre mató brujos y brujas. La idea del neopaganismo feminista de que la brujería era una religión feminista precristiana no tiene base histórica. La idea del protestantismo de que la quema de brujas era más propio de la Inquisición católica, tampoco.

El historiador danés Gustav Henningsen hace un estudio de la quema de brujas en Europa y nos da cifras sin hacer distinciones entre confesión religiosa o tipo de tribunal. Veamos lo que él dice:

No fue la Inquisición quien inició la persecución sino la justicia civil en Suiza y Croacia. Resulta interesante ver cómo la Inquisición de Milán no sabía qué hacer con dos caminantes nocturnas que en 1384 confesaron haber participado en una especie de aquelarre blanco en el que el hada Madonna Oriente les instruía en la forma de ayudar a la gente a combatir la brujería. Parece ser que la legalización de la caza de brujas tuvo su origen en las exigencias del pueblo, que presionaba a los tribunales civiles. Poco a poco, la Iglesia también hubo de adaptarse a esta corriente; pero la Inquisición no aparece involucrada en ese tipo de persecuciones con anterioridad al siglo XV. […] Se calcula que hubo cerca de 100.000 causas de brujería en Europa, de las cuales, la mitad, o sea, unas 50.000 personas acabaron en la hoguera. Pero, como podemos ver, la intensidad de las persecuciones varió mucho de país a país.

La densidad de persecución de brujas en Europa (Behringer 1998:65 f)
[ordenado de menor a mayor incidencia según la población]

País Ejecuciones  (por cada mil) Habitantes c. 1600
Portugal 7  (0,0007) 1.000.000
España 300 (0,037) 8.100.000
Italia 1000? (0,076) 13.100.000
Países Bajos 200 (0,133) 1.500.000
Francia 4000? (0,200) 20.000.000
Inglaterra/Escocia 1500 (0,231) 6.500.000
Finlandia 115 (0,238) 350.000
Hungría 800 (0,267) 3.000.000
Belgica/Luxemburgo 500 (0,384) 1.300.000
Suecia 350 (0,437) 800.000
Islandia 22 (0,440) 50.000
Chequía/Slovaquia 1000? (0,500) 2.000.000
Austria 1000? (0,500) 2.000.000
Dinamarca/Noruega 1350 (1,391) 970.000
Alemania  25000  (1,563) 16.000.000
Polonia/Lituania 10000?  (2,941)  3.400.000
Suiza 4000 (4,000) 1.000.000
Liechtenstein 300  (100,000)  3.000

Tengamos en cuenta que algunos de los países que hoy son católicos, en la peor época de caza de brujas estaban en manos de los protestantes, como la misma Polonia o Liechtenstein. Los tres principales países católicos, Portugal, España e Italia, son justo los que menos incidencia muestran. Casi a continuación va Francia, que ya no tenía Inquisición. Y sigue el historiador diciendo:

La mitad de todas las quemas de brujas se produjeron como vemos en los estados alemanes, donde fueron ejecutadas 25.000 personas. Mas poniendo el número de ejecuciones en relación con el de habitantes, vemos que Liechtenstein es el lugar donde más cruda fue la persecución: 300 quemas con relación a 3000 habitantes, corresponde a un 10 % de la población. A la cabeza del extremo opuesto de la escala, con una intensidad de un fracción de unidad por mil, encontramos a Portugal, España e Italia, los únicos países que conservaron la Inquisición, adaptándola a su nueva base nacional.

La documentación correspondiente a la primera parte de la Edad Moderna es tan abundante, que nos permite con gran seguridad decir cuántas de las quemas de brujas registradas se debieron a la Inquisición. Las cifras, por inesperadas, resultan asombrosas. Para Portugal es 1. Para España, 27. Y para Italia, 8. El resto de un total de cerca de 1300 ejecuciones, repartidas entre los tres países, se debieron a los tribunales civiles y episcopales de los mismos.
[…]
La explicación al hecho de que la Inquisición prestase tan poco interés al aspecto demonológico, nos la da un catedrático de la Universidad de Salamanca. Rafael de la Torre observa a principios del siglo XVII, que mientras los especialistas en Derecho Romano y los teólogos, normalmente opinaban que el aquelarre era un hecho real, coincidían casi todos los canonistas en rechazarlo como producto de la imaginación. Notemos que precisamente era a canonistas, a quienes la Inquisición solía dar empleo.
[…]
Al principio, España siguió a la zaga de otros países. De 1498 a 1522, el Santo Oficio condenó a once brujas a la hoguera. Mas en 1526, la élite de teólogos española se reunió en Granada para elaborar unas nuevas instrucciones con respecto a la brujería. […] Con las instrucciones de 1526, se consiguió librar a España de la quema de brujas durante la mayor parte del siglo XVII. Influida por Francia, en 1610, la Inquisición española volvió a introducir en el norte de España la pena de la hoguera. En total 7000 personas fueron acusadas de brujería. Todo ello podría haber terminado en un auténtico holocausto. Mas, por suerte, el inquisidor Salazar, encargado de las pesquisas, se había comprometido a conseguir pruebas sobre la existencia de la temida secta diabólica. En su informe al Inquisidor General, Salazar concluye: “No hubo brujos ni embrujados hasta que se empezó a hablar y escribir de ellos.” Dicha investigación contribuyó a la definitiva abolición de las quemas de brujas en todo el Imperio Español. […] La Inquisición podía haber causado un holocausto de brujos en los países católicos del Mediterráneo – mas la historia nos demuestra algo muy diferente – la Inquisición fue aquí la salvación de miles de personas acusadas de un crimen imposible.

aquelarreVeamos más detenidamente cómo fue el mencionado episodio protagonizado por el Inquisidor General. En 1610, en la Montaña de Navarra hubo una sugestión colectiva de brujería, multiplicándose las denuncias, las detenciones, las torturas y el terror, en lo que fue el más importante brote de brujería aparecido en España (las brujas de Zugarramurdi). Entonces interviene la Inquisición, pero no quemando a miles de brujas, como se podría hoy pensar, sino todo lo contrario. En medio de la histeria colectiva, el Santo Oficio abre una investigación seria y decide proclamar el indulto para todas las brujas aunque hubieran confesado su culpa.

El inquisidor Alonso de Salazar Frías fue enviado a Navarra para realizar una investigación sobre los hechos. Durante ocho meses de trabajo interrogó a 1.802 presuntas brujas y comprobó con testigos la inexistencia de los imaginarios aquelarres. También sometió a examen médico a muchachas que decían haber fornicado con el demonio, descubriendo su virginidad, y mandó analizar ungüentos y pócimas maléficas, que resultaron ser inocuas. Realizó diversas pruebas y preparó un informe de cinco mil páginas, llegando a la conclusión de no haber descubierto “el menor indicio por el que inferir que se hubiera cometido un solo acto verdadero de brujería”, y recomendando reserva y silencio, “ya que no hubo brujas ni embrujamientos hasta que se habló y se escribió de ellos”.

Los informes de Alonso Salazar sobre la gran persecución de la brujería vasca de 1609 a 1614 son únicos en la historia de este fenómeno; ninguna otra fuente procesal recoge tan minuciosamente la persecución de las brujas. Alonso de Salazar Frías se basó en centenares de interrogatorios a las víctimas realizados, por primera vez en la historia europea, sin torturas ni forzamientos de ningún tipo. Aquellas confesiones voluntarias clamaban por su inocencia y fueron recogidas con detalle, por lo que sus testimonios suponen una fuente de primer orden en la historia sobre la Inquisición y la brujería en Europa.

Sin embargo sus dos compañeros, Alvarado y Becerra, intentaron rebatir sus argumentos publicando en 1613 un tratado en el que defendían la realidad de los vuelos y los aquelarres, pero el Tribunal del Santo Oficio desestimó dicho tratado, que se basaba más en supersticiones que en una investigación seria como la de Alonso de Salazar. Esta estructura piramidal de la Inquisición, con una especie de tribunal supremo, el Consejo de la Suprema Inquisición, controlando a los tribunales regionales, sirvió también para evitar en gran medida los excesos y arbitrariedades tan comunes en otro tipo de tribunales.

FUNCIONAMIENTO DE LA INQUISICIÓN

inquisidoresAntes de establecer el tribunal en una ciudad o pueblo se leía en las Parroquias un “edicto de Fe” donde se pedía que todo el que supiera de una herejía la revelara a los inquisidores y se daba un plazo de gracia a cualquiera persona que se sintiera culpable de herejía, si esta persona se presentaba y confesaba se le imponía una multa y se le requería una penitencia y se reintegraba después de esta a la vida diaria. La Inquisición no tomaba a la ligera las acusaciones y examinaba con cuidado las pruebas reunidas, cuando estaba firmemente y unánimemente convencida de la culpabilidad de un individuo emitía un mandato de arresto y se incomunicaba a la persona, el proceso era privado y se le instaba a confesar, si el acusado se negaba se le permitía escoger un abogado de entre tres disponibles.

En el proceso se podía dar tortura al acusado para que confesara. Es de notar que la tortura no fue inventada por la Inquisición y era el procedimiento legal propio de la época en todo tribunal civil y militar, la tortura se anunciaba o se aplicaba con la esperanza de que el acusado confesara y recibiera una condena menor que la de muerte. La Inquisición prohibía la tortura a mujeres que estaban criando, a personas de corazón débil, y a los acusados de herejías menores. Esta tortura era, en mucho, más benigna que la de los tribunales de la época. Un ejemplo de la justicia civil fue la tortura aplicada a los amantes de las nueras de Felipe el hermoso (rey Francés) de 18 y 19 años respectivamente. Les trituraron los huesos con mazas, después fueron desollados vivos, les cortaron los genitales y se los introdujeron en la boca, les sacaron y quemaron las entrañas y después fueron descuartizados, esto frente a miles de jubilosos espectadores de todas las clases sociales. Esto era el tribunal civil, esto nunca podría ocurrir en la Inquisición, con unos métodos de tortura que, en comparación con los civiles, eran blandos y escasos. En muchos casos, como dice Will Durant en su libro sobre el tema, era misericordioso y perdonaba penas a causa de la edad, ignorancia, pobreza, embriaguez o por la buena reputación del acusado, la pena más suave era una reprimenda.

El código de derecho civil español marcaba la muerte en hoguera para la herejía, posible causante de la desintegración de la Nación y de la seguridad nacional. Antes de que se procediera a aplicar la pena de muerte se le daba oportunidad a la Iglesia por medio de la Inquisición de que la persona confesara, se arrepintiera y se reintegrara a la sociedad y a esto estaba encaminada la actividad de la Inquisición, y no tenía jurisdicción a la pena de muerte. Cuando se agotaban los medios y la persona no se arrepentía, la Inquisición terminaba su trabajo y entregaba al reo a las autoridades civiles que eran los que entonces aplicaban la pena de muerte. Contrariamente a lo que se cree, los Autos de Fe no eran aplicación de la sentencia de muerte, era la culminación del proceso eclesiástico donde la Iglesia declaraba que había intentado reconciliar a la persona sin resultados y la persona era entregada a la autoridades que la llevaban al lugar de la sentencia y la ejecutaban. Los Autos de Fe eran ceremonias religiosas destinadas a impresionar a las personas e intimidar a futuros detractores. Hasta el último minuto se podía salvar la vida haciendo pública declaración de arrepentimiento.

EL SECRETO EN LA INQUISICIÓN

Tribunal Inquisición Hay un gran detalle que puede hacer que un juicio sea injusto: el secreto. Más adelante compararemos el secreto de la Inquisición con los procedimientos de la justicia civil, pero ahora expliquemos en este apartado en qué consiste el secreto como arma procesal. La Inquisición española, al contrario que las inquisiciones de otros países, utiliza el secreto como arma fundamental. No se informa al acusado de que está siendo investigado, no se revela la identidad de los denunciantes o testigos, no se permite a nadie involucrado hablar del proceso. Lo peor de todo es que el acusado, si finalmente va a juicio, a menudo debe confesar su delito o demostrar su inocencia ¡sin saber si quiera de qué se le acusa! lo cual puede crear situaciones verdaderamente surrealistas. Es también este secretismo el principal responsable de que la Inquisición haya podido ser difamada y desvirtuada enormemente, pues defender la falsedad de esas mentiras obligaría a explicar las verdades, y estas eran secretas. Sus minuciosos archivos eran igualmente secretos y no podían investigarse. Es solo en el siglo XX, cuando esos archivos han sido públicos, cuando los investigadores han podido descubrir al fin cuál era la verdad sobre la Inquisición española.

El 18 de abril de 1482, movido por las quejas elevadas ante la actuación de los inquisidores, el papa Sixto IV dicta una bula por la que les ordena “que publiquen y den a conocer los nombres, declaraciones y manifestaciones de los acusadores, de los denunciadores y de los promotores de todo aquel proceso inquisitorial, y también los testigos, que más tarde habían sido recibidos a jurar y declarar, y se abra todo el proceso a los acusados mismos y a sus procuradores y defensores“, negando validez a las declaraciones que no llenen tales requisitos. Fernando el Católico se limitó a ignorarlo y esta bula, como otras posteriores en el mismo sentido, no cambió las cosas. El Papa León X emite tres breves intentando de nuevo poner fin al secreto judicial, pero fallece dos años después sin haberlo conseguido. Así que el secreto procesal no es culpa de la Iglesia, que luchó por suprimirlo, sino imposición del rey.

Algo que en teoría debía ser la excepción, en la Inquisición era la norma. Y sin embargo, no deja de tener justificación, al menos si consideramos cual era la función de la Inquisición en España, preocupada de mantener la unidad de la fe en una monarquía llena de judíos, musulmanes e indígenas provenientes de religiones paganas, situación a la que ningún otro país europeo tuvo que enfrentarse. Nosotros no defendemos el secreto, pero podemos entender por qué ellos, de buena fe, consideraban que el secreto era justo y necesario. Buena parte de las ideas que expresaremos a continuación se apoyan en las investigaciones de Eduardo Galván Rodríguez, uno de los estudiosos que más han investigado sobre este asunto, y todas las citas están sacadas de su libro “El secreto de la Inquisición española“.

Recordemos que la misión de los tribunales de la Inquisición no es la de castigar, como un tribunal normal, sino la de salvar almas; su función es la de perseguir la herejía, que hace “imposible la salvación“, para evitar su propagación y, al mismo tiempo, lograr que el hereje se arrepienta y obtenga la absolución. Y es esta finalidad la que la lleva a dotarse de unos modos en parte diferentes a los de la justicia ordinaria.

El Santo Oficio, frente a otros tribunales, se enfrenta a un problema de partida. Y es que rara vez los delitos que persigue permiten su descubrimiento mediante indicios materiales que delaten su comisión. Es decir, que la herejía tiene que probarse en la mayoría de los casos por medio del testimonio de testigos. En consecuencia, en la medida en que quiera aumentar su eficacia en la lucha contra la herejía, la Inquisición debe propiciar el marco adecuado que facilite la presentación de denuncias y delaciones.

En el confesionarioSi el objetivo es la salvación del reo, que sus culpas sean perdonadas, eso exige los mismos pasos que el sacramento de la confesión: hacer memoria, reconocer los errores, propósito de enmienda (arrepentimiento) y solicitud del perdón, lo que traería la absolución y la penitencia (un castigo acorde al delito). Pero todos estos pasos tienen que ser auténticos, no fingidos, pues de lo contrario la absolución no tendría efectos sobre el alma y el acusado seguiría en pecado mortal. Por este motivo los inquisidores deben estar seguros de que las confesiones del reo coinciden con las acusaciones vertidas sobre él. Si el reo se culpabiliza espontáneamente y se arrepiente, se le perdonaba por lo general con un pequeño castigo (la penitencia) que podía ser una admonición, multa, azotes o peregrinación. Pero si no lo hacía, todo el proceso estaba dirigido a forzarle a hacerlo (lo cual, según lo vemos nosotros, pone en duda la sinceridad de su arrepentimiento, pero ellos no lo veían así).

El acusado tenía que hacer examen de conciencia, detectar dónde estaba el mal en su vida, arrepentirse y confesarlo (tal como hace en el confesionario), y para ello tenía que ser él mismo quien descubriera su falta. Según esta lógica, si le dijeran de qué se le acusa, todo el proceso de arrepentimiento se pervertiría y él podría lanzarse a fingir un arrepentimiento que no sentía. Por otra parte, si le dijeran el nombre de sus acusadores, éstos podrían sufrir las consecuencias de su delación, sobre todo si el acusado es más poderoso que los acusadores y testigos, por lo que poca gente se atrevería a acusar a nadie, especialmente si el acusado es más importante que ellos, y no olvidemos que normalmente las únicas pruebas de la herejía son las que los testigos pueden ofrecer, pues el hereje no suele dejar signos materiales de sus pensamientos, sino testimonios. Si no salen testigos, no hay caso. Incluso en la justicia moderna, en casos especiales, también se protege al testigo garantizando su anonimato.

En el año 1573, Simancas defiende la necesidad del secreto en torno a las identidades de los declarantes porque, de no actuarse así, serían pocas las personas dispuestas a colaborar en las causas de fe. El posible demérito que resultase para la defensa del reo sería convenientemente equilibrado merced a la exhaustividad de los interrogatorios que impedirían la ocurrencia de falsedades, sentido este último en el que también se expresa Rojas diez años más tarde.

Si es cierto que el secreto sobre la identidad pudiese amparar falsos testimonios, también es cierto que la revelación de identidades a menudo se traduce en la presión contra los testigos, la cual es mucho mayor cuando el acusado es poderoso y los testigos no. Así vemos casos en los que la quiebra del secreto sobre la identidad de los testigos produce amenazas sobre estos, como sucedió en el Tribunal de Cuenca en 1727, cuando dos deponentes denuncian que una persona cercana al acusado les había amenazado, indicándoles que “les había de quitar la honra a la testigo y sus hermanos… y que había de levantar testimonio al hermano de la testigo de que había revelado el sigilo de la confesión santa. Y que se podía remediar la causa antes diciendo que por mala voluntad se había declarado“.

La violación del secreto de la causa que se está investigando también tenía el peligro de que los acusados se diesen a la fuga. En la justicia civil no era infrecuente que el acusado fuera encarcelado y luego se investigase, pero la Inquisición solo encarcelaba cuando ya se había iniciado el juicio, y solo se iniciaba el juicio cuando las acusaciones se consideraban sólidas, por lo que el período de investigación requería que el investigado no supiera que lo estaba siendo. Hoy la justicia puede retirar el pasaporte del investigado si considera que tiene peligro de fuga, y someterlo a vigilancia policial hasta que llegue el juicio, e incluso si escapa a otro país, las órdenes de persecución internacional hacen difícil que alguien evite la ley. Pero en aquella época si el acusado se fugaba de la ciudad era ya casi imposible dar con él. Como ejemplo tenemos el Tribunal de Cuenca, cuando un familiar del Santo Oficio avisa a algunas personas de su localidad sobre el próximo desarrollo de unas diligencias. Como consecuencia de tales revelaciones “se ausentaron muchas personas que se sentían culpadas, y muchas de ellas ocultaron, vendieron y enajenaron mucha cantidad de bienes y hacienda“, o sea, vendieron lo que tenían y se marcharon de Cuenca, escapando así de la Inquisición.

Sin embargo el que las delaciones se mantengan en secreto no significa que se acepten acusaciones anónimas. El acusado no debía saber quién le acusaba, pero la Inquisición necesitaba saberlo para poder investigar. Las denuncias anónimas, al contrario de lo que se dice, son rechazadas. Cierto que este anonimato favorece la posibilidad de que se produzcan falsos testimonios, pero para impedirlo, en el año 1498 se dieron instrucciones en Ávila para que “los inquisidores castiguen y den pena pública, conforme a derecho, a los testigos que hallaren falsos“. Además se pide a los inquisidores que siempre actúen “sospechosos de que puedan recibir engaño, así en la testificación, como en las confesiones; y con este cuidado y recelo mirarán y determinarán la causa conforme a verdad y justicia; porque si fueren determinados a la una o a la otra parte, fácilmente pueden recibir engaño“. En casos graves, y si el falso testimonio es realizado con dolo y por venganza, la pena puede ser la relajación (entregarlo a la justicia secular, que en estos casos solía aplicar la pena de muerte). En casos menos graves se aplicaba una pena proporcional al daño causado, que podía ir desde los azotes hasta la condena a galeras, destierro o multa. Las mismas penas son impuestas a los que incitan a la prestación de falso testimonio. Estas penas no actúan solo como castigo, sino para disuadir a otros de que acusen en falso.

abucheosOtro motivo por el que se exige secreto en los procedimientos es para preservar la honra del acusado. Al igual que pasa hoy en día, si por ejemplo un político es acusado de corrupción y, tras meses de investigación resulta declarado inocente, la honra del político y su carrera ya han sido arruinadas. Recibe más publicidad e impacto la noticia de la imputación que la de su inocencia. Del mismo modo, si una persona era acusada de hereje e investigada con conocimiento del público, su honra y la de su familia quedarían de inmediato destrozadas, probablemente también con ruina económica, independientemente de que más tarde se demostrara su inocencia (pues como ya vimos en su momento la mayoría de los procesos terminaban en absolución). Por tanto y para evitar esto, se consideraba necesario que todo el proceso fuese llevado a cabo con gran secreto. Por este motivo hay muchos acusados que, al enterarse de su acusación, escriben al Santo Oficio rogando que todo el proceso se lleve a cabo con el mayor sigilo posible para que no se les difame sin causa.

Hoy, con los derechos humanos, la protección del inocente prevalece sobre cualquier otra cosa: “Es preferible cien culpables en la calle a un inocente en la cárcel“, decimos. Pero no pensaban así en aquellos tiempos, y mucho menos si se trataba de asuntos espirituales, pues como dijo Jesús, “Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno.” (Mateo 10:28). Para su mentalidad, el sufrimiento injusto, pero temporal, de 10 inocentes era preferible a la destrucción eterna de una sola persona, por eso las ventajas del secreto se consideraban muy superiores a sus posibles consecuencias adversas, a pesar de lo cual se tomaban medidas para minimizar los daños. Así mismo, la libertad de expresión y de conciencia es un valor moderno que en esos tiempos nadie defendía en ningún país, salvo las minorías que no podían ejercerla, por lo que no podemos reprocharles expresamente a ellos el ignorarlas.

El secreto es el alma y el arma de la Inquisición española. Al mismo tiempo, el secreto ha actuado como sustancial ingrediente nutritivo de la leyenda negra. El secreto nace como excepción y deviene en regla, aunque dentro de una dinámica que conoce tiempos de rigidez y épocas de flexibilidad. La prevalencia de la eficacia en la defensa de la fe, la salvaguarda de la integridad de sus colaboradores, la protección de la honra de acusados y testigos, así como la preservación de la imagen institucional del Santo Oficio, determinan la consolidación del secreto, por encima de los inconvenientes aparejados para el derecho de defensa.

Pero en la parte que más afecta a la justicia y la lógica, el que el reo ignore las acusaciones que hay contra él, el secreto no siempre se guarda, más parece que dicha táctica se usa solo si les parece necesario. Muchos estudiosos no solo presentan casos en los que se le comunica al acusado el motivo de su arresto antes de pedirle confesión, sino que nos relatan esa comunicación no como la excepción, sino como lo habitual, como por ejemplo la investigadora Victoria González:

Antes de ser torturado, el reo tenía una audiencia con los inquisidores y el juez ordinario, en presencia de un notario. En ese momento se le leía una relación de lo que resultaba de la sumaria de su causa, informándole por qué se le mandaba atormentar, y se le exhortaba de nuevo a confesar el delito del que había sido acusado.
(“Judios y Cristianos: el proceso de la Sancta Inquisitio”, V. González de Caldas, 2000)

LAS TORTURAS

En una entrevista de Televisión Española (TVE) le preguntaron a Óscar Villarroel, profesor de Historia de la UCM, si todo lo que nos cuentan sobre las torturas en la Inquisición es cierto. Su respuesta fue: “Eso es leyenda negra a más no poder. Nos creemos todo lo que han dicho sobre nosotros los anglosajones“. Muy triste pero cierto, porque ellos dominan los medios y la información, pero también porque los sectores ateos y anticlericales hispanos aceptaron hace tiempo entusiasmados un argumento fuerte que con el que atacar a la Iglesia, aunque sea a costa de creer que nuestros antepasados del Siglo de Oro eran una raza de brutos, oscurantistas y catetos ¿y aún así pudieron lograr el dominio político, cultural y artístico de Occidente?

torturaPara empezar, por suerte la tortura hoy es considerada algo abominable, pero en aquellos tiempos era vista como algo perfectamente legítimo y razonable, hasta el punto de que no se entendería la Justicia sin el “valioso” recurso de la tortura. Todos los tribunales, civiles o eclesiásticos, de todos los países europeos (y del resto del mundo) practicaban la tortura como parte lógica del sistema de justicia. Escenas que hoy nos parecen horriblemente crueles y bárbaras, por entonces eran vistas como algo normal, y no podemos juzgar a las gentes de otras épocas utilizando nuestros valores modernos, y menos aún aplicar ese juicio a unos sí y a otros no. Los extranjeros que en aquella época criticaban a la Inquisición, lo hacían no por torturar, sino por torturar protestantes y por hacerlo con una saña muy superior a la habitual. Ambas cosas son en gran medida falsas.

El jurista romano Azo, en el siglo XIII, definía la tortura así: “La tortura es la búsqueda de la verdad mediante el tormento“. Y esa definición es la que imperó hasta la llegada del XIX en toda Europa. No se veía como un tormento sádico y cruel, sino como una herramienta necesaria para encontrar la verdad, al menos en casos graves. En la práctica el estado también la usaba como castigo, mas no la Inquisición (si exceptuamos los azotes).

La Inquisición española, comparada con los tribunales de la época (dentro y fuera de España) era más bien un tipo de justicia blanda, refinada y erudita formada por universitarios (rara avis en aquella sociedad). Mientras por entonces era frecuente condenar a gente solo por falsas acusaciones e incluso fantasías (como el volar sobre escobas y acostarse con el diablo), la Inquisición estaba formada por hombres de leyes, formados en universidades renacentistas, críticos y escépticos en cuanto al valor de la tortura para descubrir la herejía. Al contrario de lo habitual, muchos de ellos buscaban la evidencia más al estilo moderno (investigando, buscando pruebas, razonando) que al de su propia época; esto les llevó a desestimar acusaciones que en otros tribunales hubieran supuesto una condena a muerte segura.

Su detallado manual de comportamiento (llamado Instrucciones del Santo Oficio de la Inquisición) obligaba a todos a seguir unos procedimientos muy determinados e imponer unos castigos claramente tipificados, de forma que se evitaba en gran medida los arrebatos y abusos tan corrientes en los tribunales civiles de entonces. Este manual prohibía expresamente muchas de las atroces torturas que eran frecuentemente usadas en otras partes de Europa. El historiador Stephen Haliczer, uno de los profesores universitarios que trabajaron en los archivos del Santo Oficio, dice que descubrió que los inquisidores recurrían a la tortura “con poca frecuencia” y generalmente durante menos de 15 minutos. De 7000 casos en Valencia, en menos del 2 % se usó la tortura y nadie la sufrió más de dos veces. Y ello a pesar de que recurrir a la tortura era muy frecuente en los tribunales de la época. Veamos por ejemplo esta afirmación recogida en el “Manual de Inquisidores” escrito por el Gran Inquisidor catalán Eymerich en la segunda mitad del siglo XV:

El tormento no es un medio seguro de conocer la verdad. Hay hombres débiles que, al primer dolor, confiesan incluso los crímenes que no han cometido; en cambio hay otros, más fuertes y obstinados, que soportan los mayores tormentos.

Si algunas torturas descritas en sus actas nos parecen salvajes (porque toda tortura es salvaje), debemos saber que éstas eran mucho más frecuentes y salvajes en otros países europeos que en esos momentos estaban creando el mito. Por ejemplo en Inglaterra se condenaba a muerte a quienes dañaran los arbustos de los jardines públicos, en Alemania les sacaban los ojos a los desterrados que osaban regresar a su hogar, en Francia a los ladrones de ovejas les sacaban los intestinos, y solo por citar castigos para penas que hoy nos parecerían pequeñas o insignificantes. Penas graves conllevaban castigos como el descuartizamiento, el desollamiento (arrancarte toda la piel hasta morir) y torturas aún más macabras y atroces. Nada de esto hacía la Inquisición, cuyas torturas, además de escasas, eran en comparación mucho menos crueles de lo normal, y cuyas ejecuciones, también más escasas, no buscaban regodearse en la crueldad gratuita. Incluso quemando en la hoguera, que sí hacían, España fue grandemente comedida si la comparamos con los países germánicos e Inglaterra.

hanged, drawn and quarteredEl castigo en Inglaterra para los hombres acusados de alta traición era el llamado “hanged, drawn and quartered“, que consistía en atarles y arrastrarles por el suelo con un caballo hasta el lugar de ejecución, una vez allí ahorcarles “pero solo un poco”, de forma que sintieran el horror de la asfixia pero permanecieran conscientes para así poder sentir lo que venía después, que era cortarles los testículos, abrirles el vientre y sacarles las tripas, aún con vida, para después ser descuartizados cortando cabeza, manos y pies. Luego sus fragmentos eran expuestos al público como escarmiento. A las mujeres les iba “mejor”, pues para ellas la pena equivalente era ser quemadas en la hoguera. Y este tipo de atroz tortura y ejecución, mucho peor que cualquier cosa usada por la Inquisición, estuvo en vigor hasta el siglo XIX. Y no crean, para ser acusado de alta traición no hacía tampoco falta demasiado, por ejemplo bastaba con que un sacerdote católico fuera sorprendido oficiando misa. Y a pesar de ello eran los ingleses quienes acusaban a los españoles de sadismo y barbarie.

Janssen un escritor de esta época cita a un testigo, el cual dice: “el teólogo protestante Meyfart describe la tortura que él personalmente presenció: Un español y un Italiano fueron los que sufrieron esta bestialidad y brutalidad. En los países católicos no se condena a un asesino, a un incestuoso o a un adúltero a mas de una hora de tortura [15 minutos en el caso de la Inquisición], pero en Alemania la tortura se mantiene por todo un día y una noche y hasta por dos días; algunas veces hasta por cuatro días después de los cuales se comienza de nuevo. Es una historia exacta y horrible que no pude presenciar sin aún estremecerme

Las torturas practicadas por la justicia civil usaban todo tipo de instrumentos. En teoría se usaban para arrancar la verdad del acusado, pero en la práctica eran frecuentemente usadas como forma de castigo, por lo tanto su única finalidad era causar el mayor dolor posible e incluso la muerte. Frente a esto es importante tener claro que la Inquisición nunca usaba la tortura como forma de castigo, solo para arrancar confesiones, y tenía instrucciones muy claras de que en caso de usarse la tortura, ésta no podía derramar sangre ni causar daños permanentes al acusado. Solo con estas dos instrucciones ya podemos comprender que la mayoría de instrumentos de tortura que se nos describen en relación con la Inquisición no encajan. Si en algunas ocasiones se hizo de otro modo fue, pues, saltándose las normas, lo cual no se puede presentar como indicativo de la naturaleza de la Inquisición, sino como ejemplo de los hombres que se saltan las leyes.

Lo cierto es que, salvo raras excepciones, en los casos de tortura ellos empleaban siempre uno de estos tres sistemas: “potro” (correas que se iban apretando), “toca” (paño empapado que se introducía en la boca y sobre la nariz para crear una sensación de asfixia) y “garrucha” (colgar al reo de las muñecas con las manos atadas arriba o incluso a la espalda). A los tres, como a cualquier otro sistema de tortura, les sobra crueldad, pero están lejos de las imágenes de tortura sádica y carnicera que nos han contado, y también lejos de las torturas habituales en la justicia civil y en otras partes de Europa.

prisiónSe dice que en algunos casos el reo se pasaba meses en prisión esperando juicio, pero esa era la circunstancia normal para la época, la diferencia es que en la justicia ordinaria eso era mucho más frecuente y a veces el reo pasaba en la cárcel el resto de su vida esperando un juicio que nunca llegaba, lo cual era peor. Cuando la Inquisición condenaba a cadena perpetua, en la mayoría de los casos el condenado era puesto en libertad al cabo de varios meses o años, pues la Inquisición era autosuficiente pero muy justa en recursos y no podía permitirse el lujo de alimentar a presos durante toda su vida. El rey sí.

Cuando comparemos los modos de la Inquisición con los nuestros de hoy, deberíamos al menos compararlo también con los modos de la justicia de su época o pareciera que la justicia bárbara era monopolio exclusivo de ellos. Los inquisidores no era gente malvada y sádica, era gente que buscaba salvar el alma del condenado, por eso era vital arrancarles la confesión, para poder ser absueltos. Solo si el acusado no se arrepentía o reincidía era condenado a muerte. Hoy pensamos que se equivocaban en el fondo y en las formas, pero ellos creían estar haciendo lo correcto, no disfrutaban causando dolor, era gente culta, inteligente y, aparte de eso, normal, hombres de leyes que a menudo usaban la Inquisición durante unos años como trampolín para adquirir cargos más importantes.

EL SECRETO Y LA TORTURA EN LOS TRIBUNALES CIVILES

Si el proceder de los tribunales inquisidores nos puede parecer hoy en día lamentable, no podremos juzgarlos adecuadamente sin saber cómo funcionaba la justicia civil en Castilla (la cual era ya de entrada más civilizada que muchas del norte de Europa). Solo entonces podremos apreciar hasta qué punto su torcido proceder era, en realidad, una mejora sobre lo que le rodeaba. Veamos algunos rasgos de estos tribunales de la corona tal como aparecen resumidos en Wikipedia, por no parecer parciales.

El jurista valenciano Luis Mateo y Sanz justificaba así el uso indiscriminado y arbitrario que se hacía de la tortura en la Sala de Alcaldes de Casa y Corte del Consejo de Castilla, del que él era miembro, en una fecha tan tardía como 1670:

Si amamos la vida tranquila, […] es necesario tomar precauciones con medidas especiales para que la Corte se vea limpia de aquellos malos hombres; lo cual no puede lograrse sino por el miedo a la pena y por el horror al rapidísimo castigo. […] Y así también la imposición de tortura con base en la instrucción sumaria en sólo tres o cuatro casos de delitos muy atroces ha evitado durante diez años muchas atrocidades.

La fase de instrucción sumaria de la que Luis Mateo nos habla es una etapa preliminar del juicio en la que el secreto es idéntico al que impera en los procesos de la inquisición, o sea, el reo, que puede ser torturado, no sabe ni quién le acusa ni de qué se le acusa, con el agravante de que se actúa en base a indicios no definitivamente comprobados. Pero veamos más detenidamente en qué consiste esa fase de instrucción sumaria y qué importancia tiene en el total del juicio.

La fase sumaria, reducto principal del inicial proceso inquisitivo en el tipo mixto y que se incluye con carácter de generalidad en todos los procesos penales independientemente del cómo se hayan iniciado, tiene como finalidad propia en principio la simple preparación del juicio plenario […] Por el contrario, la práctica demuestra la relevancia decisiva de la sumaria, que en realidad era el auténtico fundamento del proceso penal y de lo que en él se actuaba. […] Todas las declaraciones las hacen bajo juramento y en secreto para el reo, quien no tiene conocimiento del desarrollo de la información sumaria hasta que, a su término, se le da traslado de la misma en fase probatoria. Lo cual, en opinión de Luyando, “es prudente cautela para que los reos, ó no hagan fuga, ó no entiendan los cargos que les hazen, y esten prevenidos al tiempo de sus confessiones“. […] Las investigaciones de la información sumaria, en teoría, deberían ser objetivas, recogiendo tanto los datos a favor como en contra del presunto culpable. Sobre esto los autores no se cansan de insistir. Pero como ante todo se dirige a buscar datos sobre los posibles delincuentes, a fin de poder asegurar su prisión, por lo general sólo se interroga a los testigos en aquellos aspectos de los que se pueda averiguar algo sobre la presunta culpabilidad de los reos. Lo normal es que los jueces, predispuestos ya contra determinada persona por la presentación de una querella, una denuncia o los indicios que le han llevado a encarcelarla, sólo recojan en la sumaria los datos inculpatorios contra el reo. De nada vale que los autores reiteren que el oficio del juez debe ser imparcial y encaminado sólo al esclarecimiento de la verdad. En un proceso como el que estudiamos, en que de lo que se trata ante todo es de confirmar una inicial presunción de culpabilidad, la pretendida imparcialidad judicial queda en entredicho en todas y cada una de sus actuaciones. (“El proceso penal en Castilla, siglos XIII al XVIII”, María Paz Alonso Romero, cap. VII)

Justicia

Una justicia muy diferente a la de hoy

Dicho de otra forma, el sistema judicial de la época está enfocado a hallar la culpabilidad del acusado y, en la práctica, funciona claramente la presunción de culpabilidad, donde el acusado es culpable a menos que pudiera demostrar lo contrario, y además con todo tipo de trabas para poder hacerlo aunque pudiera. En teoría después de la investigación sumaria hay un juicio plenario en donde actúa el abogado defensor y el acusado puede defenderse de las alegaciones, pero en la realidad se considera que nada se puede hacer ya; cuando una investigación sumaria demuestra la culpabilidad de un sujeto, las estadísticas nos muestran que la condena ya es prácticamente segura. Por lo tanto, aunque en teoría la justicia civil, al contrario que la Inquisición, no cuenta con el secreto de denunciantes y denuncia, porque en la fase plenaria se comunican los cargos, en la práctica ese secreto sí está ahí, pues en la fase sumaria, que es donde realmente se decide la culpabilidad del reo, éste no tiene ninguna información sobre el proceso. Al menos en la Inquisición el acusado se puede defender y confesar para ser perdonado, pero en la justicia civil la confesión no evita ni disminuye el castigo, y la defensa solo puede darse en una fase plenaria que es ya solo un paripé, porque todo está ya decidido. Veamos ahora el aspecto de la tortura en la justicia civil.

En la Corona de Castilla, según Tomás y Valiente, “el tormento era una prueba del proceso penal, subsidiaria y reiterable, destinada a provocar por medios violentos la confesión de culpabilidad de aquel contra quien hubiera ciertos indicios; o dirigida, a veces, a obtener la acusación del reo contra sus cómplices, o también a forzar las declaraciones de los testigos“. En teoría era un medio de prueba subsidiario para indagar la verdad pero como la finalidad real de la tortura era obtener la confesión del reo —considerada la prueba perfecta de la culpabilidad después de la cual no había que proceder a ulteriores averiguaciones— se abusaba de ella. “Así, el hecho de que los jueces insistieran al reo en el acto del suplicio para que dijera la verdad cuando éste se declaraba inocente; para el juez la verdad no podía ser otra que la confesión“.

Según la ley, el reo podía apelar una sentencia del tormento, pero como observó un jurista hacia 1570, “suelen algunos jueces no pronunciar públicamente la sentencia del tormento para que el reo no pueda apellar… Y ansi, por evitar la apellatio y puesto ya el reo en el potro del tormento y comenzándole a atar y ligar con las cuerdas, suelen en aquel instante pronunciar la sentencia del tormento y prontamente darle el dicho tormento“. Las Cortes de Castilla protestaron en 1598 en contra de esta práctica ilegal pero ésta se mantuvo a pesar de ser combatida por las altas instancias judiciales.

La ejecución del tormento tenía que estar dirigida por el juez, sin que pudiera delegar en otra persona. Le acompañaba el verdugo y un escribano obligado a tomar nota de todo lo que se dijese o sucediera en el proceso, reproduciendo a menudo los lamentos e imprecaciones del torturado. En cuanto a las preguntas debían ser indirectas y no sugestivas, por no “darle carrera para decir mentira”. La intensidad y duración del tormento quedaban a arbitrio del juez, no derivándose ninguna responsabilidad si el reo moría o sufría lesiones graves si lo aplicaba debidamente.

Si el reo confesaba en el tormento debía ratificar la confesión al día siguiente. Si no lo hacía podía ser vuelto a torturar hasta tres veces, tal como establecían las Partidas. Si no confesaba nunca (“reo negativo”) el juez de todas formas podía condenarlo, aunque a una pena menor y diferente que la del delito, porque generalmente antes de aplicarle el tormento hacía constar que cualquiera que fuese el resultado del mismo “quedaban en su vigor y fuerça las probanças, indicios y presunciones que de los autos resultan“.

tortura civilLos métodos de tortura establecidos en las Partidas eran dos: el de azotes, que se aplicó más como pena corporal que como tortura, y el “tormento de la garrucha” —colgar al reo por los brazos y colocarle pesos en la espalda y en las piernas— que se reservaba para los delitos muy graves. Para el resto de delitos se utilizaba el tormento del fuego, que consistía en untar las plantas del pie del reo con grasa y acercarlas a la llama; el tormento del agua, echar agua por la nariz tapándole la boca, y el tormento de la toca, consistente en “meter al reo una toca por el gaznate… y con ella para que entre en el cuerpo, le echan algunos cuartillos de agua“; el tormento del ladrillo, que estribaba en colgar al reo con los brazos hacia atrás colocándole los pies sobre un ladrillo durante un día, pasado el cual “se le daba fuego en el dicho ladrillo algo encendido al dicho Fulano por las plantas de los pies“; el tormento de las tablillas, que consistía en colocar las puntas de los dedos de las manos y de los pies del reo en los estrechísimos agujeros de cuatro tablillas cuadradas, y a continuación se colocaban una cuñas en cada uno que eran golpeadas con un martillo aprisionando así los dedos entre la cuña y las paredes de cada agujero, produciéndose “tan penetrativo dolor…, que raras veces los jueces acaban de apretar las cuñas porque algunos desmayan, y otros confiesan luego el delito“. El procedimiento más utilizado era el de cordeles o garrotes, que se ponían sobre los brazos y los muslos del reo y se iban dando vueltas a las cuerdas a medida que el reo se negaba a contestar a las preguntas del juez; a veces se rociaban con agua durante el suplicio para hacer más profundas las heridas ya que las cuerdas eran de esparto y encogían.

Además de estos métodos de tortura probablemente se emplearon otros, como denunciaron las Cortes de Castilla de 1592-1598 que se lamentaban de que los jueces habían introducido “nuevos géneros de tormentos exquisitos y que por ser tan crueles y extraordinarios nunca jamás los imaginó la ley” y pedían al rey que se limitasen a cumplir la ley, “pues mucho más justo es que el juez, rindiendo su entendimiento a la ley yerre por ella, que no que procure acertar por su parecer, porque no puede haber buen gobierno en la república cuando la ley está sujeta a la voluntad del juez, sino cuando el juez ejecuta puntualmente lo que manda la ley“.

En resumen, en la justicia civil se busca causar “horror”, se utiliza la tortura como elemento clave y habitual, y a menudo se hace también uso del secreto, de modo que el reo desconoce de qué se le acusa. Igualmente hay un notario que transcribe todo el proceso, incluidas las torturas. La diferencia es que los tribunales civiles más que investigar la acusación se centran en forzar la confesión, y en lugar de buscar la salvación del alma lo que busca es el castigo del culpable, por lo que clemencia y misericordia le son más ajenos. Y finalmente, en el tema de las torturas vemos que los tribunales civiles son muchísimo peores que la Inquisición, tanto en lo macabro de sus modos como en la falta de límites en su uso, sin importar la duración, los daños o incluso la muerte si es llegada. Los tres métodos que suele usar la Inquisición (potro de cuerdas, toca y garrucha) son igualmente usados por los tribunales civiles, pero junto a ellos hay toda una gama de torturas, la mayoría mucho peores. Pero que tampoco sirva esto para pensar que la justicia española era terrible, pues si estudiáramos la justicia en otros países veríamos que el panorama era similar o peor.

Uno de los típicos ejemplos de brutalidad de la Inquisición es que podía procesar a los niños mayores de 14 años. Pero también ahí se limita a seguir las normas de la justicia civil, que igualmente puede procesar, y por tanto torturar, a los mayores de 14, que son ya considerados sujetos penales, o sea, la edad penal en la época se establecía a los 15 años, y 15 años de entonces nada tenía que ver con los de ahora, y ciertamente de niños ya no tenían nada. Teniendo en cuanta que la esperanza de vida en aquellos siglos estaba en torno a los 30 años, podríamos considerar al sujeto de 15 años un joven adulto en la mitad de su vida.

Y ya con el contexto adecuado podemos decir que, por comparación, la Inquisición tiene un funcionamiento bastante normal, según la justicia de la época, salvo que se comporta con unos límites mucho más marcados que la impiden llegar a los grandes excesos de la justicia civil, siendo en su rigor más suave y misericordiosa y en su método, siempre en comparación, más justa, sobre todo si consideramos que la instrucción sumaria era frecuente en lo civil, igualando a la Inquisición en su otro principal defecto, el secreto. Después de esto ya no resulta tan increíble que algunos presos del rey quisieran ser transferidos a los tribunales de la Inquisición.

MUSEOS DE LA INQUISICIÓN

El museo más visitado de Perú en 2013

El museo más visitado de Perú en 2013

Como ejemplo de manipulación tenemos también, además de las películas, los museos de la Inquisición que hay hoy en diversas poblaciones americanas y españolas, especialmente el de Lima y el de Toledo. Los instrumentos de este último no son, como se suele creer, los que el tribunal de la Inquisición de Toledo usaba, sino que han sido recientemente comprados en anticuarios y coleccionistas, presentándolos ahora como una colección homogénea. Igualmente ocurre con el de Lima, que junto con adquisiciones recientes se muestran reproducciones modernas cuyo fin parece ser más el de impresionar al visitante que el de mostrar con fidelidad los medios de tortura inquisitoriales. En estos museos se exhiben de forma macabra elaborados instrumentos de tortura con explicaciones de lo que tales cosas hacían en los cuerpos de los desafortunados. Primero recordemos que las torturas de la Inquisición solían limitarse a los 3 métodos mencionados, muy lejos de la cantidad de instrumentos macabros mostrados en esos museos y exposiciones temporales. Después, al ver esos instrumentos recordemos la regla de la Inquisición de que no se puede derramar sangre ni causar daños permanentes, y la gran mayoría de instrumentos quedarán ya de entrada descalificados, así que en el mejor de los casos serán instrumentos de la tortura civil presentados como si fueran de la Inquisición. Dichos museos para no faltar a la verdad deberían llamarse “Museos de la Tortura”, pero no “de la Inquisición”.

doncella de hierroPero además es que algunos de los instrumentos más impactantes que hoy vemos en estos museos han resultado ser falsificaciones del siglo XIX, muchas de ellas elaboradas en talleres ingleses y alemanes, que en el Romanticismo se regodearon propagando macabramente los horrores de la Inquisición y la vida monacal. El morbo y los excesos macabros del Romanticismo llevaron a la distorsión de la historia en más de un sentido, incluyendo la falsificación de artilugios históricos que nunca habían existido, como los imposibles cinturones de castidad, que ninguna mujer habría podido aguantar durante más de un par de días sin morirse por infecciones, laceraciones y hasta tétanos, pero todavía hoy la mayoría de la gente cree que miles de mujeres medievales los llevaban puestos durante años. Tales falsificaciones han poblado libros de historia y multitud de museos europeos, incluyendo el prestigioso British Museum, que solo hace unos años retiró de sus colecciones supuestos cinturones de castidad medievales que habían sido creados en el siglo XIX.

Pues del mismo modo que los cinturones de castidad a pesar de ser claramente imposibles han sido asumidos como verdaderos por todos, hay instrumentos de tortura que nunca existieron pero que también se siguen asumiendo como verdaderos y mostrándose (como auténticos o en reproducciones) en museos de la Inquisición. Este es muy probablemente el caso del instrumento de tortura más famoso de todos: “La doncella de hierro”, un sarcófago con forma de mujer y clavos interiores, en donde se encerraba y agujereaba el cuerpo del preso estratégicamente, el cual moría en lenta y atroz agonía. Tan valorado es que no hay museo o exhibición de la Inquisición que se precie que no presente un original o una réplica moderna de tal artefacto junto con detalladas explicaciones de los horrores que producía.

Y sin embargo muchos historiadores niegan que tal instrumento haya existido, al menos no con el aspecto que se nos presenta en los museos. La “doncella” expuesta en Toledo y en otros museos está basada, como todas las que hay, en la llamada “Doncella de Nuremberg”, que es una falsificación alemana hecha en el siglo XIX con piezas antiguas y que muy probablemente fue una interpretación equivocada de la llamada “capa de la infamia”, que era una especie de vestido de madera y latón (sin clavos) que el condenado debía llevar durante cierto tiempo, usado como castigo para cazadores furtivos y prostitutas en Alemania. También hay descripciones antiguas de cajas verticales con clavos diseñadas para encerrar a una persona de modo que tuviera que permanecer todo el tiempo de pie, pues los clavos de las paredes les impedían apoyarse. Por lo tanto “la doncella de hierro” es un invento reciente, una falsificación, aunque ningún museo va a renunciar a seguir exhibiéndola pues suele ser su principal atracción. Se cita además que la primera referencia histórica que tenemos es del 14 de agosto de 1515 en la que el tribunal civil (no la Inquisición) ajustició a un falsificador de moneda:

…fue introducido y la puertas se cerraron lentamente (…) las puntas afiladas le penetraban en los brazos, en las piernas, en la barriga, en el pecho, en la vejiga, en la raíz del miembro, en los ojos, en los hombros y en las nalgas, pero sin matarlo (…) y así permaneció gritando y lamentándose durante dos días, después de los cuales murió…

No hemos logrado encontrar la fuente de la que supuestamente está sacada esta referencia, pero si fuera auténtica y, como aseguran algunos, la “doncella” realmente hubiera existido, está claro que al ser usado como castigo, para matar de forma horrorosa, no encajaría en absoluto con la dinámica de la Inquisición, que cuando usaba la tortura era para forzar la confesión y poder dar la absolución al pecador, nunca para matar, algo que además legalmente estaba fuera de su jurisdicción pues solo la justicia civil podía matar al reo. Por tanto la “doncella”, real o imaginaria, nunca ha sido usada por la Inquisición. Cualquier museo que muestre instrumentos de este tipo están sencillamente engañando a sus visitantes y siendo cómplice de una leyenda negra que tergiversa maliciosamente la historia en lugar de aclararla.

El potro con clavos no fue usado por la Inquisición

El potro con clavos no fue usado por la Inquisición

Otro de los instrumentos más mencionados es el potro, que sí era usado por la Inquisición. Este instrumento era muy usado por los tribunales de toda Europa. El acusado era atado de pies y manos a una superficie conectada a un torno (el potro). Al girar, el torno tiraba de las extremidades en sentidos diferentes, usualmente dislocándolas pero también pudiendo llegar a desmembrar. En las reproducciones que vemos en los museos de la Inquisición a menudo muestra unos rodillos con largas púas en la zona lumbar y dorsal del reo. Esas púas suelen ser de tal calibre que el acusado, colocado allí, moriría en un momento literalmente taladrado, y no era ese el objetivo de la tortura, sino el de infligir un dolor creciente que llevara al acusado a la confesión. El rodillo con púas fue una innovación de la justicia francesa, pero con púas pequeñas para herir, no grandes púas para matar. Esas púas causarían además derramamiento de sangre, así que quedaba descalificado para el uso de la Inquisición. Esos potros que nos muestran con grandes púas son también falsificaciones del XIX o falsas reproducciones modernas, como el de Lima.

Además, la versión de potro usada por la Inquisición era diferente y menos cruenta. En lugar de estirar al individuo (con peligro de dislocación), el potro inquisitorial ataba las piernas y brazos del individuo con cuerdas por la parte superior e inferior. Cada cuerda iba conectada a un torno (potro) que al girar la apretaba aún más. En algunos sitios dicen que eso estaba diseñado para que las cuerdas se clavaran en las extremidades rajando la carne Potro inquisiciónhasta el hueso. Nada semejante encontramos en los detallados archivos procesales, y en cualquier caso eso iría también contra la norma de no derramar sangre ni causar daños permanentes. El apretar de cuerdas causaba un gran dolor pero no daños al cuerpo. De hecho se esperaba del reo que hablara mientras le apretaban las cuerdas, no que gritara de dolor y se desmayara después sin decir nada. Pero como estos potros de la Inquisición no tienen nada vistoso que nos dé escalofríos al verlo, no los busquéis en ningún museo o exposición de tortura sobre la Inquisición porque probablemente no estarán (en Lima muestran uno pero con demasiadas cuerdas), en su lugar se os mostrarán potros civiles, más sugerentes, o mejor aún las falsificaciones con rodillos de púas, mucho más explícitos.

El odio a todo lo español y católico unido al explosivo morbo del Romanticismo decimonónico y sus novelas góticas, hicieron que la imaginación de muchos volara incontenible. Aún hoy, la mayoría de los visitantes de esos museos de tortura no van allí a informarse de la historia, sino a recrearse en un morbo enfermizo, pero muy común, que siente más emoción cuanto más cruel y espeluznante es el instrumento de tortura, por lo que los museos, ansiosos de darle a sus clientes lo que buscan, no dudan en sacar todo su arsenal de horrores sin molestarse mucho en comprobar su autenticidad, y adornarlos con todo tipo de detalles e ilustraciones sin importarles si tales cosas puedan provenir de fuentes cuyo único objetivo era calumniar.

Eso no disminuye la crueldad de las torturas, pero demuestra cómo la crueldad ha sido conscientemente magnificada para que parezca aún mucho mayor de lo que fue. Cualquier tortura es cruel e inhumana, pero exagerar de esa forma es faltar a la verdad, y no se puede presentar como muestra específica de la crueldad de la Iglesia Católica algo que era lo común y normal en todos los tribunales civiles y religiosos de toda Europa. Lo cierto es que en el uso de la tortura la Inquisición era más moderada y mucho menos cruel que los tribunales civiles.

LAS INQUISICIONES PROTESTANTES

protestantes matan catolicosLa idea de que los protestantes defendían la libertad de expresión, eran tolerantes y pacifistas, y que fueron víctimas inocentes de los ataques de la Iglesia, es radicalmente falsa. Solo pidieron libertad de expresión hasta que se hicieron con el poder, para después perseguir con saña no solo a los católicos, sino a todos los “disidentes”, o sea, otros protestantes que no pensaban igual. Su tolerancia fue nula, y en cuanto dominaban un territorio lo primero que hacían era eliminar el catolicismo, por presión, por expulsión o con el asesinato. Como sus territorios en un principio estaban llenos de católicos, sus persecuciones y matanzas harían palidecer a cualquier acto equivalente de los países católicos. Aunque ellos no tenían Inquisición, sí tuvieron tribunales eclesiásticos equivalentes, pero más dedicados a purgar y atormentar que a investigar. Sus métodos de tortura superaban con mucho a los de la Inquisición y las garantías procesales de los acusados eran mucho menores. Si la Inquisición buscaba salvar almas, los tribunales protestantes buscaban purificar la sociedad expulsando o matando a quienes no compartían sus mismas ideas. Suena duro decir todo esto pero es lo que pasó, especialmente durante el siglo XVI. Y sin embargo fueron ellos quienes crearon la actual leyenda sobre las crueldades de la Inquisición católica. Veamos solo algunos ejemplos de cómo pensaban y actuaban los primeros reformadores.

Calvino dijo: “Las personas que persisten en las supersticiones del anticristo romano deben ser reprimidas por la espada.” En 1547 James Gruet se atrevió a poner una nota criticando a Calvino y fue arrestado, torturado en el potro dos veces al día por un mes y finalmente sentenciado a muerte por blasfemia, se le clavaron los pies a una estaca y se le cortó la cabeza. Los hermanos Comparet en 1555 fueron acusados de libertinos y fueron ejecutados y desmembrados para exhibir sus partes en diferentes sitios de Ginebra.

Sobre los judíos decía Lutero en sus famosas “Charlas de sobremesa”: “Arrójeles quienquiera que pueda azufre y alquitrán, si uno pudiera echarles fuego del infierno tanto mejor, y esto debe hacerse en honor a Nuestro Señor y del cristianismo. Sean sus casas astilladas y destruidas. Séanles quitados sus libros de oraciones y Talmudes y también toda su Biblia; prohíbase a sus rabinos la enseñanza, so pena de muerte, de ahora en adelante. Y si todo esto fuera poco, sean expulsados del país como perros rabiosos

Melanchton, el Teólogo de la Reforma aceptó ser el presidente de la “Inquisición” Protestante que persiguió a los anabaptistas. Como justificación dijo “¿Por qué tenemos que tener con esa gentes mas piedad que Dios?” esto lo dijo convencido de que los anabaptistas arderían en el infierno. La “Inquisición” Luterana se implantó con sede en Saxon, Suíza, con Melanchton como presidente. Al final de 1530 este presentó un documento donde defendía el derecho a reprimir por la espada a los anabaptistas. Lutero escribió de su mano una nota que decía “esto es de mi agrado”. Zuinglio en 1525 comenzó la persecución de los anabaptistas en Zurich, las penas iban desde ahogamiento en el lago o en los ríos hasta la hoguera.

John Knox, padre del Presbiterianismo, quemó en la hoguera a mil mujeres acusadas de brujas en Escocia. También prohibió la Misa con penas de confiscación de bienes y azotes públicos, la segunda vez que se cometiera suponía pena de muerte.

Enrique VIIIEnrique VIII, fundador de la Iglesia Anglicana, mató a unos 50.000 católicos durante su reinado. Su hijo Eduardo VI, en sus solo seis años de reinado, tuvo tiempo para masacrar a 5.500 católicos en Cornualles. Su otra hija, Isabel I, mató más católicos en su reinado que herejes la Inquisición española en sus 300 años de existencia. Un acto del Parlamento Inglés decretó en 1652 que “cada sacerdote romano debe ser colgado, decapitado y desmembrado y después quemado y sus cabezas expuestas en un poste en lugar público”. Y a pesar de estas cifras, será su otra hija, la católica María I, la única que ha pasado a la historia como “Bloody Mary” (María la Sangrienta), aunque su contemporáneo, el protestante John Foxe, cifra en solo 284 el número de protestantes que murieron por motivos religiosos durante su reinado.

Se calcula en 100.000 el número de católicos asesinados en Centroeuropa solo durante las revueltas iniciales de la Reforma. Cuando comenzó la persecución católica en Irlanda existían más de 1,000 monjes dominicos, de los cuales solo 2 sobrevivieron la persecución. El asesinato de obispos y sacerdotes fue generalizado en casi todas las zonas protestantes, y al pueblo se le forzaba a asumir la nueva fe bajo pena de muerte. Como dijo el mismo Lutero, “Si tuviera a todos los frailes franciscanos en una sola casa, le prendería fuego. ¡Al fuego todos ellos!” o también “Matad cuantos campesinos [católicos] podáis: Hiera, pegue y degüelle a quien pueda. Feliz si mueres en ello, porque mueres en obediencia a la Palabra Divina“.

Los primeros protestantes no se distinguieron por ser los campeones de la “libertad de opinión” como nos lo han hecho creer. Ellos que clamaban por libertad religiosa en los países católicos, en sus territorios la primera medida que tomaban era la supresión total de la Misa y el obligar a los ciudadanos por ley a asistir obligatoriamente a los cultos reformados. La destrucción de Iglesias católicas, de imágenes, junto al asesinato de obispos, sacerdotes y religiosos marcaron estos territorios mucho más que lo que ocurría en su contraparte católica.

LA LEYENDA NEGRA

Territorios europeos de Carlos V

Territorios europeos de Carlos V

Pero entonces ¿de dónde y por qué surgió esa leyenda? Para entender la respuesta tenemos que situarnos en el siglo XVI, pues es entonces cuando la Inquisición pasa de ser alabada en el extranjero a ser considerada la suma de todos los horrores de los que es capaz el ser humano… con la ayuda de Satanás. En ese siglo España es una superpotencia de tal calibre que en todo Occidente y las Américas ningún país le hace la más mínima sombra, algo así como hoy Estados Unidos pero con un poder multiplicado por diez. La mitad de Europa (y por supuesto América) estaba directamente bajo su dominio. Carlos V era, además, el emperador del Sacro Imperio Germánico. Eso lógicamente ya sería suficiente para provocar el odio y el recelo de los demás, pero además es que España se alzó como líder indiscutible en la defensa del catolicismo. Eso hizo que sobre todo los países protestantes considerasen a España la cuna de todas las abominaciones. Atacar a España no solo significaba ir contra el poder político, sino igualmente ir contra la Iglesia Católica, pues ambas eran, para ellos, casi una sola cosa.

Tras el alzamiento protestante, la primera gran batalla que dieron contra los católicos fue en Mühlberg. Allí sufrieron una derrota aplastante a manos de Carlos V. Los protestantes se dieron cuenta de que contra España poco podían hacer con las armas, así que empezaron una batalla muy diferente y novedosa que lograría, con tremendo éxito, focalizar en España el odio de todas las naciones: la propaganda. La recién inventada imprenta se convirtió en la mejor arma contra la imbatible y odiada España. Y así, en solo unas décadas, se forjó la Leyenda Negra, llena de falsedades, exageraciones y calumnias, nacida en Alemania pero desarrollada sobre todo por Inglaterra, para extenderse pronto por todo Occidente. No importa cuánta imaginación le pongas si el público está tan predispuesto a creérselo todo.

Sanctae Inquisitionis Hispanicae ArtesLa malvada y satánica Inquisición fue la pieza principal en esta estrategia, pues en ella se fundían convenientemente el elemento hispano y el católico. Una de las primeras piezas de esta leyenda la puso un protestante, un tal Montanus, huido de España (hoy es identificado como Antonio del Corro). Montanus publicó en Alemania, en el año 1567, una obra titulada “Sanctae Inquisitionis Hispanicae Artes” (Las mañas de la Santa Inquisición Española). Este libro fue rápidamente traducido a muchos idiomas y creó una imagen distorsionada de la Inquisición que, con el tiempo, se iría exagerando cada vez más. Montanus hace un relato básicamente veraz pero muy exagerado, en donde la excepción se convierte en norma, donde todos los acusados son inocentes y todos los inquisidores sádicos taimados, donde la tortura es lo habitual.

Para entenderlo es como si hacemos un estudio de la justicia en Estados Unidos y hablamos con exageración solo de los casos de corrupción y soborno, de los casos en los que la policía ha disparado sobre raterillos desarmados, sobre los casos en los que el FBI ha utilizado la tortura, etc. y presentamos luego todo eso como la prueba de que la justicia americana es cruel, despótica y arbitraria, reflejo de un pueblo igual de cruel y déspota. Aunque los casos sean reales, la imagen que da es totalmente falsa y las conclusiones que saca son claramente calumniosas. Pues algo parecido fue el libro de Montanus, que abrió la veda a la posterior riada de episodios ya salidos de la calenturienta imaginación de gente interesada en generar odio.

El aspecto más destacable de la obra de Montanus, además de su exageración, es que su crítica a la Inquisición se realiza exclusivamente desde la perspectiva de la Reforma protestante. A Montanus no parecía importarle y, ciertamente ni siquiera lo mencionó, el que el principal objetivo de la Inquisición fueran los judíos conversos y prefirió centrarse en lo que fue precisamente la menos importante de las áreas en donde el Santo Oficio intervino: la supresión del protestantismo. Lo cierto es que en los primeros autos de fe celebrados contra los protestantes, entre 1558 y 1562, apenas un centenar de protestantes fueron ejecutados, y posterior a esa fecha la represión fue mucho menor, calculándose que unos 200 fueron procesados, de los cuales solo 10 fueron ejecutados. La suerte de los católicos en los países protestantes fue mucho peor que la de los protestantes en España, y sin embargo la propaganda protestante rápidamente creó la imagen de que la Inquisición Española perseguía, torturaba y asesinaba sin descanso a miles y miles de protestantes.

La-romería-de-San-Isidro-goyaY tanto arraigó el mito que cuando España perdió el poder hasta convertirse en un país de segunda en la periferia europea, la leyenda de la Inquisición no solo no fue olvidada, sino que siguió fresca como el primer día y tratada en todas partes como hechos probados (solo que sin ninguna prueba), y más gente se sumó a la causa, no ya por ir contra España, sino por ir contra la Iglesia Católica. La Ilustración francesa en el siglo XVIII convirtió a la Inquisición española en el perfecto ejemplo de lo cruel y malvada que puede ser la Iglesia Católica, a pesar de que en ese siglo la Inquisición ya casi ni funcionaba y estaba a punto de desaparecer, y a pesar de la tremenda crueldad desplegada por los revolucionarios franceses. Desde entonces, los ateos se sumaron a los protestantes en la batalla de calumnias contra la Inquisición, pues si los protestantes la usaban como símbolo de las maldades del catolicismo, los ateos la usaban como prueba de las maldades del cristianismo en general, y de la Iglesia en particular.

Es a través de esa corriente atea como el mito infame llegó a la propia España y se difundió. Desde entonces los españoles e hispanoamericanos fueron poco a poco creyéndose una falsedad inventada por otros para difamarles, y hoy en día la Inquisición sigue siendo uno de los principales argumentos que usan los protestantes para atacar a los católicos, o los ateos para atacar a la Iglesia o a toda religión, como la prueba más clara de cómo el fanatismo religioso fue al parecer capaz de sumir a una sociedad entera en el terror durante siglos.

Copiemos aquí dos párrafos de un artículo escrito por el escritor y articulista español Pío Moa:

…El fenómeno de la Inquisición española debe ponerse en ese contexto [amenaza islámica], cosa que rara vez observamos. Se la coloca, en cambio, en una situación de pugna un tanto abstracta por o contra una libertad religiosa que no existía en ningún país europeo. Las “inquisiciones” protestantes [tribunales eclesiásticos], aunque menos duraderas, fueron mucho más sangrientas, no obstante lo cual la propaganda protestante ha tenido un increíble éxito en presentar a la española como la culminación de la crueldad y la maldad en la historia humana hasta el siglo XX. Esa actitud no halló correspondencia en España, por lo general. Como señala William Maltby hablando de la leyenda negra en Inglaterra, “No pocas de las acciones de España fueron terribles, pero ninguna razón permite suponer que fueran peores que las de cualquier otra nación. Además, no parece haberse desarrollado la correspondiente anglofobia en España, donde los informes eran mucho más moderados, por más que nadie puede negar que los españoles tenían tantas razones para estar descontentos de los ingleses como los ingleses de ellos“. Esto puede extrapolarse a todo el mundo protestante y a Francia. Por ese incondicional y masivo ataque propagandístico, la Inquisición ha quedado como el símbolo por excelencia de la España del siglo XVI, concentrado de crueldad y oscurantismo, y la imagen ha tenido tal éxito que, como observan algunos autores con sorpresa, buena parte de la historiografía española, por lo común la más mediocre, la ha aceptado e incluso le aporta su propia contribución.

Pero la España del siglo XVI no se caracteriza por la Inquisición más que los demás países europeos por sus correspondientes crueldades e intolerancias o por la quema de brujas. Se caracteriza por un gran arte, un brillante pensamiento de corte más bien humanista y liberal, por haber puesto en comunicación, por primera vez en la historia, a todos los continentes habitados, por haber marcado los límites a la expansión turca (y a la protestante), y por haber exportado las universidades y la civilización occidental y cristiana a gran parte del mundo. Y ello en condiciones sumamente difíciles y en pugna sucesiva y a veces simultánea con poderes más fuertes que ella misma. No está de más recordarlo en tiempos de absurda autodenigración, cuando nos amenazan nuevas y serias crisis.

Mateo-José Orfila y Rotger (1787-1853), médico y químico español nacionalizado francés en 1819, luego catedrático de Química en la Sorbona y decano en su Facultad de Medicina, así como presidente del Colegio de médicos, relataba que en su juventud (1805) había ganado en la universidad de Valencia un certamen público sobre Geología; alguien denunció a la Inquisición las ideas sobre la antigüedad del mundo expuestas por él, por lo que tuvo que declarar ante el inquisidor Nicolás Lasso. El mismo Orfila relató aquella entrevista:

Mateo Orfila

Mateo Orfila

Me encontré delante de un sacerdote de unos cincuenta años, de buena planta y de aspecto majestuoso, de maneras nobles y distinguidas. Pronto me di cuenta de que sus conocimientos y espíritu le colocaban en primera fila de los hombres de la Ilustración. Ayer por la tarde -me dijo- tuvisteis un gran éxito que aplaudo, tanto más cuanto que aprecio a la juventud estudiosa y procuro estimularla con todos los medios de que dispongo. ¿Quién sois? ¿De dónde venís? ¿Qué queréis hacer? De repente, sus amistosas palabras desvanecieron el miedo que tenía y me cohibía en una conversación que podría tener consecuencias desagradables para mí. Le contesté respetuosamente, procurando demostrar que no estaba intimidado. Me preguntó: ¿Es verdad que en la sesión de ayer por la noche, cuando se os preguntó, dejasteis entrever, siguiendo los conocimientos físicos y geológicos que habéis aprendido en los libros franceses, que el mundo es más antiguo de lo que se ha creído hasta ahora, y que al mismo tiempo dejasteis traslucir que vuestras opiniones sobre la creación de tantas maravillas no son completamente ortodoxas? Decidme la verdad. Mi contestación fue clara, de modo que quedó satisfecho. Entonces se levantó y me invitó a entrar en su hermosa biblioteca, señalándome, entre otros libros, las obras completas de Voltaire, de Rousseau, de Helvetius y de otros autores modernos. Para terminar me dijo: Marchaos, joven; continuad tranquilamente vuestros estudios y no olvidéis desde ahora que la Inquisición de nuestro país no es tan rencorosa como se dice, ni se preocupa tanto en perseguir como dice la gente“.

Sabemos bien que no todas las pesquisas de la Inquisición fueron tan cultas y amistosas, pero es bueno ofrecer este testimonio directo relatado por un acusado para que veamos que si se quisiese, también habría material de sobra para presentar a la Inquisición como un tribunal sorprendentemente amable, culto y progresista. Pero lo más interesante de este testimonio no es el suceso concreto sino el sentimiento del acusado al enfrentarse al inquisidor, que nos habla de las expectativas generales ante el Santo Oficio. No vemos a Mateo aterrorizado y sudando sangre ante la idea de una tortura probable, sino que nos habla simplemente de “el miedo que tenía y me cohibía en una conversación que podría tener consecuencias desagradables para mí “. Se parece más bien al tipo de reacción que tendríamos si nos para la guardia de tráfico o la policía, sabiendo que puede que nos hayamos metido en un lío pero que, a menos que seamos criminales, tampoco tenemos que temer cárcel o castigo mayor.

LOS HISTORIADORES ANGLOSAJONES RECTIFICAN

Dr. James Hannam

Dr. James Hannam

Los estudios sobre la Inquisición de Dr. James Hannam, moderno historiador formado en Cambridge son relevantes precisamente porque su nacionalidad inglesa evita acusarlo de parcialidad hacia la Inquisición española. Recientemente publicó un escrito sobre el tema titulado “Preguntas Frecuentes acerca de la Inquisición“, en donde resume la imagen de la Inquisición española que se deriva de sus investigaciones, citando a otros historiadores anglosajones también. Puede leer el texto completo haciendo clic sobre el título de la obra. Es poco probable que Hollywood y la literatura se sumen a esta nueva imagen que sale de los estudios recientes, pues es mucho más sosa y menos “emocionante” que los mitos actuales, pero al menos vemos cómo a nivel de eruditos, los anglosajones al fin están empezando a rectificar. Como muestra les copiamos aquí algunos extractos traducidos por el blog Biblia y Tradición:

Las cortes eclesiásticas de la Edad Media tenían una merecida reputación de ser mucho más benignas que sus equivalentes seculares, y esto causaba tensión cuando las jurisdicciones se cruzaban. En particular, a Enrique II de Inglaterra le disgustó mucho esta disputa con la Iglesia y que llevó al asesinato de Santo Tomás Beckett [por los hombres del rey]. Por ejemplo, el castigo secular hasta bien entrado en siglo XIX en la mayoría de las cortes europeas para la sodomía y el bestialismo era la muerte, pero en la corte eclesiástica era mucho más probable que se enviase al “sinvergüenza” en peregrinaje como castigo. Los registros históricos muestran que las confesiones públicas, amonestaciones, cargar cruces, peregrinaciones, prisión y también la ejecución, fueron todas sanciones disponibles para el inquisidor, y que en la mayoría de los casos se comprueba que los asuntos terminaban con reproches leves.
(fuente: Edward Peters “Inquisition” California University Press, 1989 / pg 66)

Gregorio IX permitió a los inquisidores el uso de la tortura [como ya practicaban los tribunales civiles], aunque sujeta a restricciones, al contrario de las autoridades seculares que tenían gran libertad en este departamento. Se recurría muy raramente a ésta e involucraba normalmente la flagelación y los azotes, y no tanto “aparatos, garras o cuerdas”. La garrucha, mediante el cual la víctima es colgada de los brazos, soltada y detenida en seco para causar dolor en los miembros, también es mencionado en el siglo XV. Ocurrieron casos de abuso, sin embargo, esto llevó a procedimientos mucho más controlados.
(fuente: Henry A Kelly “Inquisition and the Prosecution of Heresy: Misconceptions and Abuses” Church History 58, 1989 / pg 445; Edward Peters “Inquisition” California University Press, 1989 / pgs 65 y 92)

Bajo cualquier criterio, la actuación [documental] de la Inquisición Española fue espectacularmente buena, y es un tesoro escondido para los historiadores sociales, ya que se cuentan con registros detallados acerca del común del pueblo. Todavía no se revisan todos los documentos, hasta el momento [en 1982] sólo van, aproximadamente, una tercera parte, y parece que la Inquisición, la cual operaba en todo el Imperio Español, ejecutó a unas 700 personas entre 1540 y 1700, de un total de 49.000 casos. También se reconoce que probablemente murieron unas 2 mil personas durante los primeros cincuenta años de operación, durante la persecución a judíos y musulmanes*, que fue el periodo más severo. Esto nos lleva a un número aproximado de 5 mil para el periodo total de 350 años de su operación.
(fuente: Geoffrey Parker “Some Recent Work on the Inquisition in Spain and Italy” Journal of Modern History 54:3 1982 / pg 526)

*La Inquisición solo tenía jurisdicción sobre los cristianos, por lo tanto podía procesar a judíos y musulmanes conversos (o sea, bautizados) acusados de sincretismo, pero nada podía hacer contra los judíos o musulmanes que seguían practicando su fe. Los indios, aunque fueran bautizados, también quedaron fuera de su jurisdicción por considerar que al ser neófitos en la fe les resultaría demasiado fácil quebrantarla sin ser si quiera conscientes de ello.

CONCLUSIÓN

Hemos visto que la Inquisición no fue ni mucho menos tan cruel y arbitraria como ahora todos creen, que fue incluso más sensata, suave y progresista de lo que era la justicia de entonces dentro y fuera de los territorios de la monarquía española; y sin embargo tenemos que lamentar profundamente que la Iglesia se prestara a jugar a juegos que no eran los suyos, manchando su imagen y dando pie a que ocurriera lo que ha ocurrido. Como católicos, nos consuela poco el hecho de que la Inquisición recurriera a la tortura mucho menos de lo habitual, o que sus torturas fueran bastante menos crueles y destructivas de lo que por entonces era la norma, o de que los tribunales religiosos de los protestantes fuesen aún peores. El mero hecho de que una institución formada en buena parte por clérigos recurriese a la represión y la tortura es ya motivo sobrado para constatar en cuánto se había apartado del espíritu del Evangelio. No queremos permitir que la imagen de la Inquisición se exagere y tuerza hasta convertirla en algo diabólico, y aceptamos que a la luz del contexto de su época ofrecía una justicia más clemente, pero hay líneas rojas que el cristianismo jamás debería haber cruzado; la tortura y la pena de muerte son dos de ellas, y este reproche y lamento va tan dirigido a católicos como a protestantes, pues ninguno supo por entonces estar a la altura.

En cuanto a los protestantes, que es lo que causó la Leyenda Negra, parece claro que al igual que ocurrió con las brujas, la Inquisición evitó en la corona de España las mismas masacres de herejes que ocurrieron en otros países de Europa. En el derecho civil la herejía estaba condenada con pena de muerte, y mientras que la Inquisición saldó casi todos los procesos contra protestantes con absoluciones y castigos, si esos mismos casos hubieran ido a parar a la justicia civil, la mayoría habrían acabado en la hoguera. Los tribunales reales no manejaban el concepto del arrepentimiento ni la abjuración, un hereje, por el hecho de serlo, era ya considerado reo de muerte desde el momento en que se probaba su herejía.

No pretendemos en este artículo defender a la Inquisición o convencer a nadie de sus bondades sino demostrar que la imagen de exagerada crueldad que hoy tiene no es fiel a la realidad. Por rigor intelectual, y por sentido común, para hacer una comparación entre instituciones históricas es preciso partir de un principio que es la norma de todo verdadero historiador serio: no se puede juzgar, ni valorar, ni explicar el pasado con los criterios y valores del presente. Ya sabemos que hay otro tipo de “historiadores” que hacen lo contrario, y por eso sus teorías y curiosas ideas son las más jaleadas, repetidas y difundidas, pues resultan más emocionantes y entendibles, o dicen a la gente lo que quiere oír; ante este hecho hay que recordar que Emil Ludwig, en su biografía de Bismarck, recogía unas curiosas palabras del Canciller: “Hay dos clases de historiadores. Los unos hacen claras y transparentes las aguas del pasado; los otros las enturbian“. En el caso de la leyenda negra de la Inquisición, había y hay muchos intereses para que esas aguas bajasen turbias.

En principio la macabra leyenda se forjó como reacción de los países protestantes europeos contra una hegemónica España católica que amenazaba su política y su religión, odio político y religioso lisa y llanamente. La inercia hace que sea más fácil mantener la misma imagen que cambiarla, pues pocos están dispuestos a cambiar “verdades asentadas” a menos que tengan un buen motivo para ello, y lo cierto es que ocurre al contrario, también hoy sigue interesando mantener la verdad distorsionada. España no es ya una amenaza política, pero la Iglesia Católica sigue siendo para muchos protestantes el enemigo a batir, y no están dispuestos a renunciar a una de sus mejores armas para denigrar al catolicismo. La Inquisición, especialmente la española, es aún hoy una de las principales “pruebas” que ellos presentan para fundamentar su idea de que el catolicismo es oscurantista y la Iglesia Católica es en esencia maligna. A ellos se unen ahora los ateos, que consideran que toda religión es esencialmente destructiva y dañina, y también encuentran en la Inquisición una de sus mejores pruebas. También sirve de prueba a los americanos que quieren presentar la colonización europea como el origen de todos sus males. Demasiados intereses como para poder hacer una revisión serena del pasado.

Puesto que la imagen de una Inquisición diabólica y sádica está hoy tan arraigada, los historiadores que se esfuerzan por sacar a la luz la verdad son irónicamente vistos como gente que se esfuerza en distorsionar la historia para apoyar a una institución diabólica, en otras palabras, son considerados exactamente igual que aquellos pseudohistoriadores que se esfuerzan hoy en limpiar la imagen de Hitler y el III Reich, en negar el Holocausto y presentar el nazismo como una ideología virtuosa. Ante semejante panorama no es nada fácil alzar la voz contra la falsedad, pero la verdad está ahí para quien la quiera encontrar. Afortunadamente los archivos españoles están llenos de datos de primera mano, y poco a poco algunos osados investigadores están acabando definitivamente con todas las mentiras que durante siglos germánicos y anglosajones supieron extender hasta el punto de que hoy en día incluso los españoles y los hispanoamericanos las toman como verdades indiscutibles.

Afortunadamente, la historiografía moderna está ahora mismo en un proceso de replanteamiento que ya podemos ver en este documental de 1994 creado por la BBC, producido pues por el país que más empeño puso en el pasado por crear la leyenda negra contra España y su catolicismo y por tanto difícilmente acusable de pretender favorecer a la Inquisición española. Si no nos cree a nosotros, es mucho más probable que crean a la BBC, este documental realmente les impactará (avisen por favor si el vídeo deja de funcionar):

“El Mito de la Inquisición Española”, BBC, 1994

Más información sobre este tema, centrándose más en América, la puede encontrar en el libro: La Inquisición Española y las Supersticiones en el Caribe Hispano a Principios del Siglo XVII, de Pablo L. Crespo Vargas, del cual puede aquí ver extractos online.

También en este artículo: La Inquisición en América, de Maurice Birckel.

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9 thoughts on “La Inquisición española: verdades y mitos

  1. Quería preguntarte Christian si me podías explicar la situación en la que se encontraba Europa antes del reinado de Carlos V. ¿En aquel tiempo la mayor parte de Europa era católica? ¿Con la “Contrareforma” de Lutero y el protestantismo los países del Norte de Europa y algunos del centro fueron convirtiéndose al protestantismo según iban subiendo al poder reyes protestantes y así fue decayendo el catolicismo en gran parte de Europa?
    Como sugerencia creo que falta que pongáis el año que comenzó y finalizó la inquisición española.
    Muchas felicidades por el artículo

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    • Hola Juan Pablo, la fecha de inicio y fin de la Inquisición española sí se especifica en el artículo, aunque no el año exacto. Comienza durante el reinado de los Reyes Católicos y termina en el siglo XIX, poco después de la expulsión de los franceses. En concreto va desde 1478 hasta 1834.

      Antes de 1517 toda Europa (en realidad toda la cristiandad, dentro y fuera de Europa) era católica. La Europa occidental era católica romana y la Europa oriental era católica ortodoxa. Había ya por esa época grupos de cristianos que defendían ideas incompatibles con la ortodoxia, más o menos lo que luego llamaríamos protestantes, y en algunas partes estos grupos tenían más seguidores y en otras menos. Donde más había (aún siendo minoría) era en el centro de Europa (zonas de Alemania, Checoslovaquia, etc.).

      Lo que sí había era un descontento cada vez mayor ante la corrupción de la jerarquía eclesiástica, pero el criticar al clero no tenía por qué ir unido con las críticas a las doctrinas oficiales, aunque ambos factores terminaron mezclándose en muchos casos, pues cuando Lutero inicia la Ruptura, lo que hace es aprovechar ese descontento, ese hartazgo de la gente y ese ansia de los poderosos por quitarse de encima el poder de Roma, con lo cual pronto se suman a su movimiento gente que en principio no se había interesado por temas doctrinales, simplemente estaban descontentos con la jerarquía o con el poder romano. Y entonces empezó a mezclarse todo tipo de intereses, política, religión, luchas de poder, y también motivos doctrinales.

      En los países del sur casi no hay problemas en ese sentido, en Gran Bretaña tampoco mucho (la ruptura con Roma se hizo principalmente por capricho del rey, no porque el pueblo la quisiera). Pero en centroeuropa teníamos el Sacro Imperio Germánico, un mosaico de reyezuelos y dirigentes de todo tipo que estaban sometidos al poder del emperador (en ese momento Carlos V) y en menor medida también del papa. Así que muchos de esos dirigentes ven una estupenda ocasión para sacudirse el poder del emperador y del papa y controlar sus propios territorios sin interferencias, para lo cual unirse a la revuelta luterana era una ocasión única.

      Como te digo, más que países al estilo de lo que encontramos hoy por allí, teníamos un mosaico de territorios pequeños, por eso tenemos mucha mezcla de sitios que se unen al protestantismo o permanecen en el catolicismo, según lo que su gobernante decidiera, y el pueblo… pues lo habitual, si no es por convicción es por conveniencia o por la fuerza, cuando un gobernante adopta una fe (o el siguiente la cambia otra vez) pues la mayoría del pueblo con mayor o menor velocidad suele ir aceptando la nueva fe favorecida por el poder, sobre todo si el poder presiona para imponerla. Por eso Alemania, cuna del movimiento de Lutero, quedó dividida en zonas de mayoría protestante (norte y este) y zonas de mayoría católica (resto), no por que las doctrinas convencieran más o menos a las masas, sino porque sus gobernantes se inclinaron por una u otra parte.

      No es que subieran al poder reyes protestantes, como mencionas, sino que los gobernantes (reyes, duques o lo que hubiera en cada sitio) tomaron posición, o sea, antes eran católicos (algunos a nivel privado simpatizaban con los nuevos movimientos, pero pocos) y cuando estalla el conflicto eligen bando, en su mayor parte pensando en las consecuencias políticas de su elección, no en las doctrinales.

      No fue que poco a poco el número de países protestantes fuera aumentando, más bien se trató del estallido de una sublevación contra el papa y el emperador, unos años de guerras entre los que querían conservar el Imperio Germánico (paradójicamente gobernado por España por entonces) y los que querían desintegrarlo, bastantes cambios de bando en ese tiempo, y finalmente con la paz de Westfalia la situación más o menos queda fijada, con pocos cambios posteriores, quedando la mayor parte del norte de Europa en el lado protestante (el sur no estaba en el Sacro Imperio Germánico así que por allí los gobernantes permanecieron católicos).

      Posteriormente tenemos la ruptura de Inglaterra con Roma porque el papa no permitió que Enrique VIII se divorciara de Catalina de Aragón por dos motivos, primero porque el matrimonio no tenía ningún motivo para ser declarado nulo, segundo porque si el papa anula ese matrimonio se hubiera tenido que enfrentar a la ira de España (Catalina era princesa española), y en esos momentos España era la primera potencia mundial. Así que como no pudo separarse de Catalina y estaba enamorado de Ana Bolena (a la que luego cortó la cabeza), decidió romper con Roma y nombrarse a sí mismo papa de la iglesia nacional de Inglaterra.

      Pero tras todo este jaleo la Iglesia Católica inicia su Reforma para aclarar conceptos y poner fin a la corrupción y descontrol en que había caído. Tras el Concilio de Trento se hace un intento de recuperar para la Iglesia a la gente que se había pasado al protestantismo. Los jesuítas (creo que fueron los jesuítas, ahora lo dudo) hicieron una intensa y magnífica labor de predicación por toda Europa, incluso arriesgando su vida en países protestantes, pero lograron que amplias zonas que se habían pasado al protestantismo regresaran a la Iglesia Católica, por eso algunos países que tras Westfalia quedaron protestantes, gracias a esta labor se pasaron posteriormente al catolicismo (como por ejemplo Polonia) y otros que siguieron siendo protestantes vieron como su población católica aumentó con el tiempo, incluyendo la propia Alemania o Austria, en donde el protestantismo se redujo enormemente.

      El resultado final es que el protestantismo, que casi llegó a controlar la mitad de Europa Occidental, terminó reducido al cuadrante noroeste y poco más. Si luego el protestantismo ha crecido mucho fue principalmente por la desgraciada (y hasta bochornosa) separación de Inglaterra, que aunque comenzó siendo una iglesia nacional pero de doctrina básicamente católica, poco a poco (sobre todo con Isabel I) se fue protestantizando (a partir del XIX se revirtió el proceso), y así las pequeñas colonias inglesas de América fueron protestantes, y cuando Estados Unidos fue ganando poder, terminamos con que la primera potencia mundial es de mayoría protestante y, como siempre pasa, su enorme influencia en el mundo también beneficia a su religión, así que gracias al impulso de Estados Unidos los protestantes, sobre todo los evangélicos, se han extendido por todo el mundo.

      Por supuesto es una visión muy esquemática de la situación pero supongo que para hacerse una idea general es bastante correcta.

      Una pequeña aclaración, Juan Pablo. No es correcto hablar de la “Reforma” protestante porque ellos no reformaron la Iglesia, sino que rompieron con ella y crearon otra cosa, así que habría que hablar de la “Ruptura” protestante. Lo que sí fue una Reforma fue la reacción católica, que al darse cuenta de que su situación a nivel de clero y organización era caótica e insostenible emprendió un profundo proceso de reforma para purificarse y renovarse, así que lo preciso sería hablar de la Ruptura protestante y la Reforma católica. Hablar de la “Contrareforma” católica no tiene sentido porque eso significaría que Lutero reformó a la Iglesia católica y luego los católicos a su vez volvieron a hacer cambios en la Iglesia partiendo de los cambios de Lutero, pero eso no fue así porque Lutero como decimos no reformó nada sino que creó otra cosa. Hasta ahí bien. La única alcaración que quería hacerte es que tampoco sería correcto hablar de la “Contrareforma de Lutero”, porque estaríamos en el mismo caso, sería como que primero la Iglesia se reformó y luego Lutero hizo cambios en esa Iglesia reformada, lo cual contradice el orden de los acontecimientos y también supondría que ambos cambios están actuando sobre la misma Iglesia y no sobre dos cosas diferentes. Así que lo preciso (aunque no sea la denominación usual entre los historiadores, incluso católicos) sería hablar de la Ruptura protestante y la Reforma católica. Y disculpa, aquí siempre estamos obsesionados por la precisión jaja, es solo algo anecdótico. Un saludo Juan Pablo

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      • Bueno lo primero muchas gracias por la explicación Christian, corta pero suficiente para hacerme una buena idea de la situación de Europa. Había leído todos los artículos sobre ¿Fundó Constantino la Iglesia Católica? y cuando leí esto de Carlos V (que además están poniendo la serie ahora en televisión) me entraron dudas de la situación que se produjo en Europa con el protestantismo. Ahora ya lo tengo todo mucho más claro 🙂

        Sobre la aclaración que me haces al final puse “Contrareforma de Lutero y el protestantismo” precisamente porque eso ocasionó la Rerfoma de la Iglesia católica. Sino recuerdo mal en otro artículo la nombrabais así. Pero vamos creo que lo mejor es hablar, como dices, de Ruptura protestante y Reforma católica. Lo tendré en cuenta para futuros comentarios. Y me parece muy bien que seáis así de precisos en todo, así no hay equivocaciones y se aprende a decir las cosas por su nombre 🙂

        Muchas felicidades por vuestros artículos. Sigo leyendo los que me quedan 🙂

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  2. Gracias Christian de nuevo por tan gigantesco esfuerzo. Ya había publicado algo para intentar comenzar a deshacer la intrincada trama del mito, pero tu, como siempre, has sido exhaustivo.

    http://reyjusticianuestra.com/los-numeros-de-la-inquisicion/

    Me interesaron especialmente los últimos capítulos: los museos, la quema de brujas y el origen de la leyenda negra. Pero todo es necesario conocer aunque, como tu dices, es ardua o casi imposible tarea deshacer el daño ya hecho.

    Hace unos años me puse a estudiar el tema de las apariciones de la Virgen. Tengo formación evangélica, pero en este tema me parecía que o bien son obra del diablo –y entonces la Iglesia Católica debía de ser severamente condenada- o bien son obra de Dios y entonces somos obligados a reever nuestra posición.

    Lo que me sorprendió en esos estudios es que casi siempre la Iglesia Católica no solo no alentó estas apariciones sino que desconfío de ellas en principio –siempre la pillaron por sorpresa- sometiendo a los videntes a severos interrogatorios. Es decir, la Iglesia Católica siempre trato y trata con una cierta dosis de escepticismo estas cosas y tarda tiempo en reconocerlas como verdades sobrenaturales (en el caso de Medjugorje, décadas). Pensaba encontrarme exactamente con lo opuesto, con maquinaciones o facilitamiento sin reparos a todo aquel que se declarara vidente de la Virgen. Eso muestra un cierto rigor metodológico –por asi decirlo- no muy dispuesto a creerse cualquier cosa. Y lo que relatas sobre la quema de brujas viene en ese sentido.

    Gracias de nuevo

    Carlos

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  3. Enhorabuena, Christian, por este nuevo artículo, que como los otros que he leído me ha parecido muy interesante. El tema que tratais de la Inquisición española está dentro del tema general de la Inquisición que se usa, como muy bien decís, para atacar también a la Iglesia Católica; en esto y de forma reiterativa se usa el “caso Galileo”. Mi Maestro de escuela (entonces había “Maestros”) nos comentó que Galileo había tenido problemas con la Inquisición, pero que tras la pertinente reconvención se solucionó el problema; sin embargo, ya en la universidad, un profesor me dijo que fue otra cosa lo que sucedió: según este profesor universitario Galileo fue encarcelado por la inquisición durante largo tiempo, y, allí en la cárcel, torturado en numerosas ocasiones hasta causarle la muerte; y cuando estaba agonizando aún tuvo fuerzas para mantenerse en sus ideas y exclamar “y sin embargo se mueve”.
    Posteriormente he podido informarme por varias fuentes del mencionado caso, y nada hay más lejos de la realidad que lo que me contó aquel profesor universitario, que no fue más que otra “leyenda negra”. Galileo fue juzgado en dos ocasiones por la Inquisición; en la primera ni tan siquiera tuvo que asistir al juicio, y se le reconvino a que explicara el heliocentrismo como una hipótesis; en el segundo juicio estuvo una noche en la cárcel de la inquisición, pero nunca fue maltratado, y mucho menos torturado. Sí se le obligó a admitir públicamente que sus investigaciones no demostraban el heliocentrismo (que, por otro lado, era lo que habían dictaminado varios informes de científicos, y es la realidad), y a no hablar sobre el tema ni como hecho comprobado ni tan siquiera como hipótesis. No obstante, pudo seguir investigando, con total libertad, en cualquier otro tema; y de hecho lo hizo, … ¡en el palacio de un obispo!.
    Ah!. El profesor universitario me pidió, un tiempo después, que formara parte de la masonería; curioso, ¿no?. En fin, ya que habeis tocado el tema de la Inquisición, no estaría de más que hicierais un artículo sobre el caso concreto de Galileo.

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    • Gracias Panomarq. Lo de Galileo es más o menos como lo cuentas, y es un tema muy interesante porque ahí Galileo fue tan intransigente como el papa, en realidad más, y los que presionaron para que la Inquisición investigara a Galileo no fue la Iglesia sino la comunidad científica. Galileo era amigo del papa y el papa al principio le protegió, hasta que sus insolencias le enemistaron con todos los científicos de la época y finalmente le enemistaron también con el papa, a quien ridiculizó en un libro. Nunca fue torturado, y su castigo final fue condenarle a pasar sus últimos días “encerrado” en un palacete con amplios jardines en el campo, más bien un retiro de lujo. La Ilustración convirtió este proceso en un símbolo del ataque de la Iglesia contra la ciencia, cuando nada fue más lejos de la realidad, y las teorías de Galileo estaban mal planteadas, y así lo señalaron los demás científicos. La Iglesia actuó mal pero no fatal, sin embargo Galileo sí que hizo el ridículo, aunque alrededor del tema luego se haya creado toda una leyenda que tergiversa los hechos e incluso se haya inventado escenas y frases lapidarias que hoy se toman por ciertas, como el famoso “e pur si muove” o la escena esa en la que Galileo insiste en que los sacerdotes o curia o lo que sea miren por el telescopio y ellos se niegan. En fin, que sí tenemos pensado publicar un artículo sobre Galileo. Todavía no porque hay algunos temas más importantes, pero Galileo será uno de los artículos que saldrán en los próximos meses. Un saludo.

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